Perec soy yo

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Georges Perec DP
Georges Perec. Foto: DP.

Cuando llega el 23 de junio, Kim Nguyen Baraldi compra en una librería de Barcelona un ejemplar de La vida instrucciones de uso, de Georges Perec, y se lo deja al librero para que «se lo regale a un cliente que entre un poco antes de las ocho». El día y la hora, un poco antes de las ocho, importan. Ese regalo es el particular homenaje a un autor y una novela que se acaba al alcanzar el capítulo 99, cuando su protagonista, Percival Bartlebooth, muere en el sofá de casa, sentado delante de un puzle, en el momento que van a dar las ocho de la tarde del 23 de junio de 1975. «Todos los 23 de junio, a esa hora, pienso: acaba de morir Bartlebooth. Y como en toda Barcelona se está celebrando Sant Joan, mentalmente me hago la broma de que, en realidad, festejan la novela de Perec».

¿De dónde viene la obsesión de Kim Nguyen por Georges Perec? Es más, ¿quién es Kim Nguyen? Se trata de un catalán que gestiona proyectos para la Universidad de Barcelona. Nació en Bruselas en 1985. Allí recalaron sus padres durante los años setenta, siguiendo cada uno su propio camino. Su madre es italiana y llegó a Bélgica con ocho años; su padre, vietnamita, llegó con casi veinte como refugiado político, huyendo de la guerra en su país. La lengua materna de Nguyen Baraldi fue el francés. A los tres años se mudó a Barcelona, donde aprendió el catalán y el español. Estudió en el Liceo Francés y a los diecinueve se marchó a París, donde «una profesora de literatura buenísima me recomendó leer La vida instrucciones de uso». En ese momento, en cierto sentido, su vida cambió de un modo imposible de prever, girando ya para siempre alrededor de Perec. Vivió seis años en París, estudió en la Sorbona, hizo la carrera de Letras. Pero los académicos volvieron los estudios demasiado áridos. Los escritores lo salvaron. En especial, Perec.

La vida instrucciones de uso, que recrea la vida en un edificio situado en una calle imaginaria de París, como si hubiese desaparecido su fachada y pudiésemos ver a sus vecinos y pertenencias, lo enganchó enseguida, desde el mismo epígrafe, una frase breve de Julio Verne: «Abre bien los ojos, mira». A partir de ahí se desencadena, a lo largo de casi setecientas páginas, un exhaustivo viaje en forma de inventario de vidas de inquilinos, visitantes, amigos, parientes y exinquilinos, e infinidad de objetos que se encuentran en los apartamentos, desvanes, sótanos y tramos de escaleras del edificio. El libro se publicó en septiembre de 1978 e Italo Calvino lo recibió como «el último verdadero acontecimiento de la historia de la novela».

Al acabarlo, Kim Nguyen saltó a Las cosas. «Creo que casi me gustó más que La vida instrucciones de uso porque enganchó con mi momento vital». En parte, se sentía como sus personajes, un hombre y una mujer que a los veinticuatro años empiezan a ganar un salario y a descubrir París. «Sin embargo, leí mal la novela, demasiado literalmente. El libro es una crítica a la sociedad de consumo y a la imposibilidad de saciarse. Yo me quedé con los paseos y las derivas por la ciudad, los restaurantes de los barrios, las citas con amigos, las conversaciones sobre cine americano. Me quedé en la sensualidad de la novela. Más tarde lo volví a leer más canónicamente. Y vi que, en realidad, las dos lecturas son buenas. Perec llevaba también esa vida sensual».

Vinieron a continuación el resto de obras: Lo infraordinario, Especies de espacios, El secuestro, Pensar/clasificar, Me acuerdo… Perseguido por el fantasma de Perec, o persiguiendo quizá al fantasma de Perec, Nguyen se dedicó a visitar todos los pisos parisinos en los que había vivido; incluso acudió al molino de Normandía en el que escribió El secuestro. «Estuve en su habitación y en las escaleras por las que le gustaba hacer que se caía y gastarse autobromas».

Kim Nguyen se sumó a la Association Georges Perec, naturalmente. Releyó sus libros, pues Perec nunca se agota, y también los libros de otros sobre él. Inevitablemente, generó una relación afectiva hacia su escritor preferido, y parecía que estuviese a punto de gritar en cualquier momento: «¡Perec soy yo!». Durante una época, incluso se durmió con su voz. «Me ponía los cascos y escuchaba todas las noches una grabación que había hecho para la radio, titulada «Tentativa de descripción de las cosas que veo en el cruce de Mabillon», y que la emisora France Culture le propuso tras el éxito de su libro Tentativa de agotar un lugar parisino. El autor había permanecido ocho horas apostado en un punto de esa calle describiendo cada cosa que veía, en un intento de agotar, de decir completamente el lugar. «Es una voz tranquilizadora, dulce, con momentos de júbilo. Cuando pienso en esas noches, durmiéndome con su voz, son noches lluviosas. Perec empieza hablando de cinco personas que abren un paraguas, de una señora que se resbala y se cae, de un autobús turístico, de un camión, de la señora que se ha caído y que ahora está ahora sentada en el café Le Mabillon…».

Empujado a ir cada vez más lejos, decidió hacer lo que le faltaba: escribir un libro sobre Perec. Era como pagar una deuda imaginaria, pero no por eso menos deuda. Fue así como surgió la idea de escribir un libro de crítica coral a través de las voces de escritores en lengua española que estaban influidos por él y admiraban su obra, y en algunos casos la habían traducido. «Es una idea muy perequiana, en realidad. Él consideraba que la literatura era una constelación. Creía en el escritor que trabaja en complicidad con los escritores que lo precedieron, y no en el escritor romántico que escribe en soledad, aislado. Buena parte de su obra está escrita en colaboración. Decía que todo lo había escrito tendiendo puentes con los escritores que más amó. El secuestro empezó a escribirlo a cuatro manos y algunos de sus “me acuerdo” son en realidad de sus amigos. Le gustaban los plurales y creía mucho en la amistad», sostiene. Es conocido que prestaba las llaves de casa casi a cualquiera, cuando no dejaba la puerta abierta. Lo más característico de él era su apertura a los demás. «“Yo pensaba que era el mejor amigo de Perec, y resulta que su mejor amigo éramos al menos quince”, dijo uno de ellos una vez». 

Nguyen Baraldi seleccionó a algunos perequianos confesos —Eduardo Berti, Mercedes Cebrián, Juan Pablo Villalobos, Belén Gache, Pablo Martín Sánchez o Adrià Pujol i Cruells, entre otros—, pero sin relación personal con Perec. Pudo haber entrevistado a amigos, a conocidos, que hablasen de los episodios de su vida, de aquello de lo que fueron testigos, pero temió que entonces su proyecto, «aunque divertido, se habría vuelto anecdótico. Habríamos acabado hablando de la persona. Y yo quería que la literatura fuese el centro. La suya y la que se hace a partir de la suya». Uno a uno los puso a hablar de Perec y el lenguaje, el OuLiPo, el humor indescifrable, los objetos, las listas, los finales tristes, el espacio-tiempo, los juegos, los ritos o las perillas. Al acabar, se encontró con horas y horas y horas de grabación para editar. «Me sentí en cierto sentido como Gaspard Winckler, el personaje de La vida instrucciones de uso que recibe de Bartlebooth quinientas acuarelas con el encargo de transformarlas en puzles». 

El manuscrito está recién acabado. «El lector, y esto resulta también muy perequiano, puede empezar a leer por donde quiera; cada capítulo, centrado en un aspecto de la vida y la obra de Perec, se compone de pequeños fragmentos que pueden leerse de forma aislada». Es una historia oral en la que el autor no aparece, solo el nombre de los escritores, dos puntos, y sus voces, que se van mezclando. «No quise narrar. Yo no soy escritor. Mi rol es conceptual. He hecho y transcrito las entrevistas, he recortado, he pegado, me he sentido hacedor de puzles. El juego del libro es que sean escritores contemporáneos, en activo, los que hablen de Perec». No hay introducciones, acotaciones, explicaciones. Solo voces.

Es un libro «portátil», pretendidamente corto, de ochenta páginas, que deviene en algo más que un libro sobre Perec. Nguyen destaca que «al entrevistar a escritores contemporáneos, estos acaban a menudo hablando de ellos mismos. Utilizan a Perec para tocar temas que les interesan», de modo que el libro se vuelve «un laboratorio de ideas y un pretexto para hablar de lo que se hace hoy en día en literatura, a la vez que muestra la total vigencia de Perec, que no se acabará nunca». 

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