Un rosa rubicundo: sobre el Giro de Italia 2020

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Tao Geoghegan Hart. Foto: Cordon Press.

Hasta el año 2012 ningún ciclista inglés había entrado entre los tres primeros de una gran vuelta. País anónimo, cierta tradición pero nada más. Desde entonces suman seis Tours de Francia, tres Vueltas a España (una ganada en diferido, como los contratos) y, en el caso del Giro de Italia, dos. Con cinco ciclistas distintos, además, que tiene más mérito. Es su edad de oro (el color de las medallas buenas en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, precisamente). Ahora Tao Geoghegan Hart viene a sumarse a ese club con una victoria inesperada en Milán. Esta es su historia.

Una tarde en el volcán y muchos para casa

El de 1946 fue un año jodido en Italia. Guerra. Posguerra, más bien. Heridas, un conflicto planetario pueblo a pueblo, casa por casa. Una república recién parida. Y su carrera. El Giro del Rinascimento lo llamaron, y no es necesario extenderse más. Postales de ventanas sin cristales ni muros, carrera de viudas en las cunetas, tipos vestidos de negro, niños comidos por piojos y miseria. Pero hubo Giro. Y fue, como es siempre, oasis rosa, sonrisas y despreocupación. 

El país que logró organizar una vuelta menos de un año más tarde de concluida la Segunda Guerra Mundial ha estado a punto de ver como uno de sus símbolos más conocidos (junto con la Olivetti, el café en taza pequeña y las gafas de sol aunque caigan chuzos de punta) tenía que suspenderse a causa del coronavirus. Al final, solución in extremis, movimiento de fechas y el Giro que se va para octubre. Fechas más de Amstel. De Amstel Curaçao Race, claro. Sensaciones raras.

No ayudaba la participación. Si ya en ocasiones el Giro parece un negocio entre italianos (y naturalizados como Tonkov) esta anómala temporada iba a traer concurrencia especialmente magra. Del Tour solo repetían Bilbao y Miguel Ángel López, pues doblar era casi imposible. El cafetero, además, duró un suspiro, porque en mitad de un recta perdió el control de la bici y se estampó contra las vallas. Una cosa rarísima para un tipo que suele hacer cosas rarísimas (en el anterior Giro, sin ir más lejos, se lio a hostias con un espectador). 

Era la primera crono (ganó Filippo Ganna, pero de él vamos a hablar más adelante) y su ausencia supuso un duro golpe para Astaná, en principio equipo más potente de la prueba. Buenos peones y dos tipos de nivel como López y Vlasov para proteger a su gran líder, Jakob Fuglsang. Al final el colombiano se escoña, el ruso tiene que abandonar al dar positivo por COVID (también volveremos a esto) y Jakob… pues oigan, ni fu, ni fa. Demasiado tarde para dar el gran salto, quizá deba quedarse como (gran) corredor de clásicas y vueltas pequeñas. No es poco, otros nos dedicamos a juntas letras.

El segundo (o primer) gran favorito era Geraint Thomas, por aquello de que a todo ganador del Tour se le entiende calidad, ¿no? Llegaba descansado, además, después de negarse a pasar por Francia, que lo de quitar el aire a Bernal me cae pesado. Al final agua en la Grande Boucle y agua en el Giro. Thomas sufre una caída en la tercera etapa. A casita. Solo setenta y dos horas y la carrera se quedaba sin tres de sus grandes nombres. Desde mi adolescencia no veía un fin de semana tan destructivo.

Esa tarde se llegaba al Etna, que es una montaña muy bonita y muy estética y muy icónica, pero que para esto del ciclismo había funcionado regular en el pasado (con excepciones). A ver, lo de los tipos en bici y las fumarolas al fondo tiene su punto, pero es más pasto de fotos que otra cosa. 

Solo que en 2020… selección. Vincenzo Nibali pone a tirar a su equipo (tampoco una locura, solo ritmo alto) y todo salta por los aires. Ha sido una constante en la carrera: pocos ataques tipo gif pero mucho desgaste que se va notando con el paso de los días. El mal tiempo, sobre todo. Así que más damnificados. Adam Yates, por ejemplo, ejemplo perfecto de tipo irregular. Bueno, aquí tiene excusa, porque días más tarde… positivo. Por COVID, ojo, que somos modernos. La burbuja del Giro, cuentan, tenía más poros que un cutis adolescente, y por ahí que se metió el bicho, que es ladino, malvado y no conoce compasión. 

Víctima del COVID será, también, Steven Kruijswijk, cuyo equipo (como el de Yates) se marchó de Italia por unos cuantos casos. Kruijswijk parecía en disposición de recuperar lo que perdió en 2016, cuando embistió una montaña de dos mil setecientos metros. Al final no pudo ser, y tiene toda la pinta de que no será nunca.

Ah, otras dos menciones. La primera para Jonathan Caicedo, que ganó en el volcán y se quedó a unas centésimas de vestir la maglia rosa (liderato para João Almeida), ampliando el idilio de Ecuador con esta prueba (Narváez lo aprovechó días más tarde) y haciendo salir a Education First en los papeles por algo que no fuese llevar el maillot más feo de la historia y un casco aerodinámico que, desde atrás, parecía el Pato Donald. Lo juro. En fin. La segunda es para Sunweb. Acudían a Italia con la idea de rascar algo gracias a Michael Matthews, quizá un puesto en el top ten con Wilko Kerdeman. Solo que el asunto se les jodió bastante cuando el australiano pilló COVID (días más tarde el segundo test salió negativo, porque estas cosas son así). Un par de mecánicos también estaban infectados. El equipo, a diferencia de lo que hicieron Jumbo-Visma y Mitchelton, no se marchó a casa. Quizá había ahí una enseñanza que muchos no vimos a tiempo…

En Italia no hay saudade

Si te llamas João Pedro Gonçalves Almeida no necesitas enseñar tus pasaporte. Portugués, claro que sí. El ciclismo luso ha tenido pocos campeones, pero muy peculiares. Estaba Joaquim Agostinho, por ejemplo, un tipo con espaldas de albañil y manos hechas para desenterrar patatas que, según los estándares actuales, andaba unos doce o quince kilos encima de su peso. Lo mandaron a la guerra de Mozambique y allí llevó mensajes de base a base en bici, porque tardaba menos que los coches. Luego pasa a profesionales con Jean de Gribaldy, sube al pódium del Tour, gana en Alpe d´Huez, está a punto de llevarse una Vuelta a España. Con cuarenta y un años un perro se le cruza durante una Volta ao Algarve. Acaba la etapa, porque el tipo era así, pero muere diez días más tarde pese a los esfuerzos del cirujano que lo atiende, João Lobo Antunes (igual les suena el hermano, estuvo en Angola y escribe novelas raras y desasosegantes). También es luso Rui Costa. Ganó un Mundial en Florencia, cuando Joaquim Rodríguez se disfrazó de Olano y Valverde se disfrazó de cualquier otro menos Indurain. Y Acacio da Silva, mocetón grandote, moreno, sonrisa fácil y gesto pícaro de «ya sabes lo que estoy pensando». El único portugués que había vestido la maglia rosa. 

Hasta este año.

João Almeida parecía un líder de transición. Igual hasta el ecuatoriano le quita esa prenda subiendo el Valico de Montescuro (Gösta Petterson y Eddy Merckx noqueando a Tarangu). Pero no, el tipo aguanta. Otro día. Y otro. Acaba la primera semana primero. Acaba la segunda semana primero. Ojo, igual es algo más que atractivo exotismo meridional (si no les suena el concepto pueden verse telefilmes alemanes de sobremesa). 

El día de Montescuro se impuso Filippo Ganna, casi dos metros de jovencito rodador que también sube. Entre niebla, frío, lluvia… la estampa de este Giro ha sido muy distinta del desenfado primaveral que suele acompañar a la prueba. Casi todos los días el cielo estaba enfurruñado, y cuando asomaba el sol los ciclistas iban dejando sombras larguísimas sobre el asfalto. Pero hablábamos de Ganna. Hasta este Giro un gran contrarrelojista con ciertos destellos en montaña (siempre carreras menores). A partir de ahora, quizá… Sea como sea, verlo rodar representa un placer estético y a veces con eso basta (sobre todo si acompañas la planta con victorias). 

Otras no. Otras se sufre. Ciclista y espectadores. Como cuando contemplas a Domenico Pozzovivo, que pedalea como si llevase un cesto con huevos entre las piernas, una rodilla mirando a Islandia, la otra apuntando a Vladivostok. El sillín un poco bajo, además. Sé que es imposible, porque hablamos de ciclismo profesional, pero… joder, es que lo parece. Pero, en fin, él camina. Durante la segunda semana hasta hizo que su equipo tirase un par de veces. Por si caía algo. Terminó desinflándose con los días (le suele pasar) pero de aquellas parecía alternativa fiable.

Los otros dos grandes protagonistas de las jornadas intermedias fueron Arnaud Démare y Peter Sagan. El primero incontestable al sprint, cosechando victorias cada vez que había una volata. El segundo reconvertido a la búsqueda de algo que echarse a la boca. O no, mejor… recordando sus inicios. Porque Sagan no fue siempre «solo» un sprinter (ya sé que nunca lo ha sido, pero entienden la comparativa). Si por algo destacaba el jovencillo Peter era por su capacidad para subir cuestas de grandes porcentajes con ese corpachón que arrastra. Fue olvidándose con los años (o dejó de explotarlo), amparado en la velocidad para construir palmarés bien lustroso. Uno que no actualizaba desde hacía más de un año. Así que manos a la obra, escapada que camina, ataque en el último repecho, brazos en alto. Nunca lo dirá, porque entiende la vida de otra forma, pero debió ser un alivio enorme.

Apenas atacaron los favoritos esta segunda semana (apenas atacaron los favoritos este Giro). Tuvieron oportunidades, sí. La llegada a Cesenatico, por ejemplo. Homenaje a Marco Pantani, lo que siempre va a tener dos caras, porque Pantani hizo lo que hizo, sí, pero también hizo lo que hizo. La segunda parte del recuerdo llegó con la meta en el puerto de Piancavallo. Allí ganó el calvo en 1998, atacando a veinte mundos de meta y entrando con apenas segunditos sobre Zulle, porque el suizo parecía un T-800 en la primera parte de aquel Giro (terminó con más pinta de Wall-E). Quizá haya simbolismo en ello.

Así que llegó al fin de semana grande. Crono (relativamente) larga y etapa con final en alto. Acumulación de esfuerzos consecutivos, a sumar sobre aquellos que se llevan en las piernas. Ese combo mostró, entre otras cosas, que Nibali no iba a ser el ganador de este Giro de Italia. Que, quizá, no vuelva a contar nunca entre los primeros espadas en una vuelta de tres semanas. Analizado fríamente es normal. El de Mesina tiene casi treinta y seis años, y lleva sin ser realmente dominador desde el año 2014. Rendimiento lagunar, grandes días y otros en los que parece solo la sombra de lo que fue. Ocurre que con eso le da para ganar grandes cosas, para mostrarse competitivo, para ir limando defectos aquí y allá hasta que miras la clasificación y, joder, ahí está Vincenzo. Por eso parecía inmortal. Quizá se ha mirado tantas veces en el espejo de Gimondi que todos esperábamos un epílogo para el siciliano como el que tuvo Felice en el 76. Ni siquiera descarten que le quede alguna bala en la recámara a Nibali, a modo de canto del cisne. 

Así que de Piancavallo salió Almeida vestido de rosa, con Wilko Kelderman a unos segunditos. Y allí empiezan a asomar protagonistas. Victoria para Tao Geoghegan Hart, un británico con nombre a-co-jo-nan-te que parece sacado del molde para hacer ingleses, tan rubito y paliducho, tan camiseta del Tottenham mamándose en Magaluf. Quinta etapa para Ineos-Grenadier, demostrando que el equipo rendía a las mil maravillas. Posiblemente mejor que ningún otro. 

O no, porque Sunweb hizo toda la subida a cuchillo, destacando al final Hindley (el ciclista australiano, no la serial killer) quien, por momentos, parecía hasta más fuerte que su líder. Como andaba cerca en la general, y ya tenemos experiencia en el pasado con situaciones parecidas, todos nos frotábamos las manos. En realidad la cosa estaba entre dos hombres o muy abierta, depende de cómo quieran ustedes mirarlo. La diferencia entre Almeida y Kerlderman era lo suficientemente grande como para preocuparse solo el uno del otro, y ambos habían mostrado buenas piernas. Pero, a la vez, generaban dudas. El portugués por bisoño, el neerlandés… bueno, porque es de allí, y en ciclismo los neerlandeses siempre encuentran una forma de cagarla, metafóricamente hablando (salvo Dumoulin, que fue literalmente hablando). Se caen. Se empotran contra un muro de nieve. Un director para a mear en el peor momento. Tiritona asesina para alguien que ganó la etapa del Gavia (vamos, que friolero no era). Tres finales perdidas en los Mundiales de Fútbol. Todo ello con cierto aire de fatalidad y cenicismo. Buenos chicos que siempre ven cómo la guapa se va con otro. Más o menos.

Espadas en alto.

Traca final con postre

La principal característica de las grandes vueltas es que duran tres semanas. Ya ven, hemos venido a hacer afirmaciones arriesgadas. Eso significa que tienes una novela muy, muy larga, dividida en veintiún capítulos. Y que cada uno de ellos va preparando, en mayor o menor medida, el desenlace de la misma. Algo que se va cocinando poco a poco, donde todo lo anterior (ese día de doscientos kilómetros bajo la lluvia, esa pistola que citamos de pasada dentro de un cajón) tiene incidencia. A veces se nos olvida y somos impacientes, pero es un error. En Italia entienden mejor que nadie esa idea, preparando personajes, abriendo arcos argumentales, presentando mcguffins y llaves maestras. Visto en conjunto, una delicia. 

Los últimos días del Giro eran, a priori, terroríficos. Media montaña, tres maratones por las cumbres, jornada llana, crono. En línea siempre por encima de los doscientos kilómetros (bueno, a Sestriere se llegaba con ciento noventa y ocho, pero ustedes me entienden). Dos puertos que superan los dos mil setecientos metros (no hay muchos más en Europa, oigan), otros dos con más de dos mil, uno adicional rozando esa cifra. En octubre. Se pueden imaginar. Desgaste. Parecía, por encima de todo, cuestión de supervivencia.

Solo que…

Ningún otro deporte depende tanto de la imagen como el ciclismo. Les explico: los patrocinadores de equipos (esas marcas que ustedes ven en pechos y caderas) no obtienen rédito alguno más allá de la publicidad. Por lo tanto, y llevando el extremo el asunto, todos los sueldos (todos, los de mecánicos, masajistas, médicos, periodistas, directores y, por supuesto, grandes estrellas) beben de eso. Pues bien, no existe ningún otro deporte que muerda de forma habitual (y bochornosa) la mano que le da de comer. Cosa para reflexionar, oigan.

Sucedió el último viernes. Etapa entre Morbegno y Asti, doscientos cincuenta y tres kilómetros. Sale una mañana lluviosa y los ciclistas dicen «no». Que a ver qué es lo de cubrir el recorrido presentado hace casi doce meses. Que ayer nos cansamos mucho. Que sí, pero no. Que sigan ustedes sin nosotros. Que no me digan cómo hacer mi trabajo, si lo sabré yo. Ese tono. Prietas las filas como no estuvieron ante otras imposiciones (seguramente) más graves. 

Pongamos antecedentes. Yo entiendo que hacer doscientos cincuenta kilómetros (más o menos) bajo la lluvia es muy ingrato. Aunque no los haya hecho nunca, que parece ser la credencial que piden algunos torpes para poder opinar sobre el asunto, como si la experiencia fuese conditio sine quae non (en tal caso sobre la muerte tan solo nos hablarían los muertos, y qué quieren que les diga). Pero oigan, ustedes son profesionales y aceptaron el trayecto presentado en el mismo momento que dan su primera pedalada del Giro. Prueben a plantarse ante su jefe, queridos amigos, cualquier mañana. Que, mire, hoy solo trabajo seis horas en lugar de las ocho, porque hace frío, y viento, y me duele el hueso de la risa. Eso sí, págueme mi jornada habitual. Y no me rechiste, cerdo fascista.

Podemos aclarar matices. Los corredores se quejaban porque llovía. Es decir, no había hielo (que puede suponer riesgo físico), no había rachas de viento huracanadas (que pueden suponer riesgo físico), no había una carretera en mal estado llena de avestruces sedientas de sangre (en serio, son bichos muy salvajes… pueden suponer riesgo físico). No hubo desprendimientos, ni aludes, ni siquiera Cthulhu despertó de su sueño en R’lyeh (y, si así hubiese sido, quede aquí expresada la opinión de Jot Down: Cthulhu fhtagn, Cthulhu fhtagn). No, no… llovía. Llovía en un recorrido no especialmente peligroso, no especialmente duro, a no demasiada altitud. Llovía sobre una línea de mapa que todos (todos) sabían que tocaba pasar ese viernes precisamente. Y entonces… agua. Nunca mejor dicho. Recórtanos la etapa a ciento cincuenta kilómetros. Y el organizador que se pliega, porque esa fuerza conjunta la tienen muy en cuenta los corredores. Lo otro igual no. Lo otro, lo de respetar la profesión, cumplir lo firmado, cuidar, en suma, la imagen cuando de imagen vives… eso parece que estaba fuera de su radar. Que algunos ciclistas colgasen videos en sus redes sociales riendo y pulgares arriba, como si acabasen de ganar la París-Roubaix, tampoco ayuda.

La cosa escoció aún más por venir de donde se venía. Etapa para recordar. Estaba languideciendo el Giro en su última semana, entre ritmos al tran tran, competidores de perfil bajo, y muecas de «virgencita, virgencita, que me quede como estoy». Un día tras otro y todo es lo mismo. A esto se suman las noticias. El alcalde de Briançon dice que por su pueblo no pasan los ciclistas, que están jodidos con el COVID y la salud es lo primero. Etapa que ha de remozarse y pasa de subir, seguidos, Agnello e Izoard a encadenar tres pasos por el Alisas de Turín. Nada que objetar al hecho en sí, se pueden poner más pegas a la alternativa. Pero, en fin, que por unas cosas u otras el Stelvio quedaba como momento álgido. Y no defraudó.

Faltan diez kilómetros a la cima. Cuentan que aquí se le partió el alma a Hugo Koblet la primera vez que ascendieron este coloso. Coppí parte monte arriba, camino a leyenda y escándalo. Allí, en ese preciso sitio, ocurre el movimiento decisivo. Rohan Dennis, gigantón australiano con fama de raro, empieza a tirar como un energúmeno, y reduce el grupo de cabeza a cuatro hombres: él mismo, su compañero Tao Geoghegan Hart, Hindley y Kerlderman, los dos últimos del Sunweb. El líder, Almeida, no puede y empieza a defender la maglia con tanta dignidad como poco éxito. Mención especial a su gregario Masnada, que tiene pinta de ser uno de esos que le van diciendo a tu madre que vaya moña te pillaste ayer, que entre dos coches estabas meando, que ya te llegará la multa… 

Bien, a esas alturas Wilco Kelderman era Robben con el balón controlado, avanzando, totalmente solo, hacia la portería. Oh, sí, el gran héroe oranje. Todo en orden, voy pensando las palabras del discurso, que en estas cosas si improvisas quedas como un idiota. Y el traje, sí, el traje. Llamo luego a casa, que me lo planchen. Robben que se acerca, Robben de naranja.

Kelderman se queda cuando aún resta un mundo para llegar al cielo. Los otros aprietan. Bueno, su compañero en realidad no, pero me entienden. Al final del día Wilco se disfraza de paradoja: conquista el primer puesto a tres días del final y, sin embargo, parece que lleva el maillot prestado. 

Robben la tira al muñeco.

Por delante… pues eso. Trabajo increíble de Dennis (menudo Giro enorme del Ineos-Grenadier, vuelvo a decirlo), Tao que va con lo justo, Hindley que parece subir silbando, saludando a sus primos, sacando un papel de su maillot para apuntar «aguacates» en la lista de la compra, que luego me olvido. En el coche del Sunweb tampoco tienen muy claro el asunto. Apostar por uno, por otro, pegarnos la gran hostia, que me señalen por la calle haciendo el sonidito de Nelson, ha-ha. Al final quedan entre dos aguas, que es donde los atunes comen bocartes, sin saber muy bien qué especie son. Hindley gana y deja la sensación de que podía haber reventado la carrera, Tao queda segundo, a tiro de piedra (o de pifia táctica) de los Sunweb, y Kelderman entra detrás, las tripas sobre los hombres, sudando lágrimas de tensión. Ah, tercero hizo Pello Bilbao, uno que ha sido el octavo mejor en la montaña de este Giro (más o menos), pero que cuando los días acumulaban dureza iba adelantando cadáveres como si fuesen setos. 

Todo abierto, pues, para Sestriere. 

Y allí vuelve a repetirse el argumento, como en esa serie que a usted tanto le gusta pero, reconozcámoslo, tiene menos originalidad que un recopilatorio de Álex Ubago. Rohan Dennis, definitivamente transmutado en el ciclista más importante del Giro, entra a tirar y pronto quedan los mismos tres hombres delante. Kelderman se descuelga a la primera, y en el coche del Sunweb todos escupen el spresso (que en Italia lo ponen muy rico) y dejan de jugar al Super Mario pensando que, oye, vete tú a saber, igual te sorprende mi razonamiento, pero no es descartable del todo que la cagásemos el día del Stelvio. Pero, ey, no pasa nada, coño, yo aún tengo fe. Hindley se pone rosa después de tensar un par de veces la cuerda en la última subida y perder el sprint frente a Tao. Sí, mañana en la crono lo machacamos. Pero cómo se nos va a escapar esto, joder. Le estamos dando emoción.

A los prólogos es normal que todos lleguen en el mismo tiempo. Porque están situados al principio de las carreras, vaya. Antes de empezar resulta complicado salir con dos minutos cuarenta segundos perdidos (por poner una cifra al azar). Aquí pasaba lo mismo, solo que la contrarreloj (apenas quince kilómetros) era el último día de tres semanas, y terminaba en el Duomo, que es un sitio chulísimo, y el premio resultaba gordo, gordo. Ganar el Giro de Italia, nada menos. Ganarlo cuando, veinte días antes, apenas nadie sabía cómo te llamabas, cuáles son tus características como corredor o de qué forma pronunciar tu nombre. Tao Geoghegan Hart y Jay Hindley, empatados a tiempo, prometían una lucha tan emocionante como inesperada.

Solo que… poca emoción. Tao controla casi desde el principio, mucho más sólido que un Hindley nervioso, que lleva desarrollo demasiado ligero, que parece a punto de ser engullido por el Leviatán en cada rotonda. Al final fueron treinta y nueve segundos. Cuando al australiano le quedaban quinientos metros hasta la Galería Vittorio Emanuele II ambos iban empatados a tiempo. Es decir, tras tres mil quinientos kilómetros de Sicilia a Lombardía la diferencia entre el primero y el segundo fue una recta de velódromo (de velódromo grande, ojo). Ya ven, qué jodido es el ciclismo.

Gloria a Tao Geoghegan Hart. Veremos si lo confirma en el futuro. 

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5 Comentarios

  1. ¡Qué manera de escribir! Felicidades por la crónica. Es muy difícil describir la sonrisa que se le va poniendo a uno a medida que lee sus artículos. Gracias de verdad porque siempre es un placer leer sus artículos.

    Nunca sabremos qué habría pasado si el día del Stelvio el Sunweb hubiese dado libertad total a Hindley en la última subida, pero la sensación que quedó es que el australiano tenía mejores piernas que Tao. Tampoco qué hubiese pasado si la penúltima etapa se hubiese podido celebrar como estaba diseñada originalmente pasando por el Agnello porque aunque Hindley lo intentó varias veces en Sestriere, la pendiente del puerto permitía ir a rueda razonablemente bien.
    Yo esperaba también que éste fuese el Giro de Kruijswijk y que se pudiese resarcir de su caída en 2016; pero tampoco pudo ser esta vez y como dice en el artículo, quizás nunca será para el holandés. Recuerdo perfectamente aquel Giro de 2016 y la exhibición del ciclista del Jumbo a pesar de contar con un equipo bastante débil. Su choque contra esa pared de nieve que parecía no tener fin justo después de coronar el Agnello es una imagen que se me ha quedado grabada en la memoria.

    Quizás no ha sido la mejor edición porque la nómina de participantes no era tan laureada como otros años. Quizás la carrera quedó un poco deslucida a las primeras de cambio con el abandono de varios favoritos. O quizás este año nos conformamos con poco. No lo sé. El caso es que el Giro tiene algo que lo hace muy especial que poco a poco te va atrapando. Es diferente al Tour o la Vuelta. Es simplemente el Giro. Y con eso nos basta.

    ¡Viva el Giro!

  2. Entiendo poco de la terminología ciclistica, pero su prosa es estrepitosa. Es siempre un placer leerlo entendiendor poco y riendo tanto.El esprés en tacita pequeña es una joyita italiana que se me hace difícil encontrarla en España o en Alemania, y si le hecha un chorrito de grapa, mejor aun. Por mi pueblo pasó una vez el giro, y puso todo patas pa’arriba. SPQR, Sono Pazzi Questi Romani por la bici, como decía Obelix. Viendo tantas muchachas dale que dale a la bici, me pregunto si veremos alguna vez una copia del giro para mujeres. Cada vez son más. Gracias y a la próxima.

  3. Felicidades por la crónica, cualquier aficionado que no haya podido seguir la carrera, aquí tiene un magnífico resumen. Brillantísimas ‘pullas’. Por algún momento pensé que él que escribía era Javier Ares.
    Por poner algún pero, me disfrazo de crítico.Castroviejo que también venía del Tour e hizo de gregario de Guerreiro, otro luso que subió al podium por etapa y la maglia azurra. Y el circo futbolero siempre presente.

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