
Es una de las fotografías más conocidas de Nicolás Muller, y una de las pocas que él incluía entre sus favoritas. Estamos en 1950, en San Cristóbal de Entreviñas, Zamora. Un cura, concentrado en su lectura, se aproxima a un cruce de caminos en medio del campo mientras una hilera de cipreses enmarca horizontalmente el fondo del paisaje y dibuja un triángulo junto a las diagonales de ambas sendas.
No es solo el instante perfecto, es la única fotografía que Muller hizo de esa escena. Porque, además de buscar el momento adecuado, el fotógrafo, como tantos otros de su generación, practicaba una gran economía de medios.
En este 2021, el pueblo de San Cristóbal de Entreviñas ha organizado una exposición alrededor de esa imagen. La muestra incluye muchas otras hechas por el fotógrafo en ese mismo viaje que recuerdan cómo era la vida en la localidad hace más de sesenta años.
Y no es ni la única vez que Muller se verá en España este año, ni la primera. La exposición La mirada comprometida, organizada por el Instituto Cervantes, cerró en Gijón, tras Madrid, su circuito nacional, y se trasladará a Portugal, Francia y Hungría antes de volver al país que la inauguró: Marruecos. Y el Museo de Bellas Artes de Asturias ha dedicado el verano a exhibir fotografías, en su mayoría inéditas, de Nicolás Muller y su visión del norte del país.
¿Pero quién fue Nicolás Muller y qué le hace especial?
Muller nació en Orosháza, Hungría, en 1913. De familia judía liberal, culta e interesada por las artes, comenzó a fotografiar tras recibir una cámara como regalo por su Bar Mitzvá. Se trasladó a Budapest a estudiar Derecho en la universidad, por expreso deseo paterno, y entró en contacto con artistas e intelectuales húngaros que le estimularon creativamente. Se convirtió en un «descubridor de aldeas», formando parte de un grupo de jóvenes que recorría la Hungría rural para conocer la forma de vida de sus conciudadanos. Esa experiencia combinó un interés etnográfico por retratar los modos rurales de su país con la inquietud social por dejar patentes las duras condiciones de los trabajadores. Comenzó entonces a experimentar con el punto de vista dentro del encuadre y declaró su apego, constante y fiel, por la diagonal.
Como judío, el avance de Hitler en Austria y las polémicas que suscitaban algunas de sus fotos, que muy en la línea de Las Hurdes, tierra sin pan de Buñuel colocaban ante los gobernantes las realidades que querían ignorar, le impulsaron al exilio. Lo inició en París. Y París, en aquellos momentos, era una fiesta.
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