Jacques Lacan: Un trampantojo

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Jacques Lacan
Jacques Lacan, 1976. Fotografía: Cordon.

Lacan es, según él mismo dice, un escritor cristalino. (J. C. Milner, Claridad de todo)

Jacques Lacan (1901-1981) fue durante cincuenta años una de las figuras más representativas e influyentes del siglo XX de la vida cultural francesa y de gran parte de Europa. Aún hoy, la simple mención de su nombre sigue provocando una fuerte división tanto entre profesionales de la salud mental como entre intelectuales de otras disciplinas. Para unos, se trata de un gran pensador, del legítimo heredero de Freud, del gran renovador del psicoanálisis clásico. Para otros —para la mayoría—, Lacan no pasa de ser un impostor que creó un sistema de pensamiento tan fraudulento como incomprensible que, como las más grandes falsificaciones, creció sobre algunas hebras de genialidad. A su muerte, Carlos Castilla del Pino, el psiquiatra gaditano, le despidió con esta necrológica en El País: «Jacques Lacan ha muerto oportunamente, cuando majaderos que hasta hace unos meses no podían ni estornudar sin decir ¡Lacan! dejaban ya de citarle. (…) Las manufacturas Lacan se han vendido, pero que muy bien, por habilidosos que envidiarían agentes de Tarrasa o Sabadell, titulados como el-que-sabe-lo-que-Lacan-quiere-decir-cuando-habla bajo supuestos nihil obstat que el propio Lacan parecía repartir. El dinero dejó de ser significante metafórico de la mierda para irse derecha, valiente y literalmente a él. Lacan no estuvo exento ni mucho menos de responsabilidad en esto que acaeció y de lo cual comienza a ser víctima. Se constituyó en la Esfinge, en aquel que sabía del lenguaje del inconsciente porque hablaba el inconsciente como el francés. (…) El lenguaje de los lacanianos —el charlacaneo de Mario Bunge, el lacanear— (…) era divertido: todo podía ser dicho porque nada era».

Jacques-Marie Émile Lacan nació en París pocos meses después de que Sigmund Freud ordenase la publicación de La interpretación de los sueños en 1900, pese a que el libro llevaba escrito más de un año. El maestro de la Bergstrasse sabía que lo que entregaba al mundo, una de las piedras sillares del psicoanálisis, era tan importante que necesitaba un siglo nuevo para ponerse de largo. Lacan creció en el seno de una acomodada pero convulsa familia de comerciantes. Estudió en el colegio Stanislas e hizo la carrera de Medicina en París para dedicarse luego a la psiquiatría. Tuvo la suerte de formarse con buenos maestros de los que supo sacar aquello que le era útil, tal vez no tanto para su formación clínica como para su proyección personal. Es el caso de Henri Claude, de gran prestigio social, que le protegería muchos años y que le abrió las puertas del psicoanálisis y del mundo cultural francés que dominaban marxistas y surrealistas. 

Pero tal vez el psiquiatra que más influyó en los primeros años de formación del «hijo de Alfred Lacan» (como lo llama Élisabeth Roudinesco en la biografía mejor documentada) fue Gaëtan Gatian de Clérambault, uno de los clínicos más perspicaces en la historia de la psiquiatría y creador de un concepto psicopatológico clave: el «automatismo mental», que da una explicación coherente de la génesis de los fenómenos alucinatorios y delirantes que aparecen en las psicosis. Clérambault era un hombre muy peculiar. Misógino recalcitrante, estaba seducido por los tejidos con los que cubrían sus cuerpos las mujeres árabes, por el sonido que emitía la seda al rozar con la piel femenina. A esta curiosa afición dedicó gran parte de su vida. Muy interesado en las psicosis delirantes, aisló una variedad muy concreta que incluía un delirio de castidad: la erotomanía, en la que la persona afectada se cree amada de forma casta por algún personaje célebre o de un nivel social muy superior. Las ideas de Clérambault sobre los delirios pasionales fueron fundamentales en la génesis de la tesis doctoral de Lacan, que tituló: «De la psicosis paranoica y sus relaciones con la personalidad» y le reportó gran reconocimiento en el gremio. La relación de Clérambault con Lacan acabó de forma casi violenta, con el maestro acusando al alumno de haberle plagiado las ideas, y con un irreverente y engreído Lacan respondiéndole que el copiado era él. El asunto quedó zanjado de forma dramática con el suicidio de Clérambault en 1934 tras haber perdido la visión a causa de una operación de cataratas. 

Las novedosas ideas que Lacan había propuesto para explicar la «estructura paranoide» llamaron la atención de artistas como NizanCrevel o Salvador Dalí, que también había expuesto una curiosa teoría sobre la génesis de la paranoia en El asno podrido (1930). De repente, un hombre como Lacan, de ideas conservadoras, se vio vitoreado por la intelectualidad de extrema izquierda sin que al joven le supusiera mayor problema esa cohabitación. Por esa época, comienza su propio psicoanálisis con Lowenstein. Este paso era requisito indispensable para acceder a los principales cenáculos psicoanalíticos que ya copaban la escena del pensamiento psiquiátrico y artístico. Lacan llevó mal tener que pasar por el diván de Lowenstein, al que descalificaba continuamente. La relación entre ambos también terminó mal. Lacan consiguió que se le diese el pase de forma un tanto fraudulenta y contra el criterio de Lowenstein. Fue uno de los primeros conflictos serios con la ortodoxia freudiana representada en Francia por la princesa Marie Bonaparte.

Con la Segunda Guerra Mundial en ciernes, Lacan abandona el contacto con pacientes psicóticos. Su interés por las locuras femeninas permanecerá, pero desde un plano teórico. Comienza a frecuentar círculos exclusivamente psicoanalíticos y contacta con filósofos como Koyré Kojève, que le dan a conocer las obras de Hegel, Heidegger y Husserl. Con ese bagaje, Lacan busca dar solvencia teórica a su personal interpretación de la obra de Freud. Lo mismo le sucederá con Ferdinand de Saussure y el Curso de lingüística general, publicado en 1915, y que será otro de los pilares de su pensamiento.

Cuando estalla la guerra, «el hijo de Alfred» se ha casado y ha sido padre por primera vez. Las relaciones de Jacques Lacan con las mujeres suponen un capítulo especialmente interesante. No existe prácticamente ningún periodo de su vida adulta en que no simultanee dos o tres parejas sentimentales. Se maneja con una notable frialdad con sus esposas y con sus amantes tanto en las rupturas como en los conflictos y en los acercamientos, cuentan sus amistades. Durante la guerra, su condición de médico militar le permite obtener ciertas ventajas con las que mantener su ajetreada vida amorosa. Este rasgo entre psicopático y seductor de su carácter se mantendrá hasta su muerte. Otros testigos le recuerdan próximo a cumplir los ochenta años coqueteando con una jovencilla en el Vivarois, un restaurante de tres estrellas de la nueva cocina francesa. Durante la guerra no publicó ni una sola línea, pero no hace falta insistir en que no se planteó incorporarse al frente en ningún momento como hicieron muchos de sus amigos y colegas. Tras la guerra, Lacan ya no es el mismo. Su repertorio de intereses ha cambiado. Prosigue con su reinterpretación de las obras de Freud, con su búsqueda del Freud puro, la mejor de las excusas posibles para utilizar el prestigio social del psicoanálisis como anzuelo, pero bajo su dirección. Decía creer en la teoría freudiana, pero no en la cura analítica que repensó a su antojo, sobre todo en la duración y el precio de las sesiones. 

Lacan comienza a reflexionar sobre las causas de la guerra y sobre las crisis: del tejido social, de la familia, de la función paterna. Su interés por la psiquiatría infantil se acrecienta a la par que lo hacen sus conflictos con todas las escuelas psicoanalíticas de las que se va o lo echan, según las versiones.

En 1953 fue nombrado profesor en Vincennes y en la Escuela Normal Superior. Ese año es clave en su vida porque inicia sus célebres seminarios psicoanalíticos en el hospital de Sainte-Anne de París, que continuará en la Escuela Normal Superior. En el mismo año fundó la Sociedad Psicoanalítica de París, formulando una de sus ideas más conocidas: que el psicoanálisis debe interpretarse como un hecho lingüístico. Lacan se hará universal al crear en 1964 la Escuela Freudiana tras una escisión de su propia sociedad. En enero de 1980, tras una famosa descarga verbal en la que acusa a sus seguidores de «borregos pasivos que no le comprenden porque no saben leerle», él mismo destruye su escuela y la sustituye por una minoritaria Agrupación de la Causa Freudiana. Un año después, fallece a causa de un cáncer del aparato digestivo. Poco antes había pronunciado una maravillosa frase que lo define como psicoanalista, intelectual, seductor, engreído, endiosado: «Si yo desapareciera, pensad que ello tendrá por objeto ser otro, por fin». Así, de todo esto, acaeció Lacan.

La obra lacaniana hay que juzgarla, principalmente, como una vuelta a Freud. Lacan intenta dotar a las teorías freudianas del cientifismo que, a su juicio, habían perdido. Así, somete la psicología concreta de Freud a la lingüística estructural, tan abstracta: el lenguaje será el instrumento del conocimiento psicoanalítico, no una estructura inmóvil. La palabra del sujeto hablador o parlante será el objeto de su análisis. «El discurso del inconsciente está estructurado como un lenguaje», dice Lacan. Pero es una lengua subjetiva y confusa que habrá que descifrar. Carlos Gurméndez, uno de los mejores descodificadores del lacanismo en castellano, dejó escrito que «quizá la originalidad de la obra de Lacan consiste en que demuestra el tránsito recíproco y a la vez la unidad de la objetividad de la palabra, el orden de la cultura con la subjetividad del inconsciente, la palabra de la tribu (Mallarmé)». Quizá era así.

Sigue Carlos Gurméndez, traduttore: «Lacan descubre en el lenguaje los trucos y las habilidades del inconsciente. Formula las siguientes categorías lingüísticas: la metáfora, la metonimia (…). El lenguaje es cuerpo para Lacan y posee una materialidad física». 

Lacan desencadenado.

«Ahora bien, el protagonista del lenguaje no es el Yo, sino el sujeto como otro. El inconsciente es el discurso de este último, del otro del propio yo, la objetivación de la subjetividad (…). [En] el momento del Edipo, el padre aparece como un intruso en esta relación dual e introduce al niño en lo que Lacan llama el orden simbólico. (…) Hay un otro que surge del yo, lo que Lacan llama “el estadio del espejo”. El niño se ve como sujeto autónomo y adquiere la imagen de sí mismo reconociéndose en el espejo. El reconocimiento de su imagen la hace superar la dependencia y alcanza la anticipación de su propia realidad como Yo. (…) El Yo es un sujeto de ficción, lo imaginario (…). Esta es la intuición que domina toda la obra de Hegel y de Marx: la alienación. El deseo se constituye por el reconocimiento, por la mediación del otro», aclara Gurméndez.

Otra de las vías por las que Lacan intentó dotar de cientifismo al psicoanálisis fue, como siempre sucede, a través de la razón más pura, o sea, a través de las matemáticas, sobre todo de la topología y de la lógica. Un intento fallido, a juzgar por el durísimo capítulo que Sokal Bricmont le dedicaron en sus Imposturas intelectuales (1997).

La famosa topología psicoanalítica lacaniana. La cinta de Moebius, el toro, la botella de Klein, el cross-cut y el nudo borromeo se harán famosos. Escriben Sokal y Bricmont: «El lector se estará preguntando qué relación hay entre estos distintos objetos topológicos y la estructura de las enfermedades mentales. Nosotros también; (…) Lacan no aporta ningún argumento para sostener su afirmación perentoria. (…) las “matemáticas” de Lacan son tan fantasiosas que no pueden desempeñar ninguna función útil en un análisis psicológico serio. No se puede negar que el autor tiene una vaga idea de las matemáticas a las que alude. Pero solo eso: vaga y poco más».

El corolario con el que Sokal y Bricmont cierran el capítulo de su libro dedicado a Lacan resume con fría exactitud el lacanismo: «Nos hallamos ante lo que se podría denominar “misticismo laico” (…) combinando los juegos de palabras y la sintaxis fracturada, y sirviendo de base para la exégesis reverente de sus discípulos. Es, pues, legítimo preguntarse si no estamos, al fin y al cabo, en presencia de una nueva religión.»

Jacques Lacan, en pos de un presunto cientifismo, olvidó que quien quiera hacer ciencia nunca puede quedarse en la pura y fría teoría despreciando la observación y la experiencia. Un lamentable olvido. 

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10 Comentarios

  1. No es cross-cut. Es cross-cap. El odio en este texto revela lo que realmente hay en ese “cut”: El cut and paste de datos biográficos de corte moralistas.

    • Estoy de acuerdo contigo, Erick.
      Demasiada mala baba en todo el artículo. Ciertamente (y siguiendo a Lacan de una forma muy superficial) el inconsciente del autor se ha puesto muy en evidencia con ese lenguaje.

      He leído poco a Lacan, pero me resulta fascinante. No entro en sus movidas personales.
      Puestos en moralismos, deberíamos dejar de contemplar obras de unos cuantos pintores, de leer a cien escritores, de escuchar a mil músicos…

      Si se trata de negar validez a la obra de alguien que sea por lo que esta contiene. Si se quiere provocar, hay que buscar otras maneras: el insulto no es provocación, solo pocas ganas de elaborar un poquito una mínima argumentación.

      Si va de punk, señor Jambrina, no se quede en el escupitajo…poco punk ha escuchado

  2. Mucha impostura intelectual à la sokal-bricmont veo en el autor del artículo. Rozando el efecto Dunning-Kruguer diŕía yo.

  3. Al parecer, Jacques Lacan cuenta con grandes defensores dispuestos a resguardar su memoria y valía. Yo les recomiendo la lectura del libro que cita el autor del artículo del que, además, hay una revisión más reciente con el título Más allá de las imposturas intectuales de Alan Sokal, del año 2009.

  4. Que Sokal y Bricmont denunciasen el uso del lenguaje y términos científicos tendría sentido en el contexto de las matemáticas o las ciencias duras. Pero en cuanto ellos mismos se declaran desconocedores del psicoanálisis, o de la filosofía del siglo XX (a Khun y inconmensurabilidad, o a Quine y la subdeterminación de las teorías) , intentar enmendar la plana en esos campos debiera considerarse así mismo otra impostura.

    • Sokal y Bricmont se limitan a poner al descubierto el uso fraudulento que hacían Lacan y otros de las matemáticas y la física. Básicamente exponen los conceptos físicos y matemáticos que usaron para fundamentar fenómenos sociales o psíquicos y demuestran que no los han entendido.

      Y de forma prudente, dicen: No estamos refutando las teorías lacanianas, pero Lacan no entendió bien los conceptos que arrastró de un campo del conocimiento al otro.

      • Sin tener conocimiento de las teorías a las que se les aplica las analogías extraídas de las matemáticas o la física ¿cómo pretendes decir que Lacan no las ha entendido? Lacan habrá omitido como hace el cambio de categoría de un campo de conocimiento a otro, pero eso no es lo mismo que decir que no los ha entendido y que se saca esa conclusión al leer su obra.

        • Que trasladaba conceptos de topología a sus teorías sin entenderlos correctamente y se hacía la picha un lío, no es tan difícil de entender.

          • ¿?

            Volvamos al principio.

            -Buenos días!.

            -Buenos días!.

            – Lo que no parece difícil de entender es que Lacan no hablaba sobre matemáticas o física sino de psicoanálisis. Utilizaba conceptos extraídos de las matemáticas o la física como ANALOGíAS en campos del psicoanálisis. Son contextos distintos. Para decir que Lacan se hacía la picha un lío al utilizarlos habría que saber de psicoanálisis, cosa que tanto Sokal como Bricmont reconocen no tener ni idea.

  5. ¿Es seria esta crítica -si es que se le puede llamar así y no un estúpido e infantil berrido-?
    Todo bien con que Lacan sea despreciable, ¿pero empobrecer una teoría que de hecho busca descentralizarse respecto de las pretensiones científicas de la época (dispositivo de verdad unitaria). Y, sin embargo, medirlas desde ahí?

    Al parecer la debilidad de pensamiento es crucial para esta columna.

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