Retretes de Henry Miller

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 Miller
Henry Miller ca. 1950. Fotografía: Larry Colwell / Anthony Barboza / Getty.

Cuida tu ano. ¡Cuida tu ano! De todo el saber universal, este es el único consejo que merece la pena darle a un hijo. Uno puede romperse una cadera, padecer del estómago, no ver bien, tener dolor de huesos: hay muchos pesares aguardando al que envejece, pero todas las decisiones que se tomen en la vida deben ir encaminadas a que ese sufrimiento nunca venga de la flor sagrada. 

Durante el siglo XX, millones de hombres se arrojaron en brazos de la enfermedad rectal ignorantes de los riesgos que corrían. Daba igual si se trataba de hombres calvos con bigote franquista o barbudos progres con gafas; ambos universos irreconciliables se encerraban de igual manera en el baño a hacer de vientre sin salir hasta que no hubiesen completado el crucigrama. Sí, el crucigrama o el autodefinido, ese arcano indescifrable para un chaval actual doctorado en cualquier carrera de Humanidades.

En la literatura científica, quien además de dilatar el intestino dilata también el tiempo y se está dos horas en el baño leyendo tiene un nombre: toilet reader (TC). No es muy original, pero sí lo son las investigaciones sobre su hábito. La última de la que se tiene noticia apareció en la apasionante revista científica Neurogastroenterology & Motility en 2009. Sus resultados arrojaban unas cifras que confirmaban las advertencias del saber popular. 

Los toilet readers o lectores de váter perciben que están menos estreñidos que los que no leen ahí dentro: el 8 % frente al 13 %. La diferencia, apuntaba el estudio, se podría deber al efecto relajante sobre las tripas de un buen libro, lo que facilitaría el desalojo, frente al que se encuentra a solas con la existencia en tan íntimo momento, y podría ser —esto ya es una hipótesis— que las consecuencias derivadas del ateísmo y la pérdida de valores tradicionales en las sociedades occidentales modernas le acongojen ante el vértigo de un infinito sinsentido y, por lo tanto, cague con más dificultad. 

Sin embargo, en cuanto a las hemorroides, el toilet reader las sufría en un 23,6 %; el cagador iletrado, en un 18,2 %. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas. Esto se ha sabido siempre: si te estás sentado en el trono hasta que te acabes el capítulo, te salen almorranas. Lo han advertido nueve de cada diez madres y quien tuviese oídos desistía del hobby maloliente. Siempre se ha dicho que para dominar la obra de Balzac, Zola o Tolstoi hay que realizar un sacrificio, pero acabar sangrando por el culo tal vez sea un precio demasiado oneroso. 

Pese a la gravedad del fenómeno, pocas luminarias de nuestro tiempo han alimentado el debate público sobre este tipo de lectura. Tan solo Henry Miller tiene un tratado de cierta relevancia sobre el particular. Leer en el retrete, de 1969. En él indagó sobre las motivaciones que pudieran albergar todos aquellos que al deleitarse con la lectura expelen heces. Una especie de reciprocidad cósmica: se embellece el espíritu al tiempo que se expulsa mierda.

Decía Miller que lo que le llevó a leer en el váter fue la persecución. De niño, necesitaba intimidad y no ser molestado mientras tragaba páginas y páginas, por lo que encontró un buen refugio en el baño, donde podía encerrarse. Desde entonces, no se le había pasado por la cabeza volver a hacerlo. De adulto, si quería soledad para leer, se iba al campo. «Cuando busco paz y quietud tomo el libro y me marcho al bosque. No conozco mejor lugar para leer un buen libro que las profundidades de la espesura. Con preferencia junto al arroyo», escribió. A mí me da que no se había desenganchado del todo y tener un riachuelo al lado le servía para celebrar una elegante paranomasia yéndose corriendo a cagar. 

La supuesta serenidad del reservado le parecía sobrevalorada. Dijo que las lecturas más importantes de su vida las hizo de mala manera, de pie y apretado en transportes públicos. Lo mejor, como mucho, por las noches en las bibliotecas públicas. Un detalle este, el de abrirlas veinticuatro horas, que podrían tener en cuenta los que tanto se quejan de que la juventud solo sabe drogarse y asesinar mientras se hace selfies. No obstante, Miller había comprobado que la mayor parte de sus amigos íntimos leían en el WC. Eso sí, géneros de los mal llamados intrascendentes, como el policiaco y el de aventuras, las revistas y, por supuesto, la lectura más inútil de todas para Miller: el periódico. 

Se preguntaba el escritor, no sin cierta gracia, si esa gente podía absorber «más guerra, accidentes, más guerra, desastres, guerra otra vez, homicidios, más guerra, suicidios, guerra de nuevo, asaltos de bancos, nuevamente guerra y más guerra, fría y caliente». Poco ha variado la oferta informativa en los papeles. Como mucho, ahora también tenemos detalles, entre tanta muerte y destrucción, de cómo el calentamiento global nos va conduciendo a un escenario postapocalíptico. Un escenario que también afectaría al confortable occidente que sigue las guerras con suma atención para no aburrirse, más que otra cosa.

Anonadado, revelaba el autor de Trópico de Cáncer que había peña que tenía un par de estantes en el baño con sus lecturas preparadas para la deposición correspondiente. «Su material de lectura los espera», se asombró. Sobre este particular, el diario The Guardian entrevistó en 2011 a Val Curtis, responsable de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, quien desaconsejó esa práctica. Según explicó el galeno, es muy fácil que las heces pasen a los libros a través de las manos. Si se tenía una biblioteca en el baño, advertía, frotarse los ojos, tocarse la nariz o meterse los dedos en la boca después de tocar esos libros entrañaba un riesgo de infecciones. No por casualidad, los amigos de Miller no solían ser prodigios de longevidad. 

Luego el escritor razonaba. Si tan a gusto estás en el baño, continuaba, y solo ahí encuentras la paz y el sosiego para evadirte leyendo, por qué no aprovechas también para darte los más suculentos y refinados manjares. Igual de lógico sería sentarse en la taza y aprovechar el alivio intestinal para comer con un buen vino. Si lo que se precisa, por el contrario, es solo alimento espiritual, Miller sugería que podrían hacerse los cuartos de baño con amplios ventanales para otear el horizonte; qué experiencia sería, tan del gusto de los hippies ibicencos, situarse frente a una puesta de sol y cagar cómodamente. 

También dijo que se podían colgar lienzos de las paredes del excusado para, además, disfrutar de la pintura. Es en detalles como este donde se puede apreciar la vasta cultura de nuestros delincuentes. En España, la Guardia Civil encontró que Juan Antonio Roca, en el marco de la Operación Malaya, tenía un Miró en el váter. Hace falta mucha cultura para elegir pintura surrealista abstracta para hacer caca, o muy poca. Lo seguro es que tiene que ser infalible. 

Al final, Miller se preguntaba por el nuevo milenio, o sea, por el siglo en el que vivimos ahora. Tenía por seguro que pasase lo que pasase seguiríamos cagando. Lo que yo ya no sé si hubiera sido capaz de anticipar el escritor es que un caballero haciendo caca en Calahorra podría estar interpelando al presidente de los Estados Unidos de América desde su celular. 

Porque ya no vamos al baño con el periódico o un libro, ahora nos llevamos el teléfono. No sé qué cara habría puesto Miller si se lo hubiesen contado. En el futuro estamos todos cagando conectados a un party line mundial. Uno puede escribir un mensaje de paz que asombre a cientos de miles de personas sin que sepan que el autor, en el momento de la redacción, estaba defecando. Lo mismo que, si alguien le corresponde a la brillante reflexión diciéndole que con ese mensaje le ha cambiado la vida y alegrado la mañana, tampoco podrá saber ese usuario lleno de felicidad que el autor, al marcarle favorito el agradecimiento, puede haber dejado una huella dactilar marrón en la pantalla del móvil. 

Ese era el desvelo de Val Curtis. El galeno advertía de que las bacterias sobreviven mejor en las superficies lisas de los móviles que en las páginas de los libros. Curtis se había encontrado en un estudio con que uno de cada seis teléfonos móviles en el Reino Unido está contaminado con materia fecal. Todo esto sin contar los tuits a favor del Brexit que hayan podido salir de esas terminales. Por todo ello, se trate del siglo del que se trate, sigue siendo válido el consejo que compartía Miller en su ensayo a modo de conclusión: «medita en tu tiempo libre». 

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