El mayor mentiroso de todos los tiempos

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menocchio tiempo
DP. Tiempo

La escena y los personajes son estos: frente a un tribunal de la Santa Inquisición de la Iglesia de Roma está sentado Menocchio y lo están interrogando porque fue acusado de pronunciar palabras heréticas e impropias sobre Cristo. Fue denunciado por hablar de más, por blasfemar y por querer divulgar sus creencias entre los vecinos; también dicen que escondía libros. Menocchio es un molinero del Friuli que también hace trabajos de carpintería, sabe construir muros y se da maña para otras cosas. Tiene siete hijos y mujer y unas habilidades muy poco comunes entre la gente de su clase: sabe leer, escribir y hacer cuentas. El año es 1584, él tiene poco más de cincuenta y se presenta a comparecer ante el Santo Oficio con unas ropas que fueron blancas. Son sus ropas de trabajo. 

En el juicio despotrica contra todos: contra los que hablan en latín, contra los frailes y los curas —que son tan ricos y tan inútiles que confesarse con ellos es como pararse delante de un árbol—, contra la Iglesia de Roma. Dice que el mundo se originó en un caos del que surgió una masa —como se hace el queso con la leche, y en él se formaron gusanos, y estos fueron los ángeles—, que cada uno lee la Biblia como quiere, que no hay que adorar imágenes ni reliquias y que los obispos no saben más de Dios que lo que puede saber él. 

El tribunal no puede creer lo que está escuchando, Menocchio empezó a hablar hace horas y no puede parar. El juicio de la Santa Inquisición contra  el molinero lo cuenta Carlo Ginzburg en El queso y los gusanos.

—¿Habla en serio o en broma?

Dice que habla muy en serio.

—¿De dónde saca todas esas cosas?

Primero dice que esas palabras se las dictó un espíritu maligno, después siembra la duda: puede haber sido el diablo pero también Dios. ¿Por qué no? Más adelante dice otra cosa: todas sus ideas vienen de los libros que leyó y como en su pueblo casi nadie sabe leer y solo escuchan lo que les inculcan los curas, por eso él se vio obligado a contarles todo lo que aprendió sobre el mundo.

Los libros que Menocchio leyó son once: seis se los prestaron y los otros son propios. Los inquisidores se enteran por él de que en su pueblo, una aldea pequeña y perdida entre las colinas, hay una pequeña comunidad de lectores que incluye desde curas hasta mujeres

Estamos en una época en que los límites del poblado, para los pobres, son los límites del universo. Han llegado algunas noticias del descubrimiento de un Nuevo Mundo pero es tan lejano y tan incierto que aquí todo parece igual: estrecho, pequeño, encerrado. Sin embargo Menocchio conoce cosas que no están en las escrituras, sabe sobre lugares y seres prodigiosos.

¿Con quién habló de estas cosas? ¿Quiénes son sus compañeros de opiniones? Con nadie, dice él, todas estas opiniones las he sacado de mi cerebro, aunque es cierto que una vez leí un libro, lo que he dicho lo he dicho por aquel libro de Mandeville que he leído.

El libro del que habla Menocchio se llama Los viajes de Sir John Mandeville. El texto original está escrito en francés, se supone que alrededor de 1350, y el narrador es un caballero inglés que relata sus viajes por el mundo. Durante los primeros años circulaba en manuscritos entre muy pocas personas pero los relatos sobre lugares remotos despiertan tanto interés que se empezó a traducir a todas las lenguas europeas y con la invención de la imprenta se hizo abiertamente masivo. Después de la Biblia, es el libro más leído en Europa. Tiene todo lo que tiene que tener: viajes, aventura, seres imaginarios, plagio, lugares inventados, datos comprobables, referencias geográficas, detalles e ilustraciones. Es el libro para conocer el mundo. Leonardo Da Vinci, Tomás Moro y la reina Isabel la Católica tienen su propio ejemplar. Cristóbal Colón también: este y El libro de las maravillas de Marco Polo son sus libros de cabecera y la inspiración para lanzarse a mar abierto.

Faltan casi cien años para el juicio a Menocchio. El año es 1492 y los hombres de negocios de España siguen buscando rutas posibles para llegar a las especierías del Oriente. Por tierra, las caravanas cristianas deberían atravesar regiones conquistadas por el islam y prefieren evitarlo, así que la única opción son los barcos: hay que navegar alrededor de África por rutas portuguesas y alejarse de la costa presenta otro problema, ¿cómo doblar ese cabo maldito al que llaman cabo de las tormentas? Los temporales son constantes y además está la amenaza del holandés errante. Todos conocen la historia: por esas aguas deambula un barco fantasma capitaneado por un hombre (que ya no es un hombre) que había apostado su alma de hombre para doblar la punta del cabo en medio de la tempestad. El capitán falló, como todos lo hacían, y ahora ya no es un hombre sino un fantasma condenado a vagar en su barco por toda la eternidad. Es sabido que encontrarse con el holandés errante (él tomado al timón entre la niebla, la tripulación gritando aterrada) es presagio de una catástrofe. 

Por eso los españoles deberán buscar otro modo de llegar a Oriente.

El griego Ptolomeo, hace catorce siglos, tenía razón: estamos arriba de una esfera y será necesario darle toda la vuelta. Cristóbal Colón lo va a intentar. El viaje costará unos seis cuentos de maravedíes, que son más o menos diez y seis mil ducados y, como la Corona española no tiene esa suma, o prefiere abstenerse, el secretario y financista del rey se hace cargo de pagar el viaje. El hombre se llama Luis de Santángel y ante él habrá que rendir cuentas al momento del regreso, cuando vuelvan con las bodegas cargadas con telas, especias y piedras preciosas. El almirante lleva el mapa de Ptolomeo y sus dos libros marcados: el de Marco Polo y el de John Mandeville.

Son unos cien los hombres que salen en tres barcos: dos carabelas chicas y ágiles y una nao mayor, comandada por el almirante Colón. Hay además dos capitanes subordinados, un aguacil de flota, un veedor del rey, hay maestres, pilotos y contramaestres, sirvientes de los capitanes (maestresalas y pajes), marineros y grumetes, hay también repostero, físico, cirujano, calafate, pintor, platero, sastre, carpintero y  escribano. Se hicieron libros de contratación para cada uno con un pago por adelantado: el resto lo recibirán a la vuelta, ellos o sus herederos.

Lo que siguió es historia conocida: navegaron por meses, pisaron tierra y preguntaron por el oro a los nativos. Nada. 

En el libro de Marco Polo había califas, hechiceros, reyes y emperadores; había espejos, muselinas, cachemiras y brocatos; había mirra, incienso, lapislázuli, turquesa, ágata, jaspe y oro. Acá solo hay playas, montañas, palmeras. Marco Polo se encontró con turcos, kurdos, árabes, tártaros, persas y mongoles. Acá no hay nadie con quién hablar. Colón ve unos hombres pelados, oscuros y desnudos, las mujeres también andan sin ropas.

En el libro de Mandeville había hombres con orejas como de elefantes que les sirven de abrigo, otros con un solo pie único y descomunal, seres sin boca que se alimentan por el olor de las manzanas, había pigmeos con bocas imperceptibles que chupan sus alimentos a través de cañas, también salvajes con cuernos y pezuñas, y corderos que nacen de las plantas. Acá son pocos y todos iguales. En todas estas islas no vi mucha diversidad de la hechura de la gente, ni en las costumbres ni en la lengua; salvo que todos se entienden. Colón apenas logra comunicarse por señas, no sabe qué gentes son esas ni qué esperar de ellos.

Lo único que el almirante ha comprobado es que la tierra es una esfera, cree estar en Cipango (el antiguo nombre de Japón) y, aunque aquí no ha encontrado ni una sola de las riquezas que buscaba, le promete a sus hombres que más adelante las encontrarán.

Ya de vuelta y a solo algunas millas de casa en la isla Canaria, Colón fechará el 15 de febrero de 1493 una carta al señor Santángel para avisarle que su dinero fue bien invertido, para contarle el éxito de su expedición y asegurarse financiamiento para las próximas. También le describe lo que ha encontrado, le dice que vio islas y más islas pequeñas y más grandes, tierra firme y gentes sin número.

Las maravillas que vio Colón resultaron menos espectaculares que las que tenía en mente cuando leía a Marco Polo, tampoco fueron rentables porque no ha encontrado a nadie con quién negociar. Su relato, él lo sabe, carece de los prodigios que había leído en Mandeville; aquello se parecía más bien al paraíso terrenal, con sierras, montañas y ríos muchos y grandes que traen oro, con árboles de mil y altas maneras que parece que llegan al cielo y no pierden las hojas, con frutos, flores, ruiseñores y otros pajaricos, con hombres y mujeres desnudos de hermosa estatura de los que se ha traído algunos en estas jaulas para mostrar a sus majestades y al generoso señor Santángel al que le está muy agradecido. Así que monstruos no he hallado, ni noticia, escribe Colón. Podemos suponer que con eso habrá archivado sus dos libros de cabecera. Se acercan otros tiempos. 

No nos olvidamos de Menocchio. Lo habíamos dejado en medio de un interrogatorio frente al tribunal de la Santa Inquisición y no le está yendo bien porque con cada palabra se acerca más a la hoguera. El molinero duda del origen del mundo que la Iglesia repite sin cesar, dice que hay islas y más islas pobladas por seres con distintas costumbres, dice que hay tantos pueblos con diversas leyes que él no logra entender la cerrazón de los curas y su único dios.

Eso es lo que me trastoca la mente, explica Menocchio. 

Los inquisidores escuchan con espanto pero no lo envían directo a la hoguera. A diferencia de otros reos, este es entretenido y charlatán. La curiosidad puede más que la urgencia y entonces preguntan con precisión, vuelven sobre sus contradicciones, inquieren sobre cada detalle. 

La metáfora es doble, dice Ginzburg: con el Nuevo Mundo lo geográfico se ha vuelto social y tal vez —solo tal vez— el centro de Europa no es el centro del universo. Menocchio había leído algunas crónicas sobre el Mundus Novus que anunció Américo Vespucio, ese lugar donde todos se mueven con libertad, no hay propiedad privada, ni diferentes clases, ni siquiera ropas. En su relato todo se mezcla: los mitos y fantasías que Europa ha construido por siglos en torno a Oriente más las historias que vienen de los viajes por América y los grandes océanos. 

En ese mundo es donde vive la cabeza de Menocchio. Las palabras que ha leído a lo largo de su vida fueron fermentando en su memoria y ahora salen así, sin temor ni pudor, porque su universo se ha estado expandiendo.

Cuando termina el interrogatorio, el tribunal se reúne y dicta sentencia: Non modo formalen hereticum sed etiam heresiarcam [No solo hereje formal, sino incluso heresiarca]

Recitó una abjuración y fue a la cárcel. Cuentan sus carceleros que cada hora del día lo escuchan rezar, que lo ven ayunar y comulgar, que practica los mandamientos y que parece un hombre arrepentido. Por eso lo mandan a casa. Pero Menocchio es el que es y, quince años después de su primer interrogatorio, está otra vez frente al Santo Oficio. No tiene las fuerzas y el entusiasmo de la primera vez, parece doblegado y ellos vuelven a la carga: ¿qué dijo, con qué palabras, dónde, a quiénes, por qué? No está seguro, no se acuerda, lo torturan. ¿Con quiénes estuvo, con cuántos habló, cuáles son sus cómplices? No tiene cómplices, leyó todo por su cuenta, él solo. Dice una vez más que todo nació de aquel libro que es el compendio de todo lo que hay en el mundo, de todas las variantes de seres, costumbres y creencias.

Está terminando 1599 y Menocchio es condenado a muerte.

Con él se termina un siglo extraordinario en el que el mundo dejó de ser lo que era. Un siglo en el que el mundo se hizo enorme y se le dio toda la vuelta mientras algunos seguían encerrados tras sus colinas, sus paredes, sus iglesias. Los pocos libros que Menocchio había guardado en su casa fueron quemados pero aquellas historias que trastocaron su cabeza siguieron siendo leídas. Con el nuevo siglo Los viajes de Sir John Mandeville cayeron en el olvido cuando otro señor inglés, el poeta Thomas Browne, acusó a su autor de ser el mayor mentiroso de todos los tiempos. 

Pero aquel autor era anónimo y era múltiple. Sir Mandeville era un personaje que servía para reunir en él todos los relatos que se contaban desde el principio de los tiempos sobre pueblos y seres tan reales o fantasiosos como la imaginación de su época. El libro que trastocó la cabeza del molinero del Friuli tenía mapas y dibujos, reunía información de enciclopedias con leyendas, ubicaba con precisión islas y pueblos a la vez que describía seres sin cabeza, árboles menguantes y hormigas que buscan oro para los hombres. Hay quienes dicen que es un libro hecho de mentiras y que el destino de Menocchio está ahí para corroborarlo, también podemos leer Los viajes de Sir John Mandeville como parte de una inagotable tradición literaria: la de los falseadores que conciben al mundo como stock y se sirven de él para hacer literatura. Y, si tienen suerte, trastocar las mentes de los lectores.


Los fragmentos incluidos corresponden al libro El queso y los guranos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, de Carlo Ginzburg. Ediciones Península, 2008.

Título original: Il formagio e i vermi, publicado en 1976

Traducción de Francisco Martín. Traducción de las citas en latín al cuidado de Francisco Cuartero.

Los fragmentos de Colón corresponden a la Carta de Cristóbal Colón a Luis de Santángel de 1493, consultada en distintas versiones en la web.

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