
Cuando nuestros padres llevaban pantalón corto e iban al colegio, o antes, cuando incluso aún no existía el nacionalismo vasco —es decir, en el Paleolítico Superior—, se tenía como Verdad Universal Indiscutible que toda la Edad Media hispana estaba inevitablemente encaminada hacia su Destino, que era la Unificación de la Patria. Esto otorgaba la cualidad de adivinos a sus promotores, salvo, claro está, que se parta de la base de que eso de España ha existido siempre. En historiografía eso se llama teleología; se tiende a explicar el pasado sabiendo lo que ha ocurrido después, por lo que es frecuente que se interprete mal. Suele olvidarse muchas veces, intencionadamente o no, que los protagonistas de cualquier época no saben lo que va a pasar en el futuro. No es grave, pasa en las mejores familias. Pero en la idiosincrasia hispánica, sea cual sea su nacionalismo favorito, que los hay de muchos sabores, esta divertida distorsión se mezcla con algunos periodos históricos para crear tormentas perfectas sobre las que dar vueltas y más vueltas.
Estamos a principios del siglo XV. En 1409 morirá Martín el Joven, heredero de la Casa de la Corona de Aragón —nombre oficial del invento—, dejando a su padre, ídem el Humano, sumido en la zozobra, ya que Martín Jr. era su último hijo vivo. Se encontraba el hombre ante un problema sucesorio de órdago, porque para complicar más el asunto, gobierna sobre tres territorios con sus propias Cortes, y lo que es peor, sus leyes sucesorias diferentes según tuviera validez la transmisión de derechos por vía femenina (Aragón) o solo masculina (Cataluña). Lo primero que intentó el Humano fue, a sus más de cincuenta años, casarse con una chavalilla de veintiuno a ver si podía engendrar. Pero en esas estaba cuando enfermó y murió, no sabemos si del esfuerzo. El caso es que viendo complicada la tarea de preñar a la princesa, había consultado por adelantado a los mejores juristas del reino, que obviamente no se habían puesto de acuerdo, por lo que los aspirantes menudeaban. Quiso entonces asegurar la candidatura de un nieto bastardo, Fadrique de Luna, pero a tanta nobleza y parentela regia como había no le pareció bien esta solución. Así que en el momento de espicharla ya había un par de candidatos firmes maniobrando en la sombra, Jaume de Urgell y Luis de Calabria. Para que se hagan una idea, las últimas palabras del Humano en su lecho de muerte fueron algo así como que «el reino debía ser para quien en justicia lo mereciera», traducido al habla moderna como «haced lo que os rote, que yo me muero».
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Curiosa la errata.
Cataluña y Catalunya, varias veces, una y otra.
Valencia y Aragón eran reinos dentro de la Corona aragonesa, como también tuvieron ese título Mallorca, Sicilia, Nápoles y Cerdeña.
Pero Cataluña nunca fue reino sino principado.
Condado
Principado;elpríncipe era el Conde de Barcelona, pero había más condados.
Resulta gracioso que un puñado de familias a lo largo de la Historia en base a sus intereses y o bien a hostia limpia o a base de coyundas varias (convenientemente legalizadas eso sí) se han repartido las fincas (el continente entero) repartiéndolas o juntándolas sucesivamente. Y los de a pie poniendo el sudor, la sangre y cantando himnos y meneando banderas. Y todavía hay alguno (muchos) que siguen en ello.
Parece que el punto final no era tal, sino puntos suspensivos a las peleítas, visto la pasión que sigue
suscitando la identidad catalana (y no solo) y sus consecuencias luego de los reyes católicos, Colón, Puerto de Palos,
América y, «en el fin del mundo» (según el papa argentino en su encoronación) Argentina, que se encargó de aquietar a
tantos y conflictivos vascos, gallegos, catalanes, castellanos, aragoneses, andaluces, italianos, gringos etc. etc.
con buena carne, buenos aires y vinos, buena música y, sobre todo, tanto espacio. Por supuesto que después los problemas
fueron y son otros, problemas argentinos, pero no causados por los descendientes de los aristocráticos que no tenían
necesidad de emigrar, sino de aquellos cansados de tantas estúpidas guerras en una Europa pequeña, guerras o conflictos
de los cuales no estuvimos excentos porque se sabe que las clases altas (o sea los emigrantes que se hicieron argentinos
y ricos) ponen las ideas «patrióticas» y la mano de obra son siempre los mismos. Con respecto a Cataluña y Catalunya,
creo, pero no estoy seguro, de que usa Cataluña cuando el autor habla por boca propia, y Catalunya cuando continúa el
discurso de un catalán. Puede que me equivoque. No entiendo eso de los «diez mil gatitos». Muy buena lectura, señor.
Divertida e instructiva. Gracias
Hola, soy el autor y quiero aclarar que la alternancia Cataluña/Catalunya obedece únicamente a motivos de dispersión mental, aleatoriedad y vagancia. De hecho, me he dado cuenta leyendo los comentarios. Gracias a todos!