Naranja, ciruela y cerillas: yo sé dónde vive Syd Barrett

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Syd Barrett
Syd Barrett, 1966. Fotografía: Getty.

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Soy —mas qué soy nadie sabe ni a nadie le interesa— mis amigos me dejaron como un recuerdo inútil que solo se alimenta de su propia desdicha, de mis penas que surgen y se van, sin más, y para nada, ejército en marcha hacia el olvido, sombras confusamente mezcladas a los pálidos mudos, convulsivos, escalofríos de algo parecido al amor, y pese a todo soy, y vivo como vapor en el cristal, que borrarán seguro cuando llegue el día. 

John Clare, I am, 1848.1

Dicen que te vieron subirte por las paredes de una finca en Formentera. Que allí dejaste las marcas de las uñas. Dicen que te saltaste los controles de seguridad en el aeropuerto, corriste a la explanada de aterrizaje y, tras saludar al avión como si fuese un taxi, te colgaste de su ala rumbo a Ibiza. Que te vieron paseando por King’s Road con un vestido de chica, luciendo tres pantalones uno encima del otro, o eso tal vez fue saliendo de Harrods, cuando un amigo se encontró contigo; tú estabas comprando chocolatinas, y saliste por pies dejando tiradas las bolsas. Algunos aseguran que durante unos días te mantuvieron a base de LSD encerrado en un armario y que algo parecido hiciste tú con tu novia de entonces, si no fue peor. Juran que mezclaste un tubo de brillantina con una ampolla de barbitúrico, y vieron cómo te lo echabas por la cara antes de salir a tocar.

Dicen que estuviste años recluido en un apartamento de Chelsea, que encargabas a tus amigos comprar objetos muy caros y al poco tiempo te desprendías de ellos, pero no les permitías entrar a visitarte. Tus antiguos compañeros, que tienen uno de los grupos más famosos y rentables de la historia del rock, pero irónicamente sin otros datos más interesantes que tú mismo, los Mason, Waters & Wright (en serio, ¿no suena a firma de aparejadores?), siguen repitiendo una y otra vez que te presentaste por sorpresa en el estudio justo —qué coincidencia— cuando estaban a punto de grabar esa canción grandilocuente pero sin duda sincera que habían compuesto pensando en ti, para ese elepé todo lleno de referencias a tu persona, sobre el concepto que ellos, músicos-arquitectos de bloques, funciones y distribuciones, habían desarrollado acerca de la locura. Pero, sobre todo, aunque eso no lo dicen, hablaban de su comportamiento pasivo-agresivo contigo y su sentimiento de culpa tras sustituirte por otro, pero sin avisarte ni decirte una palabra al respecto, aunque durante meses asistieran a tu decimonovena crisis nerviosa y te vieran romperte en mil pedazos. Que juran que al principio no te reconocieron porque estabas muy cambiado y hacías cosas raras, pero después se echaron a llorar. Bueno, Mason dice que no lloró, y yo eso sí que me lo creo. 

Muchos afirman que antes de ese año, 1975, ya habías renegado de tu apodo, «Syd», porque odiabas la disciplina de ser músico de pop-rock (y cualquier otra responsabilidad), y que cuando saliste por fin de aquel apartamento de Chelsea y volviste a Cambridge, convertido de nuevo en Roger Keith Barrett, decidido a regresar al lugar imposible de tu infancia y los sueños previos al apagón, no lo hiciste conduciendo tu Mini, sino caminando los ochenta kilómetros. Otros dicen que sí te vieron dar esa caminata, pero haciendo el pino y cantando una de tus canciones. Naturalmente, aseguran que fue «Scream Thy Last Scream». No podía ser otra.

Apuesto a que nunca supiste que en 1976 un chaval de Hackney se puso el mismo apodo para aporrear el bajo en un grupo punk, antes de terminar sus días, este sí, como deben hacer las leyendas del rock: matando a la novia y suicidándose. Pero tú no querías hacer un gesto de estrella del espectáculo; es que sencillamente no querías volver a ser Syd Barrett nunca más. Con un año en el tinglado, ya habías tenido más que suficiente. Tras el breve intento de carrera en solitario entre 1969-1970, que es tan prometedor, pero en algunos momentos insoportable de escuchar por la tristeza y desespero que transmite, el mundo no aceptó esta negativa radical, este volverse loco tras volverse loco y no volver. Tu decisión enajenada, pero irrevocable, de no dar otra entrevista, no componer ni tocar, no hacer una gira, ni participar en ningún documental, concurso o comeback de viejas glorias era, ya no de locos, sino de idiotas, pensaban los que piensan.

A tu pesar, y ajeno a tu deseo o a lo que fuese que pasaba por tu cabeza, a medida que la marca «Pink Floyd» se hacía cada vez más grande y se convertía en un fenómeno universal que sobrepasaba a sus componentes, enfrentados en un pleito legal tan aburrido como ellos, tu sombra se hizo enorme, tapando varias veces la superficie de la cara oculta de la luna, e iluminando, brillante, con su ausencia, a varias generaciones de músicos durante décadas, entre la nueva ola (Teardrop Explodes y Julian Cope, XTC, The Jam, The Only Ones, The Damned, Wire…), el postpunk (Siouxsie and The Banshees, The Cure, The Church, This Mortal Coil, Bauhaus, Scientists…), el noise y el indie (REM, Smashing Pumpkings, Teenage Fanclub, Spacemen 3, The Jesus and Mary Chain, Spiritualized y el sonido del sello Creation…) el brit-pop, el tecno y el ruidismo experimental (Blur, Psychic TV…) hasta el día de hoy (MGMT, Temples…), sin ser tú consciente de nada, que apenas escuchabas discos ni veías la tele. Con tu silencio, reforzabas aún más tu obra como artista, pero desentendiéndote de cualquier diálogo o interpretación posible con el público, la crítica o el experto: ya fuese porque te habías disociado de la realidad, habías abrazado la otredad o porque no pudiste volver de donde te adentraste cuando eras tan joven como para resituarte en un presente que no era el tuyo.

En 1981, cuando Dan Treacey, otro artista de la dimensión paralela, te rindió su bello homenaje con Television Personalities, una muchedumbre de fans, jipis, freaks, gente curiosa, ávida de las cosas de los famosos, periodistas curiosos de las Noticias del Mundo y la prensa especializada, ya había empezado a husmear a tu alrededor, intentando, no averiguar nada, porque nada había que averiguar, sino simplemente molestarte para su diversión y morbo, hurgando en la herida de tu vida desdichada, hasta tus últimos días, pero ahora filmados y emitidos desde internet, en una caza vergonzosa al pirado que, eso no lo dicen, pero seguro que te trastornó tanto o más que la célebre ingesta de drogas, alcohol, comida basura y tabaco. Tú, que habías creado tu personaje a partir de los cuentos infantiles, las baladas inglesas y la poesía romántica, que lo mezclaste todo —deprisa y alegremente, sin mirar y sin medir el peligro— con un coctel luminoso de blues, folk británico, raga y música experimental, fuiste elevado a un limbo incierto: en lugar de las puertas del panteón de los roqueros caídos, a la de tu casa, donde pintabas y hacías bricolaje, mientras eras sistemáticamente vigilado, acosado y molestado. Porque tú no estabas muerto ni habías tenido un final apoteósico: en realidad, Syd Barrett ya había desaparecido, pero tú no, tú solo habías renunciado a ser. Y eso, aparte de imperdonable, era incomprensible. Uno se mata de sobredosis, se pega un tiro y deja un bonito cadáver, dicen los expertos; incluso está la opción B: seguir tu carrera de músico hasta los ochenta años, con mayor o menor ridículo, pero no se sume abruptamente en el silencio y muta en otro: de artista adolescente, de talento arrollador y belleza asombrosa en autista amenazador, calvo y con sobrepeso, de cierto parecido con Aleister Crowley, que pasea en bici y cultiva el jardín. Y en medio, una etapa de transición terrorífica. O eso dicen.

Porque otra cosa no, pero de ti han dicho de todo. Grabaste un disco con Pink Floyd, una canción en el segundo, publicaste con gran esfuerzo dos elepés en solitario, y luego, cuando estabas, pero en realidad ya no estabas, salió otro con el resto de las grabaciones de 1966-1969, que la EMI y tus antiguos compañeros aseguraron durante años que no existían. Solo con eso, mejor dicho, ya solo con el primer elepé de Pink Floyd, que es contigo otro grupo diferente a lo que fueron inmediatamente después, se creó un mito comparable a los de otros artistas, con carreras de treinta discos y cuarenta años en la carretera.

Dice Robyn Hitchcock, otro de tus brillantes alumnos, en el documental La historia de Syd Barrett y Pink Floyd, que de haber continuado con el grupo y seguir ese curso de los acontecimientos, hoy serías una estrella tipo Emerson, Lake & Palmer. Que sí, que son unos pedazo de músicos, pero no, no son tú. Porque tú no dominabas mucho la guitarra, pero tenías una imaginación portentosa y una visión sinestésica del sonido. También hiciste, hay que reconocerlo, mucha apropiación cultural, como hicieron todos los de tu época, y les copiaste acordes a Robert Johnson, Memphis Minnie y Bo Diddley, así como birlaste ideas a Ray Davies, Roger McGuinn, Brian Wilson y Dylan. Eras capaz de componer con la mayor facilidad del mundo canciones increíbles, por lo buenas y sencillas, y a la vez desarrollar improvisaciones que dejaban patidifuso al público que acudía a veros al Marquee o al UFO. Bueno, veros es un decir, porque en realidad apenas te atisbaban, encorvado sobre la guitarra o sentado con ella en tu regazo. Eso era lo que más te gustaba, tocar la Fender con los parches plateados que le habías pegado, y con ellos deslumbrar a la gente que bailaba, oculto tras el show de colorines de las diapositivas que proyectaban encima de vosotros.

Siguiendo a grupos de música experimental, como AMM, convertiste un grupo que venía, como todos, de hacer rhythm and blues, en un sofisticado cuarteto experimental (que no podían soportar ni los paisanos de fuera de Londres ni los hipsters de la City). Transformaste la guitarra en un objeto de arte, como tus lienzos, para hacer con ella algo más que solos, por ejemplo, practicar slide espacial con tu mechero Zippo, un cuchillo de mantequilla o un cojinete de bolas metálicas, y conseguir esa reverberación alucinante de la máquina de delay a la que la enchufaste, sonido del más allá que hasta entonces solo se podía encontrar en el rock de los cincuenta, en los discos de los Shadows y en los escenarios de los músicos tras la estela de John Cage. Porque tú también eras pintor y no precisamente mediocre, pero ya que no te dejaron olvidar que habías sido Syd Barrett, destruías (casi) todo lo que pintabas.

No solo tú, pero casi, inventaste el sonido psicodélico en las islas británicas. Fuiste el primer cantante pop en entonar con pulcro acento británico y combinar estrofas de limerick, haciendo juegos de palabras graciosos o sin sentido, marcar mucho las vocales y jugar con las onomatopeyas, como un Edward Lear de 1966 o un pícaro cantante de music hall. Te divertía contar historias de personajes excéntricos y ambientarlas en la naturaleza donde creciste: el ambiente bucólico, pero también amenazador, de los fríos pantanos de Cambridge, paisaje embrujado del este de Inglaterra y sus mitos precristianos, con animales parlantes y personajes fabulosos (espantapájaros, gnomos, hadas y faunos… como recién salidos de un cuento de Kenneth Grahame o Beatrix Potter): «The Gnome», «Lucifer Sam»… Tus letras hablaban de cosas sencillas pero sorprendentes, por el acercamiento tan espontáneo, casi infantil; incluías recuerdos de la infancia —de tu padre, el médico que murió cuando eras muy pequeño («Take Up Thy Stethescope And Walk»), la feria que visitabas con tu madre y hermanos y de los teatrillos que montabas con marionetas («Clowns and Jugglers», «Matilda Mother»)—.

Combinabas versos de la poesía clásica, por ejemplo, de Percy Shelley o John Keats sobre el espacio y las estrellas, con imágenes de los cómics de Dan Dare y la serie Quatermass («Astronomy Domine»), y hablabas de las partidas de Go e I-Ching con las que te gustaba pasar el rato y buscar tu camino («Chapter 24», «Dominoes»); de gestos cotidianos, como montar en bici («Bike») o hacer la compra («Apples and Oranges»), pero con un giro inesperado en el final de la historia o en los sonidos, en el color y la textura de las cosas, producto del consumo de píldoras morning glory, porros y anfetas. O eso dicen. Las canciones de amor tampoco se regían por el esquema chico-chica habitual, sino que sugerían sentimientos más ambiguos, casi fantasmales. Como tu propia imagen, entre beatnik y poeta gótico, con un glamur intangible, nunca visto antes en un roquero («See Emily Play», «Baby Lemonade», «Milky Way», «Flaming»). Antes de que te volvieras loco (o eso dicen) eras una persona muy amable y extremadamente educada, buen chico de buena familia, pero sé que aborrecías el primer disco de un debutante llamado David Bowie, y no pudiste disimularlo en una entrevista para la radio. Aquella canción suya, «The Gnome», te debió de parecer, además de una copia descarada de tu estilo, una chufla. Imposible saber si te hubiera interesado más adelante: antes de sumirte en el olvido de todos y de ti mismo, sabemos que declaraste tu amor por Marc Bolan y Slade

Kevin Ayers, que te apreciaba, y cuyos intereses y los de sus compañeros en Canterbury coincidían más contigo que los de los arquitectos de muros, te dedicó una canción que, sin ser tan campanuda como «Shine On You Crazy Diamond», es un precioso y bien humorado homenaje:

Eres la persona más extraordinaria, escribes las canciones más peculiares. Te conocí una mañana, nadando, mientras yo navegaba. ¿Verdad que fue el encuentro más increíble? Rodeados por aquellos monstruos de las profundidades, me contaste una historia muy graciosa y me quedé dormido. ¡Menudo sueño que tuve! Nos fuimos de viaje por el país, y después de viajar tanto, me entró hambre. Tú me regalaste tu único bocadillo. «¡Qué amable eres!», te dije, ¿no es la sensación más increíble? Sí, todo fue como lo cuento. Eres la persona más extraordinaria con la que jamás he soñado. 

«Oh! Wot a Dream» (Bananamour, 1974).

Yo sé dónde vive Syd Barrett. En las canciones que compuso durante apenas seis meses, entre 1966 y 1967, pletórico y en estado de gracia. En la mayor parte de este repertorio no se encuentran sombras del artista atormentado ni del espectro doliente en que, dicen, se convirtió. Solo hay celebraciones vitales, juegos adolescentes, pero sí, ciertas pistas lúgubres sobre un estado de indefensión, de quedar sobrepasado por el negocio, ser abandonado por sus compañeros y, por fin, abrazar la oscuridad con estos versos deslumbrantes:

Es terriblemente considerado por vuestra parte pensar en mí ahora

Y en correspondencia, me siento obligado a dejar claro que ya no estoy aquí

Y que nunca imaginé que la luna pudiera ser tan grande y traicionera

Y que os agradezco que me tirarais los zapatos viejos

Y en su lugar, me trajerais aquí vestido de rojo

Me pregunto quién estará escribiendo esta canción

Me da igual si el sol no brilla

Y si nada me pertenece

Me da igual si me pongo nervioso con vosotros 

Haré lo que me gusta en el invierno

Y qué si el mar no es verde y me gusta la reina

¿Qué es exactamente un sueño?

¿Y qué es una broma?

«Jugband Blues» (A Saucerful of Secrets, 1968)


(1) Traducción de Leopoldo María Panero, en Narciso en el acorde último de las flautas (Visor, 1979).

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15 Comentarios

  1. Buaf, increíble… Creo que las personas que apreciamos a syd y su obra tenenemos en común que es alguien a quien sin siquiera conocer lo sentimos muy cercano y podemos empatizar muchísimo con el, con esas facetas de músico maldito y chico tímido, me ha encantado el artículo y está muy informado sin caer en los típicos mitos de syd y hablando de lo que realmente importa, la gran persona y artista que fue nuestro syd, yo no seguiría en la música si no lo hubiera descubierto.

  2. No es necesario escribir un artículo elogiando a Syd Barret teniendo que despreciar a Pink Floyd. Ni es justo, ni ciertos los adjetivos con los que califica al grupo. ¿Qué hubiera pasado si el bueno de Syd no hubiera sido un drogata y los discos hubieran seguido llevando su marca? ¿Hay algún grupo de los setenta que haya sacado realmente algo bueno en los ochenta y posterior?

    • Como fan absoluto de la época tanto de Syd como de los posteriores Pink Floyd de Waters y Gilmour, creo que igual no había por qué darle collejas ni a unos Floyd ni a otros. Son diferentes. Si bien el pistoletazo de salida lo dió Barrett que los puso en el mapa, eso es de justicia.

      No obstante, creo que te has tirado ligeramente a la piscina y humildemente voy a responderte a tu pregunta, amigo José Antonio:

      “¿Hay algún grupo de los setenta que haya sacado realmente algo bueno en los ochenta y posterior?”

      – Judas Priest, banda que comenzó en los setenta y cuyo sonido clásico se cimentó en los ochenta con British Steel, Sreaming o Defenders y aún tuvieron tiempo de sacar un melocotonazo con Painkiller (1990).

      – AC/DC (1974), en los ochenta sacaron el Back In Black (el primero PEPINAZO a nivel de sus obras de los 70’s) o el For those about to Rock y en los noventa el Ballbreaker.

      – Black Sabbath (1968), en los ochenta sacaron el Heaven and Hell o el Mob Rules, no es Ozzy, pero son “realmente buenos”.

      – Rush (1974), su discos más exitosos Permanent Waves y Moving Pictures son de los ochenta, y aunque no tan destacados en álbumes en los noventa no perdieron su calidad.

      – Triumph (1976), lanzó un buen pepinazo en los ochenta con Allied Forces.

      – Con Scorpions (gloriosos en los 70’s) podríamos decir tanto de lo mismo en los ochenta: Animal Magnetism o Blackout.

      – KISS (1974), no vamos a discutir que su época clásica es la setentera (74-78) que cierran con Alive II, pero tanto en los ochenta con Creatures como los noventa con el Revenge dieron con un par de lanzamientos que nada tienen que envidiar a sus días de gloria.

      – Motörhead (1976), con clásicos álbumes como el overkill o el bomber en los setenta, cuyo máximo éxito está en los ochenta con Ace of Spades y en los noventa tiene discos “realmente buenos” como el Bastards (por poner uno porque hay varios).

      – Tom Waits (1973), cuyos discos más rompedores fueron los de los ochenta: Swordfishtrombones o Rain Dogs.

      Y no sigo para no resultar cansino, amigo, pero si hablamos de bandas de los setenta que hayan sacado algo bueno en los ochenta y posterio haberlas haylas.

      Un saludo.

      • Me quito el sombrero ante lo que es evidente, tú eres capitán y yo un sargento chusquero en conocimientos. De todas formas, la pregunta en realidad no era mía, sino de un experto en música (no recuerdo ahora quien) que lanzó esa pregunta retórica. Yo pensé en ese momento en algunos grupos (no solitas, porque Tom Waits, David Bowie, Lou Reed, y algunos más han seguido publicando discazos) y pensé que quizás los Rolling Stones fueran un ejemplo, o King Crimson, ya que diría que, en cierta forma, aún siguen viviendo del Satisfaction o del 21st Century Schizoid Man.
        En mi defensa diré que me refería a grupos que empezaron cuando toda esa movida rockera/psicodélica de mediados y finales de los sesenta, y no pensaba en ningún momento en grupos posteriores, de finales de los setenta, como Dire Straits. Ahora se sigue haciendo buen rock, pero eso daría para otro artículo extenso.

        • Por alusiones:

          Si contamos desde mediados-finales de los sesenta la cosa se complica, si que es cierto que gran parte de los ochenta supuso un bajonazo para grandes artistas que venían de los sesenta (Stones, Dylan, etc…), bueno también tenemos Tattoo You como buen “epitafio?” antes de “resucitar en los 90’s”.

          Pero a finales de los 60’s hay un montón de bandas que se consagran en los 70’s y publicaron grandes álbumes en los 80’s: tienes a los Black Sabbath (mencionados anteriormente), King Crimson, Deep Purple (su primer disco es del 68), The Allman Brothers (incluso en los 90’s tiene pepinazos), Hawkwind o Canned Heat.

          Un saludo ;)

          • Sea como sea, son la música que forma parte de nuestra vida, y si la criticamos con la boquita pequeña es porque la amamos como la banda sonora de nuestra existencia.
            Un saludo también :)

    • Como un resorte se me vino a la cabeza un grupito inglés muy poco conocido que se llamaba Dire Straits. Después de firmar a finales de los 70 su primer álbum y una joya deliciosa que tenía por nombre Communiqué, abrieron los 80 con Tunnel of Love. Lo que sigue son obras prescindibles que a nadie le importan. Y un directo que se llamaba Alchemy, creo recordar. Na, poquita cosa.

  3. El maniqueísmo y la simplificación que presenta el artículo son excesivos. La evolución musical de PF es tan compleja que no se puede explicar tan solo desde Syd. Ni siquiera es justo decir que hay dos PF, como sugiere el texto, el de Syd y el de después. Existe un primer PF con Syd, un segundo experimental que va combinando formas visuales y sonoras caminando hacia una identidad propia. El PF de Dark Side y Wish you were here, perfecto equilibrio en las dinámicas del grupo. El PF que se va dibujando bajo el talento de Waters y que tiene su peor versión en The final cut. Y en fin, el PF de Guilmour en las obras ulteriores. No es posible explicar esa evolución solo desde Syd. El PF magistral de finales de los setenta es algo incomparablemente distinto al del principio. Nadie podría prever ese resultado. Estamos hablando de obras cumbre de la música. Inalcanzables e inexplicables solo desde Syd.
    Por otra parte, la simpatía de la autora con Barret no se compadece en absoluto con la realidad. Era imposible trabajar con él. Si sus amigos no podían hacerlo ¿por qué la autora del texto nos hace creer otra cosa? ¿Por qué esa manía de ensalzar un trabajo musical que no ha perdurado en la memoria colectiva de la misma forma que lo ha hecho el Pink Floyd de las obras magnas? Suena tan forzado que invita a preguntarse qué clase de música escucha la autora del texto.
    ¡Ala! A otra cosa, mariposa.

    • Cuestion de criterios. Yo tambien prefiero a los Pink Floyd posteriores a Syd Barret, pero decir que su trabajo no ha perdurado en la memoria colectiva de la misma forma que lo hizo la musica posterior de PF. es jugar con ventaja. Las obras magnas de PF fueron muchisimo mas comerciales que la musica de la epoca de SB, esto podria ser el motivo de la gran diferencia en el exito comercial entre una y otra epoca, y en cuanto a que la primera no ha perdurado en la memoria colectiva, se podria discutir. No ha perdurado de la misma forma y exito comercial, pero sigue vigente hoy en dia lo mismo que su memoria, aunque sea en una minoria incomparable con la de la segunda epoca. Y la expulsion de Barret, a pesar de que era imposible seguir trabajando con el, fue bastante indecente, y esto no creo que nadie se atreva a discutirlo, pues fue reconocido tanto por Gilmour como por Waters.

      • Juzgamos desde la atalaya del presente mirando al pasado. La autora del texto también. Mi ventaja es la misma que la de ella o que la que tiene usted. Yo no viví la época en que se publicaron Dark Side o Wish you were here pero imagino un impacto inmediato de una gran parte del público a la hora de recibir esas obras cuyo alcance musical y sentido artístico es muy superior a los juegos musicales de SB. Y ese juicio tan favorable se ha producido sin necesidad de que el paso del tiempo hubiese dictado sentencia.
        Por otra parte, nunca he dicho que SB no tenga un espacio en la memoria musical del público. La prueba es este artículo. Lo que sí he sugerido y me atrevo a decir es que hay un abismo muy grande entre las grandes obras de PF y esos inicios con SB. Y que la mayor parte del público (no hablo de los fans de PF en los que habrá más opiniones discrepantes) musical lo siente así.
        Desconozco los detalles de la salida de SB. O al menos no soy consciente de la indecencia que usted menciona. Pienso que muchas personas no están preparadas para tratar con locos y los jóvenes talentosos en busca de la fama quizá lo estén menos. En mis libros de fotos sobre PF hay dos fotografías en las que PF lo integran cinco personas. La sensación que despide la imagen de SB en esas dos fotos es la de una persona ajena a la realidad. No creo que fuese fácil tratar con una persona así. Lo que está claro es que incluir en Pulse temas compuestos por SB no solo fue un homenaje musical a esa época, fue también un deseo de compartir los abismales beneficios obtenidos por el grupo con SB y su familia. Y, por lo tanto, algo más que una deferencia que ayudaría a compensar agravios del pasado.
        Ya veo que ha usado el calificativo de comercial para distinguir un PF del PF de SB. No sé qué entiende usted por tal cosa. Para unos podrá ser melodías pegadizas y repeticiones. Para otros simplemente éxito de ventas. Yo creo que hay muchos tipos de música comercial (Gangham Style o ABBA, por ejemplo) y creo que utilizar ese calificativo para distinguir las obras de SB respecto a los grandes álbumes de PF no es muy acertado. Desde un punto de vista objetivo y empleando un canon general pienso que apenas hay nada de comercialidad en PF, ni antes ni ahora.
        Me alegra conversar con alguien que conozca, comprenda y admire la música de PF.

  4. Dark side of the Moon fue un albun comercial, Wish you were her, the wall, fueron para mi bastante mas comerciales que otros anteriores de Pink Floyd, incluso Meddle. Esta claro que la comercialidad de la que hablo sobre PF no se puede comparar con la que usted expone con respecto a Abba, o Robbie Williams, o Madonna, solo hago una comparacion entre algunos discos del grupo, a riesgo de equivocarme, pues yo tampoco soy un experto en el amplio sentido, quizas para usted en ninguno. Puede ser que juzgue desde la atalaya mirando al pasado, pero esto es quizas un defecto en mi en lineas generales, no solamente con la musica, lo reconozco, y soy una persona que se siente bastante atraida por la gente que paso a la historia como perdedores, no cabe duda que Barret fue uno de ellos. Sobre la expulsion de Barret no tiene usted ni idea? Cuesta creerlo en un fan de PF, pero se lo dire en dos palabras. Como ya le dije, reconozco que era imposible seguir trabajando con el, y el grupo, que siempre lo iba a recoger con el vehiculo a su casa para las actuaciones, pues ese dia no fue, se fue directamente al concierto y actuaron sin el a partir de ahi. Esto, como dije anteriormente, reconocido por Gilmour y por Waters, por eso dije que la despedida fue todo menos decente, pero bueno, alla cada uno con su criterio. Escribo toda esta paliza cansina volviendo a repetir que soy mas fan de los PF posters a Barret, no tiene mucho sentido, pero que conste que es asi. Yo si vivi la epoca en la que se publicaron Dark Side y Wish you were, incluso antes, y le puedo asegurar que tambien hay mucha gente que me da a mi cien vueltas en entendimiento musical del pop y el Rock, ya sea sinfonico como en este caso o del otro, que no soporta a PF, algunos incluso son fans de King Krimson, por ejemplo. Bueno ya esta bien de perorata, un saludo , y tambien me alegra conversar con usted sobre Pink Floyd.

  5. Oyendo sus discos en plataformas, diría que en la música de Pink Floyd hay estadios desde el momento cero, me da la impresión. Que no pasa nada. Pero ser eres.
    Y Syd Barrett se limitaba a jugar. Oí hasta la saciedad el Wish you were, esa música no es madre de nada interesante hoy, me temo, como sí es la de Syd.
    El artículo es emocionante por la sintonía de su autora con un creador, algo insólito en nuestros medios.

  6. Syd Barret es mi músico fetiche desde los 17 años, y Pink Floyd me dan cierta pereza, pero los respeto.
    Dicho esto y por si la autora lee los comentarios: hacer un artículo sobre Barret y menospreciar a Pink Floyd es de primero de carrera, totalmente innecesario y barato, torpe.
    En cuanto al resto, está bien documentado (excepto lo de Bowie, no te creas todo lo que sale en un artículo de internet), por lo que veo hemos visto los mismos documentales y leído los mismos libros sobre el tema, pero el tono de idolatría me parece adolescente y facilón, no me ha gustado mucho el artículo, la verdad. Una pena.
    Anyway siempre está bien reivindicar su figura.
    Saludos.

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