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El noble oficio de desgraciar un libro

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Imagen: Scottish Poetry Library.

El inusual suceso del documento mutante

En el año 1966, tres grandes acontecimientos cambiarían el futuro del artista Tom Phillips para siempre. Para empezar, aquella fue la temporada durante la que exhibió su obra por primera vez en la prestigiosa Exposición Estival de la Royal Academy. Para continuar, aquella también fue la época en la que el hombre comenzó a colaborar con un jovenzuelo desconocido y muy prometedor llamado Brian Eno. Y para terminar, porque fue en el 66 cuando a Phillips se le ocurrió entrar en una librería de segunda mano buscando una novelucha barata para desgraciarla por completo. Sorprendentemente, esto último sería lo que convertiría al artista en leyenda.

Tom Phillips es un ser de posaderas inquietas que ha dedicado su vida a meterle mano a todos aquellos ámbitos artísticos que se le han puesto a tiro. Ha ejercido como pintor, compositor, poeta, escultor, libretista, director, fotógrafo, crítico literario, escenógrafo, grabador, literato, diseñador, collagista o profesor. Y gracias a ello, ha logrado construir un currículo que deja en bragas al perfil de LinkedIn de la mayor parte de la humanidad: retrató sobre lienzos a los Monty Python y a Samuel Beckett, ilustró el Ulysses de James Joyce y El banquete de Platón, realizó esculturas para el Imperial War Museum, decoró el legendario restaurante The Ivy londinense, escribió crítica literaria para The Times, compuso óperas y lanzó cedés recopilatorios con sus mejores temas, tradujo y embelleció con sus propios dibujos el Infierno de Dante Alighieri antes de convertirlo en una serie de televisión dirigida junto a Peter Greenaway, diseñó tapices para universidades de Oxford, ensambló mosaicos callejeros sobre las calles del distrito Peckham de Londres, adaptó el libreto del Ottelo de Giuseppe Verdi para lucirlo en la Ópera Nacional inglesa, comisarió exposiciones sobre arte africano que viajaron por museos como el Martin Gropius Bau o el Guggenheim neoyorquino, escribió Merely Connect juntó a Salman Rushdie, creó monumentos conmemorativos tanto para la catedral como para la abadía de Westminster, se convirtió en administrador del Museo Británico y de la National Portrait Gallery, publicó numerosos libros y colaboró con poetas como Adrian Mitchell o Heather McHugh. Entre sus muchas creaciones es posible encontrar algunas tan disparatadamente laboriosas como el proyecto 20 Sites n Years: una colección de fotografías tomadas desde 1973 y a lo largo de veinte años, durante la misma semana y a la misma hora en los mismos lugares, describiendo un círculo alrededor de su estudio.

Pero, a pesar de firmar una obra tan polifacética como inabarcable, por lo que suele recordar el populacho al bueno de Phillips es por destrozar un libro con premeditación y alevosía. Concretamente, por garabatear sobre una novela olvidada, pescada entre las estanterías de una librería de segunda mano en algún momento del 66.

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Phillips trabajando en A Humument. Imagen: Tom Phillips.

El truco está en que el hombre no se limitó a dibujar pitos en los márgenes del libro o a pintarrajear en modo berserk sobre sus páginas, sino que empleó varias décadas de su vida a convertir aquella carnicería literaria en un proyecto artístico mutante y ordenado. Porque el plan que se le ocurrió a Phillips resultaba de lo más simpático: visitar una tienda de libros usados, comprar por tres peniques algún libro poco conocido, y tunearlo a muerte hasta convertirlo en una colección de dibujos que contendrían una historia completamente diferente a la original. La novela elegida durante la pesca en librerías fue A Human Document, una obra victoriana de trescientas setenta páginas que el escritor William Hurrell Mallock había alumbrado en 1892. Y el destrozo de la misma fue llevado a cabo por Phillips con muchísimo arte: pintando o elaborando collages sobre cada hoja escrita del libro, eliminando la mayor parte del texto y salvando un puñado de palabras para componer una trama distinta a la de Mallock. Una historia inédita con un nuevo protagonista llamado Bill Toge, cuyo nombre solo hacía acto de presencia en las páginas donde el texto original contenía las palabras «together» o «altogether», porque dicho apellido había nacido tras recortar aquel vocablo. Phillips también trepanaría el título primigenio del manuscrito, podándole cinco letras a ese «A human document» hasta convertirlo en una nueva pieza llamada A Humument.

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A la izquierda, la primera página de A Human Document. A su derecha, dos versiones modificadas de la misma en posteriores ediciones de A Humument.

Lo mejor de todo es que tanta dedicación por amasar y transmutar la literatura ajena no fue un pequeño capricho del artista para rellenar un par de sus tardes ociosas. Porque Phillips se ha tirado cincuenta años de su vida retocando sin parar, perfeccionando o rehaciendo por completo las páginas de A Humument. En 1970, los responsables de Tetrad Press decidieron que aquel libro modificado era una ocurrencia tan chiflada como para merecer ser publicada en una pequeña tirada. Una década más tarde, la compañía Thames & Hudson lanzó con más fanfarria una nueva edición de A Humument que, gracias a lo revoltoso de los pinceles de Phillips, era distinta a la setentera. Otras versiones diferentes modificadas de la obra se publicarían en 1986, 1998, 2004, 2012 y 2016, convirtiendo aquel tomo en el único libro que evolucionaba y mutaba, transformando por completo sus pasajes, en cada nueva edición. Entre medias, en 2010 el propio Phillips elaboró una versión digital de A Humument que, como no podía ser de otro modo, no se conformó con ser un mero ebook. Porque A Humument se presentó como una app para iPad de buen ver. «Tiene mejor pinta en pantalla que en la vida real», aseguraría su padre, con treinta y nueve de sus hojas retocadas de nuevo e incluyendo una función especial llamada «oráculo», que combinaba páginas al azar para generar mensajes diarios sobre «el destino y la fortuna» del lector. Lo que vendría a ser un horóscopo random o el mensaje más críptico posible de una galleta de la suerte.

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Páginas de A Humument convenientemente tuneadas.

Probablemente, William Mallock estará bailando reguetón en su tumba victoriana tras descubrir que la actual fama de su novela no se debe a méritos propios, sino al hecho de que su libro se ha convertido en el gigantesco sudoku literario de un artista londinense. Pero a pesar de lo vil que pudiese parecer el apropiacionismo de Phillips, y la desfachatez de pintarrajear sobre patrimonio ajeno, el resultado no solo tiene muchísima alma propia, sino que es más interesante que un trabajo original que huele a tostón desde lejos. Porque A Humument es maravilloso tanto por su extraña gestación como por lo bonito del resultado, aunque la nueva trama con Bill Toge sea un ente difuso que chapotea en lo surrealista, una narración que salta en el tiempo y realmente mola más por estar anidada en ilustraciones fardonas que por lo que cuenta. Una de las páginas de A Humument da cobijo a una frase que en realidad es toda una declaración de intenciones: «La realidad ha sido resquebrajada por temblorosas peculiaridades».

El asombroso caso de la escultora de libros

A principios de los ochenta, Tessa Ransford (1938-2015) fundó en Escocia la School of Poets. Una agrupación donde poetas intercambiaban musos y musas mientras departían sobre esa manía de ir por la vida rimando frases. El éxito de la escuela propició que, unos años más tarde, se erigiese un espacio físico como lugar de encuentro para aquella gente lírica: la Scottish Poetry Library. Una biblioteca entregada a la genuflexión hacia la poesía, que arrancó modestamente dando cobijo a trescientos libros y acabó acumulando decenas de miles de volúmenes junto a la admiración unánime del mundo de la cultura. Todo esto suena a sillón orejero para culos muy serios, pero lo cierto es que en la Scottish Poetry Library molan bastante: no hay muchas librerías que se definan en las redes sociales con un «engrasados a base de té, propulsados a base de tartas» y, definitivamente, hay muchas menos que celebren la Navidad con un recital de poesía, titulado Die bard!, dedicado exclusivamente a recitar ripios sobre Jungla de cristal (Die Hard).

El primer miércoles de marzo de 2011, la Scottish Poetry Library se convirtió en el escenario de un suceso extraordinario cuando Julie Johnstone, una trabajadora de la biblioteca, descubrió un objeto sospechoso abandonado en una de las mesas del recinto: un viejo y grueso tomo sobre el que se había plantado un pequeño árbol cuyas ramas y hojas habían sido elaboradas a partir de docenas de páginas de un libro, meticulosamente recortadas y engarzadas. A los pies de aquella inusual escultura se hallaba un huevo de papel partido en dos que contenía, en un interior forrado con láminas doradas, un puñado de palabras con las que era posible construir el poema A Trace of Wings de Edwin Morgan. Junto a la minuciosa obra, Johnstone descubrió una pequeña nota escrita a mano, un mensaje, dirigido al nombre que la biblioteca lucía en Twitter (@byleaveswelive), que rezaba lo siguiente: «Comenzó con tu nombre @byleaveswelive y se convirtió en un árbol… un libro es mucho más que páginas rellenas de letras… Esto es para vosotros en apoyo a las bibliotecas, los libros, las palabras, las ideas… un gesto (¿poético, tal vez?)».

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Imagen: Scottish Poetry Library.

Lo más sorprendente era que la efigie esculpida en papel, una pieza que en la Scottish Poetry Library bautizarían como poetree, fue depositada en aquel lugar por lo que parecía ser un ninja de las bibliotecas: la carta no venía firmada y nadie se había percatado de en qué momento el árbol de celulosa fue plantado sobre la mesa, algo especialmente curioso porque lo sensible de la estructura insinuaba que requería de mucho mimo en su transporte. Cuando la noticia saltó a los periódicos la autoría de la obra seguía siendo un misterio porque nadie la había reclamado como propia.

El caso del poetree parecía un agradable hecho aislado hasta que tres meses más tarde alguien se olvidó deliberadamente otra talla similar en la Biblioteca Nacional de Escocia. Se trataba de una figura compuesta por un gramófono y un pequeño ataúd, creados tras cercenar y recortar una copia de la novela negra Exit Music de Ian Rankin y un volumen recopilatorio de poesía y prosa titulado The Casquet of Literatura. Junto a la pieza, se acomodaba una nueva nota: «Para @natlibscot. Un regalo en apoyo a las bibliotecas, libros, palabras, ideas… (y en contra de su extinción)». La nueva obra tenía un detalle extremo, sus recovecos ocultaban frases como «nadie puede localizarme a través de la oscuridad», el féretro incluía una corona de flores elaborada con páginas y de la corneta del gramófono surgía aleteando un pájaro minúsculo. Las manualidades literarias comenzaban a resultar cada vez más sospechosas, pero aquello todavía no había hecho nada más que empezar.

Unos cuantos días después, otra escultura de papel fue hallada en las taquillas de los cines Edinburgh Filmhouse. Dicha pieza representaba una minúscula sala de cine donde los personajes de una película atravesaban la pantalla invadiendo a caballo las butacas de los espectadores. Todo (la audiencia, los asientos, la pantalla, y los protagonistas del film) había sido elaborado utilizando libros como materia prima, y entre los detalles de la obra figuraban un espectador diminuto que lucía el rostro del novelista Ian Rankin (junto a una microbotella de cerveza amarrada a su mano) y una cita de Francis Ford Coppola aludiendo a la magia del cine. Otra nota anónima, celebrando la magia del celuloide, acompañaba a la escultura.

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Imagen: Scottish Poetry Library.

A estas alturas, la gente comenzó a sospechar que a alguien un Art Attack se le había ido de las manos y varias obras similares estaban a punto de aterrizar por los inmuebles culturales de Edimburgo. Menos de un mes más tarde, un nido de dragón asentado en la novela Knots and Crosses de Rankin fue hallado en las ventanas del Scottish Storyteller Centre junto a una nueva carta amiga de las fábulas: «Erase una vez un libro, dentro del cual existía un nido, y en el interior del nido existía  un huevo, y en el interior del huevo existía un dragón, y en interior del dragón existía una historia…». Las dos siguientes tallas aparecieron en el mismo lugar, el certamen Edinburgh International Book Festival. Una mostraba una figura humana acurrucada bajo las ramas de un árbol construido con las páginas de la novela The Private Memoirs and Confessions of a Justified Sinner de James Hogg. La otra erigía una taza de té, acompañada de un cupcake, sobre la leyenda: «This cup is awarded to @edbookfest». En el interior de la taza flotaba la frase «Nada supera a una taza de té (o café) y un buen libro» y junto a la magdalena con ínfulas se leía un pequeño apunte: «excepto quizás una tarta».

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Imagen: Scottish Poetry Library.

La séptima escultura apareció en una de las estanterías de las Biblioteca Central de Edimburgo, y en ella una lupa enmarcaba el texto «When I go in I want it bright, I want to catch whatever is there in full sight», las palabras finales del poema Seven Decades de Edwin Morgan. La octava obra (en realidad sería la última en ser descubierta, pero llegó numerada con un esclarecedor «8/10») se aposentó en el Writers’ Museum de Edimburgo sobre la caja de donaciones dedicada a Robert Louis Stevenson. Aquella talla reproducía una escena de El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde recortando tétricos callejones con las páginas de la novela Hide & Seek de Rankin, y situaba a Jekyll, Hyde y una pobre desgraciada como protagonistas de la acción. La novena escultura apareció bajo el esqueleto de un ciervo en el Museo Nacional de Escocia, y en ella el artista añadió a su obra lo único que necesitaba para molar aún más: dinosaurios. En aquella pieza, un tiranosaurio rex emergía, rebosando tinta roja por la boca, de entre las hojas de El mundo perdido de Sir Arthur Conan Doyle.

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Homenajes de papel y tijera a Jekyll & Hyde y El mundo perdido. Imagen: Scottish Poetry Library.

Noviembre de 2011, en el libro de visitas de la Scottish Poetry Library donde había empezado todo aparece el siguiente mensaje: «Espero que la próxima vez pueda quedarme un rato más. He dejado una cosilla para vosotros cerca de las antologías de poetisas. En apoyo a las bibliotecas, libros e ideas…». La recepcionista de la biblioteca juró y perjuró que no había visto a nadie garabateando sobre el libro en todo el día. Pero en la sección de poesía se hallaba el obsequio anunciado: un par de objetos, un montón de plumas y una pareja de guantes, junto a nuevas misivas. Aquellas plumas eran en realidad páginas de un libro, recortadas de manera extremadamente minuciosa, que habían sido posteriormente trenzadas confeccionando un gorro, y los guantes insinuaban un pelaje a rayas. Las letras que los acompañaban revelaban su origen: «Guantes de piel de abeja, sombrero de alas de pájaro», un extracto del poema Gifts de Norman MacCaig, interpretado de manera literal. Los objetos llegaban etiquetados con un «10/10» que los señalaba como la décima y última obra de la serie, y acompañados de una carta mecanografiada en la que la autora de las esculturas hablaba por primera vez con claridad de sus criaturas: 

Es importante que una historia no sea demasiado larga… que no se convierta en tediosa… «Tienes que saber cuándo finalizar una historia» pensó ella. En ocasiones una buena historia comienza donde empezó. Eso podría significar un retorno a la Scottish Poetry Library. El lugar inicial donde ella dejó la primera de las diez. Volver con quienes habían amado aquel pequeño árbol, quienes la animaron para intentarlo de nuevo otra vez… y otra vez más. Algunos se preguntaban quién había ido dejando esos extraños y pequeños objetos. ¡Algunos incluso pensaron que se trataba de un «él»! Otros rebuscaron entre artistas de destacados pero nunca la encontrarían ahí. Y aunque ella fabricaba cosas, ésta había sido la primera vez en la que se había dedicado a diseccionar libros y utilizarlos simplemente porque aquello parecía lo ideal. Muchos prefirieron no saber quién era ella… y esa era la razón de ser del trabajo […] Esperad un momento. ¿Alguien se ha olvidado un par de guantes y un gorro? 

¡Saludos Edimburgo, ha sido divertido!

Sonaba a despedida y aquello parecía el final del desfile de manualidades asombrosas, pero no fue así: ese mismo noviembre, en la Edinburgh Bookshop se presentaron un par de pequeños esqueletos, forrados con papel y tinta, que bebían y fumaban sentados sobre un ataúd horadado en un libro mientras escuchaban un vinilo en un tocadiscos. En la carátula del disco se leía The Impossible Dead/Ian Rankin/Some Secrets Never Die, y el féretro lucía el texto R. I. P. 13/10/11, la fecha en la que el libro de Rankin citado (The Impossible Dead) había sido publicado. El destinatario de aquella nueva obra era el propio Ian Rankin, el autor cuyos libros utilizó con regularidad la escultora como materia prima para levantar sus creaciones, y el presente llegaba acompañado de un nuevo número de serie: «11/10».

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Imagen: Scottish Poetry Library.

En el verano de 2012 cincuenta flores de papel, cuidadosamente numeradas y acompañadas de citas de Oscar Wilde, se escondieron a lo largo del Edinburgh International Book Festival. A finales del mismo año la organización del evento Book Week Scotland anunció que la enigmática modelista participaría en el evento alumbrando cinco nuevas maravillas de papel que se esconderían a lo largo de Escocia para que los interesados en participar en el juego saliesen a cazarlas siguiendo unas pistas previas. Las nuevas creaciones eran escenas complejas y asombrosas basadas en Lanark de Alasdair Gray, el poema Tam o’ Shanter de Robert Burns, Whisky Galore de Compton MacKenzie, Peter Pan de J.M. Barrie y La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson. La Scottish Poetry Library también recibiría durante esos últimos meses del año un nuevo regalo de la generosa artista: una caja con un «No abrir hasta el siete de diciembre» (el último día de una exposición creada en honor de las diez obras originales):

En 2013 aparecieron nuevas obras, de nuevo amasadas en papel y numeradas, conformando una serie titulada Preparing to Fly que reflejaba el ciclo vital de los pájaros antes de dar su primer aleteo. Piezas remitidas a destinos diferentes, entre los que se encontraba de nuevo la biblioteca de Tessa Randsford. Al año siguiente, una nueva obra con mariposas emergiendo del interior de un libro fue subastada para un evento benéfico. En 2016, una enorme pieza de dos metros de alto titulada The Butterfly Tree and Lost Child se instaló en la Biblioteca Central de Edimburgo como una obra de carácter colaborativo, presidida por un árbol cuyas hojas estaban compuestas por decenas de mariposas que los fans de la artista habían elaborado y remitido a la misma. En 2017, una rosa de celulosa y letras fue enviada a la Scottish Poetry Library y, un año más tarde, una pequeña chica de papel tocando un violoncelo se presentó en el conservatorio St Mary’s Music School como un nuevo presente de la escultora.

Hubo quiEn llegó a asegurar que podía desenmascarar a la madre de todos estos inusuales seres de papel. Pero los verdaderos interesados en el fenómeno de las esculturas de libros sabían que descubrir a la persona tras las creaciones no tenía ningún sentido. A principios del 2015 la BBC acordó con la autora una pequeña entrevista vía email donde la mañosa modelista dejaba claro que lo de la fama no iba con ella: «Mi intención nunca fue que fueran vistas como obras de arte, ni siquiera que durasen. Al fin y al cabo están fabricadas a partir de libros viejos. Para mí el final llegaba en el momento en el que las abandonaba. Una vez que un regalo es entregado ya está en otras manos». A día de hoy la identidad de la artista sigue siendo un hermoso interrogante.

La fabulosa hipótesis del cirujano de párrafos

Hace algunos años, el ilustrador Enrique Corominas compartió en cierta red social la foto de un cómic que había sido trepanado manualmente para elaborar una escultura de papel. El dibujante acompañó la imagen de un comentario donde se mostraba horrorizado ante la idea de que alguien fuese capaz de despellejar un libro de ese modo. Corominas es un pintor excepcional que se dedica a hacer libros (la novela gráfica Dorian Gray) o a ilustrarlos (las famosas portadas de la saga Canción de hielo y fuego en la ediciones de Gigamesh), por lo que no resulta extraña su aversión a lo de triturar páginas alegremente. Lo curioso es que la mayor parte de la población, pese a no tener un nexo similar con los libros al que tiene Corominas, también considera un sacrílego el arrimarse a un tomo con unas tijeras en la mano y cierta fascinación por el confeti en la cabeza.

Brian Dettmer es un caballero que posee una teoría interesante sobre el origen de esa percepción popular que nos hace equiparar el defenestrar un libro con algo muy depravado. En su opinión, la principal razón por la que nos resulta tan perturbadora la idea de romper el lomo de un volumen, rasgar sus páginas o arrojarlo a la basura, tiene mucho que ver con el hecho de que inconscientemente lo consideremos un objeto vivo: «Interpretamos los libros como criaturas vivientes, pensamos en ellos como un cuerpo, uno que funciona a modo de reflejo del nuestro», apuntaba el hombre antes de expandir la hipótesis hasta tumbarla en su mesa de trabajo, «los libros tienen el potencial de seguir creciendo, y de convertirse en cosas nuevas. De ese modo están vivos». Brian Dettmer amontona tomos gigantescos en su estudio, los amarrara a una mesa y escarba entre sus tripas. A eso se dedica, y es buenísimo en ello.

Ocurre que Dettmer está considerado como uno de los más populares creadores de libros alterados. Un artista cuya obra combina el apropiacionismo y la improvisación con una arqueología de diccionario absolutamente literal. Porque para la elaboración de sus piezas el hombre utiliza como materia prima todo tipo de libros, en especial aquellos que tienen un grosor y tamaño disparatados, y los somete a un proceso de lo más curioso: los ata sobre su mesa de trabajo en posiciones divertidas, barniza su exterior y cercena poco a poco las capas de papel interiores con concisión quirúrgica, convirtiendo la excavación a través de las páginas en una talla asombrosa. La gracia del asunto es que Dettmer no planea de antemano el aspecto que tendrá la escultura resultante de todo el proceso, ni tampoco sabe previamente qué textos y dibujos dejará a la vista su taladrar, sino que prefiere ir descubriendo todo eso sobre la marcha, según va pelando capas.

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Wagnall Wheels. Imagen: Briandettner.com

A partir de este sistema, el caballero ha elaborado toda una galería de obras asombrosas: su New International Dictionary construyó un collage tridimensional excavando dibujos entre las páginas de un diccionario impreso en 1947. Wagnalls Wheel fabricó un tiovivo espectacular con estampas troqueladas de un puñado de enciclopedias. World Books se presentó como un ciempiés compuesto por libros horadados. Opposing Colors mutiló tebeos de Spider-Man para extraer de ellos sus rojos y azules. Travel Plans tejió un busto a partir de retazos de las calles y carreteras que, en algún momento, formaron parte de un mapa de Barcelona. Brave New World cinceló una copia de Un mundo feliz de Aldous Huxley para transformar sus líneas en escalones caprichosos. Grolier embutió una jeta humana en una columna de enciclopedias taladradas. Core 6 mordisqueó un grueso libro hasta convertirlo en un pilar atractivo y Mound 2 pulió otro manuscrito para confeccionar una dentadura de párrafos.

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Imagen: Briandettner.com

En los últimos años, Dettmer se ha venido arriba y ha comenzado a fabricar esculturas mucho complejas o directamente titánicas. Sus libros alterados se presentan ahora mutilados de lomo o portada evitando revelar a primera vista su naturaleza bibliotecaria (New Desk Explorer). Y sus creaciones más llamativas ensamblas decenas de libros tallados para construir murales espectaculares (Funk and Wag o Universal World) o aparatosas columnas (The New Age, World Scope o New Wonderland).

El noble oficio de desgraciar un libro es un arte caprichoso. Uno capaz de hacer famoso a un erudito por pintarrajear sobre las páginas de otro, de lograr que una misteriosa escultora que nunca quiso ser famosa acapare titulares, o de otorgarle fama a alguien que esculpe a través de las tripas de los libros. Y mientras tanto, el resto del mundo contempla, aterrado y asombrado al mismo tiempo, la bellísima escabechina que esos chiflados, capaces de destrozar un libro, están montado.

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Imagen: Scottish Poetry Library.

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2 Comentarios

  1. Bonita forma de demostrar literalmente cómo leer te lleva a otros «mundos».

  2. Este artículo merece ser hecho escultura. Muy bueno, no tenía idea de esas obras magníficas.

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