Un archipiélago. Tres islas. Trescientas sesenta y cinco iglesias

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La ciudadela y la iglesia de san Juan Bautista en Xewkija, Gozo, Malta, 2015. Fotografía: Cordon Press.

Se le olvidaba algo a Jaime Gil de Biedma en su poema «Desembarco en Citerea» cuando dejó constancia de «la rara y tenue sensación de estar que se siente en las islas y en los bares». Se le olvidaban las iglesias. Porque no hace falta ser un gran parroquiano, en el sentido más literal del término, para percibir la insólita placidez que lo envuelve a uno cuando se sienta en sus bancos, aunque sea por casualidad e incluso, llegado el caso, desde el más salubre agnosticismo —ya sabemos que se puede acabar en las iglesias por curiosidad cultural, pese a todo—. Una rara y tenue sensación de estar que algunos han querido asociar a una fuerza telúrica traducida en «lugares de poder» o «vórtices energéticos» pero cuya intensidad tiene que ver, más probablemente, con la arquitectura, los incensarios y las resonancias cercanas al silencio que embotan los sentidos.

En todo caso, dejemos por esta vez a un lado los bares. Si hay un lugar donde la combinación entre islas e iglesias llega al paroxismo, ese lugar es Malta. El archipiélago situado en el centro del mar Mediterráneo está formado, en orden de superficie, por tres islas principales: Malta, Gozo y Comino. El área total del trío (316 km²) no llega a igualar el área de, pongamos por caso, la española provincia de Lugo (329,78 km²), y su población total no alcanza el medio millón de personas. Malta es conocida en su conjunto como «la joya del Mediterráneo». En peores tiempos, Franklin D. Roosevelt se refirió a ella como «una diminuta llama brillante en la oscuridad», reconocimiento estético al martirio de la Segunda Guerra Mundial, en la que se vio duramente bombardeada por su situación estratégica: al sur de Sicilia, al norte de Túnez, al este de Libia y al oeste de las islas griegas. Este emplazamiento marcó su condición de archipiélago conquistado por varios imperios hasta su independencia de Gran Bretaña en 1964, aunque esta autonomía se hizo efectiva unos años más tarde y hoy la nueva colonización del turismo y la burbuja inmobiliaria la dejan de nuevo en una posición incierta, salvando las distancias. La amalgama de influencias que tanto gustan de mentar quienes se refieren a Malta le ha dado una impronta muy peculiar resumida en un eclecticismo que incluye rasgos propios de lo árabe (muy presente en la gramática de su lengua y en su fisonomía), lo italiano (más, quizá, en su carácter) y lo británico (en cuestiones de orden práctico, como la conducción por la izquierda, las pintorescas cabinas telefónicas de color rojo que se ven en la plaza principal de cada pueblo y la comunidad de ingleses retirados).

Pero no perdamos el hilo: las iglesias. Son estas, por su número, una de las peculiaridades más distintivas del archipiélago maltés, más allá de las playas todavía edénicas y de la piedra caliza que amarillea las tres islas. La vinculación de Malta con el catolicismo es incuestionable: es la religión oficial del Estado, que cuenta con aproximadamente un 95 % de población católica del cual un 63 % es practicante —muy practicante—. Hay, desde luego, más religiones representadas en esta república, pero de una manera muy minoritaria: una mezquita para los fieles del islam, una congregación judía, un pequeño espacio para el budismo zen y una reducida (nos quedamos ya sin calificativos para lo mínimo) muestra de evangélicos y también de protestantes, que los malteses insisten en asociar exclusivamente a los británicos retirados allí.

Lo más curioso del catolicismo maltés es que estas tres pequeñas parcelas de tierra flotante acogen en su superficie un total de trescientas sesenta y cinco iglesias y capillas. Como a los oriundos les gusta decir en una de sus dos lenguas oficiales: «Everyday there is somewhere different to pray».

En La tournée de Dios, de Enrique Jardiel Poncela, el Todopoderoso baja a la Tierra y va en busca de su casa. Quizá Malta sea, precisamente, la casa de Dios.

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La Valeta, Malta, 2013. Fotografía: Cordon Press.

Trescientas sesenta y cinco iglesias y capillas son muchas para un pequeño archipiélago, no cabe duda. Cuando uno aterriza en Malta, lo primero que distingue son las poblaciones que se adivinan, ya desde lo alto, ordenadas en torno a una parroquia principal. Por las noches, y especialmente durante las épocas de celebración o ciertas fiestas de guardar, cada iglesia destaca por una barroca ornamentación de bombillas multicolores. En cuanto a la sobreabundancia de pequeñas capillas diseminadas por las zonas más rurales, la razón responde a las necesidades religiosas de los campesinos alejados del centro de cada pueblo o ciudad: se llegan a encontrar, incluso, pequeños santuarios casi improvisados junto a carreteras secundarias.

La historia de estas iglesias es en muchos casos relevante. Un ejemplo paradigmático es la concatedral de Saint John, en La Valeta, capital de la república. Su principal atractivo es la relación directa con los Caballeros de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta (más conocidos como los Caballeros de la Orden de Malta), quienes la construyeron. En ella, además, está una de las obras maestras de Caravaggio y la única firmada por él: La decapitación de san Juan Bautista (1608).

Las dimensiones de estas iglesias son otro de sus puntos fuertes. La Rotunda of Santa Marija Assunta, en Mosta, es reconocida como la cuarta cúpula más grande del mundo. Solamente esta bóveda precisó de casi veintiocho años para su construcción y acoge una de las historias más conocidas sobre milagros en Malta. Durante la Segunda Guerra Mundial, el 9 de abril de 1942 a las cinco menos veinte de la tarde, las fuerzas aéreas alemanas lanzaron tres bombas a esta iglesia. Dos no explotaron y una de ellas atravesó la cúpula: alcanzó la nave central del templo, donde más de dos centenares de fieles se refugiaban. No causó ningún daño. Este hecho es conocido entre la población maltesa como Il-Miraklu tal-Bomba.

En la hermana isla de Gozo, la iglesia principal de Xewkija, dedicada a san Juan Bautista, cuenta con la cuarta cúpula sin soportes más alta del mundo.

Pero estos templos destacan en ocasiones por algo más que su participación en el número o sus dimensiones. Es el caso del gocitano Santuario Nacional de la Virgen de Ta’ Pinu, que tuvo su origen en una pequeña capilla situada a las afueras del pueblo Għarb. En sus inmediaciones, el 22 de junio de 1883 una campesina llamada Karmni Grima «oyó» una voz femenina proveniente del interior y asociada a la Virgen, que le decía: «Come, come today. For a whole year, you will not be able to return». Grima, aterrorizada, obedeció a lo que la voz, una vez dentro, siguió diciendo: «Recite three Hail Marys in honour of the three days that I stayed within the tomb». Después de esto, Karmni Grima cayó enferma y no pudo volver a la capilla hasta pasado un año, tal como aseguraba que la voz había vaticinado. Después de ella hubo más personas que afirmaron escuchar la llamada y tras informar de ello al obispo, llamado Petru Pace, se determinó que el origen era divino. Por todo ello, en 1922 se comenzó a reconstruir la basílica tal como ahora la conocemos, y fue finalmente consagrada diez años más tarde. Tanto el papa Juan Pablo II como Benedicto XVI la visitaron en sus únicas y respectivas visitas al archipiélago.

Pero lo peculiar de esta iglesia no es solo este origen que, en realidad, poco dista de otros testimonios de este tipo en todo el mundo religioso y especialmente católico. Una vez dentro, la basílica de Ta’ Pinu dispone de un voluminoso libro de visitas que el párroco y sus ayudantes deben renovar cada pocas semanas, ya que los visitantes de todo el mundo dejan su firma y su lugar de procedencia para dar fe, precisamente, del atractivo turístico y de peregrinación que este centro suscita. Al fondo, en el deambulatorio, se encuentra un sorprendente catálogo de lo atroz revestido de agradecimiento: un acogedor museo de ofrendas que los devotos han entregado a la Virgen de Ta’ Pinu: cinturones de seguridad de coches siniestrados, cascos de motoristas, vestidos y zapatos de niños enfermos, decenas de escayolas, trenzas de niñas que sacrificaban su melena para recuperar la salud, cuadros que le dedicaban al papa del momento, colgantes de plata con la forma de ojos, piernas, brazos u orejas… y obsequios para una foto que se repite incontables veces, la de Frenċ tal-Għarb. Este hombre, vecino de la ya mencionada Karmni Grima, fue el curandero más célebre de Malta, también fanático de la Virgen de Ta’ Pinu y considerado ya uno de sus apóstoles.

Y aún hay más: en esos mismos pasillos con vistas al mar, unas canastas ofrecen varios sobres. En ellos se pueden especificar las peticiones para la Virgen, aunque bajo un precepto poco habitual en estos territorios de lo sagrado: «Do not put any money in this envelope». En su interior las ofrendas están tipificadas para que la Virgen pueda interceder, como dicen, ante Dios. Dispone esta suerte de quiniela de dos columnas; en una de ellas, se reza (y aquí marque su equis) para cambiar la vida, recuperarse de una enfermedad o una depresión, liberarse de los ataques del demonio, discernir el camino que Dios prefiere para cada uno, lograr la paz de espíritu y de familia… pero también para aprobar los exámenes, encontrar un trabajo gratificante o, incluso, para que más jóvenes se sientan llamados a dedicar su vida al sacerdocio. En la columna adyacente se puede recomendar en las oraciones (y aquí marque su equis de nuevo) a la pareja, los hijos, los padres, los amigos, el papa y los obispos, los enfermos y quienes cuidan de ellos, aquellos que no disponen de los bienes básicos o incluso los presos. Esta sencilla estrategia de elección y combinación, sumada a un Padrenuestro, tres Avemarías, una oración especial y mucha fe, da resultado, según comentan los malteses y los peregrinos.

Para cerrar el recorrido por el archipiélago cabe destacar que Comino, la isla más pequeña, con una superficie de apenas 3,5 km² —y visitas fundamentalmente para nadar en su ya internacionalmente conocido y masificado Blue Lagoon— cuenta con una de las típicamente maltesas torres de vigilancia, un coqueto hotel, un antiguo hospital abandonado y, por supuesto, una capilla, construida en la misma época que la torre, en 1618. Dedicada a la Virgen María, más tarde fue ampliada en dos ocasiones y está dedicada al tiempo en que la Virgen volvió de Egipto. En épocas pasadas y durante ciertos inviernos, esta roca contaba con muy pocos habitantes: los dueños del hotel y un sacerdote.

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Dos mujeres descienden desde la Cruz de Laferla en Siggiewi, Malta, durante las ceremonias religiosas de Jueves Santo, 2001. Fotografía: Cordon Press.

Nada nuevo se puede decir a estas alturas sobre la religión y las causas que llevan a una persona o grupo a relacionarse de algún modo con el ansia de divinidad que el ser humano lleva dentro desde tiempos ancestrales. Nada se puede añadir al hecho o la necesidad de creer. Pero en el caso de Malta resulta curioso cómo un país de sus características (actuales) mantiene una vinculación tan estrecha y comprometida con el catolicismo. En cada fiesta —incluso, pongamos por caso, el aniversario de un supermercado— la iglesia está muy presente: se oficia una misa y los sacerdotes participantes, casi siempre varios, dirigen en parte la celebración; el divorcio se ha aprobado hace menos de una década y no cuenta con la simpatía de una gran parte de las comunidades; el topless está prohibido por razones morales; los jóvenes acuden a misa antes de salir a divertirse los sábados por la tarde…

Malta es un edén no solamente geográfico, sino también de bienestar cotidiano. Su calidad de vida es una de las indiscutiblemente más altas del mundo occidental: además de los tópicos mediterráneos, la tasa de desempleo no llega al 6 %, los mendigos brillan felizmente por su ausencia y la seguridad llega a tal punto en ciertas zonas que Gozo ni siquiera cuenta con una penitenciaría. ¿Cómo es posible creer tanto cuando uno vive en lo más parecido a la encarnación del paraíso?

Tal vez la respuesta la encontremos en una línea escrita por Truman Capote en Desayuno en Tiffany’s: «Es mejor mirar al cielo que vivir allí».

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3 Comentarios

  1. Provincia de Lugo? 329’78 km cuadrados? Lo escribe y se queda tan tranquila? A esto llamamos reporterismo de viajes??

  2. Sólo puntualizar que Malta está al norte de Libia y al este de Túnez, se han intercambiado los países en el artículo.

  3. El dato de la extensión de la provincia de Lugo está mal copiado de la wiki; los habitantes de Lugo son 329.780 y su superficie casi 10.000 kms. cuadrados. Malta tiene una extensión de poco más que la mitad de la isla de Ibiza. Por tanto, una densidad de población muy alta.

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