Futur antérieur: historia ligera del niputaideaismo (y 3)

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Ilustración de un ingenioso mecanismo para aliviar histerias femeninas. Imagen: DP. niputaideaismo 

(Viene de la segunda parte)

Un experto es una persona que ha cometido todos los errores que se pueden cometer en un campo muy limitado.

(Niels Bohr, premio nobel de física).

No todo error debe ser llamado necedad.

(Cicerón, filósofo).

Y recordad, chicos, la única diferencia entre andar jodiéndolo todo y la ciencia es… tomar notas.

(Adam Savage, artista de FX y cazador de mitos).

Ser mujer y sentarse ante un médico durante los siglos XVI y XVII era, por lo general, una actividad de riesgo. Porque durante aquellos años, las autoridades sanitarias tenían la costumbre de diagnosticar «histeria femenina» a todas las pacientes que se acercasen hasta la clínica aduciendo alguno de los siguientes síntomas: ansiedad, insomnio, espasmos musculares, falta de apetito, dolores de cabeza, disnea, retención de líquidos, desmayos, dolor abdominal, irritabilidad, inapetencia sexual o (también, sí) un exceso de promiscuidad.

Curiosamente, los médicos además se reservaban el derecho a declarar como histéricas a aquellas féminas que, según ellos o terceros, demostrasen «tendencia a causar problemas a los demás». En algún momento dado, un doctor llamado George Beard llegó a elaborar una tremenda lista de setenta y cinco síntomas diferentes que evidenciaban la histeria, una enumeración que él mismo consideraba incompleta. De este modo, la histeria femenina fue considerada durante decenas de años como una enfermedad, una que por lo visto se utilizaba a modo de comodín cuando el paciente portaba ovarios.

Para más guasa, según la ciencia del momento se presuponía todos esos malestares de las mujeres llegaban provocados por la retención de humor o de los líquidos en el útero, por la falta de sexo o (esta es buena) por la idea del «útero errante». Una antigua creencia nacida en Grecia, donde se estipulaba que el útero tenía tendencia a moverse por su propia voluntad a través del interior del cuerpo femenino, visitando a otros órganos, persiguiendo olores o huyendo de ellos, y en general removiéndolo todo y escacharrando el mobiliario de ahí dentro.

Lo peor de todo este asunto era el remedio propuesto para combatir esta supuesta enfermedad. Porque los médicos recetaban como tratamiento eficaz el matrimonio y los encuentros sexuales regulares con el marido. Según su fabuloso razonamiento, el coito purgaba el útero y el semen tenía propiedades curativas, pero solo si la eyaculación tenía lugar en el interior de la vagina. Los eruditos también prohibían, muy cucos ellos, que las pacientes se autotrataran echando mano de la masturbación. En su lugar, recomendaban a las solteras y viudas que el propio médico o una comadrona les estimulasen manualmente los bajos con ciertos aceites y aromas. En algunos casos, en lugar de recetar que los desconocidos les frotasen la pepita a las afectadas, se optaba por tratarlas regando su zona conflictiva con delicadeza y profesionalidad: disparándoles manguerazos de agua a presión sobre el toto.

Toda esta colección de disparates evidenciaba que el niputaideaismo, el no saber qué es lo que estás haciendo y errar por completo, era fuerte en la medicina de finales de la Edad Moderna. Desgraciadamente, las mujeres de aquella época no fueron las únicas personas a las que la ineptitud científica les tocó los genitales. Porque la historia de nuestras artes y disciplinas está plagada de desaciertos, incompetencias, calamidades y pifias similares. O incluso peores.

Física 101

Siglo IV antes de Cristo. Aristóteles publica Física: lecciones orales sobre la naturaleza, un tratado formado por ocho librazos sobre filosofía natural. En dicha obra, Aristóteles describía, entre otras muchas cosas, el éter como un elemento que rodeaba los cuerpos terrestres y era mucho más ligero que el aire. Un buen montón de siglos más adelante, físicos como Robert Boyle, Christiaan Huygens o el mismísimo Isaac Newton agarran la ocurrencia de Aristóteles y acaban elucubrando que existe un plano espacial de éter luminífero que vendría a ser el medio por el que la luz es capaz de propagarse con soltura.

Hasta que, en 1887, Albert Abraham Michelson y Edward Morley llevaron a cabo un famoso experimento para demostrar que el éter no existía y todas aquellas patrañas tenían la misma base científica que la magia en Hogwarts. En el siglo XVIII Antoine Lavoisier, a.k.a. «padre de la química moderna», también le echó imaginación y se sacó un nuevo elemento de la chistera para tratar de explicar la presencia del calor en cuerpos y combustiones: el «calórico», un fluido sutil que habitaba entidades y objetos y «era capaz de circular desde los cuerpos más calientes a los más fríos». Como concepto era regulero y cuestionable, pero eso no impidió que, poco después, otros científicos contraatacasen ideando el «frigórico», la némesis natural del calórico, es decir, el frío convertido en fluido.

El filósofo griego Empédocles estaba convencido de que todos los seres materiales del universo estaba compuesto a partir de cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. Y también de que la diosa Afrodita creó los ojos humanos utilizando los cuatros elementos y colocando una llama encendida en su interior, una lumbre que brillaba hacia el exterior, permitiendo que la vista fuese posible. En un momento dado, un estudioso contemporáneo le comentó a Empédocles que su hipótesis patinaba porque de ser cierta, el hombre sería capaz de ver en la oscuridad. Pero Empédocles contratacó alegando que las llamas del ojo humano eran como Superman: funcionaban a la luz del sol. De este modo, y durante las centurias venideras, se asentó la «Teoría de la emisión»: un postulado que defiende que la percepción visual se produce gracias a unos rayos visuales que emanan de los ojos. En los libros de los intelectuales esta teoría llegó habitualmente acompañada de unas ilustraciones fabulosas: escenas cotidianas protagonizadas por personas que disparan alegremente decenas de rayos por los ojos como si fuesen familia directa del Cíclope que guerreaba con los X-Men.

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Detalle de una ilustración de la teoría de las emisiones en el libro System der visuellen Wahrnehmung beim Menschen (1687).

Medicina 101

Antes del advenimiento de la medicina moderna durante la segunda mitad del siglo XIX, la disciplina médica podía considerarse una especialidad de lo más exótica y abierta de miras, algo muy lindo siempre y cuando uno no se encontrase en la posición de ser el paciente que debe recibirla. Desde tiempos de Hipócrates, una de las bases sobre la que se apoyó la medicina fue la teoría de los cuatro humores. Un planteamiento que supone el cuerpo humano compuesto por cuatro sustancias líquidas básicas conocidas como humores: la bilis negra, la bilis amarilla, la flema (o pituita) y la sangre.

La teoría humoral sostiene que cada uno de esos humores se corresponde con una estación, con un elemento (fuego, tierra, agua, aire), con órganos del cuerpo y, lo más importante, con diferentes caracteres de la personas. El estado ideal supone que es necesario tener los humores equilibrados, porque cualquier desmadre en la cantidad de uno de ellos provocaría sacudidas en los temperamentos. Así, la gente con mucha bilis amarilla sería agresiva, los que poseyesen mucha sangre serían sociables, el exceso de flema indicaría una persona calmada, y la abundancia de bilis negra supondría un individuo melancólico. El exceso o deficiencia de cualquiera de los humores era interpretado como una enfermedad y se trataba con métodos a menudo tan espeluznantes como desangrar o aplicar calor extremo sobre los convalecientes para balancear sangres y bilis.

Más allá de estos malos humores, otras dudosas metodologías médicas fueron enunciadas o puestas en práctica a lo largo de la historia. La teoría miasmática formuló que las enfermedades eran causadas por la miasma, un aire sucio y nocivo. Los primeros dentistas creyeron que las caries las producía un gusano que anidaba entre los dientes para devorarlos y agujerearlos. La especialidad conocida como fisiognomía se basaba en estudiar la apariencia externa de una persona para conocer su carácter o forma de ser. Y la frenología estaba convencida de poder determinar la personalidad y los rasgos del paciente analizando la forma de su cráneo, sus protuberancias y sus facciones. Para ello, esta pseudociencia consideraba que la superficie del cráneo se dividía en una serie de secciones diferentes, cada una de las cuales representaba una función distinta. Estudiándolas, los partidarios de la frenología admitían ser capaces de hacer cosas tan cuestionables como descubrir de antemano si un individuo iba a convertirse en un criminal o certificar que los humanos de piel clarita estaban más evolucionados que los que lucían moreno natural.

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La frenología defendía que el cerebro estaba dividido en compartimentos para cada uno de los rasgos de su dueño. Ilustración de People’s Cyclopedia of Universal Knowledge (1883).

En el campo de la medicina universal, existe un terreno muy concreto en el que la gran mayoría de civilizaciones de nuestro planeta han estado de acuerdo durante siglos: ante la duda, lo mejor es tirar de trepanación como remedio. Agujerear la cabeza para liberar malos espíritus o aliviar dolores a base de meter algo dentro y remover el asunto. La historia evidencia, tras amontonar a través de las eras cráneos agujereados con mayor o menor éxito, que existieron todo tipo de médicos/chamanes/mecánicos/estudiosos que optaron por hacer un butrón en la testa como remedio ante las más variadas dolencias.

De hecho, la trepanación está considerada como el proceso quirúrgico más antiguo del que se tiene constancia. En Francia, se desenterraron cuarenta calaveras neolíticas, del año 6500 a. C., con boquetes en la azotea a modo de cirugía prehistórica para vete tú a saber qué. Mayas, aztecas e incas también jugaron a perforar los huesos de la cabeza, tanto en rituales como en procedimientos médicos oficiales que gozaban de un notable porcentaje de éxito. Entendiendo como «éxito» no el hecho de curar la enfermedad que los aquejaba, sino el detalle de no morirse después de ser trepanados. Los chamanes utilizaron la técnica para crear una salida de emergencia para los espíritus maliciosos y así intentar tratar la ceguera, las enfermedades mentales, los desvaríos varios o la epilepsia.

Según las evidencias, hasta en la antigua China, poco dados en su medicina tradicional a los procedimientos quirúrgicos, existieron algunos doctores amigos de la perforación craneal. Durante el Renacimiento, las convulsiones podían tranquilamente acarrear recetas que incluyese trepanar el melón. Un poco más tarde, el príncipe Felipe Guillermo de Orange-Nassau hubo de someterse unas diecisiete veces a este tipo de cirugía arcaica.

A principios del siglo XX, los hospitales psiquiátricos de las poblaciones civilizadas comenzaron a sobresaturarse con pacientes por culpa de la dejadez de unos médicos que llevaban años estancados en el nihilismo terapéutico, es decir, en la idea de que era imposible curar a ciertas personas. Hasta que un grupo de valerosos doctores del Viejo Mundo decidieron contraatacar utilizando la cabeza. Y más concretamente, la cabeza de otros: en Europa, la medicina comenzó a tontear con una serie de tratamientos mucho más bestias (terapias de choque con insulina, electroshocks o malarioterapias) entre los cuales brillaba especialmente la trepanación y posterior lobotomía de los pacientes. Una intervención que suponía horadar la tapa de los sesos para remover el cerebro o hurgar entre las conexiones neuronales a ver si sonaba la flauta y de ese modo al paciente se le arreglaba la azotea.

Con esa encomiable idea en mente, y a partir de los años 30, los matasanos se dedicaron a tantear diversas formas de alcanzar el interior del cráneo. El italiano Amarro Fiamberti se las apañó para acceder a los lóbulos frontales a través de la cuenca del ojo, y los americanos Walter Freeman y James W. Watts elaboraron una técnica que suponía taladrar un costado de la calavera. Mientras tanto, médicos como José de Matos Sobral Cid observaron que los intervenidos con dichas prácticas salían del hospital con una «degradación de la personalidad» y una apariencia «disminuida», es decir, que parecía que los habían reseteado y andaban sin los drivers actualizados.

En Japón el asunto era incluso más escabroso, pues la intervención se acostumbraba a realizar en niños con problemas de comportamiento. Las dudas y quejas relativas a la eficiencia del tratamiento no frenaron la práctica y hasta los años 70 la lobotomía no desaparecería del todo. Excepto en Francia, donde los muy cafres aún seguían experimentando con el unboxing de testas a la altura de los años 80. El recuento general es bastante loco: cuarenta mil personas fueron lobotomizadas en Estados Unidos, catorce mil en el Reino Unido, cuatro mil quinientas (en su mayoría mujeres) en Suecia, otras cuatro mil quinientas en Dinamarca y dos mil en Noruega. En la Unión Soviética alguien intuyó que aquello era una salvajada y se prohibió la lobotomía en la década de los 50, muchísimo antes que en el resto del mundo.

En 1796, un alemán llamado Samuel Hahnemann enunció que todas las enfermedades eran causadas por unos fenómenos llamados miasmas que podían ser atraídos por la mentalidad negativa. También sentenció que la medicina habitual no era útil para combatir las enfermedades, aunque en apariencia ocurriese exactamente lo contrario. Hahnemann no tardó en elaborar su propia teoría: la de que una sustancia que cause síntomas de una enfermedad en personas sanas curará lo similar en personas enfermas. Se trataba de una hipótesis revolucionaria por parte de aquel hombre, una que estaba muy firmemente asentada en lo que en el terreno científico se conoce como sus Santas Pelotas.

Amparado por dicha idea, y rebosando ilusión, Hahnemann estipuló que para crear un remedio a cualquier enfermedad bastaría con agarrar aquella sustancia nociva que provoca la dolencia en cuestión y diluirla una cantidad absurda de veces en agua (o alcohol) hasta que no quedase nada del producto original. El resultado, según Hahnemann, sus ya mentadas Santas Pelotas y ningún estudio que pudiese corroborarlo, sería un líquido insulso para beber a morro capaz de curar la enfermedad de manera mágica. Todo esto resultó tan demencial y absurdo como para que las correrías médicas de Hahnemann, y su carencia total de base alguna, estén hoy en día reconocidas como una de las más grandes gestas del niputaideaismo de la historia. Da la impresión que el caballero se las traía, pero ocurre que, sorprendentemente, sus seguidores y fanáticos son incluso más pesados que él.

Geografía 101

En algún momento del siglo XV los cartógrafos de Europa comenzaron a perfilar en sus mapas un enorme continente extraño etiquetado como «Terra Australis Incognita» (o «Terra Australis Ignota», o «Terra Australis Nondum Cognita»). Lo importante de este hecho es que ningún explorador conocido había puesto el pie jamás sobre dicha región y, sobre todo, que ninguno podría hacerlo nunca, porque aquel misterioso lugar era un terreno imaginario. Un continente que no existía, puesto que no había sido dibujado tras ser oteado a distancia durante alguna travesía, sino simplemente porque alguien tuvo la sensación de que en el mapa general del mundo toda esa tierra continental del hemisferio norte debería de estar equilibrada con una masa similar en el hemisferio sur. Así nació toda Terra Australis Incognita, como un simple modo de compensar la balanza.

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Mapa dibujado por Abraham Ortelius en 1570, donde se puede observar un inmenso continente etiquetado como Terra Australis Nondum Cognita en la parte inferior.

La Terra Australis imaginaria no fue el único gran gazapo acontecido entre los planos de la disciplina cartográfica. Porque a lo largo de los siglos XVII y XVIII en numerosos mapas oficiales de los mares del mundo apareció dibujada una curiosa silueta en la costa oeste de las tierras americanas: la isla de California. O uno de los errores más famosos e inexplicables de los mapas vetustos, el de interpretar la península de Baja California como una isla separada del resto de América del Norte. Curiosamente, la fama de la falsa isla llegaba hasta el punto de ser mentada incluso en obras literarias como los libros de caballerías de Garci Rodríguez de Montalvo. En aquellas páginas de ficción, y también en las leyendas populares, se avivaba la idea de que la misteriosa isla de California era una suerte de paraíso en la tierra.

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La isla de California, por Johannes Vingboons, circa 1650.

Mapas aparte, las locuras relativas a la orografía de nuestro globo siempre han ofrecido conjeturas coloridas: la teoría de la expansión terrestre presupuso, hasta bien entrados los años 70, que el planeta se había ido hinchando a lo largo de millones de años, dividiendo y alejando los continentes a medida que engordaba la panza. La teoría de la Tierra en contracción defendía justo lo contrario, la acción continuada de un enfriamiento global que había ido encogiendo el planeta y formando durante el proceso accidentes geográficos como las cadenas montañosas tras arrugar la superficie terrestre.

Pero la ganadora entre todas estas presunciones es la creencia de la Tierra hueca o creencia intraterrestre: la afirmación de que nuestro mundo está completamente hueco. Una chalada ocurrencia que otrora formaba parte de los cuentos fantásticos de mitologías como la celta, la hindú o la griega, pero que a lo largo de la historia se ha ido reformulando continuamente, tanto por gente que realmente creía en ella, como por conspiranoicos dementes, o por autores de ficción que se sumaron al juego. Todo ello provocó que ahora mismo resulte difícil asegurar quién hablaba en serio y quién estaba troleando fuerte.

El erudito jesuita Atanasio Kircher especuló en su Mundus subterraneus que las tripas de la Tierra estaban compuestas por un intrincado mundo de cavernas y canales de agua. Edmond Halley conjeturó que el planeta podría tener la pinta de un enorme Ferrero Rocher: lo supuso como una capa exterior hueca de ochocientos kilómetros de espesor, con dos capas concéntricas dentro y un núcleo interno. William Reed postuló, en su libro Phantom of the poles de 1906, que la Tierra era hueca y su interior estaba repleto de vida animal, vegetal y probablemente también de alegres gentes intraterrestres. Además afirmó que tanto en el Polo Norte como en el Polo Sur existían grandes aberturas por las que acceder a las entrañas del planeta, algo que rebatieron poco después los exploradores que tocaron Polo pero no vieron socavón en la zona.

La escritora espiritualista Walburga Ehrengarde Helena von Hohenthal, lady Paget, amiga íntima de la reina Victoria, afirmó que existían imperios enteros bajo la tierra habitados por los antiguos habitantes de la Atlántida. Marshall Gardner imaginó un sol en el centro del planeta, el explorador Ferdynand Ossendowski escuchó historias sobre peña intraterrestre, Julio Verne fantaseó con un montón de espacio allá abajo en Viaje al centro de la Tierra, Peter Kolosimo reportó que en un monasterio de Mongolia existía un acceso a las profundidades de nuestro mundo por el que transitaban robots, y Walter Siegmeister aseguró que el centro del planeta era un enorme parking de ovnis. En la otra banda, un puñado de científicos de buenas notas se preguntaba cómo había gente que podía creer en todo aquello y al mismo tiempo en la fuerza de la gravedad.

Los que sí que demostraron fe y cabezonería fueron unos cuantos individuos que, a principios del siglo XIX, se presentaron formalmente en los congresos científicos con la Biblia bajo el brazo: los defensores de la geología diluviana. O el intento pseudocientífico de intentar conciliar la geología de nuestro planeta con la creencia totalmente literal de que un diluvio universal tuvo lugar en algún momento por aquí. Los partidarios de aquella idea, conocidos como geólogos bíblicos o geólogos mosaicos, eran en esencia un grupo de escritores, en su mayoría evangélicos anglicanos, que no tenían ningún tipo de formación geológica pero sí muchas ganas de encontrar pruebas del diluvio bíblico que nunca acababan de aparecer. Defendían la «la primacía de la exégesis bíblica literalista», la escala temporal corta de una Tierra joven y probablemente hoy en día serían los mejores amigos de Kirk Cameron.

Fueron ninguneados por los científicos, pero también por una comunidad eclesiástica que no estaba para tonterías. Parecía que la cosa se iba a quedar ahí, porque durante muchos años posteriores incluso los evangélicos cristianos defendían que lo del Viejo Testamento tenía mucho de imaginativo escenario metafórico y poco de catastrófico remojón literal. Hasta que en 1961 un par de creacionistas, John C. Whitcomb y Henry M. Morris, publicaron The Genesis Flood: The Biblical Record and Its Scientific Implications. Un libro donde defendían la veracidad del relato bíblico del diluvio, cuyo éxito impulsó de nuevo las teorías creacionistas en la época moderna. Según el historiador Michael D. Gordin, The Genesis Flood debería de considerarse como una de las obras más importantes en la cultura norteamericana de posguerra. Pero no tanto por lo que cuenta, fruslerías justificadas con más fe ciega que base científica, como por lo que refleja de una sociedad que gusta de bucear en el niputaideismo: «Fue leído por cientos de miles, dio lugar a sus propios institutos de investigación y sigue siendo totalmente rechazado por todos los biólogos y geólogos convencionales».

Virología 101

Diciembre de 2019, comienzan a aparecer diversos casos de neumonía en Wuhan, China, cuya naturaleza no son capaces de identificar los médicos. Siete días más tarde, se confirma que la enfermedad es provocada por un nuevo tipo de coronavirus muy contagioso, y la noticia comienza a dar la vuelta al mundo mientras la gente hace coñas sobre lo saludable de considerar al murciélago como chicha para el puchero. Pero la cosa se pone seria y en tan solo cuatro semanas en China alcanzan los diez mil casos, mientras el virus comienza a extenderse por Tailandia, Corea y Taiwán. Antes de que finalizase el mes de enero, el nuevo coronavirus ya se había colado a través de las fronteras de Estados Unidos y Europa. El primer caso notificado en tierras españolas se dio el 31 de dicho mes, en La Gomera. Durante los meses posteriores, el mundo se vio obligado a combatir una amenaza inesperada y, ante la impotencia de no poder controlar los contagios, los gobiernos optaron por tomar medidas extremas: cerrar fronteras, mantener a la población encerrada en sus casas, acotar limitaciones de movimiento o imponer el uso de mascarillas y gel hidroalcohólico. Soluciones de emergencia aplicadas por todo el planeta y muy cuestionadas por sectores de la población que, creyendo que aquellos médicos eran un ejemplo moderno de niputaideaismo, dudaban de su capacidad para localizar un remedio.

Cuando, meses más tarde, las primeras vacunas contra el covid comenzaron a presentarse en sociedad, un pequeño grupúsculo de autodenominados librepensadores anunciaron públicamente que sospechaban tanto de la naturaleza de las inyecciones como de la propia existencia de un virus mortal. Alentados por eminencias médicas populares como Don Diablo y La Muchacha de las Bragas de Oro, y con la certeza irrefutable que otorga el haberse leído un jotapegé conspiranoico en un grupo de WhatsApp, este equipazo de intelectuales fundó el movimiento negacionista escudándose por completo en la arrogancia. En la soberbia de creerse más listos que cientos de años de avances científicos, errores garrafales y aciertos monumentales. Convirtiéndose en la demostración más evidente de que el niputaideaismo funciona en todas las aceras y no solo es un asunto de gente leída. Sino también de catetos capaces de creerse que, en lugar de una pandemia, todo esto ha sido un plan de Bill Gates para convertir a la humanidad, vía nanobots administrados en las vacunas, en antenas de carne imantadas con bluetooth de serie. Porque la ciencia puede meter la pata, pero una cosa es no tener ni puta idea en un momento dado, y otra muy distinta ser gilipollas a tiempo completo.

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6 Comentarios

  1. Gran serie de artículos, totalmente recomendable. Abundando en el ultimo tema, apunto otros casos de niideaputismo; Ese coordinador sanitario de pelo cano y rizado afirmando que solo habría uno o dos muertos o que la 6ª ola sería imperceptible. Ese político con movilidad reducida y esos periodistas mamporreros del poder aseverando que solo era una gripe y que las mascarillas eran un exageración. Ese presentador graciosete cantando en su programa : “coronovirus oeee” en la igual creencia de que era un gripe un poco malota. En fin, niideaputismo for ever.

    • O los del partido que montó un congreso en una plaza de toros cerrada justo antes del chupinazo y luego llevan a los tribunales los confinamientos; o los del otro que pretende curar a la gente bebiendo libremente Mahou mientras barren muertos bajo la alfombra…pero nada, nada, el sesgo es imprescindible para gestionar una pandemia global que, como todas, comenzó con la OMS buceando en la falta de información provocada por las mentiras del gobierno del país origen.

  2. Quizá y solo quizá en el siglo LXI alguien reescriba este artículo con un nuevo epígrafe: “Economía 101”

  3. BOCCACCIO en el DECAMERON, narra las penurias y sin sentidos de la población de la Florencia del XIV y en algunos casos el personal sigue comportándose igual bajo el temor de una muerte inminente, sobrevenida por una enfermedad inexplicable(lógico o no, depende de la Psique de cada cual) . Parece claro que en su tiempo como en este, cerrar las puertas de las ciudades y echar a los forasteros no les sirvió. La peste corrió como la pólvora mato a millones en toda Europa. Aquella pandemia paso y después llegaron otras en diferentes siglo que también diezmaron la humanidad. La realidad es que…, se supone que nuestra tecnología y cocimiento debería ayudarnos. Pero hoy, igual que hace años cuando lo leí, algunas de sus descripciones me parecen demasiado actuales (salvando las distancias). ¿Aprenderá la humanidad de su pasado, para salvar su futuro?
    PD: Esta enfermedad también llego de Oriente.

  4. Hoy vas al médico, y resulta que todo es emocional y/o por culpa del stress… Los de la homeopatía y otros pioneros lo venían diciendo hace 50 años o más, y tenían toda la razón. Pero sólo se los recuerda por ser los locos de las diluciones que tienden a infinito, no por humanizar la medicina y tratar al paciente como un ser sensible, y no como un saco de órganos al que si se quejaba, le sacabas un trozo de cerebro y lo mandabas a la casa…

    Lo mismo que hoy se dice del éter, se dirá mañana de la energía y la materia oscura.

    La histeria existe, cosa de hormonas. Recuerdo que tenía una profe de farmacología mujer que lo reconocía abiertamente. Que no se la considere enfermedad, y/o la correción política te prohíba hablar de ello fuera de un ámbito académico es otro tema.

    La respuesta al covid por parte de la ciencia fue asombrosa, pasa que los políticos como siempre actuaron tarde y mal, la OMS bien gracias siga participando, se priorizo el $$$ (y luego terminaron perdiendo más de lo que hubieran perdido actuando a tiempo) y que la la gente es idiota, y no puede cumplir con 2 o 3 sencillas medias de protección y prevención.

    Puede que lo de los nanobots sea algo exagerado pero aún así yo no podría las manos en el fuego por Bill Gates, ni mucho menos.

  5. Como nota pedante, voy a comentar que Garci Rodríguez de Montalvo murió entre 1505 y 1510 (Hay dudas, pero en cualquier caso, las Sergas de Esplandián se publicaron en 1510) bastante antes de que los españoles llegasen a México así que fue la fama del libro la que dio nombre a la falsa isla, no a la inversa (Lo cual hace más interesante la historia, es como si hoy en día encontrásemos un continente en otro planeta y lo llamásemos Mordor)

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