Manual para hacer el amor a una Olivetti Lettera 22

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Olivetti Lettera 22
Olivetti Lettera 22. (CC)

En 1950 aún quedaba un año para que Nilla Pizzi ganara el primer Festival de San Remo con la canción «Grazie dei Fiori» y para que Libia se independizara de Italia. Ya había comenzado la guerra de Corea, que determinó uno de los capítulos más negros de la Guerra Fría. En 1950 Italia se encontraba a caballo entre la posguerra y el boom económico. Entre el cine de Vittorio De Sica y el de Federico Fellini. Ya se había estampado el avión del Gran Torino en la colina de Superga cuando, en 1950, el empresario —hijo del fundador— Adriano Olivetti, con un ojo en la Ford y otro en la Bauhaus de Walter Gropius, dio a luz la máquina de escribir Lettera 22 para contarlo todo. 

En un deseo de aunar estética y modernidad en correspondencia con la ética y el progreso civil, de seguir unificando arquitectura, diseño industrial y gráfica, la nueva criatura nació en Aglie (cerca de Turín) y pesó tres kilos setecientos gramos. La proyectó el arquitecto y diseñador Marcello Nizzoli con la supervisión técnica del ingeniero Giuseppe Beccio. La Lettera 22 sustituyó el modelo Olivetti MP1, y la historia de Italia, del periodismo y la escritura principalmente, cambió para siempre. A partir de ahí no se escribió, sin más, sino que se comenzó a hacer el amor al teclado para diseccionar las aristas de un prodigioso país. El tintinear de sus teclas, el orgasmo que provoca incluso hoy, sigue siendo tan misterioso como una sombra metafísica, un tártaro de Buzzati, la mente de Dario Argento o la sensualidad de la vida desesperada que muestra Paolo Conte en su tema «Gelato al limon». Nunca una aparente minucia provocó tanta perplejidad, excitación y alboroto de hormonas.

«Fue la máquina de escribir de la gente. La primera portátil en ser —además— asequible, no solo para intelectuales de alto nivel como la anterior. Entró en las casas populares italianas de la posguerra, y lo hizo junto a la enciclopedia y la universidad», recuerda el profesor Enrico Bandiera, responsable de la Asociación Archivo Histórico Olivetti, quien aprovecha —mientras sopla velas en el setentacumpleaños de la Lettera 22 para puntualizar quiénes fueron los primeros vip de la literatura, la poesía y el periodismo en acariciarla. «No fue Indro Montanelli, como todos piensan, sino Pasolini, Enzo Biagi o Gunter Grass (Nóbel de Literatura en 1999), quien incluso nos llamó una vez para decirnos que se le había terminado la cinta de tinta. Fue curioso… Como también cuando invitamos a Pier Paolo en Ivrea, donde estaba la sede central, para un curso de poesía popular. Le regalamos una, que usó durante muchos años. Indro, sin embargo, utilizó casi siempre la Lettera 32 (junto a Oriana Fallaci y Dino Buzzati), que se realizó dos años después. Desconozco si escribió alguna vez en la Lettera 22», apunta el profesor, discretamente orgulloso de los tótems que la manosearon e incidieron, además, en un engalanamiento y reconocimiento universal: mejor producto de diseño del siglo en 1959, según el Instituto de Tecnología de Illinois; icono absoluto italiano de gran impacto para el MoMA de New York, donde se encuentra un ejemplar. 

Pionera y funcional

Tras dos guerras mundiales, una dictadura o un conflicto interno entre partisanos y fascistas de la República de Saló, Italia tuvo una predisposición a la diversión, el aprendizaje, a la innovación, a explorar nuevas fronteras y coquetear con estilos variopintos en la música, el cine, el motor, el arte, la literatura y la arquitectura. La Lettera 22 se impulsó en este vergel de nuevas ideas en busca de lo desconocido, la funcionalidad y el respeto perpetuo por la tradición sin caer en la contradicción. 

El nuevo embrión fue ligero, manejable y práctico (8,3 × 29,8 × 32,4 cm), pero también pionero y auténtico en el sector. Por ejemplo, una palanca permitía regular la posición de la cinta, también la posibilidad de pasar del color negro al rojo o la ausencia de tinta, útil para copias con papel carbón. En el teclado, por su parte, faltaban los números uno y cero. Estos se obtenían con la i o la o mayúsculas. Tampoco había acentos, por lo que cada letra que lo necesitaba era seguida siempre de un apóstrofe. Una costumbre que impera hoy en algunos intelectuales, inadaptados y extraños a los sistemas de escritura hi tech, que quizás habrían desechado Leonard Cohen, Sylvia Plath, Cormac McCArthy, otros genios de la poesía y la literatura quienes también se valieron de la Lettera 22 para plasmar su arte, sus obsesiones, sus denuncias (Petrolio, la novela de Pasolini que no comienza) y su alma. Como Eugenio Montale, que se aventuró a describir el vacío, la soledad y sobre todo la memoria, definida como algo que fue… 

… Un género literario
Cuando todavía no había nacido la escritura.
Después se convirtió en crónica y tradición
pero ya apestaba a cadáver.
La memoria viviente es inmemorial,
no surge de la mente, no se precipita.
Se añade al existente como una aureola
de niebla a la cabeza. Ya se ha ido,
es dudoso que vuelva. No tiene siempre memoria de sí misma. 

Setenta años después

Han pasado ya siete décadas desde que Italia mirara al futuro echando la vista atrás. Inventara sin olvidar que solo se cumplían ochenta años de la toma de Porta Pía (1870), el evento final de un largo proceso de unificación que comenzó a finales de los cuarenta. Víctor Manuel II (Casa de Saboya) fue el primer rey. Nació en Turín, que está a cincuenta kilómetros de Ivrea y a menos de cuarenta de Agliè, quienes pidieron la vez en el mapamundi gracias, precisamente, a la máquina de escribir Olivetti Lettera 22, una de las más vendidas de la historia. La de Montale, la de Biagi y PPP, la de Grass… La que rivalizó, para siempre, con la Royal HH de Truman Capote, la Underwood Standard de Kerouac, Virginia Woolf y Scott Fitzgerald, con la Olympia SG de Bukowski, la Royal Standard de George Orwell, la Sholes & Glidden de Mark Twain, la Remington Portable No. 2 de Agatha Christie o la Hammond n.1 de Lewis Carroll, el inventor de Alicia en el país de las maravillas, en su día acusado de pedofilia.

No lo sabían, pero [email protected] conformaron un manual sobre cómo hacer el amor a una máquina de escribir solo para procrear. Sus hijos, quienes pudieron tenerlos, ahora llevan mascarilla, usan tacos porque creen que eso humaniza una inteligencia estúpida y escriben o informan por vanidad y narcisismo, sin más. También los hay que están muertos o ni siquiera nacieron.

Esta novela no termina…

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2 Comentarios

  1. Muy buena lectura, señor. La Olivetti fue un cuerpo extraño en el capitalismo del dopo guerra italiano creada por un hebreo, con una novedosa atención por el territorio, la arquitectura, la cultura y, sobre todo, el obrero. Es una pena imperdonable que, en tiempos de crisis y por la miopía de ciertos personajes de las financias no le hayan permitido continuar con lo que hubiera sido el primer ordenador. Si así hubiera sido, el Silicon Valle estaría en el Piamonte.
    La Underwood mía, tan vieja como
    la conquista del oeste y sus trenes a vapor
    todavía traquetea, negra, estoica y de
    apariencia bruta, pero en ciertos atardeceres
    capaz de hacer hablar hasta los muertos o,
    mejor aún, a los que todavía no nacieron
    (plagio inocente por gentil concesión del autor)

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