007: licencia para evadirse

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Skyfall, 2012. Fotografía: Sony Pictures.

No le voy a decir nada que no sepa, pero allá va: todos tenemos, como mínimo, dos vidas. Una definida por la existencia diaria, esa que se lleva como uno mejor puede, llena de rutinas, gestiones, obstáculos y, la verdad sea dicha, no pocas satisfacciones. Y otra imaginaria, o imaginada, que conforma todo un planeta paralelo deseado, anhelado, inmenso e inagotable que se nutre sin descanso de todas nuestras frustraciones diarias. Entre los muchos exploradores de ese planeta, que intentan colonizar izando sobre su suelo la bandera del ideal, admiramos a los escritores (y a los poetas sobre todos ellos) por su característica de cartógrafos del territorio, de guías. En sus páginas hallamos nuevas sendas, vislumbramos destellos desconocidos y promesas alentadoras. Pero no nos engañemos: tampoco los escritores viven permanentemente en ese lugar perfecto. La frustración también es su combustible. Por eso ningún héroe de ficción ha nacido de la satisfacción, de la complacencia, del conformismo de su autor. Y James Bond no es una excepción. 

El escritor Ian Fleming (1908- 1964) nació en el seno de una familia adinerada, fue un seductor nato, supo desde muy joven cuáles eran sus placeres preferidos de la vida y se entregó a ellos con ganas. Fue todo un bon vivant londinense, pero también un sujeto bastante amargado en según qué momentos de su vida. También él necesitó evadirse, cosa que hizo física y espiritualmente, inventando de camino a James Bond para que usted y yo tuviéramos algo que hacer esos domingos por la tarde en los que asoman las terribles fauces del tedio.  

Fue Fleming un joven férreamente dominado por los designios de su santa madre: Eve, conocida cariñosamente como Miewy, o Mie. También, fíjense qué cosas, como M. Huérfano de padre a los nueve años, el testamento de este otorgaba plenos poderes a Eve para privar a su hijo de los ahorros familiares si se desviaba de la recta senda, cosa que Ian hizo con esmero durante sus años de juventud: no encajó en la honorable escuela de Eton por sus peleas con el director y por su gusto incontrolable por dos placeres poco compatibles con la institución: coches y mujeres. Tampoco se adaptó a la academia militar en la que su madre se apresuró a inscribirle para salvar el honor de los Fleming: Ian salió de ahí bien presto tras contraer la gonorrea en un club de alterne del Soho. Eve, desesperada, quiso entonces que el muchacho fuera diplomático, lo apuntó a las oposiciones al Foreign Office y él la tranquilizó presentando en casa a la hermosa hija de un notable empresario suizo con la que pretendía casarse y formar familia. Pero no se puede dar misa y repicar a la vez: Fleming suspendió el examen de ingreso y su madre tuvo a bien echarle la culpa a la pobre chavala, obligando a Ian a elegir entre la chica o el dinero de la herencia de papá. En una decisión estrictamente bondiana, Fleming comprendió que el mundo estaba lleno de mujeres, pero los martinis y el Aston Martin solo se los podía pagar su jefe, M. 

Siguió por tanto soltero, deambulando de un oficio a otro y dedicado a la buena vida, a las fiestas y a los casinos gracias al paraguas financiero de mamá, pero secretamente resentido por el dominio que esta ejercía sobre sus decisiones. Su vida hasta entonces tenía algo de la más famosa escena de Goldfinger, ya sabe, cuando Sean Connery está inmovilizado sobre una tabla con las piernas abiertas mientras un rayo láser de oro rojo avanza decidido hacia su entrepierna. No cabe duda de que, en el mundo real, ese láser le habría librado de más de un disgusto a Eve. Pero en el mundo real Eve, como Auric Goldfinger, también custodiaba el oro, qué se le va a hacer.

En el mundo real como en la ficción, el duelo de titanes entre Ian y Eve solo podía resolverse con un conflicto como catarsis. Estalló entonces uno ajustado a la situación: la Segunda Guerra Mundial llegó puntualmente para liberar a Ian de la influencia de mamá, y gracias a sus contactos y a su carácter expansivo se labraría, durante los seis años de guerra, una meritoria carrera como espía en la Royal Navy, con rango de teniente y comandante, que tuvo mucho de leyenda hasta que la desclasificación de documentos secretos del Gobierno británico reveló que sí, que Fleming había sido un excelente servidor a la patria. También que algunos de los detalles peliculeros con los que adornó entrevistas posteriores tenían mucho de realidad, como esa operación llamada Goldeneye con la que maniobró para prevenir una invasión alemana del Peñón de Gibraltar. 

Pero no estábamos hablando aquí de invasiones, sino de evasiones. Tras años de resistencia y pese a su inquebrantable espíritu de playboy, en 1952 Fleming accedió a casarse con su amante, embarazada. Con ello abrazaría, como confesó a sus amigos, el «horroroso espectro del matrimonio», recibiendo el compromiso como la confirmación de una derrota. Tenía ya por entonces un cómodo trabajo en un grupo editorial que conservaría casi hasta su muerte y que le permitía disfrutar de tres meses de vacaciones al año. Decidió que los pasaría siempre en el mismo lugar: una villa de Jamaica que compró a tal efecto. La llamó Goldeneye, como su misión de la guerra y como, ya sabe, un Bond de Pierce Brosnan. Ese mismo año de 1952, el de su matrimonio, dedicó sus primeras vacaciones en Jamaica a probar suerte como escritor de novelas de espionaje, buceando en sus recuerdos de la guerra y en sus propias frustraciones. Seis semanas después había escrito Casino Royale, primera novela del mito James Bond: comandante de la Royal Navy libre de cargas familiares, solo casado con el país y con el servicio. Hombre de exquisito gusto, gran bebedor, significativamente huérfano desde niño y mujeriego, pese a lo cual jamás contrajo la gonorrea, que se sepa. Hasta su muerte en 1964, Fleming dedicaría su retiro anual en Goldeneye a escribir una nueva novela de su querido personaje (serían más de diez). Allí también pescaba, preparaba martinis, tomaba el sol, se bañaba en su playa privada y se bebía una botella de ginebra al día mientras paseaba por su villa jamaicana, exigiendo al servicio que se dirigiera a él como «comandante Fleming», evidentemente.

La evasión. Ahí la tiene. La RAE la define como el «desentendimiento de cualquier preocupación o inquietud», pero ya sabemos todos de qué hablamos, entre otras cosas porque de una manera u otra todos hemos visitado nuestro Goldeneye particular. También viendo alguna de las más de veinte adaptaciones cinematográficas del mito a lo largo de una de las franquicias más longevas y exitosas de la historia del cine, si no la más. Ya sabe: hay películas de James Bond mejores, peores, buenas, muy buenas, olvidables y sonrojantes, pero ahí siguen en su aparentemente infinito ciclo de reencarnaciones, desafiando toda lógica de explotación comercial (si la fórmula fuera reproducible, alguien la habría copiado con iguales resultados), mientras nos preguntamos sobre el porqué de su éxito. De hecho:

¿Por qué siguen siendo un éxito las aventuras de 007?

Pues porque se llama Bond, James Bond, y todos esperamos el momento en que llega la frase de marras, entre otros elementos definidores de un rito que tiene ya más de medio siglo. Recuerdo haber percibido siendo muy pequeño que algo no funcionaba en Nunca digas nunca jamás (1983), ese Bond pirata de Sean Connery producido fuera del paraguas oficial de Eon Productions. Ese algo era, por supuesto, la ausencia de la celebérrima secuencia de apertura con 007 disparando al espectador rodeado por el cañón de un arma. La película se permitía de hecho, desvergonzadamente, presentar una secuencia de créditos al modo tradicional, con los nombres de los responsables sobreimpresos sobre las primeras escenas de la película. ¿Dónde estaba la secuencia de acción trepidante previa a los créditos? ¿Dónde estaban, de hecho, los clásicos créditos bondianos con transparencias sobreimpresas sobre cuerpos esculturales?

Las películas de Bond no se ven, se celebran. Porque tienen su protocolo: desde que los talentos de Ken Adam (decorados), Maurice Binder (créditos), John Barry (música), el inmortal Connery y demás definieron las claves de la saga en los sesenta, no hay entrega de 007 que se precie sin su flema, su ironía, las chicas Bond marcando el paso vestidas de gala, el inmortal «Bond Theme» de Monty Norman, el Aston Martin, el martini con vodka, los inventos de Q, las instrucciones de M, los viajes por destinos exóticos, el exageradísimo y desquiciado product placement, el flirteo ocasional con Moneypenny y demás. Todo ello con ocasionales variaciones, pero siempre orquestadas en torno a un eufórico pacto con el espectador de ruptura de la credibilidad. Los productores saben que nos encanta volver a ese lugar feliz, conocido y seguro (repetimos: todo el mundo tiene su Goldeneye) y calculan todo matemáticamente para la ocasión. Roald Dahl, que escribió el guion de Solo se vive dos veces (1967), contaba al respecto las instrucciones previas que le dio el productor Cubby Broccoli, uno de los padres espirituales de la saga: «Recuerde respetar la fórmula de las tres chicas. La primera es pro-Bond, y no debe llegar viva al final del primer rollo, donde muere a manos del enemigo, preferiblemente en brazos de Bond. La segunda es anti-Bond, trabaja para el malo, debe capturar a 007 y este debe salvarse de ella haciéndose valer de su magnetismo sexual. Si consigue matarla de un modo original, mejor. La tercera chica es pro-Bond de modo fervoroso, ocupa el último tercio de la película y debe seguir viva hasta el final, más que nada porque debe aparecer junto a Bond en el fundido a negro».

Y así es como las películas de Bond se construyen sobre varias reglas inamovibles para llevarnos a ese mundo sin reglas. Sin grandes variaciones respecto a esa y otras fórmulas, la saga sobrevive, y hay motivos para celebrarlo. Por ejemplo: por aquí hace apenas un par de generaciones que todos sabemos leer, pero debe ser que estamos ya muy intelectualizados, pues nos hemos dejado cierto gusto por la aventura desacomplejada por el camino, creo yo. Hemos olvidado que hubo un tiempo en que la gente no leía La isla del tesoro lanzando miradas de reojo al busto de Stevenson, no sé si me explico. Recientemente, de hecho, una parte nada desdeñable del público arqueó la ceja con desaprobación cuando vio a todo un Indiana Jones salvarse de una explosión nuclear gracias a una nevera. Es una pena, la verdad, y por eso yo celebro que la saga Bond siga reivindicando las escenas de acción con fantasmadas perfectamente coreografiadas. En Spectre, que es una película de 2015 nada menos, Bond se salva del malo por enésima vez haciendo uso de gadgets ocultos en su reloj-bomba, como toda la puñetera vida. Yo casi hago la ola, qué quiere que le diga.

También parece regla hoy en día que los malos de ficción escondan dobles y triples lecturas. ¿Recuerda esas novelas infantiles del tipo Los Hollister, o Los Cinco de Enid Blyton? Los malos eran siempre «contrabandistas», poco más. En esta era de villanos presuntamente metafísicos uno echa de menos a los contrabandistas, la verdad, y por eso se agradece que Bond siga más o menos en su línea de malos que son malos porque sí, que siguen sirviéndose de un animal sin cerebro para ejercer la fuerza bruta o que se caracterizan por delirantes defectos físicos. La estupenda Casino Royale (2006) fue, ya sabe, un Bond maduro. A pesar de ello, y aunque adaptara fielmente la primera novela de Ian Fleming, uno de los más gozosos añadidos de sus guionistas, y toda una reivindicación de la vertiente cinematográfica de la saga, fue que Le Chiffre llorara sangre. ¡Sangre! ¡Bravo!

Si pese a todo esto usted pertenece al grupo de «los verosímiles» y espera que esta tontería de 007 se nos pase pronto, siento decirle que Spectre, que es una película con marcadísimos paralelismos con casi todo el Bond previo (empezando por Dr. No, de 1962), recaudó casi novecientos millones de dólares en todo el mundo mientras usted se une a un igualmente longevo grupo de agoreros: los que ya pronosticaron el final de la saga cuando terminaron los sesenta, cuando llegó el sida y el fin del sexo libre, o cuando cayó el Muro de Berlín y la muy gráfica amenaza soviética fue reemplazada por un terrorismo global de identidad difusa. La saga Bond se adapta a los tiempos: el machismo de las novelas de Fleming o de las películas de Connery provoca ahora cierto estupor, pero la palabra clave es esa: ahora. Por eso el primer Bond de Daniel Craig trajo como carta de presentación a uno de los más ricos y densos personajes femeninos de toda la saga, muy alejado de las bobas bidimensionales que poblaban varias películas de Roger Moore, por ejemplo. 

Porque la saga Bond no solo tiene futuro, sino que la revisión de sus eslabones semiolvidados depara grandes recompensas, como comprobar que Timothy Dalton fue un 007 muchísimo mejor de lo que se recuerda, o que Al servicio secreto de su majestad es, de lejos, la película más infravalorada de la serie. La saga se retroalimenta, y tiene cierta aura invencible porque está llena de pasos en falso por los que no paga: los recicla en combustible para el futuro. Por eso yo confío en que dentro de veinte o treinta años alguien haga un Quantum of Solace (2008) mínimamente comprensible y menos mareante. Los productores de la serie van tan sobrados de recursos que se han permitido hasta prescindir del héroe original de Ian Fleming (salvo, quizá, en Al servicio secreto de su majestad y Casino Royale): sigue habiendo ahí un gran personaje más o menos desconocido para la mayor parte del público, y, de hecho, si no ha leído usted jamás la primera novela de Fleming, sepa que hay en ella un momento en que Bond cree haberse quedado impotente. James Bond impotente, ya me dirá. El personaje literario flirtea en ocasiones con la derrota, tiene sus inseguridades y sufre muchas más frustraciones que ese macho alfa invencible cinematográfico que tan bien conocemos, aunque la verdad es que también tiende a salirse con la suya. Yo espero de hecho que el día en que la saga precise otro lavado de cara urgente no se ponga a copiar de nuevo tics de éxitos contemporáneos, como ya ha hecho otras veces, sino que decida lanzarse a adaptar de verdad Moonraker, por ejemplo, una novelita estupenda de Fleming cuya trama nada tiene que ver con ese disparate galáctico de 1979 con Roger Moore enfrentado a un improbable sujeto con dientes metálicos.

Porque Fleming, en su retiro anual en Goldeneye, creó un modesto, fresco y desinhibido entretenimiento desde su propia evasión personal. En 1964, moribundo, consumido y destruido por sus excesos con la ginebra y el martini, el escritor se disculpó flemáticamente ante los enfermeros que le trasladaban al hospital donde fallecería prematuramente. «Siento hacerles perder el tiempo», dijo. Quiero pensar que se refería al tiempo que esos médicos no estaban empleando en evadirse también ellos, gracias a héroes como su James Bond, y alejarse momentáneamente de ese mundo doloroso de matrimonios infelices, madres posesivas y largas y despreocupadas ingestas de alcohol con consecuencias irreversibles para la salud. Quién fuera Bond, oiga. 

Larga vida a 007 pues. Y a sus fantasmadas imposibles.

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28 Comentarios

  1. Es curioso lo de esta saga cinematográfica. Las únicas que han podido competir con ella desde la aventura pura y dura (olvidemos la ciencia-ficción o el terror) son Arma Letal e Indiana Jones, no necesariamente por este orden. Y ya parecen agotadas. También ha tenido un montón de imitadores, prácticamente olvidados…
    Como dice el artículo, no es fácil dar con la fórmula. Pero Ian Fleming lo logró. ¿Cómo? He ahí la gran pregunta.

  2. Para un chaval de trece años, ver a principios del verano de 1963, » Dr. No», era como haber entrado en otra dimensión en lo que al cine de este género se refería. Incluso me atrevería a decir que de cualquier género, no olvidemos la época de la que estoy hablando, en la que la censura «cortaba» sin rubor, cualquier beso u otras aproximaciones corporales demasiado efusivas. Curiosamente, con 007 llegó una sorprendente apertura en la que se mostraba a bellezas con muy poca ropa y besos en la boca (sin lengua) a barullo, Recuerdo que gran parte de mis orgasmos se los debí a Eunice Gayson, vestida con solo una camisa de hombre y tacones, jugando al golf sobre la moqueta del piso de Bond, mientras esperaba su llegada. ¡¡Y qué boca, encendida de un rojo jugoso!! Las películas no eran aptas o toleradas para menores, pero yo tenía unos amigos con un hermano mayor acomodador, en un cine de los llamados entonces de «reestreno», que hacía la vista gorda y nos colocaba en un buen sitio. Quisiera insistir en que las tres primeras entregas de James Bond, «Dr. No», «Desde Rusia con amor» (mi absoluta favorita) y «Goldfinger», son para mí, modélicas en su genero; un género que se podría decir que lo reinventaron en ese momento, aunque había voces que aseguraban que Fu ManChú ya había inventado la pólvora. Antes de 007, solo recuerdo a finales de los cincuenta y muy primeros sesenta, a Eddie Constantine incorporando a Lemmy Caution sobre todo, mientras repartía unas leches de impresión. Por cierto que ahora, es imposible encontrar nada de ese material en ningún sitio, es como si nunca hubiese existido. ¡Volatilizado! Pues bien, cuando ya el mito se había instaurado ¡y de qué manera!, vino la decadencia para mí, con «Operación Trueno» que ya me pareció con 16 años, un absoluto peñazo. Se perdió el nervio y se instaló la rutina, el abuso de «gadgets», los «malos» de segunda división y el estupendo Connery, aburrido y pensando más en obtener más beneficios para su bolsillo que en mantener su estupenda línea.
    A pesar de ello, reconozco que seguí toda la saga, incluyendo la muy buena «Al servicio secreto de su majestad», a pesar de la inoperancia como actor de George Lazenby. A cambio, teníamos a la estupenda Diana Rigg. La etapa de Roger Moore, hombre simpatiquísimo y muy atractivo para las señoras, la recuerdo más bien con bochorno. La cosa se animó algo con los dos que le sustituyeron, pero no fue hasta la época Daniel Craig con la estupenda «Casino Royale», cuando experimenté la sensación de que esto se había reanimado, algo que se fue confirmando en posteriores entregas.
    Parece ser que los últimos guiones para la saga los ha escrito Phoebe Waller-Bridge, la impulsora de las estupendas series “Killing Eve” y “Fleabag”, en la que también es protagonista. Veremos qué pasa, a mí me da que algo muy bueno.

    • Eddie Constantine! Lemmy Caution! Creí que nadie más recordaba eso. Es lástima que ya sólo sean polvo en el polvo de los siglos. Y eso que, cronológicamente hablando, fue ayer.

      • Amigo Fco_mig, es que lo que pasa con Eddie Constantine y las películas que hizo, que no hay dios que encuentre dvdes o como se escriba, ni apenas referencias en Internet, donde salen reseñas hasta de mi tía la del pueblo, es algo que no consigo explicarme. Es como si alguien hubiera decidido arrasar con la memoria de este actor yanqui-francés (es cierto que lo que hizo con Godard, «Alphaville», está ahí) pero todo lo relacionado con Lemmy Caution, no se ve ni se ha visto que yo sepa en tv desde hace mil años, si es que alguna vez se exhibió. Por eso, no me extraña que usted hubiera llegado a creer que lo había soñado, me refiero a la existencia de Caution-Constantine, ¡Ja, ja, ja, ya ve que no!

        • Pues pones You Tube y buscas Eddie Constantine y te salen a patadas películas enteras del tipo. Eso sí, en francés.

          • Supongo que en Francia todavía recuerden a Constantine. Allí siempre fue una estrella. Pero es lástima que el resto de Europa le haya olvidado.
            Y Lemmy Caution es un personaje literario inventado por el británico Peter Cheyney. A ese sí que no debe ya recordarle casi nadie, con lo que fue en su tiempo. Sólo los tipos raros que nos interesamos por la historia de la literatura popular.

          • Oiga N950PB, pues tiene usted razón. Pero esto es ahora y no sé desde cuándo se encuentra este material en la red. Yo le juro por lo más sagrado que me pasé buscando durante mucho tiempo y acabé cansándome, dando por hecho que nunca aparecería. Además, también indagué la existencia de su venta en comercios y no conseguí nada. Quisiera hacer hincapié en que estas pesquisas eran y son fruto de una curiosidad, digamos sentimental, porque las películas a las que hago referencia son, como dice el vulgo, «una mierda pinchada en un palo» y no merecen, en sí mismas, «la saliva» que estoy gastando en ellas. Pero en fin, gracias por ponerme al día al respecto. Saludos.
            P.D. Su nick hace referencia al que era el jet privado de Hugh Hefner, ¿verdad?

  3. Te juro que llevo pensando de un tiempo a esta parte las mismas cosas que dices en el artículo, Iker. Siempre se agradece que otro con más talento ponga palabras a tus pensamientos.

    No voy al cine desde hace tres años, los mismos que tiene mi hija. En este tiempo he perdido el gusto por franquicias que antes me entusiasmaban, como Star Wars o Marvel. Pero cuando me enteré que volvía Craig y con Phoebe Waller-Bridge al guion ya sabía cuál es la peli con la que volvería a las salas, si el COVID no lo impide. Cada año que pasa soy más de la saga Bond. Escucho cada poco playlist con todos los temas, reveo por centésima vez cada peli cuando las agarro por la tele, me compró viejas adaptaciones a cómic de la época Moore, hago y rehago rankings con todas las pelis de la saga…

    Venga, hay que admitirlo ya: Craig es el mejor Bond de la historia. Tiene las mejores pelis, es el más duradero, y es el que más alto puntúa en todas las aristas del personaje. Y mira que cuando lo anunciaron me llevé las manos a la cabeza. Me alegro de haberme equivocado.

    Por lo demás, de acuerdísimo en «Al Servicio Secreto de su Majestad», la mejor de toda la saga junto a «Goldfinger» y «Casino Royale». Moderna, vanguardista, pop y diferente a lo que se había hecho hasta el momento con Bond. No coincido tanto con la valoración de Dalton, sus pelis me parecen las peores de todas. Quisieron hacer un Bond estilo «Corrupción en Miami» y no funcionó. Tampoco me convenció Brosnan, me pareció Remington Steele y no Bond. Le faltaba algo de mala leche. Y sus pelis son todas muy aburridas…

  4. Corría el año 1986 cuando al hoy desaparecido cine Fraga me llevaron mis padres al cine a ver «Panorama para matar». Un criajo de 6 años salió fascinado (¡y de noche!) con lo que acababa de ver. Cartuchos de sal, un dirigible, una pelea en un puente… De la historia no me enteré de la mitad (pero me quedó grabado lo de «el valle de la silicona», el traductor debía de ser de familia de ferreteros) pero salí con Duran Duran metido entre mis orejas y alucinado con lo visto. Luego fue el reestreno de «Solo para sus ojos» (aunque ya no recuerdo en qué año la vi) y su persecución con un 2 C.V. que a mí hermano y a mi nos dejó tal huella que aún la recordamos hoy. Y en esos años, que mi padre viajaba una de cada dos semanas a Francia por trabajo, mi madre alquilaba una cinta de James Bond por riguroso orden cronológico en cada viaje, siempre y cuando nos portáramos bien. En casa de mis padres, Bond se convirtió en Religión.
    ¿Qué tienes una mala Navidad con 15 años? Pues convences a tus padres un 28 de diciembre (lo juro) para ir a ver Goldeneye. ¿Que acabas de tener un ataque de pánico en el trabajo esa semana y tu novia está a punto de darte puerta? Pues la invitas a cenar y a ver «Casino Royal».
    Concuerdo en que las películas de Dalton se adelantaron 25 años a su época. Su Bond es sucio, vulnerable y recibe la del pulpo en más de una ocasión (a diferencia de Moore, que no perdía sangre ni donándola) y «Al servicio secreto de su Majestad» es la primera vez donde se ve a un Bond vulnerable, roto y realista. Si eliminamos el harén (y el papel pintado) del refugio de los Alpes de Blofeld, es la continuación de «Casino Royale».
    Y en cuanto a Pierce Brosnan, con él pusieron Judy Dench de M y una de sus grandes frases: Cuando M le ofrece una copa a Bond, con cierta condescendencia le dice que recuerda que su antecesor solía tener un poco de Oporto. M le dispara «a mi me va el whisky» que es como decir «soy más dura y peligrosa que tú, no me toques las narices y no tendré que patearte el trasero». Y Bond recula (gloriosa Dench).
    Ya por último decir que me ha gustado horrores la comprensión de Phoebe Waller-Bridge sobre la saga. Ser 007 es cuestión de habilidad y sangre fría así que 007 puede ser mujer, pero Jane Bond jamás será Bond (y así Samantha Bond solo pudo ser Moneypenny).

  5. Es la mejor reseña de Bond que he leído. Justo me di a la tarea esta cuarentena de ver todo Bond y tus palabras están al dente, justo donde tienen que ir.

    Gracias miles.

  6. Estupendo articulo !! Tengo 43 y soy mexicano, veo la saga hace casi 40 y me sigue entusiasmando a diferencia por ejemplo de indiana jones…

  7. Me pregunto que sucederá cuando se agoten las novelas escritas originalmente por el comandante fleming…

    • Ya se agotaron hace tiempo. Las historias las escriben otros sobre el mismo personaje.
      Creo que el único otro personaje de la literatura popular que lo consiguió con éxito (hasta hace poco al menos) es Tarzan. Quizás también Drácula, pero con el vampiro, el resultado no ha sido tan bueno a mi entender.

  8. Yo recuerdo ver Solo para sus ojos en el cine y con doce anñitos enemorarme con un becerro de Carol Bouquet. He ido a todos los estrenos que por edad me han ido tocando religiosamente, y soy también de los que afirman que las películas de Timothy Dalton están infravaloradas.
    Cuando se produjo el cambio de Pierce Brosnan a Daniel Craig, mi mujer (gran fan de la saga) y yo discutíamos sobre el asunto y ella decía que la cosa había perdido el sentido. Que se la habían cargado y que el nuevo no daba el papel. Fue ver la escena precréditos de Casino Royal, y a Cris Cornell bramando You know my name y todos supimos (ella ya estaba con la boca abierta) que aquello había pasado a otro nivel (nuevos tiempos influencia de Bourne). Ningún Bond ha dado nunca semejantes hostias. Ninguna pelea de toda la saga está al nivel de suciedad que la que mantiene con los africanos en el hotel.
    En fin, que estoy ansioso por ver el estreno de la próxima y si la salida que le dan a Craig es tan digna como merece. Y que acieten con el sustituto.

    • Estimado Kilgore, no recuerdo que Carol Bouquet fuera acompañada por ningún becerro en el film. ¡Ja, ja, ja, saludos!

  9. A mi me encantan y me encanta Daniel Craig pero si que echo de menos algo de humor en las ultimas entregas. Skyfall pecaba un poco de dramon.

    J

    • Estoy de acuerdo. A mí las de Roger Moore me encantan en parte por ese toque de humor e ironía tan británica que le imprimió al personaje. Últimamente todo tiene que ser oscuro y trágico, ni una concesión a ese toque de mala uva cómica que tenía antes.

    • Es cierto. Y eso que el personaje se presta bastante. Si uno repasa las novelas de Fleming, no es difícil encontrar, en algunas de ellas, cierta ironía encubierta, un toque humorístico dentro del drama, señal que el autor no se tomaba a su criatura tan en serio.
      No ocurre en todas, claro. Y la dirección tomada parece correcta. Hasta que te das cuenta que así el personaje termina perdiendo credibilidad.

  10. Servidor siempre defenderá a Timothy Dalton como un gran Bond, y sus películas, de las mejores. De hecho, ‘Alta tensión’ es mi favorita de la saga, seguida de ‘Al servicio secreto de su majestad’, ‘Goldfinger’, ‘Desde Rusia con amor’ y ‘GoldenEye’, que mi primer Bond y le tengo mucho cariño.

    Genial el artículo.

  11. En Al servicio secreto de su Majestad, por primera vez Bond rompe la cuarta pared y lanza un guiño al espectador, cuando al inicio de la película tras una pelea en la que Lazenby vence al malo y espera que la chica rescatada le abrace, ella sale huyendo del lugar y le deja tirado, y él dice: «Esto no le pasaba al otro». La sombra de Connery era alargada, y los productores lo sabían.
    También se retrata al Bond más humano, en la única ocasión que se casa por amor y queda viudo.
    Roger Moore explicaba por qué su Bond era el más humorístico: «se supone que era un agente secreto, pero en cuanto llegaba a un sitio lo primero que hacía era presentarse con su verdadero nombre. Bond, James Bond.» Y es que Moore entendía las incongruencias de su personaje.

    • Como he dicho en otro lugar, el propio Fleming se daba cuenta que existía y existe un lado humorístico en 007.
      El problema es cuando se abusa. En la etapa de Moore se abusó de ese aspecto de comicidad. Y hoy se abusa por no querer verlo. Supongo que no es un equilibrio fácil.

      • Pero si es que ese humor del que algunos hablan, ya se hallaba entreverado de manera muy inteligente desde el principio en la saga. Las conversaciones, por poner un solo ejemplo, entre Bond y Kerim Bey (fabuloso Pedro Armendáriz, el mejor aliado de 007 que ha existido), no tienen desperdicio. Lo que pasaba y pasa, es que era un humor para adultos y no para toda la familia con los Payasos de la Tele, aunque usted, de manera prudente, se limita a decir que «En la etapa de Moore se abusó de ese aspecto de comicidad».
        También me gustaría añadir que desde la primera, supe que Connery sería absolutamente insuperable. Ha sido una de las presencias cinematográficas más impactantes de la historia del cine y además de su gran magnetismo, me congratulé con el paso de los años, de que se le reconociera su gran calidad como actor en todo tipo de papeles, algo que no siempre se le concedió pero que servidor detectó al instante.

  12. Soy un leal seguidor de la zaga 007 Tengo 48 años y la sigo desde los inicio ,sugerida por mi padre , al cual la encuentro cautivante,sorprendente, agíl , dinámica , y contemporánea ; en una visión y expresión que el espionaje oculto esta 30/7 las 24 hrs atentos , a las fuerzas contrarias al crecimiento , paz y desarrollo mundial ; a la cual no cabe duda que varios capítulos tienen relación con la realidad como :Quantum of Solace , en donde efectivamente un geólogo Ingles llega en 1968 a Sur América exactamente Chile Región de Antofagasta y Tarapacá en donde encontró el recurso mas preciado el agua y logro recién inscribirlo como derecho y propiedad minera en 1988 con gobierno de turno , para luego venderla el geólogo ingles el derecho y recurso en 1993 a la minera Barrick Gold. Lo cual no me cabe ninguna duda quienes escriben los guiones están muy cercano a la realidad .

  13. Un servidor recuerda con añoranza las entregas La Espía Que Me Amó y Octopussy porque, modestia aparte, un servidor se las pasó follando en la fila de los mancos… de hecho cada vez que un servidor las vuelve a ver, ya con atención a la pantalla, un servidor se pone cachondo.

    https://youtu.be/zmurwUIEqyU

  14. En varias ocasiones, en mi tierna infancia, me tocó sentarme ante una pantalla en la que se proyectaban las imbéciles aventuras del espía guaperas, porque no había otra cosa mejor en los cines o en la oferta de ocio público: para que vean ustedes la miseria cultural en que se vivía no hace mucho en este país. Entre explosiones y puñetazos la película pasaba deprisa merced a los amplios gastos en efectos especiales, que en esa época aún nos sorprendían a los ingenuos espectadores. Quedaba tras la peli un regusto amargo de que no hubiesen apiolado al protagonista para hacerle pagar su insufrible chulería, su facilidad para aprovecharse de las mujeres, su buen vestir, sus carros de lujo y la suerte que siempre acompaña a los cabrones de este mundo. Años después, cuando tuve más conocimiento de la perfidia y miseria moral del imperio británico, me di cumplida cuenta de que sin duda el Bond era aún más cabrón de lo que parecía, y como casi cualquiera que haya trabajado para los servicios secretos de esa corrupta institución, hubiese sido en la vida real un torturador y asesino, responsable de crímenes contra la humanidad y de la muerte, humillación y sometimiento de innumerables personas.

  15. Gran artículo sobre un gran personaje de ficción; ¿quién no se ha puesto en la piel de Bond?, aunque solo sea en los momentos en que arruga las sábanas junto alguna belleza en bikini.
    Eso sí, echo en falta alguna mención a los dos espías en los que se inspira el personaje; el dominicano Porfirio Rubirosa y el soviético Richard Sorge, dos auténticos Bonds de la vida real.

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