Hilary debía morir

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Hilary
Phoebe Waller-Bridge con Hilary en Fleabag, 2019. Fotografía: Amazon Prime Vídeo.

Los productores de Fleabag pusieron solo una condición a Phoebe Waller-Bridge cuando decidieron financiar su serie: que no matara a la cobaya. No sabemos quién fue el responsable de verbalizarlo ante ella o si esa persona hablaba en nombre de la BBC o de Amazon, las dos compañías que coprodujeron Fleabag, pero sí sabemos que se expresó con rotundidad y que sus palabras fueron inequívocas: «Puedes hacer lo que quieras, pero no puedes matar a la cobaya». La propia Phoebe Waller-Bridge lo ha comentado en varias ocasiones.

Waller-Bridge cuenta también que al principio no dio importancia a esta prohibición, que ni siquiera le echó cuentas. Era, pensaba ella, como esas advertencias caprichosas que los dioses lanzan a los héroes de los mitos para poner a prueba su obediencia. A Eva le prohibieron morder la manzana, a la mujer de Lot le prohibieron volver la mirada hacia Sodoma y a ella le prohibieron matar a la cobaya. Fue a la hora de sentarse a escribir Fleabag cuando se dio cuenta de que aquella nimiedad comportaba cambios importantes en el personaje y cuando se preguntó por primera vez si no estaría incurriendo en un error al consentirlo. Antes que una serie de televisión, Fleabag había sido un monólogo de diez minutos y una obra teatral, y en ambos textos se asesinaba a la cobaya.

Al final, no quebrantó la prohibición. La cobaya sobrevivió. Eso sí, Waller-Bridge se cobró con intereses el precio que le prometieron por la vida del roedor, ese «puedes hacer lo que quieras», y salió al corral de comedias como un Miura al redondel. La primera escena de sexo de Fleabag tiene lugar en la primera secuencia del primer capítulo de la primera temporada, a los cincuenta y nueve segundos de empezar, y antes de que acabe el prólogo, la protagonista ya nos está hablando del diámetro de su ojete. Waller-Bridge tiene un chiste para todo y cuando decimos «para todo» queremos decir para todo. El primero sobre acoso sexual, por ejemplo, ocurre en el primer capítulo de la primera temporada, a los siete minutos y treinta segundos; el primero sobre anorexia, a los nueve minutos y quince segundos; y el primero sobre feminismo, a los nueve minutos y cuarenta segundos. Charco, chof, charco, chof, charco, chof. Y cuanto más hondo, mejor. En el panteón de los dioses modernos no queda una estatua en pie, todas caen de una patada. Y de los dioses antiguos olvídese, de esos no hay ni rastro en Fleabag.

El mayor chiste de todos es ella, o de eso nos quiere convencer. «Tengo la horrible sensación de que soy una mujer mezquina, pervertida, egoísta, apática, cínica, depravada y moralmente ruinosa que ni siquiera puede llamarse a sí misma feminista». ¿Quiere saber usted un detalle revelador? En el guion original, Fleabag no se llama a sí misma «morally bankrupt» (moralmente ruinosa); en su lugar dice «mannish looking», es decir, «machorra» u «hombruna». Así es, pobrecita mía. Un fracaso que lo es por todo el espectro cartesiano, que abarca lo abstracto y lo concreto. Un desastre que empieza por lo existencial y llega hasta el tamaño del ojete. Y ese sentimiento es algo generacional. Phoebe Waller-Bridge es de 1985, de la primera remesa milenial. Pertenece a esa generación de la que suele decirse que glorifica el fracaso y a la que, en realidad, lo que le ocurre es que no le han dejado más opción que fracasar. Hasta el apodo lo tiene malo: Fleabag, saco de pulgas. Es como la Novia en Kill Bill, como el Doctor en Doctor Who y como el Uomo senza nome que interpretaba Clint Eastwood en los wésterns de Sergio Leone, solo que sin swing, sin encanto, sin el factor guay.

Si tiene usted la impresión de que lo de Fleabag no es fracaso verdadero, sino un fracaso romántico y cool, una especie de triunfracaso, quizá se deba a que la cobaya no murió. Se ha dicho que Phoebe le ha escrito a Fleabag un mundo a su medida, que su protagonista vive en un terrario confortable con la humedad precisa y la temperatura exacta en el que todos los personajes menos ella son lunáticos, perversos y caricaturescos. Y, sí, esa no es la manera más honesta de investir a una heroína. Y, sí, eso es exactamente lo que usted y yo vimos en la pantalla. Pero es que Fleabag no se salvaba de la quema en el guion original, y quizá era la que menos lo hacía de todos los personajes. ¿Fleabag, una heroína? Fleabag mataba a una cobaya. Fleabag estrangulaba a Hilary, la cobayita de la difunta Boo, y aquello constituía el clímax de la serie. Fleabag era una hija de la gran puta. Y fueron Amazon y la BBC quienes no le permitieron serlo.

Y a Phoebe Waller-Bridge se la nota incómoda, fíjese lo que le digo. Se le nota un qué sé yo en el gesto cada vez que le dicen: «Phoebe, qué grande eres», «Phoebe, reina del mundo», «Phoebe, eres todo lo que no es Fleabag». Phoebe Waller-Bridge parece sentir cierto síndrome del impostor ante la marabunta de críticos, reseñistas y papagayos en general que le hacemos el caldo gordo y que queremos sacarla a hombros de cualquier sitio al que entra como si fuera Manolete o el jefe de la aldea de Astérix. Todas las generaciones tienen su Fleabag, y todas suelen decir que aquella Fleabag es la primera Fleabag, que no hubo Fleabags antes que la suya. Pero antes que Phoebe Waller-Bridge estuvieron Joan Rivers, Bea Arthur, French and Saunders, Sarah Silverman y un sinfín de Fleabags más. Phoebe lo sabe, Phoebe no lo calla, Phoebe insiste en que ella quería matar a la cobaya, pero, nada, oye, que no hay manera. Son muchos y muchas —más muchos que muchas— quienes estimaron en su día que las de Miranda, Girls, Bridget Jones o Sex and the City no eran profetisas merecedoras de su atención, y ahora pasa lo que pasa. Que por alguna razón sí han visto Fleabag, vete tú a saber por qué, y persiguen a Phoebe en tropel por los callejones de Jerusalén, como hacían los seguidores de Brian.

Entiéndame. No he venido yo a decirle que Fleabag no es una serie mejor que todas esas y que no es, de hecho, una serie prácticamente perfecta. Lo es y lo es de una forma obvia. Y si no se lo parece, ahí tiene los hechos, peléese usted con ellos. En el año 2014, cuando no era nadie todavía, esa mujer entró a las oficinas de la BBC por una puerta y convenció a alguien de que pusiera dinero, dinero del contribuyente, para hacer una serie de televisión escrita por ella, protagonizada por ella y cuya protagonista tenía un nombre que sonaba de forma muy parecida al suyo, procedía de una familia muy parecida a la suya, pertenecía a su misma clase social y llevaba, en general, una vida muy similar a la de ella. Convenció a alguien de que le financiara una serie que era casi, casi, autoficción. Y eso solamente se consigue de una manera: habiendo escrito un guion muy bueno.

Pero parece una cosa igual de obvia que Fleabag es eso, una serie prácticamente perfecta, y no una serie perfecta. Para ser una serie perfecta debieron dejar que la cobaya muriera. Debieron dejar que Fleabag fuera Fleabag y para eso debieron dejar que brotara en ella Mr Hyde. Fleabag era «una mujer áspera, oscura y muy desenfadada sexualmente, una bromista implacable y segura de sí misma que esconde, sin embargo, algo muy oscuro bajo todas esas cosas». Así es como Waller-Bridge describía a su protagonista antes de hacer la serie de televisión, llamándola «oscura» dos veces en una caracterización que solo incluye seis rasgos. No había molde, no había horma, no había un cliché literario al que parecerse. Fleabag era una criatura literaria original. Phoebe la moldeó a partir de su propia costilla.

Pero eso no pudo ser, no en la televisión. «Puedes hacer lo que quieras, pero no puedes matar a la cobaya». Puedes hacer lo que quieras, pero no puedes ser una loca. Porque algunos defectos afean singularmente a las mujeres y de todos esos defectos el peor es la irracionalidad. En nuestro vocabulario abundan los epítetos como crazy cat lady, loca de los gatos, que aluden a la salud mental y a los trastornos de la conducta, pero sirven para ridiculizar solamente a las mujeres. Eso ya lo decían por lo bajini los vecinos de Ella Manson en el poema de Sylvia Plath, fíjese usted si ha llovido: «Hay algo que no funciona bien en una mujer que acomoda tantos gatos». Hoy en día, en castellano, está más de moda llamarlas «locas del coño», y hasta debemos creernos ocurrentes, como si la palabra histeria no significase «relativo o concerniente al útero». ¿Habríamos jaleado a Fleabag igual si hubiese sido esa criatura a la que tanto miedo le tenemos? ¿Esa criatura que ella misma dice ser, esa mujer «mezquina, pervertida, egoísta, apática, cínica, depravada y moralmente ruinosa» que describe con elocuencia y en la que luego nunca llega a convertirse no porque no quiera, sino porque no la dejan? ¿La habríamos querido igual si hubiese sido una loca del coño, como la propia Waller-Bridge pretendía? No mienta, sabe usted que no. Fleabag no habría recolectado tantos premios ni se habría visto tanto. ¿Mucho? Quizá. ¿Tanto? No. Lo sabe usted, lo sé yo y lo saben, sobre todo, Amazon y la BBC. Y lo sabe Phoebe Waller-Bridge, que por eso precisamente insiste en que ella quería matar a la cobaya. Para que no la quisiésemos tanto. Para triunfar un poco menos, fracasar un poco más y hacer, de este modo, que Fleabag fuese perfecta.

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2 Comentarios

  1. Y Waller-Bridge tiene toda la razón. Por muy comprensible y excusable que sea, lo cierto es que ha traicionado su propia obra. Quizá no le importe a nadie más. Quizás haya conseguido evitar el naufragio. Pero ha cometido una traición innecesaria por una imposición externa.
    No importa que se lo perdonemos. Ella no puede perdonarlo. Su historia, de algún modo, ya no es la misma.

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