
La lengua perfecta
Un padre y una madre centauros contemplan a su hijo, que juguetea en una playa mediterránea. El padre se vuelve hacia la madre y le pregunta: ¿debemos decirle que solamente es un mito
(Kostas Axelos1)
Encontrar un lenguaje perfecto ha sido uno de los objetivos más deseados por los pensadores a lo largo de la historia. Una lengua capaz de explicar todas las sensaciones que el ser humano pueda experimentar, capaz de relatar las imágenes que pueblan su pensamiento, los matices de los sabores y olores, el modo en el que el sonido de una voz o de una música es capaz de transportarlo a un estado de placer, de nostalgia o de excitación. Un idioma perfecto que explicase cualquier experiencia humana valdría para que cualquier persona de cualquier cultura pudiera entenderlo.
Algunos pensaron que esta lengua perfecta fue la que Dios empleó para hablar a Adán. Cuentan que para conversar con él agitó las tormentas, sacudió las ramas de los árboles, provocó silbidos de viento que daban distintas notas musicales según el espacio que transitaban. Utilizó un lenguaje relacionado directamente con el comportamiento del mundo2.
Esta lengua que expresaba directamente los fenómenos de la realidad era común a toda la humanidad. Todos compartían este lenguaje hasta que por culpa de la soberbia fueron castigados con la maldición bíblica de la Torre de Babel, en la que reina la confusión mientras los hombres construyen una obra de arquitectura monumental que llega al cielo. Dios fragmenta el idioma universal y castiga a los seres humanos a no entenderse.
Una lengua es un modo de entender el mundo y en consecuencia, la búsqueda del lenguaje total tiene un argumento que permanece oculto y que nos revela una dimensión relacionada con el poder. Aquel que domine esta lengua, dominará el idioma de Dios, el idioma de una supuesta verdad única. El dominador de la lengua perfecta puede explicar a Dios y ganar así la conversión de los demás a su propia fe, a su propia cultura, a su propia concepción del mundo. Dominar la lengua universal procura hegemonía a la cultura que detenta este saber.
El problema que se plantea de inmediato es elegir cuál es: ¿sánscrito, griego, latín, el lenguaje de los números, la Cábala? ¿Qué criterios garantizan el éxito de la elección? Han sido muchas las discusiones sobre esto en la historia de la filosofía y de la semiótica. «San Agustín pensó en una lengua perfecta y común a todos los pueblos, cuyos signos no son palabras sino las cosas mismas, de modo que el mundo se presenta (…) como un libro escrito por el dedo de Dios»3. Sin embargo, desconfiaba de los textos sagrados escritos en griego y esto se debía a que él dominaba el latín, en esa época lengua oficial eclesiástica. Por eso nunca acababa de entregarse a los matices que las lenguas extranjeras le proponían.
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