Mishima o el héroe que cae (y II)

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Yukio Mishima en 1969. Foto Cordon Press.
Yukio Mishima en 1969. Foto: Cordon Press.

(Viene de la primera parte)

エロース Eros

Este préstamo al japonés de la palabra griega ἔρως, pronunciada «erosu», es en Mishima el sendero quebrado que el deseo sexual recorre hasta alcanzar el absoluto. Recuerda Barthes como el cuerpo, incluso, es un sistema de significados en Japón en ocasiones insondable para el occidental y «existe, actúa, se muestra a sí mismo, se da, sin histeria, sin narcisismo, y de acuerdo con un proyecto erótico puro, aunque a sutilmente discontinuo…».

En Mishima la idea de perfección física se une más bien a la idea de tabú y violación de los más bellos caracteres: sus figuras deseadas son trasuntos de proyecciones infinitas en lo físico. Asocia, incluso, «el temperamento robusto» a «unos músculos fuertes, un vientre plano y una piel dura» en su ensayo. El escritor y posterior político Shintarō Ishihara llegó a recibir una llamada de Mishima riéndose de su «barriga» en una foto de vacaciones y ofreciéndole «un buen entrenador» personal. Acabó la conversación con Ishihara juzgando que «con ese cuerpo» estaba «acabado». 

Yukio Mishima
Los inicios del Mishima culturista, años 50.

Sus descripciones esculturales de las figuras de deseo siempre se oponen a la suciedad y buscan la iluminación a través de actos que necesariamente deben superar tabúes. Si «Eros» es una palabra importada del japonés, la idea del tabú en una traslación de conceptos católicos al drama novelístico que pretende Yukio Mishima. Así decía al periodista Takashi Furubayashi:

Por lo que respecta a Europa, el erotismo únicamente se halla en el mundo del catolicismo. Esta religión cuenta con mandamientos severos cuya violación constituye el pecado. Y el pecador, le guste o no, deberá comparecer ante Dios. Pues bien, el erotismo es el método de establecer contacto con la divinidad a través del pecado.

Para Mishima el único acto sexual sin «suciedad», puro en su propósito, debe transgredir el tabú: este puede ser la homosexualidad (Confesiones de una máscara, El color prohibido), incesto (Sed de amor, Música) o incluso el dolor (La casa de Kyoko). Desde el psicoanálisis, un personaje común de Mishima se «exhausta» de deseo a través de una idea de la sublimación que solo puede alcanzarse a través de la transgresión de lo prohibido o la misma muerte. Esa idea religiosa, propia de los místicos españoles del siglo XVI, guía muchas de sus novelas más conocidas. 

Un ejemplo narrativo de esto es la excelente novela corta Música, donde a través de prosa sencilla y analítica —rareza en Mishima— se desarrolla un caso clínico de frigidez que deviene en una recreación en los suburbios de San’ya del portal de Belén (una escena que hubiera aplaudido el director de cine Luis Buñuel). 

Quizá demasiado folletinesca en comparación con sus otras obras, sus hallazgos estéticos son con todo memorables y especialmente la idea de la sexualidad, de deseo, como melodía sin final. Alcanzado ese tabú, entonces, «la música se deja oír. No cesa nunca».

Si bien esta novela ofrece ideas asombrosas, el éxtasis como mezcla entre erotismo y muerte tiene su mejor epitafio en el célebre párrafo de la inicial Confesiones de una máscara sobre un lienzo de san Sebastián. Esa figura atormentada, un cuerpo joven y herido —llegó a recrear esta posición en una de sus fotografías de los años 60 realizadas por Kishin Shinoyama—, fue el origen de su teoría artística:

Era una reproducción del San Sebastián de Guido Reni que se encuentra en la colección del Palazzo Rosso de Génova. El negro y levemente inclinado tronco del árbol de la ejecución destacaba sobre un fondo a lo Tiziano, formado por un bosque melancólico y un cielo sombrío y distante. Un joven de notable belleza estaba, desnudo, atado al tronco del árbol. Tenía las manos cruzadas en alto, por encima de la cabeza, y las cuerdas que le ceñían las muñecas estaban a su vez atadas al árbol. (…) Supuse que se trataba de la representación del martirio de un cristiano. Pero como la obra se debía a un pintor de la escuela ecléctica surgida del Renacimiento, incluso la pintura de la muerte de un santo cristiano desprendía un fuerte aroma a cultura pagana. En el cuerpo del joven —que recordaba el de Antínoo, el amado de Adriano, cuya belleza tantas veces ha inmortalizado la escultura— no se veían rastros del duro vivir o de la decrepitud que en tantas representaciones de santos se ven. Contrariamente, en aquel cuerpo solo había juventud primaveral, luz, belleza y placer.

Yukio Mishima
El autor imitando al arte.

死 Muerte

El ideograma japonés deriva del chino , que parece haberse unido a su significado la raíz japonesa 去る (marcharse). Se pronuncia «shí» y tiene como significado no solo muerte, sino también la marcha. La muerte no es para Mishima el final, sino la consagración final del acto puro. Todas sus novelas coquetean con el abismo, con el suicidio, no solo como ideal estético, sino también como redención moral. Afirmaba en El Sol y el Acero:

La aceptación del sufrimiento como prueba de coraje era el tema de primitivos ritos iniciáticos en el pasado lejano, y tales ritos eran a un tiempo ceremonias de muerte y de resurrección (…) Abrazar el sufrimiento, he aquí el papel constante del coraje físico; y el coraje físico es, por así decir, el origen de ese deseo de comprender y valorar la muerte que, más que ninguna otra cosa, es condición indispensable para una clara conciencia de la muerte. Por mucho que el filósofo, en la soledad de su cuarto, medite sobre la idea de la muerte, seguirá siendo incapaz, mientras esté disociado del coraje físico que constituye el requisito previo para la conciencia, de empezar siquiera a comprenderla.

Ese duelo entre filósofo y coraje, tan parecido al de Unamuno y Millán-Astray en el fatídico año 36, es el eje de su obra literaria de los años 60 en adelante. El escritor japonés fue un gran conocedor de la literatura samurái que del siglo XV al XX reglamentó la vida de la baja aristocracia allí: en sus obras el espíritu de El libro de los cinco anillos, Hagakure o los hechos de La liga del viento divino sobrevuelan el destino de sus personajes y los conducen a la fatalidad.

La idea del caballero que busca la muerte como redención moral, como sistema de iluminación, se popularizó en occidente gracias a la edición en 1900 de Bushido: el alma de Japón del doctor Inazō Nitobe. Uno de los primeros lectores de este libro en España fue de hecho el militar gallego José Millán-Astray, que tradujo un original francés al castellano y vertebró el corpus legionario en esa idea de muerte. Llegó a afirmar en uno de los mejores y menos conocidos casos de difusionismo cultural japonés aquí que «el legionario español es también samurái». 

Este ideal de muerte puede juzgarse, además, como literatura en acción. Así, la cita del filósofo Friedrich Schlegel que encabeza el libro del Bushido de Nitobe era concluyente: «el código de caballería es en sí la poesía de la vida». 

Esta lírica vital domina la última etapa de Yukio Mishima como creador de ficción, más clasicista, y que pretende recuperar la tradición aristocrática japonesa a un país corrompido por el dinero (el propio Mishima consideraba Hagakure «el único libro necesario»). En Bushido… se recuerda el desprecio al lucro de estos samuráis, en otra semejanza a la vieja caballería europea:

La expresión manida para describir la decadencia de una época era que «la población civil amaba el dinero y los soldados temían la muerte». La avaricia de oro y de vida generaba la misma desaprobación como alabanzas su uso generoso. «Los hombres —reza un conocido precepto—, deben envidiar menos que nada el dinero: es la riqueza lo que lastra la sabiduría». Por consiguiente, se educó a los niños en un total desconocimiento de la economía. Se consideraba de mala educación hablar de ello, y el hecho de desconocer el valor de las distintas monedas se consideraba un rasgo de buena crianza.

De los años 50 a los 70 Japón vive su primer milagro económico, creando casi de la nada el mayor poder económico en extremo oriente del tiempo. Estos profundos cambios sociales, de los que hay abundante ficción (la propia Una vida en venta de Mishima, donde un publicista se vende como un producto más en los anuncios del periódico), trastocan al país oriental y sus centenarias tradiciones. Estos nuevos especuladores, obsesionados con el lucro, habrían sido denostados por el autor de Hagakure, el samurái Yamamoto Tsunetomo. El cual afirmaba:

Las personas calculadoras son indignas, porque los cálculos son sobre pérdidas y ganancias, de esa manera la mente jamás deja de pensar en las pérdidas y en las ganancias. La muerte es considerada como una pérdida y la vida como una ganancia. Por eso, una persona que piensa así evita la muerte y se vuelve indigna.

Este clima social excitó un giro reaccionario en de Mishima, que quizá se prefiguró inicialmente en su teatro (llegó a escribir una pieza dramática sobre Hitler y la noche de los cuchillos largos en 1968 con el título Mi amigo Hitler). Sus novelas, todavía, tienden más al melodrama, pero comienzan a coquetear con ideas de derechismo reaccionario (el boxeador de La casa de Kyoko), el suicidio por la nación (Patriotismo) o el golpismo (Caballos desbocados). Es el tiempo también de sus ensayos, El sol y el acero o La ética del samurái, donde reclama el valor del guerrero frente a la cultura decadente y burguesa de este Japón en auge.

Yukio Mishima
Una de las múltiples fotografías culturistas de Mishima en los años 60.

El Mishima activista político sería parte de esta megalomanía creativas gracias a sucesivas performances: buscó la abolición del artículo nueve de la constitución japonesa que «prohíbe la guerra» y declaró la importancia fundamental de la figura del emperador como guía de valores eternos. Señalado anticomunista, se opuso a la todavía mitificada revolución cultural china y llegó a visitar con su guardia personal, Tatenokai (楯の会, sociedad del escudo), la izquierdista universidad de Tokyo en el año 1969. Los intercambios del escritor japonés con la asociación izquierdista Zenkyōtō (全学共闘会議) exponen el pensamiento de sus últimas obras y su oposición a la teleología materialista:

El futuro carece de versos, no tiene guion. El futuro, en su estado fluido, es algo que nosotros forzamos a través de cada momento de elección…pero una vez que toma forma aparece aburrido y tedioso (…) Para mí el futuro y el presente y el pasado no tienen sentido en su relación: no creo en la teleología que puede intervenir o mediar entre ellos.

Quizá envalentonado por su choque con los estudiantes, Mishima prejuzgó erróneamente que podría tener apoyo social en un golpe de Estado para el año 70. Hay algo juvenil, de búsqueda de esa muerte aplazada como hemos visto, en un hombre ya maduro que parece un trasunto del impetuoso Isao linuma en su seminal Caballos desbocados. Los parlamentos del personaje en esta novela parecen sacados del último ideario de Mishima. La muerte, decía Ruth Benedict, tiene un rasgo de «maestría» en la cultura japonesa a diferencia de la cultura occidental donde se juzga como el final o una vida sombría. Isao Iinuma, en sus discursos de Caballos, penúltima parte de una tetralogía, prefigura el destino de Mishima y también su deceso como pureza absoluta:

Los pecados a los que me estoy refiriendo nada tienen que ver con la ley, la cual suele ser, por otra parte, de interpretación ambigua. Y el peor de los pecados es el cometido por el hombre que, encontrándose en un mundo en el cual la Sagrada Luz de Su Majestad no es clara, decide seguir su camino sin hacer nada para remediar esa situación. El único modo de purgar tal falta consiste en hacer una ardiente ofrenda con las propias manos, aunque eso mismo constituya un pecado, con el fin de demostrar una lealtad práctica, para luego hacerse de inmediato el seppuku. La muerte purifica todo.

El profesor Inoue Takashi intuía también que la última novela de la saga El Mar de la Fertilidad, La corrupción de un ángel, finaliza con el protagonista sin memoria como simbología de muerte. El juez Shigekuni Honda descreído ante una reencarnación falsa, concepto budista que vertebra esta saga libresca, finaliza su periplo moral en el templo de Gesshū en:

…un jardín resplandeciente y recoleto, sin rasgos de relieve. Como un rosario desgranado entre los dedos, el chillido estridente de las chicharras mantuvo su fuerza. No había otro sonido. El jardín se hallaba vacío. Había llegado, pensó Honda, a un lugar sin recuerdos, sin nada….

El 25 de septiembre de 1970 Yukio Mishima cometió seppuku (切腹) como ritual purificador ante la humillación que supuso el fracaso del golpe de Estado con sus Tatenokai. El investigador Takashi incide con sagacidad en que su muerte coincidió en el mismo año de la Exposición Mundial en Osaka; ventana al mundo de un país febrilmente reconstruido luego de la guerra. Su deceso fue a las 1doce y cuarto de la mañana, con lo que no pudo ver el amanecer con «el brillante disco del sol estallando tras sus párpados» como su trasunto Isao, ni tampoco tomar nota del minimalista cuartel de las fuerzas de defensa japonesas de parecido escaso al jardín «resplandeciente y recoleto» del magistrado Honda.

Quizá todos sus personajes se reencarnaron en él en este momento sublime; obra de arte en su punto álgido de ocaso, a decir del filósofo Theodor Adorno. Y así alcanzó su añorado absoluto, el vacío, cuya divisa hizo inmortal el legendario Miyamoto Musashi:

En el vacío hay bien, pero no hay mal. La sabiduría existe, la lógica existe, la mente está vacía.

Yukio Mishima
El escritor japonés fingiendo una autolesión, años 60.

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3 Comentarios

  1. Se puede interpretar de varias formas lo que acontecía en la cabeza de Mishima, una de las posibles formas de interpretar su relación con el mundo es que estaba como una regadera.

  2. Recuerdo haber leído y lo he verificado de nuevo, que murío el 25 de noviembre ( no septiembre) en lo que se conocía como “incidente Mishima”.

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