G es de Gorey, que hizo de lo macabro cultura pop

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Edward Gorey
Edward Gorey en 1977. Foto: Getty.

Seamos o no conscientes de ello, sin la revolución hípster de los años cincuenta hoy no existirían Los Simpsons, ningún adulto leería cómics y mucho menos aún serían un éxito las sagas de Marvel o Star Wars. Hasta esta Contemporary Culture Magazine, Jot Down, no hubiera pasado de ser un fanzine para gente rarita. La razón es que al terminar la Segunda Guerra Mundial la lucha continuaba en el frente más improbable de todos, el de la cultura. Permanecía muy viva la discusión entre «alta» y «baja» cultura: la música clásica sí era música, el jazz o el rock no; no era literatura la ciencia ficción ni el terror u otros géneros; nadie que no sufriera retardo mental leería cómics después de la adolescencia; y, desde luego, si uno quería ser un artista no se dedicaría a la ilustración. Edward Gorey no solo rompió todas y cada una de las normas para precipitar el final de la distinción entre lo que era cultura y lo que no. Creó además un estilo definido por lo macabro y lo satírico, anticipó géneros, contribuyó a la expansión de la cultura pop, y ha acabado propiciando la aparición de un elenco de artistas que hoy se definen con orgullo como «goreyescos».

Pero comencemos no por quién era, sino por cómo era. Altísimo, delgado, con una barba hípster que conservó hasta su muerte. La de un hípster verdadero, creada a imitación de la estética beatnik de los cincuenta y mezclada con un estilo propio de dandy fin de siècle. En la calle, un abrigo de piel de mapache con el largo justo para dejar ver sus pantalones tobilleros, y las manos cuajadas de anillos. Intercalando caprichosamente al hablar una vocecilla de falsete, a lo Bee Gees, con exclamaciones, risitas, y gestos teatrales, que cambiaba súbitamente a un afectado acento británico. Podía mantenerse en un tono o en otro durante horas, en una conversación informal o una entrevista. Por puro capricho, y sin preocuparse lo más mínimo por lo que hiciera sentir a su interlocutor. La opinión de los demás en general, y de los lectores en particular, le interesaban tan poco como el sexo.

Al menos eso manifestó a menudo en las entrevistas que le hicieron, subrayando su condición de persona afortunada por no sentir ese impulso. Asexual declarado, autodefinido como gay, y parte del primer círculo cultural homosexual de Harvard, así como amigo íntimo de su líder, el poeta Frank O’ Hara. Todas las obras que Gorey citó como favoritas están consideradas hoy de temática homosexual. Generalmente encubierta, como la del mismo Herman Melville de Moby Dick. Frecuentaba además los bares de ambiente de Chicago y Nueva York. Aunque su sexualidad no tendría importancia de no ser porque se considera uno de los primeros famosos que normalizó la estética queer, influenciando al movimiento LGTBIQ+. 

Los gais de Harvard le consideraban el menos gay de ellos. Sus relaciones y afectos siguen siendo una incógnita. Pero si recordamos que sus amigos le describían apartado en un rincón en las fiestas, dibujando, y añadimos a eso su repetida frase de «nunca he entendido a la gente», Gorey se nos define como lo que fue. Un absoluto enamorado de su trabajo que prefería renunciar al trato con los demás antes que robar tiempo a su vida artística. 

Vivió rodeado por docenas de gatos, acumuló veintiún mil libros a lo largo de su vida y los leyó todos. Una existencia ascética y un juicio personal sobre las obras culturales que le permitía disfrutar lo mismo de las obras clásicas como de Buffy Cazavampiros —su serie favorita—, Star Trek o Expediente X. Un conjunto de cualidades que le permitieron convertirse en un artista fundamental del siglo XX, que no se parecía a ninguno de los autores de su tiempo.

Tim Burton suele repetir con orgullo que aplicó las características de la obra de Gorey a Pesadilla antes de Navidad y a La novia cadáver, y que su propio estilo no existiría sin él. Patrick Ness afirma algo similar, revelando que Coraline es goreyesca, y lo mismo dice Ransom Riggs sobre El hogar de Miss Peregrine para niños peculiares. Maurice SendakDonde viven los monstruos— y Toni Ungerer también se declaran fuertemente influidos por él. Gorey está considerado además un anticipador de la novela gráfica anterior a su popularización por Art Spiegelman con su Maus en 1986. 

Pero la primera gran corriente a la que influyó de forma definitiva fue el punk neoyorquino de los setenta. De forma natural se le llegó a considerar un eje más del movimiento y de su estética, a la altura de David Bowie o The Velvet Underground. El motivo, sus decorados, telón, y fondos para el Drácula representado en Broadway recreando el cinematográfico en blanco y negro de Bela Lugosi. Sus inconfundibles ilustraciones sin color y de estilo victoriano fueron aclamadas por la crítica como una maravilla sin precedentes. El público pateaba y aullaba en cada representación. De pronto, y tras más de dos décadas de trabajo, Gorey empezaba a ser conocido.

Su primera antología, Amphigorey, pasó a ser un besteseller incontestable año tras año, edición tras edición. Que hoy sigue publicándose en cientos de idiomas. Era por fin el reconocimiento para un autor que había malvivido como ilustrador freelance, y publicado en pequeñas editoriales. Apoyado sobre todo por libreros enamorados de su estilo, especialmente los de la librería Gotham Books —sí, tomó su nombre de Batman—. Además de poner sus volúmenes de culto junto a la caja registradora creó un merchandising Gorey, siendo así de los primeros ilustradores que se beneficiaron de reproducciones en marcapáginas, tazas y otros objetos. 

El atractivo de publicarle cuando no era conocido resulta evidente, por sus imágenes sin color de estilo único, y por los textos que las acompañan en forma de limmerick, el poema humorístico inglés de rima AABBA. Gorey presenta además a los niños como seres vulnerables, fáciles víctimas de injusticias universales, crueldad y descuido por parte de adultos negligentes. El ejemplo que mejor lo resume son sus abecedarios, «A es por Amy, que se cayó por las escaleras; B es por Basil, atacado por osos; J es por James, que bebió lejía por error; K es por Kate, que fue golpeada por un hacha». Chupados por sanguijuelas, ahogados en un lago, atragantados con un melocotón, devorados por los ratones, tragados por el hielo, fallecidos por ingesta de ginebra… ¿qué padre o madre querría que sus hijos aprendieran las letras con estos ejemplos de finales tan infelices como típicamente infantiles?

Hasta cierto punto, los del presente. Porque Edward Gorey está considerado, junto a doctor Seuss, el mayor renovador de la narrativa infantil. Ambos autores de libros ilustrados introdujeron la gamberrada, la broma, y la irreverencia para un público al que comenzaba a aburrir mortalmente el cuento clásico con moraleja y la ñoñez que según la alta cultura los niños merecían. La libertad creativa aportada por ambos abrió un mundo de posibilidades, que acabaría conduciendo a considerar como normal una serie como Rick y Morty, y que un público más adulto pueda consumir cosas de niños.

Aunque sería un error limitar a Gorey como mero autor de literatura infantil macabra. Muchos de sus libros solo se rodean de una estética y lenguaje aparentemente infantiles para adentrarse en terrenos netamente adultos. Así ocurre en The Loathsome Couple, La pareja abominable en español. Que no es un mero cuento, sino su interpretación de una historia aparecida en la prensa, la de los asesinatos de los páramos. Un matrimonio de psicópatas raptaron y mataron a cinco niños entre 1963 y 1965, a una de las cuales fotografiaron desnuda, y cuyos gritos pidiendo clemencia grabaron en una cinta de casete mientras la torturaban hasta matarla. La genialidad del autor es que al rodear los hechos del ambiente victoriano nos hace tomar distancia, y la apariencia de libro ilustrado infantil nos ayuda asomarnos al horror sin arcadas, comprendiendo a la vez toda su dimensión. La historia además comienza banalmente, un noviazgo, la afición por películas de crímenes, y se desata cuando ambos descubren que son incapaces de hacer el amor. Deciden entonces dedicarse a lo que había sido un deseo contenido: el asesinato de niños. Como es habitual en Gorey, no hay imágenes explícitas, en todo el libro apenas una camisa ensangrentada entrevista por una puerta medio abierta. A la vez la psicología de los asesinos está magistralmente retratada: desayunan cereales al día siguiente de su primer crimen, van creando un álbum de fotos con imágenes de sus víctimas, se excitan con la muerte. 

Otro ejemplo fuera de la norma es The West Wing, el ala oeste, una colección de instantes, sin texto, en el interior de una mansión victoriana. Espacios imposibles, habitaciones sin nada, ruina, apariciones súbitas. Un enigma que se entiende mejor si pensamos que el autor lo concibió como su idea de qué es la muerte, o la vida que hay después de ella. Un vagar carente de sentido por la mansión vacía.

Hay además otra parte de la obra de Gorey casi olvidada, pero fundamental para la cultura tal como hoy la concebimos. Me refiero a su etapa como portadista, primero en la editorial Anchor Books, luego en Doubleday, y más tarde en Looking Glass. Como lector voraz y autor él mismo, era capaz de resumir en las ilustraciones el contenido del volumen. Con tal maestría que los libros ilustrados por él eran siempre los más vendidos, con independencia de que fuesen obras de André Gide, Graham Greene, o H. G. Wells. Y lo más importante de todo, lo consiguió con las ediciones de bolsillo. En un momento en que el lector medio sufría una transformación radical.

Después de la Segunda Guerra Mundial los soldados estadounidenses llegaron del frente acostumbrados a las bibliotecas móviles proporcionadas por la Armed Services Edition. Una editorial militar dedicada a proporcionar lecturas para su tiempo de ocio, costumbre que años después llevaría las ediciones de Marvel y DC cómics a las bases de Estados Unidos en todo el mundo. Y, ya sabe, de ahí a todos los países en que se asentaron. En 1945, terminada la contienda, a aquellos soldados se les ofreció además la G.I. Bill, que les daba la posibilidad de cursar estudios universitarios sufragados por el gobierno. La consecuencia fue una generación de clase media convertida masivamente en universitarios ávidos de lecturas. Que deseaban no libros caros y bellamente encuadernados, sino el mismo formato económico de la Armed Services, algo para entretenerse y de lo que desprenderse después sin cargo de conciencia. Desde el silencio y un relativo anonimato, Gorey hizo que muchos autores fueran leídos por millones con la sencillez de dirigir la elección del comprador que curioseaba entre los estantes de la librería mediante una portada ilustrada. Y contribuyendo a consolidar un formato de edición que transformaría tanto la cultura contemporánea como el propio disco de vinilo, o el radiocasete. 

Hoy la pregunta no es a quién ha influenciado Gorey, sino a quién no. Lo ha hecho conforme al estilo de vida que siguió, casi al margen de la página, alejado de la fama, recluido en su mansión con sus gatos, viendo Buffy cazavampiros. La diseñadora de moda Anna Sui reconoce haberse inspirado en la forma de vestir de sus personajes. El escritor de Una serie de catastróficas desdichas, Daniel Handler, se declara devoto absoluto de los textos de Gorey, más que de sus imágenes. Era un grandísimo narrador, y ese es un valor a menudo olvidado del autor. Pero incluso aquellos que no hayan bebido directamente de su fuente habrán heredado una concepción de lo macabro como fuente de diversión que es tan típica de nuestra cultura contemporánea como goreyesca.

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