
Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº4 especial Rutas.
El paseante evoca una ruta urbana que, de manera casual y en cierto modo vergonzante, inauguró él mismo un sábado por la tarde allá por el verano de 1946, en una época en la que no podía ni remotamente sospechar la importancia que iban a adquirir en su vida algunos escenarios que recoge dicha ruta. Y es que la vida emite extrañas resonancias.
El recorrido que seguidamente vamos a trazar carece, me temo, de interés turístico relevante, y si alguno asoma será más literario que arquitectónico o artístico. Tiene además un preámbulo azaroso de adolescentes en sus primeros tanteos eróticos, ya que todo empieza con cuatro amigos de la barriada de La Salut, en la zona alta de Barcelona, muchachos de catorce y quince años (uno de ellos, el paseante de hoy, acababa entonces de cumplir trece, y aunque ya no iba al cole, aún no trabajaba). Aquella tarde habían emprendido una excursión al barrio chino con la intención de fisgar furtivamente en algún burdel y ver de cerca a las putas.
La empresa tuvo escaso éxito y el paseante no recuerda si las últimas collejas que mereció la travesura del cuarteto cayeron en La Maña o en El Jardín, dos de los burdeles más cutres y tronados de la calle Robadors, pero sí recuerda que uno de ellos se convirtió en el kilómetro cero, por decirlo así, de la ruta que seguidamente le llevaría a pie del barrio chino al Monte Carmelo. Y fue cuando en la misma entrada del burdel un tipo forzudo le agarró por el pescuezo y lo arrojó en medio de la calle sin contemplaciones. Ocurrió entonces que perdió contacto con los tres amigos debido a la confusión que se originó en la calle abarrotada de hombres que entraban y salían de las tabernas, y no volvió a dar con ellos.
Decidió regresar a su barrio, pero solo y con una poca calderilla en el bolsillo, tan poca que no le alcanzaba ni para el tranvía ni para el metro; se veía obligado a remontar la ciudad a pie. Quería llegar al parque Güell, en cuyo bar sobre la plaza la pandilla había acordado reunirse a última hora de la tarde si alguno se perdía durante la expedición al chino, pero antes de emprender el regreso decidió hacer una ronda por algunos lugares muy animados donde la curiosidad podía haber retenido a sus amigos: el bar Cádiz, donde se podía bailar, el Pastís, el Dancing Colón, el Cosmos, el Saint Germain de la gorda y cariñosa Encarna (donde veinte años después el Pijoaparte se mediría con los amigos universitarios de Teresa), el Panam’s (donde cincuenta años después el señor Mir obligaría a Carol Buil a prostituirse), fijando sin saberlo la nómina de locales que años después poblarían no pocas de sus aventis convertidas en novelas.
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