Crónicas marcianas: cuando la humanidad es la pandemia

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Imagen: Subterranean Press.

¿Qué deberíamos hacer con Marte? Hay tantos ejemplos de la humanidad ejerciendo un mal uso de la Tierra, que el mero hecho de formular la pregunta me produce escalofríos. Si hay vida en Marte, creo que no deberíamos hacer nada. Marte pertenece a los marcianos, incluso si no fuesen más que microbios. (Carl Sagan)

¿Cómo es que Crónicas marcianas suele ser descrita como ciencia ficción? No encaja en esa descripción. En todo el libro solo hay una historia que obedece las leyes de la física tecnológica. ¿Qué es entonces Crónicas marcianas? Es el rey Tutankamón saliendo de la tumba cuando yo tenía tres años, las eddas nórdicas de cuando tenía seis, los dioses grecorromanos con los que fantaseaba cuando tenía diez: puro mito. La ciencia y las máquinas pueden aniquilarse o ser reemplazadas. El mito, visto en espejos, incapaz de ser tocado, permanece. Si el mito no es inmortal, casi llega a parecerlo. (Ray Bradbury)

Ray Bradbury escribía epopeyas a su pesar. En Crónicas marcianas, el primer astronauta que aterriza en Marte no muere en un acto heroico o devorado por un monstruoso ejemplar de la fauna local, sino de la manera más pedestre imaginable: asesinado por un marido celoso.

Los marcianos constituyen una antigua raza de baja estatura, piel bronceada y ojos dorados. Poseen habilidades telepáticas, pero desconocen que la Tierra está habitada y no sospechan que los terrícolas están a punto de aparecer a bordo de cohetes plateados. Solo una mujer marciana, Ylla K., anticipa el suceso en un sueño donde se le aparece un hombre muy alto y de aspecto alienígena, pues tiene piel clara, cabello negro y ojos azules, rasgos extravagantes nunca vistos entre los marcianos. Sin entender que su sueño está profetizando un suceso inminente, se lo cuenta a su marido y comenta divertida que el alienígena, pese a sus sorprendentes colores y su enorme estatura, le ha parecido atractivo. El señor K. apenas puede disimular un ridículo ataque de celos del que ella, risueña, se burla cariñosamente. Durante varios días, Ylla canturrea una canción que escuchó en ese mismo sueño, aunque no sabe qué significa, pues la letra está escrita en un idioma misterioso y para ella desconocido: el inglés.

Mientras tanto, un cohete aterriza no muy lejos de donde vive el matrimonio. El terrícola del sueño —un astronauta estadounidense de cabello negro y ojos azules— desciende de la nave y se convierte, aunque nadie lo sabe aún, en el primer ser humano que pisa el planeta rojo. El señor K., casualmente, ha salido de caza. Se encuentra con el terrícola y lo mata. Ylla, que permanece en la casa, olvida de repente y sin saber por qué la canción con la que ha estado entretenida esos días. No sabe qué ha pasado, pero es invadida por una tristeza de la que no consigue deshacerse. En la Tierra tampoco nadie sabrá qué ha ocurrido con el valiente pionero.

Cuando Ray Bradbury publicó Crónicas marcianas, el mundillo de la ciencia ficción recibió el libro con asombro. No era exactamente una novela, sino una recopilación de relatos entrelazados, algunos ya publicados y otros hechos para la ocasión. Antes de Bradbury, el Marte literario había sido escenario de grandes aventuras, pretexto para utopías, o el origen de terribles amenazas. Era algo distinto. Bradbury construyó su Marte relato a relato durante la segunda mitad de los años cuarenta, y era una alegoría de Norteamérica, aunque no sistemática y susceptible de ser resumida con un esquema. Aquella ficción espacial, al contrario que la de Asimov o Clarke, tenía tintes poéticos. El Marte de las Crónicas es un lugar onírico en el que, rememorando con nostalgia los errores astronómicos de Percival Lowell, hay canales y montañas azules, extraños animales y barcos de vela que surcan el aire. Para el Bradbury escritor, influido por las narraciones heroicas de los clásicos y Edgar Rice Borroughs, o por los retratos sociológicos de Sherwood Anderson, la ciencia era secundaria. Siempre le sorprendió que hubiese lectores que le exigiesen mayor precisión y realismo; murió sin cansarse de insistir en que había escrito una única novela de ciencia ficción, Fahrenheit 451, y que casi todo lo demás, incluidas las Crónicas marcianas, pertenecía al ámbito de la fantasía.

Su Marte, lejos de albergar portentosas hazañas, es un planeta estancado en la rutina. Es el trasunto de una Norteamérica que había perdido su magia originaria, la de los nativos, y languidecía en una asfixiante normalidad postcolonial. Es un Marte acientífico donde hace un soportable calor durante el día y un llevadero frío por la noche, donde llueve, donde la atmósfera, aunque liviana y enrarecida como en lo alto de una cordillera terrestre, es respirable. Es un Marte fantástico, pero, sorprendentemente, no del todo inverosímil. Es un Marte melancólico y lúgubre, tangible, donde confluyen las observaciones del escritor sobre la sociedad estadounidense. De origen humilde, Ray Bradbury era muy consciente del carácter migratorio y colonial del país en el que había nacido. Conocía de cerca las tribulaciones de la extranjería, pues su madre era una inmigrante sueca. También estaba familiarizado con la manera en que, como en todo Estado nuevo, la identidad nacional había sido apresuradamente sustentada en un frenético folclore. Su padre era un estadounidense con ya hondas raíces en el país, que descendía de Mary Bradbury, una de las mujeres condenadas en los famosos juicios por brujería celebrados en Salem durante 1692.

Los marcianos de Bradbury tienen también hondas raíces, y su civilización fue antaño grandiosa. Pero al comenzar el relato viven acomodados en un adormecimiento que recuerda mucho al conformismo suburbano de las clases medias estadounidenses. Poseen una fascinante tecnología, aunque creada mucho tiempo atrás por antepasados más enérgicos y curiosos. Los marcianos usan sus artilugios con la misma falta de asombro con la que un humano del siglo XXI utiliza el wifi o el horno de microondas, inventos en cuya naturaleza maravillosa ya ni siquiera reparamos, pero que no hace tanto tiempo hubiesen sido consideradas magia. La apatía y la aparente mediocridad de los marcianos, sin embargo, no contrapesan el hecho, para Bradbury incontestable, de que el planeta rojo les pertenece por derecho. Los primeros exploradores terrícolas, fatuos y hambrientos de gloria, siempre se sorprenden al no encontrar en Marte la respuesta eufórica de los nativos. Y, por desgracia para la antigua raza marciana, los molestos terrícolas son portadores del mal que acabará con su antigua civilización: la varicela.

Tras el holocausto vírico, los terrícolas comienzan a asentarse en un planeta casi vacío donde los escasos marcianos supervivientes dejan de ser la imagen de la clase media y se convierten en una representación de los indios norteamericanos. Los colonos que llegan a Marte, de diversas etnias pero siempre procedentes de los Estados Unidos, son también vulgares, a veces egoístas, otras veces irrespetuosos con el carácter venerable de la desaparecida civilización local. Se empeñan en reproducir sobre suelo marciano las ciudades y costumbres de la Tierra mientras sus hijos «de ojos azules» corretean entre las ruinas de ciudades que una vez estuvieron repletas de vida. A Marte llegan millonarios caprichosos y llegan perdedores. Llegan matrimonios que huyen del insoportable luto por un hijo perdido. O llegan negros de zonas rurales cansados de la opresión racista, hartos de la servidumbre en la que viven bajo unas leyes que, mintiendo con la boca grande, pretenden convencerlos que se les ha concedido una libertad que ellos solo sueñan con encontrar en el planeta rojo.

Los pocos marcianos que han sobrevivido a la pandemia de varicela serán incapaces de sobrevivir al intento de convivencia con los humanos. Su sensibilidad telepática les confiere extraordinarios poderes psíquicos y les hace llevar en público máscaras de metal para atemperar la expresión de sus emociones, pero también se convertirá en el amplificador de las miserias de los humanos que tengan cerca. Asustados, se esconden. Y son forzados a vivir en las montañas porque, amarga ironía, los aprensivos colones temen que los marcianos les contagien la varicela, aunque es imposible, pues todos los humanos la han pasado de niños. Los colonos, por supuesto, no tardan en sentir que el planeta ya les pertenece. A fin de cuentas, ya casi no hay marcianos a la vista. Cuando ante un colono que vende perritos calientes se presenta un marciano que afirma tener un importante asunto que tratar, el humano responde:

«Si el asunto es este terreno, es mío. Construí este puesto de hot-dogs con mis propias manos. Mira, soy de Nueva York. De donde vengo, hay diez millones como yo. De vosotros marcianos quedáis un par de docenas, no tenéis ciudades, deambuláis por las colinas, sin líderes, sin leyes. Y ahora venís a hablarme sobre el terreno. Bien, lo viejo ha de dar paso a lo nuevo. Esa es la ley de dar y tomar. Tengo una pistola aquí mismo».

El vendedor de perritos no ve más allá de sus propias necesidades. Relato tras relato, los marcianos decadentes y aburridos del inicio de las Crónicas aparecen cada vez más ennoblecidos por la comparación con los contumaces y estúpidos colonos que, por desconfiar, desconfían incluso de los congéneres terrícolas que están por llegar a Marte, solo porque son mexicanos y chinos. Los últimos marcianos entenderán que son demasiado frágiles y sufrirán muertes horribles al ser sacudidas sus sensibles psiques por la incontenible irracionalidad de los terrícolas. Los humanos no saben, o no quieren saber, cuándo sus deseos chocan con la existencia de otros seres que también merecen vivir. Esa misma irracionalidad que provoca un tenebroso espectáculo de fuegos especiales en el firmamento marciano cuando la distante Tierra muere arrasada por una guerra nuclear. Ante la noticia de que la Tierra ha sido devastada, la esposa del propietario del puesto de perritos calientes solamente es capaz de pensar en que ya no llegarán nuevos clientes: «Me parece que va a ser temporada baja».

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Marte es mancillado y profanado por la irritante raza humana que, tras destruir su propio planeta de origen, ha comenzado con la tarea de destruir el siguiente. Es un destino injusto para los marcianos y un triunfo inmerecido para los invasores terrícolas, pero es una secuencia inevitable. En el último relato del libro, que quizá tenga uno de los mejores títulos de la ciencia ficción «El picnic de un millón de años», la consumación de la invasión humana produce una sensación amarga y deprimente. Ya no quedan marcianos, así que los marcianos son ahora los descendientes de los terrícolas, al igual que los norteamericanos de la época de Bradbury ya no eran los indios, sino los descendientes de europeos. Un destino que tiene un nombre desde el siglo XIX: el estadounidense John O’Sullivan —que, como prototípico periodista, se erigía en paladín de altos valores morales y, sin embargo, era un entusiasta defensor del genocidio de los indios— lo llamó «destino divino» primero, y después, más famosamente, «destino manifiesto». A finales de ese mismo siglo, el etnógrafo alemán Friedrich Ratzel hizo una de tantas piruetas contemporáneas para tratar de adaptar la teoría darwiniana a las ciencias sociales y creó el concepto Lebensraum, el «espacio vital de los pueblos» que el sueco Rudolf Kjellén introdujo en su «geopolítica». A su vez reconvertida en la Geopolitik de Karl Haushfer y de la que, por supuesto, bebió Adolf Hitler para imaginar su «Reich de los mil años».

El genocidio marciano descrito por Bradbury descansa en el mismo abandono moral del «destino manifiesto» que acalló las dudas sobre la expansión de los Estados Unidos hacia el oeste, pero, aun con esto, no es un genocidio político. La aniquilación de los marcianos no responde a una teoría étnica o a un plan estructurado. Los colonos «vinieron porque estaban asustados o porque no lo estaban, porque eran felices o infelices, porque se sentían como peregrinos o porque no se sentían como peregrinos. Había un motivo para cada hombre. Venían para encontrar algo, para desenterrar algo, o para enterrar algo, o para abandonar algo. Venían con pequeño sueños, o con ningún sueño en absoluto». Es un genocidio producto de la naturaleza irrespetuosa y sonrojante del ser humano promedio, de su estupidez y codicia. No intervienen ideólogos ni generales, ocupados en provocar el desastre atómico en la Tierra. La civilización marciana es primero arrasada por los virus, pero no es rematada por grandes planes expansionistas o geopolíticos, sino por las mediocridades cotidianas de los invasores. Como en la frontera del Far West, el daño está hecho antes de que las instituciones burocráticas tengan tiempo de establecerse. Cuando los marcianos son aniquilados, apenas puede decirse que hay algo parecido a un Estado humano en ese planeta.

Eso sí, ya se adivinan en Crónicas marcianas las primeras pinceladas de Fahrenheit 451, pues aparecen guardianes de la moral muy preocupados por el pensamiento ajeno, por el control de las ideas nocivas, y, cómo no, por la quema de libros perjudiciales. Uno de los grandes temas en la obra de Ray Bradbury es la alienación. En sus historias, los personajes libres suelen ser tratados como locos por sociedades que, incluso no pretendiendo ser tiránicas, tienden al adocenamiento. Bradbury dijo que, al escribir Fahrenheit 451, «no estaba tan preocupado por la libertad como por los individuos que son convertidos en imbéciles por la televisión», así que solo cabe preguntarse qué hubiese dicho sobre las redes sociales como Twitter o Facebook. Para él, la censura no formaba parte del sistema estadounidense per se, pero sí aparecía en oleadas como la caza de brujas promovida por el senador McCarthy; oleadas que constituían «un aviso». Esta preocupación aparece en las Crónicas marcianas, aunque todavía como asunto secundario. Bradbury, al contrario que George Orwell, no escribía tanto sobre la opresión política como sobre la opresión social. Orwell describe a individuos aplastados por el Estado; Bradbury describe a individuos alienados por sus conciudadanos. En su relato «El peatón», un hombre se atreve a disfrutar de un paseo nocturno por la calle mientras todos los demás ciudadanos miran las pantallas en sus casas; un coche de policía robotizada lo localiza y lo detiene, aunque no lo envían a una cárcel, sino a un centro psiquiátrico donde curar sus «tendencias regresivas». El relato fue inspirado por una anécdota real: un policía de Los Ángeles sospechó de Bradbury por el mero hecho de caminar en una zona solitaria y le preguntó qué estaba haciendo. El escritor, cuyo humor ácido era más evidente en su vida que en su obra, respondió: «Estoy poniendo un pie delante del otro». Al policía no le gustó la respuesta, aunque no encontró motivo para justificar una detención. Como se ve, no fue un acto opresivo del Estado, sino la reacción estúpida de un agente con el ego herido.

En Crónicas marcianas no hay gobiernos, no hay líderes, no hay instituciones regladas. Es una alegoría social en la que no existe un establishment al que señalar como responsable del genocidio marciano, desviando así cada cual sus culpas individuales. La responsabilidad de las injusticias, nos dice Bradbury, es de todos. La maldad y el egoísmo son perniciosos, pero la estupidez y la pereza mental también hacen daño. Así que no basta con creerse virtuoso; hay que intentar sopesar el posible alcance de lo que se hace y de lo que se dice. Pocas épocas más indicadas para revisitar este libro, ahora que el Perseverance nos envía imágenes espectaculares desde Marte mientras la Tierra padece su propia pandemia, y los últimos juguetes de Elon Musk, tan similares a los cohetes plateados de las Crónicas, caen o estallan. Estas casualidades, sin duda, hubiesen fascinado a Bradbury. Quizá, quién sabe, le hubiesen distraído momentáneamente del horror de comprobar que el mundo se ha convertido en lo que él temía: un culto generalizado a las pantallas.

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5 Comentarios

  1. Gracias por el articulo. Muy interesante
    Solo un detalle. Yo creo que el señor K sale a matar al terrícola. No es un encuentro casual. Ylla ha dicho en voz alta , mientras dormía, el sitio y la hora donde amertiza ? el cohete. El señor K dice que va a cazar e impide que Ylla salga de casa, mientras el claramente va a buscar al astronauta para matarlo. Me equivoco?

  2. Aunque en su tiempo la consideré la idea de un científico demasiado embuído y aislado en sus teorías biológicas, ahora
    comienzo a pensar que de tanto no se equivocaba. Que seamos una organismo como cualquier otro no lo discuto, obediente
    a las leyes de la vida con su reproducción, organización social, muerte y demás, pero que las ciudades iluminadas eran
    la metáfora de una enfermedad infecciosa del planeta con su resultado final, lo purulento, me parecía exagerado. Y mostraba
    una foto del hemisferio en el cual transcurría la noche en la Tierra tomada desde lo alto. Y sí, la imagen era
    sugestiva con ese acúmulo de amarrillo en un punto, las principales capitales, pero me parecía exagerado. El resultado es
    que, comprobando cómo van las cosas, ahora, esa misma fotografría ya no la veo como una demostración de gozosa,
    irrefrenable y esperanzosa vitalildad. Y lo único que falta es que Marte sea contagiado. Como siempre un gusto leer
    sus resúmenes, en este caso de un clásico de mi juventud.

  3. Dice el artículo “…no estaba tan preocupado por la libertad como por los individuos que son convertidos en imbéciles por la televisión», así que solo cabe preguntarse qué hubiese dicho sobre las redes sociales como Twitter o Facebook.”

    No hace falta que nos lo preguntemos. Ya dejó claro lo que pensaba en otro relato, además de resultar totalmente visionario, con esos relojes “inteligentes”. El título del relato ya nos da una pista … El asesino (Las doradas manzanas del sol).

    https://docplayer.es/42757043-El-asesino-ray-bradbury.html

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