Sin tiempo para morir: ¿Quién es James Bond?

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James Bond Sin tiempo para morir
Daniel Craig como James Bond en Sin tiempo para morir. Imagen: MGM.

Hay un momento en la secuencia inicial de Sin tiempo para morir en el que el agente al servicio de su majestad, a horcajadas sobre una moto, huye de los malos ascendiendo a toda velocidad una escalera de la muralla de piedra del pueblecito italiano en el que se encuentra. La subida es tan enérgica que provoca que, una vez acabados los peldaños, con la inercia la moto salga volando antes de caer sobre los adoquines, en un movimiento imposible, delirante y absolutamente fantástico. Ese Bond, el de las escapadas inverosímiles, el de los gadgets hilarantes, el que está seguro de que su decisión suicida va a tener éxito, ese Bond que no deja de ser una versión estilosa, británica y condecorada del chapuzas de MacGyver casi no vuelve a aparecer en toda la película. Y se le echa de menos.

Es cierto que en los ciento sesenta minutos que dura Sin tiempo para morir hay socarronería, hay sonrisas, hay intercambios ágiles en los que los personajes son listos y ocurrentes, mucho más que nosotros en nuestro día a día. Pero abunda la trascendencia, la declaración de intenciones de sus creadores a la hora de afirmar que Bond, James Bond, es tan humano como usted y como yo.

El personaje que se transformó en icono, el icono que construyó un arquetipo cuidadosamente alimentado durante décadas, ha sufrido una transformación en los últimos quince años con el objetivo de, efectivamente, humanizarle. En resumen, el hombre tendrá licencia para matar pero quiere amar igual que todos nosotros. Hacer que Bond descienda de su pedestal no solo implica dotar de sentimientos terrenales a un semidiós, sino también abarrotarle de conflictos internos. Paul Haggis, uno de los guionistas de Casino Royale y Quantum of Solace, declaró allá por 2006 que querían hacer con Bond lo mismo que se había hecho con el personaje de Batman. Pero ¿de verdad que queremos que un filme de Bond sea, como muchos críticos han definido este último, «emotivo»? ¿Es necesario ver a un Bond destripado de su ligereza porque la humanidad, en su caso, viene irremediablemente unida a la desconfianza, el dolor y la tristeza? Y, sobre todo, puede que nos estén narrando una historia que merezca la pena contar sobre la grandeza de un ser sobrenatural que, efectivamente, se descubre igual de vulnerable que el resto. Pero, y llegamos al meollo del drama, ¿es eso una historia de James Bond?

En el caso que nos ocupa recapitulemos un poco, porque la información es muy necesaria. Sin tiempo para morir es la quinta y última entrega de la saga Bond en la que se verá a Daniel Craig. Tras las cámaras, y sustituyendo al inicialmente elegido Danny Boyle, se encuentra Cary Joji Fukunaga, director de la elegantísima Jane Eyre de Mia Wasikowska y Michael Fassbender (un soplo de campiña inglesa de 2011, para que luego digan que es el primer director yanqui que dirige al muy británico Bond). El guion lo firman él mismo junto a los habituales Neal Purvis y Robert Wade. Además, encontramos ahí a Phoebe Waller-Bridge (Fleabag), incorporada tardíamente para pulir y desarrollar diálogo y personajes. Se convierte así en la segunda mujer que forma parte de la escritura de las películas de Bond de toda la historia. Y ya les vale…

El punto de partida es un déjà vu del tercer acto de Casino Royale, solo que en vez de ver a Bond enamorado como un boborolo de Vesper Lynd nos lo encontramos colgado por Madeleine Swann, hija del señor White (antagonista en Casino Royale, Quantum of Solace y Spectre). Bond descansa, sin ganas de volver a ser 007, y se compromete por ella a dejar atrás el pasado en todas sus formas. Pero las cosas se tuercen y el agente secreto debe regresar al trabajo para salvar al mundo de una amenaza global. 

A partir de ahí, la película brinca de Jamaica a Cuba, Reino Unido, Noruega y el océano Pacífico, desmadejando una historia que, afortunadamente, no se hace larga para las dos horas y cuarenta minutos que emplea en ello. ¿Se podría haber hecho en menos metraje? Probablemente. Si uno examina de cerca algunos de los personajes (que no comentaremos para no destripar los numerosos giros de la trama), sus intervenciones no se sostienen y en ocasiones solo sirven para recuperar caras conocidas, como cuando una serie acaba tras doce temporadas y en su conclusión resucitan a grandes estrellas que abandonaron en el camino y que nadie sabe muy bien qué pintan en ese final. 

Esos agujeros en la trama y la, en ocasiones ausente, lógica del desarrollo impactan de lleno en el villano. Una historia es tan sólida como sólido sea el malo y, en este caso, lo menos memorable del filme —que Rami Malek me perdone— es Lyutsifer Safin. Sobre todo porque le ensombrece el verdadero demonio de la función, un personaje que, al contrario que Safin, no tiene trasfondo pero sí la capacidad de privarnos de lo que más ansiamos: un arma de destrucción masiva, además, cargada de un simbolismo en este 2021 pospandémico que pone los pelos de punta.

Por supuesto que Sin tiempo para morir tiene secuencias que merecen la pena: el terrorífico inicio, el flirteo entre los dos 007 en Jamaica, toda la secuencia cubana con la estupenda Ana de Armas que recupera al Bond más juguetón, la presencia de Q y Ralph Fiennes, sobre todo la química de este último con Craig, y un cierre emotivo, potente y, sobre todo, arriesgado.

Porque hay que tener mucho valor para hacer con James Bond lo que sus creadores y guardianes llevan haciendo desde 2006. Hay que tener valor para alargar una historia durante quince años y desarrollarla basándose en la creencia de que se puede sostener en el tiempo, sobre todo con lo difícil que es recordar, en muchos momentos, quién es quién y qué importancia ha tenido en la trama. Hay que tener también fe en que los seguidores acérrimos de Bond le acompañen en este viaje, cosa que no siempre ocurre, como bien demostró mi compañero de fila gritando al finalizar la proyección: ¿pero qué tomadura de pelo es esta?

Al final, la pregunta que nos queda hacernos es: ¿puede gustar este Bond a quien le gusta normalmente Bond si a mí, que no me da más Bond, me ha gustado este Bond?

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5 Comentarios

  1. Espléndido reportaje éste sobre la última de Daniel Craig en el papel del 007. Ecuánime y con buena óptica.

  2. A mi, en general me ha gustado, aunque también tengo que reconocer que soy un cliente fácil para la saga y que soy de los que piensan que dio un salto de calidad tremendo con la incorporación de Craig.
    De acuerdo en lo del malo. Muy, muy flojo. Muy atropellado.
    En cuanto al final…Cómo cierras un arco de cinco películas ante la salida de Craig? La papeleta era complicada.
    Y una cosa que me tiene mosca. Lo del mee too y todo eso está muy bien para que a las actrices no las acosen y se respeten los derechos de la mujeres. Que se utilice para convertir a un personaje de ficción que era un picaflor, y es algo que a toooodas las mujeres que conozco que son fans de la saga les encanta (a todas), en un moñas monógamo enamorado hasta las trancas (un tipo de más de cincuenta años con más conchas que un galápago) pues como que no.
    De todos modos esperando el rebot, al nuevo actor y a ver si mantienen la línea de calidad.

  3. Jamás entenderé el bombo que se le da a Rami Malek. Sí, estaba muy bien en Mr. Robot; pero es que todo lo que ha hecho después no hay por donde cogerlo: le faltaba altura y voz para interpretar a Freddie Mercury (el Óscar más inmerecido de la historia del cine: al menos Taron Egerton no tiraba de playback en Rocketman), Denzel Washington se lo come vivo cada vez que comparte pantalla con él en The Little Things, y ahora acaba de arrebatarle el título a Mathieu Amalric y sus ojos de besugo como el villano más soso que se haya paseado jamás por una película de 007. ¿Un enano estrábico que se pasea en bata es una amenaza para James Bond? ¿En serio? ¿No aprendimos nada de Quantum of Solace? ¿Para qué es ese cuchillo, Safin? ¿Vas a hacerme una quiche de jamón y queso? ¿Tres horas de metraje y cuatro guionistas para esto?

    • Ha habido muchos óscars inmerecidos a la altura de Malek: para empezar, cualquiera que imite a una persona famosa, sea del ámbito que sea. Imitar, transformase o disfrazarse no es interpretar. Siempre será mucho más difícil hacer creíble a una persona común que a una celebridad.

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