Dylan en la carretera

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Dylan
Fotografía:Netflix. Cortesía Everett Collection.

La noticia del Premio Nobel a Bob Dylan me llegó sentado detrás de Francisco Correa y Luis Bárcenas. Estaba siguiendo su juicio. Además de ponerme contento, por mi tendencia a las tonterías empezaron a venirme a la cabeza frases de canciones de Dylan. «La respuesta, amigo mío, está soplando en el viento», pensaba mientras interrogaban a Correa. O miraba a Bárcenas: «Porque aquí está pasando algo y no sabes lo que es, ¿verdad, mister Jones?». Y en este plan. Hasta llegué a plantearme escribir la crónica del día con sus letras, una chorrada experimental que, por fortuna, y para la de los lectores, descarté rápido. Aunque pensé: «No lo pienses dos veces, está bien». Pero una idea que se me coló en la cabeza y me parecía que encerraba algo de verdad misteriosa es esta: quizá me equivoque, pero apostaría que a ninguno de estos dos, ni a Correa ni a Bárcenas, les gusta Bob Dylan. Es como una incompatibilidad. El Nobel premia algo de esto.

Otras generaciones tal vez recordaron toda su vida versos aprendidos en la adolescencia. Desde hace un tiempo muchos otros también recordamos frases de canciones, y a veces en inglés que hablamos mal, lo que tiene el doble de mérito. De gente de la edad de nuestros padres que en cierto modo han sido nuestros maestros porque no se parecían a nuestros padres. Me hace gracia oírme decir esto porque ahora me acuerdo de que Dylan comentó en una entrevista que se sentía raro desde pequeño: «Como si no fuera hijo de mis padres».

La noticia del premio también me impresionó porque, casualidad, o no, iba y venía todos los días al juicio con su música en el coche. La banda sonora de Pat Garret and Billy the Kid. Ya sé que en las listas suele aparecer entre sus discos mediocres, pero es que estas listas son una estupidez. Ponía esa música porque en ese viaje hacia las afueras de Madrid, atravesando el secarral, me sentía como en un wéstern. Poner música para darte ánimo, tú solo, sin saber tocar un instrumento, es un acto estrictamente contemporáneo, nunca ha ocurrido antes en la historia, por imposibilidad técnica. Y creo que el Nobel ha premiado también algo de esto. La poesía curativa que hay en el rock, podríamos decir. Esto tiene una variante curiosísima, que supongo merecería un capítulo aparte, que es poner música para sentirse joven. Cuando uno no es joven, claro. No tanto porque eras joven cuando la oías, sino porque el que la cantaba lo era cuando lo hacía, y esa vibración queda fijada en el aire, y aún tiene poderes mágicos. Pero más allá incluso de esto, del intérprete, es el rock el que tiene esa virtud revulsiva en el organismo, debe de producir alguna sustancia rejuvenecedora. Obviamente esto ha tenido también consecuencias nefastas, de gente que no crece, pero es otro tema.

No sé por qué, y decirlo ahora ya será imposible, pero mi impresión es que Dylan en España no era tan conocido. No ha tenido tanto seguimiento como otros. Podías tener conversaciones sobre los Rolling Stones, o los Beatles, o los Clash, o los Ramones, o qué sé yo, los Stone Roses o hasta de Nino Bravo, pero de Bob Dylan no muchas. Me parece que para los de mi generación —soy de 1972— es una cuestión de edad: en nuestra juventud, en los ochenta, Dylan hizo sus peores discos, solo oías hablar de él diciendo que se había vuelto mormón y parecía superado. No entendías por qué era famoso y yo mismo creía que lo bueno debían de ser las letras, que no comprendía, porque no me decía nada. También puede haber influido otro factor: creo que en España todo lo que venga del country o el folk nunca estuvo bien visto. Parecía música hortera de vaqueros con campanolos, y un poco facha. Tampoco están bien vistos los wésterns, al menos en democracia, y por eso mucha gente no entiende Pat Garret and Billy the Kid.

Yo también padecí estos prejuicios. Hasta que un día en una tienda de discos, husmeando entre los vinilos, tendría diecisiete años, el tío del mostrador puso «Like a Rolling Stone» a todo volumen y se me cayeron literalmente los huevos al suelo. Les juro que no la oías mucho por la radio y uno hacía estos descubrimientos de forma muy accidental. Cuando le oí aquello de cómo se siente uno al estar solo supe que me iba a acompañar siempre. Luego una noche, de madrugada, no sé si en Documentos TV, pusieron Don’t Look Back, el documental de 1967, y flipé con ese tío que iba a su puta bola. Y nunca había visto hacerlo hasta ese punto. A su lado los punkis me parecían previsibles. Yo crecí cuando aún en mi ciudad había bandas de heavies, punks, mods, pijos, siniestros y tal. Se daban palizas, se disfrazaban, pero este tío se movía solo. Era un ácrata con una guitarra y sentido del humor. Y no tenía miedo. Ya, ya sé que me enteré veinte años más tarde, pero es que yo nací más tarde. Muchos nacimos cuando lo bueno había pasado. Pero eso es lo interesante: seguía teniendo sentido. Con los años Dylan ha ido dando sentido a las cosas que me pasaban. No soy el único, sentí una íntima fraternidad con el gran Lebowski al verle soñar con los cascos y una cinta que en la cara B solo tenía escrito «Bob».

The Band
Fotografía: Cordon Press.

Podría escribir otro texto farragoso y entusiasta sobre The Band. Uno de los mejores momentos de Dylan, para mí, es cuando se aísla en una casa en el campo con los colegas y tocan sus cosas. The Basement Tapes, las cintas del sótano, que tampoco figuran en las listas esas como uno de sus mejores discos, ellos sabrán. Es un mundo antiguo, rural, profundo, de cachivaches, de mecedoras, de camisas de cuadros y tirantes. Antes de que se pusiera de moda yo a veces llevaba barba por eso, pero ponte a explicarlo. Luego de ahí saldría The Band, que por alguna razón, o por las mismas, tampoco me parece que haya calado nunca mucho en España. El último vals, la película de Martin Scorsese sobre su último concierto, en 1976, me gusta muchísimo. Solo el peregrinaje de artistas que acudieron te daba la idea de cuántos mundos confluían en ese universo presidido por Dylan, desde Muddy Waters a Eric Clapton, Van Morrison o Neil Young, todos honrados de poder estar allí, y ya hace cuarenta años. Cuando sale Dylan al escenario notas que para ellos era Dios, y el Nobel, que ahora tiene la perspectiva del siglo pasado, premia esa época, esa cultura que él representa. Es útil para la posteridad, porque en cien años no quedará mucho de todo esto que ahora nos parece tan obvio e importante.

El último vals tiene una veta profundamente melancólica, hace una foto de una época justo antes de que se desvanezca, y su hondura nace de que sus protagonistas apenas son conscientes de ello. The Band es más que nada un grupo de amigos unidos por ese sueño de vivir sin trabajar haciendo juntos lo que les gusta. No lo saben cuando hablan a la cámara, pero el sueño quedará destruido en cuanto dejen de tocar, y nunca nada volverá a ser lo mismo. Serán mayores y la vida les parecerá un rollo.

Pero Dylan siguió adelante, sin pararse. El talento se puede acabar, pero la carretera no. Esa es su fortaleza, y su ejemplo. «Mi mente era como un cepo», escribió al recordar cuando era un muchacho que llegaba a la gran ciudad. Levon Helm, de The Band, contó que la famosa gira de 1965, cuando Dylan empezó a reinventarse de forma eléctrica, fue tan infernal que al final él dejó el grupo una temporada para irse a trabajar a una planta petrolífera. Era mejor que salir a un escenario y que cada noche, en cada ciudad, semana tras semana, te pitaran y te insultaran.

Tras comprarme su disco de 1997, Time Out of Mind, solía conducir de noche con un escalofrío escuchando el largo monólogo de dieciséis minutos de «Highlands», atravesando la oscuridad como si fuera el enigma de la vida. Él se debía de sentir viejo y me hablaba desde un lugar muy lejano, diciendo que la fiesta se ha terminado y que cada vez hay menos y menos cosas que decir.

He ido a muchos conciertos suyos y no me ha gustado casi ninguno, también en eso hemos llegado tarde. Yo creo que los hace más por él, por seguir en el camino, o para no volverse loco, o porque está loco, y me parece bien. Si Bob Dylan transmite algo es soledad. Y por eso hace más compañía.

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30 Comentarios

  1. Si Dylan jamás hubiese existido y ahora mismo apareciese con el debut de un desconocido, la gente se tiraría por los balcones de la emoción; incluso lo harían algunos de los que expresan con tanta displicencia su aburrimiento por el genio de Minessota. Y es que un Dylan en horas bajas es superior al 99% de lo que aparece en la actualidad, pese a quien pese. En parte es comprensible esa actitud; quiero decir que es humano el hecho de que cuando algo extraordinario se repite muchas veces, parezca más común o manido. Bob es uno de los pocos, junto con Neil Young y dos o tres más, que nos recuerdan con trabajos hechos a día de hoy, que hubo una época mágica incomparablemente mejor que la actual, digan lo que digan cuatro indocumentados. Todo el mundo está “mamando” con irregular fortuna de lo que se hizo por entonces.
    El “problema” con Dylan es que lleva casi 50 años derramando sus tesoros entre atónitos conversos, y naturalmente, en ese carrerón, hallaremos, indefectiblemente, zonas menos sublimes que otras. Va a tener que morirse, para que todos nos demos cuenta DE VERDAD, de lo que se irá con él…

    • En un parrafo no estoy de acuerdo ni por asomos, es mas, me parece descabellado. Dylan en horas bajas es mejor que el 99% de la musica actual. Soy un fan del Dylan de los 60 y de parte de los 70, pero el Dylan en horas bajas , por ejemplo Self Portrait , o “Dylan”, entre algunos otros, me parecen insufribles, y si nos metemos en su epoca cristiano religiosa, para que seguir escribiendo.

  2. Soy también del 72, empecé a escuchar a Dylan en el 93 y desde entonces es uno de los que me acompaña, voy sumando sus vinilos poco a poco, sin prisa y sin dudas.
    No se me olvidará el día que vi por primera vez The last Waltz. Desde entonces, The band forman parte de esa misma compañía.
    Muchas gracias por el artículo.
    Un saludo

    • Hombre, pero antes de esto de arriba, había un comentario previo de unas diez líneas más o menos… ¡Cómo sois!

  3. Si eres del 72 has estado a tiempo de ver a Dylan en el 89, 93, 95, 99… 2018,19…
    Si no te han gustado esos conciertos es que no eres de Dylan. Prueba con Spreengsteen.

  4. Magnífico artículo. Mi encuentro con Dylan fue similar. Nunca me había llamado la atención y pensaba que era un pesado con ínfulas de poeta y voz desagradable. Una noche de madrugada, mientras me dormía viendo sin interés ese documental del 67 llegó la revelación. Ante un público británico hostil, que había acudido a ver a un cantautor acústico, el maestro se gira hacia Robbie Robertson y sus chicos ordenando: We’re gonna play fucking loud. Fue escuchar las primeras notas de órgano de Like a rolling stone sonando atronadoras y su voz aullando cada estrofa y los pelos de la piel se me erizaron como escarpias. Desde ese momento su música me acompaña de manera constante. Es el más grande precisamente por eso. Porque solo a través de revelaciones como ésa unos cuantos sabemos que es el más grande.

  5. El artículo me ha encantado. No soy un gran fan de Dylan, aunque sí de algunas de sus canciones. Eso sí, tengo una curiosidad: ¿puede desarrollar lo de “…se me cayeron literalmente los huevos al suelo”? Porque debe ser toda una historia

  6. A mí también me encanta la banda sonora de Pat garret y Billy el niño … Yo, del ochenta, descubrí a Dylan en la adolescencia. Y ya no pude parar. Hay épocas que no me gustaban y poco a poco me he ido acercando. Blood on the tracks es para mí la gran obra de Dylan.

  7. Hablando de discos “malos”, mi bautizo con Dylan se dio escuchando el Slow train coming y desde entonces es junto con el Desire, uno de mis discos favoritosbentre los suyos, lo recomiendo ampliamente.El articulo es muy bueno. Gracias mil.

    • Precisamente con “Desire”, Dylan pegó un enorme salto (y eso que venía de gestar esa maravilla de “Blood on the tracks”) hacia el “gran público” con ese temazo de “Hurricane” que hizo que gente que no lo había descubierto o que directamente no le había hecho ni puto caso, se subieran al carro. Esa mezcla de country y rock pocas veces, muy pocas, había llegado tan alto. ¡Esos violines! Dylan es uno de los pocos motivos por los que me gustaría haber mamado su idioma y su cultura para “sentir” sus letras; lo recuerdo siempre que escucho a Serrat y me congratulo hasta el tuétano de mi bilingüismo y de ser capaz de emocionarme exactamente igual en dos lenguas y culturas distintas.

  8. Slow train coming es un disco a reivindicar. Algún Dylaniano demasiado ortodoxo se ha reído de mi por mencionarlo entre mis favoritos. “Gotta serve somebody” es un temazo.

  9. Crecí con Dylan ( (nacido en 1949) pero nunca entenderé por qué no le dieron el Nobel a Leonard Cohen.
    Su poesía es mística y terrena, su compromiso político más claro, su personalidad más cálida y universal.

    • Pero no vende tanto, y no me refiero a discos. Cuanto mas pasota eres, mas se interesa la gente por ti. Y Dylan pasa hasta de si mismo, o al menos lo da a entender. Si esta haciendo el papel, esa es otra historia.

    • Totalmente de acuerdo, teniendo en cuenta que el premio es de literatura, y no de música, me resulta mucho más oportuna la elección de Cohen. Esto es solo una prueba más de que lo artístico es una parte solamente de las consideraciones que llevan a elegir un premio Nóbel, y que el factor decisivo es político. Si no fuera así Borges hubiera sido premiado. Sin duda que Cohen hubiera sido más agradecido que Dylan, que debe ser un tipo insufrible en la distancia corta. Me encanta la obra de Dylan, pero yo también estuve en un concierto suyo y me quedé con la impresión de que para él el resto de los humanos estamos a la altura de
      los insectos.

  10. Un fenómeno de colonización cultural estadounidense. La mayoría de los fans de Dylan ni siquiera entienden el inglés y, mucho menos, canciones escritas bajo la influencia del LSD. En algún momento de sus vidas les pareció que era la mejor opción para no sentirse tan básicos, que convenía tenerlo dentro de sus gustos musicales porque era “lo más”. Después, la disonancia cognitiva ha hecho el resto. Dar el premio N a ese fantasma es un menosprecio para toda la literatura.

    • Pues sí. Un tío que no sabe cantar, que escribe letras llenas de ripios, que vacila a todos los que le entrevistan. Es un maldito capitalista que nos han metido los americanos para poder sacarnos los cuartos. Pobres tontos que no sabemos que en realidad nos disgusta, pero hemos caído en las redes colonizadores de ese país porque era “lo más”. Muchas gracias por haberme hecho caer del guindo. Hoy quemaré todos sus discos.

    • Ostias Schumann, usted sí que sabe. Nos tiene a todos bien calados. Somos unos borregos lobotomizados siervos del tío Sam. Menos mal que cráneos privilegiados como el suyo nos libran de la mediocridad y nos guían el camino.

      • Es un punto de vista asaz radical, pero tiene su punto de verdad. Piense un poco: ¿No tendrían que ser otros los referentes culturales de una generación que en España pasó los años verdes del 68 bajo una dictadura gris y hermética/refractaria ante los “times they are a- changing”?
        Yo provengo de otro continente y país, misma generación que Dylan, más o menos. Y mis referentes no son solamente Dylan, sino la cultura musical latinoamericana de vanguardia política, la Revolución Cubana y el Ché Guevara.
        En mis años mozos en una isla balear conocía aun mozo (balear) que canturreaba bastante bien las composiciones de Robert Zimmerman alias Dylan, pero era un burguesito que amenizaba veladas y conquistaba corazones…

        • Aquí nadie ha hablado de Dylan como único referente cultural. Es más, creo que en la España de los 60 y 70 su repercusión fue casi nula comparada con la del Dúo Dinámico, Raphael, Marisol o los cantantes melódicos italianos y franceses. Yo diría que ni los Beatles pegaron demasiado fuerte por estos lares.
          A parte de la ligera “diferencia” española, los ritmos anglosajones (Fox Trot, Swing, Jazz, Blues, Folk, Rock, etc) se difundieron por todo el mundo principalmente después de la segunda guerra mundial debido al poderío económico y cultural americano, siendo asimilados en cada país por músicos locales. Se crea de esta forma un proceso de aculturización, igual a los que han ocurrido en todos los sitios y en todas las épocas.
          Escuchamos a Bach o Debussy por su inmensa calidad musical o bien porque los imperios germánicos o francés han dominado Europa los últimos tres siglos? O será, más probablemente, por la unión de los dos elementos: calidad y colonización cultural?
          Por último, a quién le importa si a Dylan o Cohen les han dado o no el premio Nobel? Si uno entiende un poco de literatura sabrá que los Nobel no son un cánon de nada. Solo de sí mismos. Opino yo, vamos. Salut

          • “se difundieron por todo el mundo principalmente después de la segunda guerra mundial debido al poderío económico y cultural americano, siendo asimilados en cada país por músicos locales”.
            ¿Qué es eso sino colonización cultural?
            A mí me importa poco el Nobel, en realidad. Se lo dieron a Cela…
            Aunque a veces aciertan.

  11. De acuerdo con el artículo, la anécdota de Levon Helm seguramente incierta, pero se te ha olvidado hablar de Before the Flood, ENERGIA en estado musical

    • La anecdota de Levon Helm fue confirmada por el mismo. El ya no lo puede volver a confirmar y Dylan seguro que ya no se acuerda, pero historicamente pasa por ser cierto.

  12. Dylan declaró en su día que él se consideraba un gitano con guitarra que se pasaba el año de gira en su carromato y al que sólo le importaba el dinero que le pagaban, no la calidad de su música ni lo que opinasen de él críticos, prensa y seguidores. Creo que es la definición que más se ajusta al personaje

  13. Gran artículo, creo que ví al mismo tiempo que tú el documental de D. A. Pennebaker y “El ultimo Vals” de Scorsese por la 2, de madrugada con unos maravillosos subtítulos en español….

    Me han emocionado varios pasajes de los que mencionas. Bravísimo!

    P:D: Tremendo Maestro Ciruela!

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