Arte y Letras Historia

Ceniza y censura

ceniza y censura
Noche de la inquisición de Francisco de Goya. ceniza y censura

Diez estatuas de paja son llevadas en procesión. El incienso intenta amortiguar la pestilencia de las calles y una multitud acompaña al cortejo cantando: 

¡Viva la fe de Cristo

entre todos los cristianos!

¡Viva la fe de Cristo

y mueran los luteranos!

El cielo de Sevilla se tiñe de negro con el humo de una enorme hoguera. Las llamas danzan en las miradas altivas de los inquisidores. Hoy no hay gritos. Solo silencio y el crepitar de la madera y la paja. El espectáculo es menor, pero el mensaje es el mismo. Las efigies representan a unos monjes que huyen por Europa acechados por espías de Felipe II. En el auto de fe que los ha condenado hay un monje que destaca. Solo él ha sido calificado como heresiarca, un maestro de herejes: Casiodoro de Reina, el monje que está traduciendo la Biblia al castellano.

En 1557 una docena de monjes estaban reunidos en el claustro del monasterio de San Isidoro del Campo, al norte de Sevilla. El azahar perfumaba el ambiente y los rosales habían florecido en el patio. La belleza del exterior contrastaba con la inquietud y el miedo de las nerviosas y apresuradas palabras que intercambiaban los monjes. Entre ellos se encontraba Casiodoro de Reina. Natural de Montemolín, Extremadura, Casiodoro llevaba una década entre esos muros dando rienda suelta a su formación en letras y teología. En su primer año estuvo presente en el entierro de Hernán Cortés, el 4 de diciembre de 1547, codeándose con los duques de Medina Sidonia, benefactores del monasterio. No se podía tener mejores protectores en el mundo terrenal. Nada hacía presagiar que ese lugar tuviera que ser abandonado en secreto, pero las pesquisas inquisitoriales y los rumores de herejes en Sevilla empezaban a levantar demasiados dedos índices apuntando hacia este monasterio de jerónimos. 

No había un segundo que perder y sí una vida libre por ganar. Cubrieron sus tonsuras con capuchas marrones y emprendieron la huida. El destino estaba claro, allí donde podrían dejar de disimular y predicar sus ideas sin miedo a caer en la heterodoxia: Ginebra, la ciudad de Calvino

Martín Lutero había colgado sus tesis en la puerta de la iglesia del palacio de Wittemberg el 31 de octubre de 1517. La Reforma emprendió el vuelo. Tres años más tarde nacería Casiodoro de Reina, igual que brotaron formas distintas al luteranismo como el anglicanismo, anabaptismo y el calvinismo. Todos se consideraban «evangélicos», pero los católicos los acusaban e insultaban como «protestantes». Tenían un principio básico: el único mediador entre Dios y los hombres era Jesús, sin más intercesores. 

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