
De dioses animados
En la película Mi vecino Totoro, dentro del escenario de un área rural japonesa de 1958, un padre explica a sus hijas lo magnífico de un gigantesco árbol vecino y le asegura que pertenecía a otra época, pasada y lejana, en que las personas y la naturaleza todavía acostumbraban a mantener una relación de amistad. Poco después, las pequeñas y el progenitor presentarían sus respetos ante el vetusto árbol encomendándose a su protección. Alrededor del tronco de ese monumento natural se enredaba una cuerda de paja de arroz de la que colgaban numerosas serpentinas de papel con formas zigzagueadas. Aquel cordel, conocido tradicionalmente como shimenawa, era una herramienta que la religión sintoísta utiliza con el fin de crear fronteras entre lo sacro y lo profano, cercando con su presencia los espacios sagrados y evitando que sobre ellos pusieran la pezuña los malos espíritus. El shimenawa acostumbra a engalanar los templos sintoístas y las puertas torii, pero en Mi vecino Totoro la cuerda vestía a un árbol colosal de gigantescas raíces, un alcanforero milenario, dotándolo automáticamente de carácter divino.
Las dos niñas no tardaban mucho en descubrir que aquel árbol era la morada de una achuchable criatura del bosque. Un ser que sería bautizado por una fábula nórdica y una dicción atropellada: creyendo que se trataba del trol que aparecía en el cuento noruego Las tres cabras macho Gruff, una de las chiquillas embarullaba la pronunciación de la palabra «trol» en japonés («torooru» escrito «トロール») hasta convertirla en un «Totoro». Pero aquella entidad estaba bastante lejos de las verrugas fruncidas de la mitología escandinava y muy cerca de las creencias que habitan entre ramas orientales. Porque Totoro parecía un ser hermanado con los kami, unos espíritus sagrados que habitan en todos los elementos de la naturaleza y son venerados por el sintoísmo. La religión shinto pertenece a una época, pasada y lejana, en la que hubo de ser denominada con nombre chino («shin-to», que se traduce como «camino de los dioses») por ser anterior incluso a la propia escritura japonesa. Es la creencia más antigua de Japón, un culto que venera a la naturaleza y cuyos dioses son colectivamente denominados yaoyorozu no kami, que significa literalmente «ocho millones de kami», por lo numeroso y abundante de su alineación de deidades. El sintoísmo ha logrado sobrevivir hasta nuestros días pese al empuje que tiene el budismo en su país. Pero lo más interesante es que la silueta de Totoro también ha acabado convirtiéndose en una religión propia al engalanar con sus bigotes y su panza el logotipo de una de las casas de animación más admiradas de la historia del cine: el Studio Ghibli encabezado por el, con razón, endiosado Hayao Miyazaki.
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Excelente artículo, Diego.
No podrías haber detallado mejor la capacidad de Miyazaki de combinar dos etapas tan distintas de la vida como la adulta y la infantil, sin renunciar a ninguna de las cosas buenas que ambas tienen.
Este artículo describe el mejor por qué podemos perdernos fácilmente en la imaginación de Miyazaki. Hay algo tan profundo en sus peliculas y al contrario de las peliculas de Walt Disney, las de Miyazaki presentan temas aptos para adultos pero que también disfrutan los niños.
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