Algoritmos para el suicidio

Publicado por
Nicole Kidman como Virginia Woolf en The Hours, 2002. Fotografía: Cordon Press.

Aunque el suicidio tiene una gran repercusión en nuestra sociedad (la OMS informa de que se registran 800 000 al año, uno cada cuarenta segundos), ha permanecido en una especie de refugio informativo durante mucho tiempo. El Libro de estilo de El País indicaba en 2003 que «los suicidios deberán publicarse solamente cuando se trate de personas de relevancia o supongan un hecho social de interés general». Aunque no cabe duda de que se trata de un tipo de información extremadamente delicada e íntima, el efecto contagio o «efecto Werther» (por la obra de Goethe) que se esgrimía para no hablar de ello parece no ser tal. En Japón, uno de los países con índices de suicidio elevados, hablar abiertamente del tema ha contribuido, al contrario de lo que se pensaba, a que desciendan los casos. A este tratamiento de la información lo han bautizado con el nombre de «efecto Papageno» (por el libreto de Schikaneder para la ópera alemana La flauta mágica, de Mozart). Lo que se persigue es que los potenciales suicidas encuentren vías alternativas a sus planes.

Pedro Antunes, editor en jefe de la división brasileña de la revista Rolling Stone, se dio cuenta de que en su país estaba aumentando el número de personas que se suicidaban, pero no había labores de detección sistemática con las que interrumpir el proceso que desencadenan los distintos estados anímicos que atraviesa todo suicida en potencia: «Quitarse la vida es un tabú y nosotros en la revista quisimos sacarlo de ahí». Es un gesto valiente. Muchos medios habían optado hasta ahora por la vía fácil: para no caer en un tratamiento de la información morboso, consideraban que lo mejor era evitar hablar del tema. Si bien la sensibilidad ayuda ante un problema social que es el resultado de una concatenación de factores, el silencio no solo no sirve, sino que acaba por volverse cómplice, como demuestra el caso de Guyana. La situación está cambiando y entre las muchas pruebas que lo demuestran no solo está su mayor presencia en la información que ofrecen los medios de comunicación, sino también en los ambiciosos proyectos de especialistas en lingüística computacional.

En la era de la inteligencia artificial, distintas corporaciones y grupos de investigación intentan reducir una de las causas de muerte más importantes en el mundo mediante algoritmos diseñados para detectar indicios y activar mecanismos de prevención. Desde los intentos del equipo de Rolling Stone en Brasil hasta Facebook en Estados Unidos, los protocolos para analizar los testimonios en las redes de posibles víctimas han ido adquiriendo características más sofisticadas sin que los usuarios hayamos sido ni siquiera conscientes de ello. De hecho, tanto la revista como la red social cuentan con sus propios algoritmos para rastrear el lenguaje de sus lectores en busca de pistas. Las herramientas que emplea la inteligencia artificial parecen presentarse ahora como una solución eficaz: pueden analizar millones de datos de un número incontable de usuarios, establecer patrones a partir de ellos y mantener la subjetividad relativamente al margen en un proceso inicial de cribado. Esto abre, sin embargo, numerosos interrogantes, que van desde la utilidad real de estos sistemas hasta la invasión de la privacidad que supone que una corporación esté escaneando las interacciones de todos sus usuarios.

Gramática depresiva

¿Cómo mide una máquina el estado de ánimo más allá de cierto empleo de un léxico negativo que podría quedarse en estados puntuales de tristeza? Son varias las empresas que han desarrollado algoritmos con los que rastrear textos en redes sociales como Twitter o Facebook. En este tipo de foros la gente se expresa con mayor libertad, amparada por el relativo anonimato que ofrecen. El suicidio, en efecto, no está clasificado como enfermedad mental, pero los profesionales que lo estudian coinciden en que, en la mayor parte de los casos, guarda una estrecha relación con algún trastorno, diagnosticado o no, o con una combinación de varios. 

En 2004, tres especialistas del McGill Group for Suicide Studies, un grupo del centro de investigación del área de psiquiatría del Hospital Douglas, que forma parte de la universidad canadiense McGill, en Montreal, analizaron 3275 casos de suicidio. Arsenault-Lapierre, Kim y Turecki hallaron que el 87,3 por ciento de los suicidas ya había sido diagnosticado de una enfermedad mental. El estudio buscaba identificar patrones geográficos y de género para detectar indicios que les ayudaran a analizar las distintas variables que intervienen en la planificación de un suicidio. Encontraron, por ejemplo, que el trastorno bipolar era «especialmente preocupante» entre hombres, que mostraban un «riesgo absoluto de suicidio» con un 7,8 por ciento más alto que en el resto de las enfermedades; los pacientes con bipolaridad tenían de veinte a treinta veces más riesgo de suicidio que el resto de la población. Concluyeron, además, que los hombres habían sufrido en menor proporción desórdenes afectivos en comparación con las mujeres, en quienes, sin embargo, la esquizofrenia adelantaba ligeramente al trastorno bipolar. Todo ello conlleva diferencias considerables entre pacientes según su género y, por tanto, implican distintas soluciones, pero, sobre todo, arrojan la necesidad de considerar un amplio abanico de indicios a la hora de identificar casos de manera individualizada.

En Brasil, Bzsys, la empresa contratada por Rolling Stone para su proyecto, determinó que las personas que sufren de depresión emplean de manera recurrente un número de palabras y frases que desvelan su estado y se convierten en una especie de petición de auxilio. A esta morfosintaxis la bautizó en su campaña con el nombre de «gramática de la depresión». 

Tres modelos: Virginia Woolf como caso de estudio 

En 2018 comenzaron a publicarse algunos de los análisis más significativos mediante herramientas informatizadas a partir de los textos de la autora inglesa Virginia Woolf (1882-1941), que se suicidó en el río Ouse con los bolsillos cargados de piedras antes de cumplir los sesenta años. Woolf vivió con una salud mental precaria desde su temprana adolescencia hasta el fin de sus días. Como dejan ver sus escritos, desde sus obras literarias hasta las anotaciones y entradas en sus diarios, la escritora alternaba periodos de esperanza con fases de profunda angustia y ansiedad. 

Aunque en los últimos años ha habido varios intentos de categorizar los textos de Woolf mediante análisis semánticos con los que determinar ciertos patrones que confirmaran las tendencias suicidas de la escritora, la introducción de algoritmos clasificadores textuales del comportamiento suicida ha supuesto un avance considerable. Un grupo de investigadores liderados por De Ávila Berni, Rabelo-da-Ponte, Librenza-Garcia, V. Boeira y Kauer-Sant’Anna analizó la producción literaria personal de Woolf dividiendo textos de la autora en dos grupos. El equipo publicó en la prestigiosa revista académica PLOS ONE los resultados de un algoritmo de clasificación textual mediante el que se compararon 46 entradas en los diarios que Woolf escribió dos meses antes de su muerte con 54 fragmentos de otras obras seleccionados aleatoriamente y de distintos momentos de su vida. Usaron para ello un clasificador bayesiano ingenuo; a este modelo supervisado de aprendizaje automático se le llama así porque se basa fundamentalmente en el teorema de Bayes y se asume que hay independencia entre las variables predictoras. Aunque a simple vista el nombre engañe y pudiera parecer un método poco fiable, los resultados tienden a ser buenos. En el estudio sobre los escritos de Woolf, el algoritmo fue preciso a la hora de clasificar qué textos de entre las cien muestras se habían escrito dos meses antes del suicidio de la escritora.

Siguiendo una premisa similar y con pocos meses de diferencia, Androutsopoulou, Rozou y Vakondiou publicaron su estudio «Voices of Hope and Despair: A Narrative-Dialogical Inquiry into the Diaries, Letters, and Suicide Notes of Virginia Woolf». En este caso, la investigación se centró en esclarecer la polifonía de voces en las entradas de los diarios durante los dos meses previos al suicidio de la autora de Una habitación propia. Como el grupo de investigadores anterior, dividieron los textos en dos grupos de voces, los de la esperanza (hope) y los de la desesperación (despair). Con la investigación, pusieron de manifiesto que algunos pacientes luchan entre dos voces a lo largo de todo el proceso de su enfermedad. La carta de suicidio que Woolf le dejó a su marido apuntaba ya en esa dirección:

Querido:

Tengo la certeza de que voy a enloquecer de nuevo. Siento que no podemos pasar otra vez por esos tiempos horribles. Y esta vez no me recuperaré. Comienzo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que parece ser lo mejor.

El examen que muestra este artículo no es solo útil para mejorar las tasas de prevención, sino para los tratamientos de aquellos que sobreviven al suicidio. Los datos que arrojan las estadísticas son, de nuevo, duros y crueles: se han contabilizado veinte supervivientes por cada acto que llega a su fin.

«Identifying Suicide Notes Using Forensic Linguistics and Machine Learning» ahonda en los dos factores principales de los experimentos anteriores. Lee y Joh repitieron el experimento de mezclar textos de Woolf de distintos momentos de su vida, a los que aplicaron un método de minería de datos denominada «máquina de soporte vectorial» o Support Vector Machine (SVM). Se trata de un conjunto de algoritmos que representa un conjunto de puntos en el espacio y los divide en dos categorías para predecir si un nuevo punto debe colocarse en una u otra. Los investigadores utilizaron textos literarios de Woolf (entre ellos, La habitación de Jacob) y sus notas de suicidio a su hermana, Vanessa Bell, y a su marido, Leonard Woolf.

Un poco de historia

En realidad, el análisis de los testimonios escritos como las cartas de suicidio cuenta ya con un recorrido considerable en el campo de la lingüística, pues forman parte del corpus de documentos que pueden requerirse como pruebas ante un juez y para los que es necesario contar con una opinión experta, complementaria a los informes periciales médicos o incluso caligráficos. Antes del empleo ordinario de algoritmos con los que manejar grandes cantidades de datos, la disciplina de la lingüística forense ya se ocupaba de detectar patrones textuales que pudieran resolver una amplia gama de casos: desde la falsificación documental hasta la detección de la autoría. En 1968, el caso de Timothy John Evans, ejecutado tras ser declarado culpable de los homicidios de su esposa e hija, que no cometió, llevó al lingüista sueco Jan Svartvik a demostrar que los cuatro fragmentos textuales examinados contenían discrepancias considerables y no procedían de un mismo autor. 

Una década antes, en 1957, Edwin Shneidman también utilizó la lingüística para desenterrar algunas verdades: recopiló 66 notas de suicidio; 33 eran auténticas, 33 falsas. Esta fusión de los procedimientos legales y lingüísticos ha ido conformando el avance de una disciplina que ha ayudado a dilucidar importantes casos. En su tesis de 2011, Shapero analizó 286 notas circunscritas al área de Birmingham (Inglaterra). Al ser un género de textos al que Swales bautizó en 2007 como «ocluido», es decir, fuera del alcance de la mayoría de la población, tenían características propias. En 2012, Chaski categorizó varios tipos de enunciados, que iban desde el perdón y el amor hasta la rabia, la queja y el shock, para el manual que Oxford publicó sobre lingüística forense. Con el avance de la tecnología, el ámbito jurilingüístico no hará sino crecer, pues al tiempo que puede ampliar el campo de sus investigaciones con herramientas cada vez más desarrolladas, esas mismas herramientas irán planteando mayores retos al propio objeto de estudio.

Tres iniciativas: las redes sociales como nueva base de datos

En Brasil, la empresa Bzsys bautizó su programa con el nombre de «Algoritmo de la vida» para la campaña de Rolling Stone, que en su vídeo promocional se proclama como «mucho más que una revista icónica» y promete prestar «oídos digitales a aquellos que estén pidiendo ayuda a gritos». Para el corpus lingüístico que utilizaron (el conjunto de textos que integra una base de datos con la que comparar las intervenciones públicas de usuarios en Twitter), recurrieron a diarios de suicidas; entre los más conocidos, los de la escritora británica Virginia Woolf, pero también los del líder de Nirvana, Kurt Cobain. Ahora esperan que, desde el momento en que se detectan signos de depresión en la red, se pueda derivar a las personas detectadas por mensaje privado a recibir tratamiento psicosocial.

«Code of Hope», o código de esperanza, es el algoritmo que se ha desarrollado Publicis España y la agencia digital WYSIWYG en alianza con el Teléfono de la Esperanza. Para identificar pruebas de depresión severa, se han añadido otras variables propuestas por el psicólogo Robert Plutchik, que recurrió a los perfiles de personas que se suicidaron para clasificar sus interacciones en 32 estados de ánimo relativos a la tristeza. Para su análisis, se rastrearon un millón de casos y se seleccionaron trescientos, marcados como «de alto riesgo». Ahora, una vez detectado un caso, hay que pasar a la acción. El programa informático o bot del Teléfono de la Esperanza en Twitter sigue al perfil detectado y lo pone en contacto con un chat virtual. Este nuevo procedimiento de Twitter, el DMCard o Card de Mensaje Directo, es el que permite que los voluntarios de la institución realicen el acompañamiento de la persona que el programa ha identificado. 

Facebook tiene, como cabría esperar, sus propios algoritmos para escanear el material que publican sus usuarios. Solo en caso de que se detecte alguna irregularidad salta la alarma y, entonces, según el New York Times, un equipo de la empresa se pone en contacto con agencias de seguridad local. En un comunicado de Facebook, Mark Zuckerberg ha declarado que están trabajando con organizaciones como la Red Nacional de Prevención del Suicidio, Safe.org y Forefront para avanzar en el proyecto. Desde el 25 de mayo de 2018, cuando entró en vigor el Reglamento General de Protección de Datos (o GDPR, por sus siglas en inglés, General Data Protection Regulation), Facebook no puede operar este servicio en la Unión Europea.

Si el uso de la inteligencia artificial con fines sociales comienza por la identificación de lo que podrían considerarse patrones lingüísticos esenciales para anticipar una predisposición al suicidio en un nivel grave, es importante que se tengan en cuenta ciertas variables que parecen olvidarse, en ocasiones, cuando se programan tareas complejas para una máquina. En primer lugar, no sobra aquí recordar que los sesgos humanos acaban por traspasarse con frecuencia a la estadística que programamos. Últimamente aparecen titulares sobre lo machistas que son las máquinas cuando, en realidad, son los datos, que emanan de las personas que las utilizan y las alimentan, los que revelan las desigualdades de nuestra sociedad. También conviene incluir en los equipos de especialistas a más expertos en lingüística que puedan considerar algunos matices semánticos y pragmáticos del lenguaje, nunca exento de ciertas inclinaciones inconscientes y polarizaciones involuntarias en quienes trabajan con la configuración de los programas. 

Aunque el aprendizaje automático ha avanzado a pasos de gigante, el reconocimiento apropiado de palabras como «desaparecer», «nunca», «morir» o «adiós» es muy complejo debido a las variedades contextuales del lenguaje humano. Aquí no se trata de aplicar un filtrado de fuerte carga léxica, como el que se utiliza, por ejemplo, para descartar el correo no deseado de nuestros mensajes mediante términos bastante inequívocos. Tampoco parece probable que suceda lo que habían programado para Siri: cuando el asistente oía (en inglés) la frase «quiero suicidarme», respondía: «Parece que hablar con alguien podría ayudarte. La línea de la National Suicide Prevention te ofrece apoyo confidencial personalizado veinticuatro horas al día» y facilitaba incluso la opción de marcar el número. Para que la máquina «aprenda» patrones de identificación consistentes y de mayor fiabilidad necesita un entrenamiento basado en un tejido lingüístico más allá de la superficie de las palabras o de simples frases. Dado que una gran parte de los sistemas que se están perfeccionando en la actualidad dependen de bases de datos, conviene obrar con cautela para no construirlas con sesgos que serán muy difíciles de borrar en un futuro próximo.

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8 Comentarios

  1. Hace tiempo supe de un caso de suicidio de alguien relativamente cercano que me hizo reflexionar. Luego escribí sobre ello para desahogarme y tratar de entender.
    Adjunto el escrito en el siguiente comentario.

  2. La vida es la única cosa de verdad que tenemos y por eso es lo más preciado.
    Y si no que se lo digan al ateo que invoca la piedad de Dios ante el pánico que le produce una súbita y manifiesta pérdida de altura del avión en el que viaja, en un desesperado intento de aferrarse a algo que le salve.
    También podría ser otro ejemplo el del creyente/practicante con principios y convicciones religiosas sólidas, que no tiene ningún problema en ponerse en manos de las “ciencia médica” a la que su iglesia obligó a retractarse o quemó por brujería, cuando recibe la triste noticia de padecer una grave dolencia cancerígena, por ejemplo.
    Pero para que ésta tenga sentido, creo que juegan un papel importante, entre otras cosas, los vínculos que hayamos creado durante su transcurso. Estos pueden ser familiares, sociales, con el medio natural o de cualquier otro tipo, el caso es que dichos vínculos generan compromisos, responsabilidades, relaciones de amistad, amores, etc. que, en definitiva, son los lazos que nos mantienen encendida la llama del deseo de vivir.
    Cuando dichos vínculos se rompen, especialmente si esto se produce de una forma abrupta, se pierde el sentido de vivir en buena medida y esto podría derivar en un intento de suicidio. Me viene a la memoria un personaje de la película “Cadena perpetua” llamado Brooks que estuvo 50 años en prisión (de 1908 a 1958 aprox.) y cuando le concedieron la libertad siendo ya octogenario, no la quería e incluso estuvo cerca de matar a un compañero de celda para que le condenaran de nuevo y así mantenerse en prisión, pues la libertad le suponía perder a sus compañeros y amigos, salir de lo que se había convertido en su casa y romper con todos los vínculos creados durante esos cincuenta años que eran la mayor parte de su vida. Poco sentido tenía ya ésta tras desprenderse de todas las razones que se lo daban, añadiendo al desarraigo un angustioso sentimiento de vacío y de vértigo que le producía el abismo de la libertad.
    Sus nuevas circunstancias le ponían ante un reto inasumible a su edad, que no era otro que el de enfrentarse y adaptarse a un mundo desconocido, mecanizado, vertiginoso y hostil que se había transformado a sus espaldas en nombre del progreso y con el que no le unía nada. Entorno que no le necesitaba ni le iba a dar oportunidad alguna para mantener unos mínimos de dignidad y al que la propia persona renunciaba de forma voluntaria suicidándose.
    ¿Somos como el escorpión, que, según creencia errónea, se suicida cuando se ve acorralado y sin salida? ¿O con peligro inminente hacia su integridad?
    Otro motivo que creo que lleva al suicidio es el sufrimiento y no estoy hablando sólo del físico, sino también del psicológico que es más complejo pues las causas que lo producen pueden ser de diversa índole.
    Pudieran parecer aparentemente injustificadas con arreglo a las circunstancias socioeconómicas que rodean a cada persona, llámese envidia, insatisfacción permanente, frustración, etc. que quizá no sean la causa directa del suicidio pero sí los síntomas de algún problema mayor de fondo que se manifestaba a través de ellas.
    Un individuo no puede soportar un sufrimiento intenso y/o prolongado en el tiempo, tarde o temprano termina feneciendo.
    Lo que me induce a pensar que el suicidio representa socialmente un tabú tratado con la consiguiente ceguera e hipocresía que nos caracteriza, del que nadie quiere oír hablar y tengo la sensación de que nos limitamos a culpabilizar o a compadecer a la persona que lo ha “practicado” de una forma un tanto banal ante la complejidad de las circunstancias que lo han podido desencadenar.
    Prueba de ello es que se han llevado a cabo, o al menos editado, muy pocos estudios en profundidad sobre la materia. Yo solo he encontrado uno titulado “El suicidio. Estudio de sociología” que data del año 1897, siendo su autor el sociólogo francés Émile Durkheim, que resultó entonces pionero en la materia y controvertido pues vincula los cuatro tipos de suicidio que cataloga a cuestiones de presión social de forma directa o indirecta.
    Llevará más o menos razón pero el caso es que este estudio se encuentra aún vigente por parte de muchos estudiosos más de un siglo después.
    En cierto modo con el suicidio pasa lo mismo que con el terrorismo, la sexualidad, las drogas y otros incómodos temas tabúes.
    El miedo y el rechazo nos hace confundir el proceso “estudio a fondo -> conocimiento de las causas -> difusión de la información -> prevención”, con otro mucho más erróneo y primitivo que sería el de ”justificación -> generalización” de la práctica de dicho fenómeno.
    La desconfianza hacia nuestra capacidad de superar el reto de analizar este fenómeno, o nuestros prejuicios, nos hacen caer en el oscurantismo y el secretismo.
    Desde luego no parece un acto natural porque aparentemente no se da en otras especies, pero esto tampoco lo tengo totalmente claro, pues existen casos de ciertos animales que se provocan la muerte, quedando como una cuestión de “conciencia” la interpretación de si ha habido voluntad de suicidio o no.
    Quizá la conservación de la vida sea el comportamiento más extendido en la naturaleza al igual que la bisexualidad, pero eso no implicaría que el comportamiento suicida fuera una aberración o una desviación antinatural “propia” y “exclusiva” del ser humano. Se ha constatado que la homosexualidad también se da entre animales.
    Antes de hacernos un juicio sobre el suicidio plantearía algunas preguntas:
    – En última instancia ¿es el suicidio una decisión exclusivamente personal, asimismo como las causas que lo desencadenan?
    – ¿Podrían todos los suicidas haber optado por otra vía para encontrar una salida al problema que lo desencadenó?
    – ¿Tienen todos los suicidios un trasfondo egoísta?
    – ¿Hay que tener valor para suicidarse o se trata de un acto de cobardía?
    – ¿Se trata de un acto de desesperación, de rebeldía, de irresponsabilidad o de qué?
    – ¿Podrían las personas que sufrieron la pérdida de un ser querido por suicidio llegar a entender, perdonar o justificar los motivos que le llevaron a tomar esa decisión que marcó sus vidas?
    – ¿Estarían dispuestos a asumir ese sufrimiento si es para evitar el que padece la persona que se quita la vida?
    – ¿Por qué las personas inmersas en un ámbito socioeconómico favorable se suicidan en mayor grado que otras que se encuentran en otro mucho más desfavorecido?
    – ¿Es una verdad inmutable que la vida es lo más preciado que tenemos por ser lo único que, en caso de perderla, nunca la podremos recuperar?
    – ¿Sería justificable quitarse la vida si nuestras condiciones físicas, psicológicas o de cualquier índole nos condenaran a una existencia que consideráramos indigna, degradante o insufrible?
    – ¿Hasta qué punto los designios de nuestras vidas los llevamos a cabo por nosotros mismos?
    – ¿Hasta qué punto somos realmente dueños de nuestras vidas?
    – ¿Porqué tenemos que pedir permiso para quitarnos la vida, si nadie nos lo pidió para dárnosla?
    Muchas de estas preguntas pudieran parecer un tanto enrevesadas, injustificadas, demagógicas, frívolas o incluso estúpidas, pero con ellas solo quiero realizar un planteamiento libre de prejuicios y cortapisas, dentro de lo que da de sí mi concepción del problema. ¿Qué pensáis?

    • Es una reflexión interesante, pero me parece un tanto sesgada. No sé si la vida es el valor absoluto e indiscutible que se desprende de esa reflexión. Hay muchos suicidios, tantos como suicidas. Para algunos es una huida fácil, para otros es la única alternativa posible frente a una pérdida que se valora más que la vida. Y entre ambos extremos, como siempre, toda una gama de grises.
      Intentaré contestar a las preguntas:
      – En última instancia ¿es el suicidio una decisión exclusivamente personal, asimismo como las causas que lo desencadenan?
      Aquí creo que la pregunta no es pertinente: dudo mucho que existan las decisiones exclusivamente personales. Siempre, en cualesquiera decisión que tomemos, nos hallamos condicionados, seamos conscientes o no.
      – ¿Podrían todos los suicidas haber optado por otra vía para encontrar una salida al problema que lo desencadenó?
      No lo creo. El término «todos» es un absoluto que sigue sin ser pertinente. Algunos sí podrían, seguro. Pero todos, todos… No, no lo creo.
      – ¿Tienen todos los suicidios un trasfondo egoísta?
      No. Para nada, a menos de admitir, con el tarado vil de Richard Dawkins, que el altruismo no existe.
      – ¿Hay que tener valor para suicidarse o se trata de un acto de cobardía?
      Depende. Si hay otras opciones posibles, en el fondo es una acción cobarde. Pero si no las hay, hace falta valor.
      – ¿Se trata de un acto de desesperación, de rebeldía, de irresponsabilidad o de qué?
      De todo eso y más cosas. Si no podemos categorizar a las personas, tampoco podemos categorizar el suicidio. Sí podemos conocer su mecánica, pero nunca dar con un desencadenante único.
      – ¿Podrían las personas que sufrieron la pérdida de un ser querido por suicidio llegar a entender, perdonar o justificar los motivos que le llevaron a tomar esa decisión que marcó sus vidas?
      De nuevo, depende. Para empezar, de la propia cultura y mentalidad. El suicida nos interpela con su acto. La respuesta depende de cada uno de nosotros y, quizás más importante, qué hubiéramos hecho en su lugar.
      – ¿Estarían dispuestos a asumir ese sufrimiento si es para evitar el que padece la persona que se quita la vida?
      Personalmente, sí. Pero no puedo hablar en nombre de otros.
      – ¿Por qué las personas inmersas en un ámbito socioeconómico favorable se suicidan en mayor grado que otras que se encuentran en otro mucho más desfavorecido?
      Posiblemente, porque tienen menor tolerancia al fracaso. Más en esta cultura nuestra que tanto nos machacan. No nos enseñan a perder, sólo podemos ganar, ganar y ganar. El que no ha ganado nunca, sabe que eso es una gran mentira. Pero el que ha evitado o escapado de la frustración tiene menos armas para relativizar la desgracia y resistir la tentación de huir cuando no es necesario.
      – ¿Es una verdad inmutable que la vida es lo más preciado que tenemos por ser lo único que, en caso de perderla, nunca la podremos recuperar?
      Eso no es más que una convención. Hoy Chamfort está olvidado pero: «se puede apostar que toda idea comúnmente admitida es una necedad, porque ha convenido a la mayoría»
      ¿Sería justificable quitarse la vida si nuestras condiciones físicas, psicológicas o de cualquier índole nos condenaran a una existencia que consideráramos indigna, degradante o insufrible?
      No veo por qué no.
      – ¿Hasta qué punto los designios de nuestras vidas los llevamos a cabo por nosotros mismos?
      De nuevo, no es una pregunta pertinente, a menos que reflexionemos sobre todos los designios de nuestra vida, en lugar de reducir esa pregunta solo a uno.
      – ¿Hasta qué punto somos realmente dueños de nuestras vidas?
      Misma respuesta que antes. Para el caso, no importa si lo somos o no lo somos.
      – ¿Porqué tenemos que pedir permiso para quitarnos la vida, si nadie nos lo pidió para dárnosla?
      Porque a los poderes fácticos les interesa tenernos dominados por ahí. No tienen ninguna respuesta frente a la muerte, que deja desnudo al emperador, especialmente después de tanto combatir la religión.

      Esas son mis respuestas y si no le gustan, al contrario que Groucho, no tengo otras.

    • El número de asesinados por la ETA no llegó a 900 personas. Ni la tercera parte de los que se suicidaron en sólo en el 2000 (que fueron 3.393 personas).
      Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Suicidio_en_España
      El número de mujeres asesinadas en 2019 fue de 55.
      https://elpais.com/sociedad/2020/01/01/actualidad/1577902781_933560.html
      Sin embargo, se destinaron cantidades ingentes de recursos para controlar a la ciudadanía y ahí tenemos a un ministerio de Igualdad.
      Dios nos libre decir que los asesinatos de ETA y de mujeres son estadísticamente indiferentes frente a los decesos del suicidio. Y menos sugerir que deberían tratarse a los primeros como lo que son, delitos comunes, sin otra denominación, porque vulneran la igualdad de los ciudadanos ante la ley. En cualquier caso, mirando a las bajas, parece más necesario que haya un ministerio del Suicidio o de la Felicidad, que una sección antiterrorista o el ministerio de la (des)Igualdad.
      En mi mundo se dice que el suicidio es democrático: afecta a todas las edades y clases. Ninguno de nosotros está libre no cometerlo. Ahora bien, piensa en algún hijoputa máximo. ¿No será el mundo mejor si le privas a ese tipo de sarnoso de esbozar siquiera una sonrisilla rastrera? ¡Qué se joda!
      Por lo demás, paso al mantra de R. Shilts, que sabe más que cualquiera de nosotros en los temas donde haya bajas:
      1º. Mientras los medios no se hacen eco de un problema, éste no existe.
      2º. Los políticos no se preocupan por una cuestión hasta que ésta aparece en los medios.
      3º. Al político no le importa tanto hacer cosas como que los demás vean que hace. Las meteduras de pata son constantes, pero las disfrazan. Ahora bien, lo peor que puede pasarle a un político es que un periodista pregunte “¿y qué ha hecho usted en este asunto?” y no tenga qué responder.
      4º. Ojo a los intereses ocultos. A veces son bastante obvias. Los políticos no desean dejar de vigilar a la ciudadanía. Gastan un montón en medios de control. No van a dejar de explotar ETA, el terror islámico o lo que sea. Tampoco van a dejar de lamer el culo a un colectivo que les vota. El rollo de la mujer está dando buenos réditos a absolutas impresentables. Ahora bien, la muerte de miles de personas por la presión de un sistema político-económico que beneficia al «statu quo» es un tabú. Y empresaurios no sólo hay en Occidente. Los de Oriente han demostrado ser peores. Desayunan con un genocidio y por la tarde salen a agitar la banderita roja.
      5º. Los activistas comprometidos son un incordio, pero son indispensables. Ninguna causa se mueve si no hay algunos activistas comprometidos empujando. Otra cosa es que cuando la causa triunfa, la recompensa no se la suelen llevar ellos, sino políticos que ni eran activistas, ni estaban tan comprometidos. Pero los suicidas no desean siquiera vivir y menos, convertirse en activistas.

  3. Hay gente que preferiría, incluso hijoputas máximos (qué manía de insultar a las putas), tirarse por un precipicio antes que ser tratado por un matasanos kantiano.
    Si hasta pierdes el hilo de lo que dices por ofender…
    Besos.

  4. Con el riesgo de parecer reduccionista, pienso que a las válidas y compasivas preguntas de Grego, y a las respuestas, algunas agudas e iluminantes de Fco. Mig, tendría que agregarse una reflexión posterior: creo que, de frente a un individuo que ejecuta tal medida extrema, cualquier intento de comprensión o justificación es inútil. En él se desmoronan las semejanzas psicológicas que le permitían ser parte de un grupo social y con las cuales era posible realizar un juicio o una diagnosis anterior a la decisión. Sospecho que en ese preciso instante ingresan en otra dimensión, con otro tiempo y percepción en el cual es difícil hasta cuantificar el sufrimiento. Es significativo que escritores que se han suicidado nos hayan dejado obras maestras en prosa y argumento, contingencias necesarias para crear otra realidad, como esas pocas palabras de Woolf: Con ese grado de lucidez, que hasta se preocupa por el bienestar de los demás, me pregunto qué entendía por locura o por esos momentos horribles, pero ¿de quién, de ella o de su marido? Antes de abandonar la vida, ellos abandonan, o son sustraídos de ese mecanismo que nos obliga a continuar con esta monotonía de la existencia, y de frente a tal catástrofe incomprensible para nosotros, me parece todo inútil. Seguramente que el pensador que sentenció “de lo que no se puede hablar es mejor callar” no se refería a los suicidas, pero en algo incide. Y se me disculpe por esta pequeña muestra de cinismo, pero digamos la verdad: ellos están mejor que nosotros. Un placer leerlos.

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