Bradbury y la temperatura del papel

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Detalle de la cubierta de Fahrenheit 451 60th Anniversary Edition.

Con el tiempo, lo que más aprecio en las personas son sus contradicciones y defectos, porque me parece que mediante el conocimiento de nuestros límites se percibe mejor cómo somos verdaderamente. Se podría decir que lo que no hacemos bien nos define tanto o más que aquello en lo que somos buenos. Una contradicción en nuestra vida es una fisura en la fachada de nuestra imagen social, a través de la que el buen observador contempla nuestro verdadero interior. Este razonamiento también funciona con los escritores a los que uno admira, porque la primera materia de la buena literatura es la vida. Ray Bradbury fue un escritor de ciencia ficción que odiaba la tecnología, que jamás condujo un coche ni utilizó un ordenador. Una contradicción tremendamente prolífica, como se sabe. La aversión a los automóviles (ni siquiera llegó a tener carné de conducir) le venía por un trauma: al parecer presenció un terrible accidente en el que tres personas fallecieron cuanto tenía dieciséis años. Contó alguna vez que después de verlo tuvo que volver a casa apoyándose en muros y árboles, incapaz de caminar. Le llevó semanas reunir fuerzas para salir de nuevo a la calle.

Como autor, Bradbury encerraba la misma paradoja que como hombre: pensar en el futuro desde una permanente añoranza del pasado. Si pensaba en el futuro era para tenerle miedo. Coches y ordenadores eran algunos de los grandes peligros de la humanidad para él, y dedicó tanto esfuerzo a sacar fuera esos miedos que nos legó obras futuristas que en realidad reivindican el pasado. Así son sus Crónicas Marcianas o Fahrenheit 451, que pueden interpretarse sin forzarlos demasiado como una especie de manifiestos luditas en los que la cultura de verdad, la que contienen los libros, siempre es la gran amenazada. Su odio por la tecnología era general y trascendente, en el sentido de que era algo profundamente estudiado y meditado. Temía intensamente, y ahí es donde más me identifico con él, que la modernidad enterrase nuestra cultura y quemara nuestros libros, entiéndase esto último de una manera literal o simbólica. Cuando le preguntaban qué le parecía internet, solía responder que para él era algo anticuado, una técnica que nos anclaba como sociedad en lo estático. Creía que la conquista del espacio nos hacía más libres, y las redes electrónicas más esclavos. Por suerte para la humanidad, en la literatura siempre ha existido una estirpe de visionarios especialistas en nadar a contracorriente, y este escritor de Illinois es uno de ellos.

A Ray Bradbury lo descubrió en cierta medida Truman Capote, otro destacado en la dinastía de escritores raros, cuando editaba la revista Mademoiselle. Presentó a esta publicación «Homecoming», una historia sobre un chico normal que ha tenido la desgracia de nacer en una familia de superdotados. El relato llegó a ser considerado para el Premio O. Henry como una de las mejores historias cortas de 1947. El peor favor que se puede hacer a Ray Bradbury es clasificarle solamente como un autor de ciencia ficción, en primer lugar porque ya se sabe que las etiquetas de género siempre te empequeñecen, pero sobre todo porque, tomada su obra en conjunto, la ciencia ficción solamente cubre una porción modesta de su obra, aunque sea sin duda la más conocida. Fue un excelente poeta, cuyos poemarios han pasado demasiado desapercibidos, y tiene un libro en el que expone sus ideas sobre creación (Zen en el arte de escribir) que deberían tener muy en cuenta aquellos que se inician en la escritura, sobre todo porque gran parte de su contenido se dedica a señalar el camino para conseguir la felicidad desde la literatura, algo que muchos de los escritores profesionales que conocemos no han disfrutado ni durante cinco minutos.

Algún miembro del departamento de bomberos de Los Ángeles es el culpable de que todos pensemos que el papel arde a 451 grados Fahrenheit (232 en Celsius), ya que la leyenda cuenta que Bradbury se tomó la molestia de preguntarles por la temperatura exacta. También debemos aceptar que Ray Bradbury escribió su obra maestra en poco más de una semana, a partir de su relato «The Fireman». El proceso tuvo lugar en el sótano de la universidad pública de Los Ángeles (la famosa UCLA), utilizando una máquina de escribir alquilada. Después llamó al departamento de bomberos de la ciudad, y preguntó a qué temperatura se quemaba el papel sin estar expuesto a una llama. Alguien respondió 451, una magnífica mentira (los chicos de la ciencia dicen que no hay una respuesta fácil para eso) que todos repetimos con placer desde entonces, porque ese número ha permanecido como un símbolo del peligro que corren los libros en un universo tecnológico. «La civilización morirá si el libro muere», podría ser la sinopsis en una línea de esta obra maestra de la ciencia ficción. Existe una frase terrible de Bradbury que condensa a la perfección su mensaje, y que además es tan relevante en nuestros días que produce escalofríos leerla: «No tienes que quemar los libros para destruir una cultura. Basta con provocar que la gente deje de leerlos».

Estos tiempos de cultura cuestionada y transformada, anulada en gran medida por el fenómeno de atomización de la alta cultura, de lecturas tan plurales como inexistentes, son perfectos para recuperar la sensatez humanista de Bradbury. Siguiendo el guion del booky  prototípico, se casó con la dependienta de una librería, obviamente porque la amaba (un matrimonio para toda la vida, el de ambos), pero también porque parecía estar cumpliendo todo un ciclo heroico de amor por la lectura tradicional. Aquella primera cita a los veintidós años con la dependienta de la librería fue la primera y única vez que Ray Bradbury pidió salir a una chica.

Sesenta y cinco años después de su publicación, ha llegado el momento de Bradbury, el tiempo de leer Fahrenheit 451 y conocer cuál es la bondad básica de la humanidad. Lo que escribió es una fábula acerca de unos políticos entre corporativos y dictatoriales que mantienen una apariencia de democracia en la que mantienen a una masa no pensante con distracciones superficiales, rechazando con todo el odio y rigor a quien de verdad consiga pensar por sí mismo y sueñe con mantener una cultura verdadera. Díganme si la situación les es familiar.

A los lectores avisados no les sorprenderá que Bradbury mereciese la admiración de Jorge Luis Borges, el creador de la idea de la biblioteca infinita. Existe alguna que otra edición en español de las Crónicas marcianas con prólogo de Borges, que es como rodear un cuadro de Dalí con piedras preciosas. El genio argentino expresa la fascinación que la obra le produce mediante unas expresivas interrogaciones: «¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de la soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima?».

La respuesta clave a las preguntas de Borges es, naturalmente, que cuando Bradbury habla de otros planetas siempre está refiriéndose a la Tierra, porque pertenece a esa raza de escritores que nos lleva muy lejos para hablarnos de lo más cercano, que explora el universo remoto para explicarnos qué ocurre en nuestras calles.

Varias compañías se entrevistaron con Bradbury para poner sus libros en la red. Les respondió que no volvieran a ponerse en contacto hasta que fueran capaces de reproducir mediante internet una buena portada, un buen papel y (atentos a la última condición) el olor de un libro. Bradbury insistía en que a la lectura de ordenador le faltaba calidad, que la sensación final era como leer un manuscrito, y nadie quiere leer manuscritos. La gente quiere leer libros, y los libros huelen bien y tienen una apariencia fascinante. En las precisiones de Bradbury puede encontrarse el desafío al que hoy nos enfrentamos: el libro puede desaparecer, aunque su información no lo haga; es decir, tendremos más datos disponibles que nunca, pero lo difícil a partir de ahora va a ser (ya lo está siendo) mantener el deseo de leer. Así sucede con los e-books y esos cientos de clásicos que traen pregrabados cuando uno los compra: tienes mil libros en la memoria del aparato pero ningún deseo de leerlos.

Aquellos que conocieron a Bradbury afirman que era tremendamente generoso con los escritores jóvenes. Alguna vez escribió que si cuando tienes diecisiete años la gente no piensa que estás loco es que estás haciendo algo mal. No le importaba perder gran parte de un día de trabajo dando consejos a alguien que empieza, si con ello pensaba que podía ser más feliz en la escritura. Porque otra de las claves del universo Bradbury es que lo que uno hace debe proporcionarle felicidad. El autor de las Crónicas marcianas pensaba que un escritor puede considerarse exitoso si ha contribuido a que sus lectores vivan mejor y por tanto sean felices, un estado que previamente tiene que alcanzar el escritor. La humanidad funcionaría mucho mejor si más personas influyentes tuvieran esa meta.

Como una de esas coincidencias cósmicas que tanto nos gustan, los cazadores de casualidades encontraron que el día de su muerte, el 5 de junio de 2012, Venus se encontraba en un tránsito inusual. El año de su fallecimiento, la NASA ponía un rover en Marte. Llamaron al lugar en el que aterrizó «Bradbury Landing», con un buen sentido de la justicia cósmica.

Bradbury soñó con un futuro que no amaba lo suficiente el pasado, gobernado por un puñado de tecnócratas engreídos que creían que la humanidad empezaba con ellos. Profetizó el desembarque e imperio de los chicos listos de Silicon Valley. Nos recetó que mirásemos más hacia un mundo preindustrial, o al menos pretecnológico, porque estaba convencido de que ahí estaba la fuente de nuestra felicidad. Acepten mi propuesta de leer o releer Fahrenheit 451, y entren en el viaje intelectual que el autor propone. Espero que aquellos que relean la obra coincidan conmigo en que las palabras de Bradbury parecen más relevantes hoy de lo que eran hace años. Acabo este artículo de amor a la obra de Bradbury con una frase que es toda una filosofía ludita y ecologista, acerca de la importancia de que apreciemos el mundo tal y como es: «Llena tus ojos de estas maravillas, dijo, vive como si fueras a morir en diez segundos. Contempla el mundo. Es más fantástico que cualquier sueño hecho en una fábrica».

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5 comentarios

  1. “Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”.

  2. Leer y escribir, siempre, no importa cómo y sobre que. Es el primer paso hacia la materialización de los sueños, a la liberación de los miedos.

  3. y sus otros libros, algunos más que otros, tienen esa transferencia de atmósfera de una niñez y una nostalgia que nadie más logrará relatar.

  4. Pingback: Bradbury y la temperatura del papel | SER+POSITIVO

  5. Nunca quemamos con razón.

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