Futur antérieur: historia ligera del niputaideaismo (2)

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Paul Newman como Billy el Niño en El Zurdo. El primer error histórico de la película es la mano con la que empuña el revólver. El  segundo, que Billy el Niño no era tan guapo ni de coña. Imagen: Warner Bros. niputaidea

(Viene de la primera parte)

Una ingeniosa idea errónea podría dar lugar a una investigación fructífera que establezca verdades de gran valor.

(Isaac Asimov, escritor).

Me he dado cuenta de que mucha gente elige creencias científicas del mismo modo en el que eligen ser metodistas, demócratas o fans de los Chicago Cubs. Ellos juzgan la ciencia según lo bien que concuerde con la forma en la que quieres que sea el mundo.

(Robert L. Park, profesor y autor de ‘Ciencia o vudú: de la ingenuidad al fraude científico’).

Yo tengo los resultados desde hace mucho tiempo. Lo que todavía no sé es cómo llegar a ellos.

(Carl Friedrich Gauss, físico, matemático y astrónomo).

Existen pocas fotografías del forajido conocido como Billy el Niño, probablemente porque en su época el chaval estaba más concentrado en lo de no morirse, y en procurar que fuesen otros los que murieran, que en realizar posados fotográficos para la galería. Siendo más concretos, existe una foto de Billy el Niño verificada de manera oficial (esta) y tres instantáneas más en las que asoma la cabeza un jovenzuelo que podría ser Billy: la imagen de una partida de cartas entre cuatro vaqueros, la estampa de un grupo de personas jugando al croquet en los alrededores de una casa y la foto de Pat Garrett (la persona que acabaría matando de un disparo a Billy tras ser nombrado sheriff de Lincoln County) junto a su tropa de rudos colegas.

Tomando como base la instantánea autentificada, durante años se asumió que Billy había sido un pistolero zurdo, porque en dicha foto era posible observar que el chico tiene su revolver colt amarrado al lado izquierdo de la cintura. Aquello provocó que la idea de que el Niño apretaba el gatillo con el dedo índice izquierdo se popularizase muchísimo, tanto como para que el director de cine Arthur Penn decidiese bautizar como El Zurdo (The Left Handed Gun) aquella película que rodó, con Paul Newman en el papel de Billy, relatando las correrías del forajido. En algún momento dado, unos historiadores observaron con una lupa más grande la fotografía y descubrieron, gracias a un detalle en el rifle retratado, que la imagen estaba invertida. Aquello era culpa del proceso habitual de revelación fotográfica de la salvaje época, un método que siempre volteaba la estampa en el resultado final. El famoso maleante en realidad era diestro.

La observación exhaustiva por parte de los investigadores más sabios en ocasiones tiene las gafas empañadas, el método científico a veces tropieza para descalabrarse escaleras abajo y los historiadores no siempre estaban mirando a lo que debían cuando sentenciaron sus conclusiones. La mayoría de las hipótesis nunca tienen alma de vino y con el paso del tiempo caducan, se vuelven algo difícil de digerir o solo dan para debatir sobre cómo es posible que el algún momento alguien se hubiese tragado eso sin cuestionar la mala hostia del sumiller. El niputaideaismo como concepto abarca todas aquellas meteduras de pata efectuadas con envidiable maestría por los hombres de ciencia, por los estudiosos, por los historiadores, por los médicos y en general por toda esa gente tan versada. La pifia simpática como objeto de contemplación. La ignorancia como combustible para la deducción disparatada.

Biología 101

El reino animal acarrea sobre su lomo desde hace siglos toda una colección de ideas equivocadas que, pese a haber sido desacreditadas de manera oficial, siguen siendo bastante populares. En contra de la creencia habitual, los avestruces no entierran su cabeza en la arena ni para dormir, ni para esconderse de los enemigos. Eso no es más que un error generalizado proveniente de los tiempos de Plinio el Viejo, un hombre que patinó al suponer en su extensa y profunda Historia natural que el avestruz era muy de meter la cabeza entre arbustos y creer que estaba escondido por completo.

El cliché de que los murciélagos son criaturas ciegas también es un bulo sobredimensionado, aunque sí es cierto el detalle de que la gran mayoría de ellos utilizan la ecolocalización a modo de GPS para afinar sus vuelos a través de la oscuridad. Algunas especies concretas de murciélagos como los megamurciélagos (sí, se llaman así, aunque también se les conoce como pteropódidos o murciélagos frugívoros, que mola mucho menos) también gozan de una visión nocturna excelente, una mucho más avanzada que la de la mayoría de seres vivos.

Otras criaturas que también tienen mala prensa en cuanto a sus prestaciones de serie son los peces dorados. Ese tipo de residente de peceras de salón al que por alguna razón siempre se le ha atribuido una memoria ínfima, con la supuesta capacidad de almacenar tan solo unos segundos de información. En realidad, el pez dorado tiene el disco duro un poco más amplio y su memoria abarca varios meses, algo que sigue siendo una putada, pero no resulta tan extremo.

En 1934, el zoólogo e ingeniero aeronáutico francés Antoine Magnan escribió en su libro Le vol des insectes que la constitución física y aerodinámica del abejorro común no debería permitirle volar desde un punto de vista teórico. Poco después de publicar aquel estudio, el mismo Magnan descubrió que se había equivocado con los cálculos, y que aquella afirmación era totalmente incorrecta, e intentó recular desacreditando sus propias conclusiones. Pero ya era tarde, porque a aquellas alturas todo el mundo había aceptado como cierta la llamativa idea de que el abejorro era una criatura que «según los científicos» no podía volar, pero lo hacía igualmente porque a él nadie le había informado de ello.

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Abejorro común al que se la trae al pairo lo que diga un francés sobre su cuerpazo aerodinámico. Imagen: CC.

La fama de suicidas en masa que poseen los lemmings es un asunto singular. Se trata de un dato tan extendido como para inspirar uno de los mejores videojuegos de la historia, y también para haber moldeado la percepción general del animalillo en torno a esa idea de comunas peludas de insensatos: existe muchísima gente que no sabría decir qué aspecto tiene realmente un lemming, pero que sí tienen claro que se trata de una especie aficionada a matarse en masa.

El problema es que esto último es mentira, porque estos roedores no son de suicidarse a propósito, ni en grupo ni en privado. Sus tendencias suicidas son una leyenda urbana cuyos orígenes exactos resultan inciertos, pero se remontan a finales del siglo XIX por lo menos: en noviembre de 1891, la publicación londinense The Monthly Chronicles of North Country Lore and Legend acogió una crónica de un aventurero llamado C. Gateshead que explicaba cómo cada cinco años un montón de lemmings esprintaban a través de Escandinavia en línea recta sin detenerse ante nada ni nadie. Una maratón ratonil que acabaría alcanzando el mar del Norte, donde todos los lemmings se arrojarían a las aguas para chapotear entre las olas hasta desfallecer por completo.

No estaba claro de dónde había sacado Gateshead sus conclusiones, más allá de haber pisado a algún lemming muerto en unas vacaciones en Noruega. Pero aquel relato, pese a carecer de base, calaba en la memoria por llamativo. La responsabilidad de que posteriormente se extendiera de manera imparable la tendría Disney unos cuantos años después. Concretamente en 1958, cuando estrenó el largometraje Infierno blanco, una película, galardonada con el Óscar al mejor documental del año, que exponía con metraje real la vida salvaje del nevado norte del continente norteamericano. Infierno blanco contenía una famosa secuencia donde numerosos lemmings saltaban a lo loco hacia el mar desde un precipicio. El narrador del documental apuntaba que, según el mito, aquel era el modo en el que la legión de ratoncitos cometía suicidio en masa. Pero también informaba que era probable que los lemmings simplemente confundiesen el mar con un lago y se ahogasen por tontos, tratando de llegar hasta la otra orilla.

De todos modos, nada de lo que se veía en pantalla era un comportamiento realista, porque los directores habían amañado las imágenes, colocando ante la cámara a un puñado de lemmings, comprados a distancia a unos niños inuit, y arrojándolos por un precipicio para lucir en pantalla. El timo llegaba al punto de que ni siquiera el paraje mostrado en la cinta era el hábitat natural de los lemmings, arrojados en dichas escenas a la corriente de un río en lugar de al mar. Pese a todo, Infierno blanco instauró y propagó el mito de una manera absurdamente eficiente.

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Cartel de Infierno blanco, el documental que condenó a los lemmings.

En 1992, I. William Lane y Linda Comac publicaron el libro Sharks Don’t Get Cancer (Los tiburones no tienen cáncer). Una obra donde, a pesar de lo que anunciaba su propio título, no se afirmaba que los tiburones fuesen totalmente inmunes al cáncer, sino que eran seres que lo padecían con poca frecuencia por poseer en sus cartílagos elementos capaces de combatir las células cancerígenas. De este modo, el libro recomendaba el consumo de cartílago de tiburón a modo de pincheo habitual entre los humanos temerosos de los tumores.

Para respaldar dicha dieta, Lane tomó como punto de partida un documental de la CNN que había visto durante una tarde ociosa, y llevo a cabo por su cuenta ensayos clínicos en Cuba y México con pacientes terminales que cataron el cartílago de escualo. La comunidad científica apuntó que todo lo que defendía el libro carecía de base alguna y que, ante todo, resultaba una casualidad muy oportuna el que el propio hijo de Lane tuviese una empresa dedicada a la venta de cartílago de tiburón para cenas, comuniones y otras fiestas de guardar.

A pesar de ser un burdo movimiento publicitario, Sharks Don’t Get Cancer gozó de la suficiente fama, con apariciones de su creador defendiendo los experimentos en programas norteamericanos de televisión, como para extender mundialmente la leyenda de que los tiburones venían programados de base con el modo dios anticáncer activado. Lo cierto es que al bueno de Lane el descrédito por parte de la ciencia se la traía bien floja, porque cuatro años más tarde publicó otro libro titulado Sharks Still Don’t Get Cancer (Los tiburones todavía no contraen cáncer).

¿Psicología? ¿Fisioterapia? 101

En 1955, Glenn Doman, fisioterapeuta, y Carl Delacato, un psicólogo educativo, fundaron The Institutes for the Achievement of Human Potential (Los institutos para el logro del potencial humano). Una entidad cuyo propio nombre ya ofrece cierta seguridad. Concretamente, la seguridad de que está comandada por charlatanes, putos locos, o ambas cosas a la vez. En aquella organización Doman y Delacato se dedicaron al tratamiento de discapacidades intelectuales, lesiones cerebrales, discapacidades de aprendizaje y otras enfermedades cognitivas presentes en los infantes.

Los fundadores utilizaron como base la desacreditada teoría de la recapitulación, aquella según la cual la ontogenia recapitula la filogenia, para idear una terapia propia con la que tratar a los niños. Un método que denominaron «patrón psicomotor» y que consistía en una serie de ejercicios sistemáticos y diarios a los que había que someter a la criatura, aunque fuera de forma pasiva. Doman y Delacato defendían que aquella actividad muscular intensiva y controlada era capaz de reparar las redes neuronales dañadas. Spoiler: era mentira y no existe prueba alguna de que la tontada fuera mínimamente eficiente en lugar de un sacacuartos. Aun así, gente como Liza Minnelli o nuestro eminente intelectual Bertín Osborne defendieron públicamente los métodos de Los institutos para el logro del potencial humano demostrando que el niputaideaismo también afecta a las grandes estrellas. 

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Glenn Doman quiere curar a tu hijo haciendo que ruede por el suelo. Imagen: CC.

Astronomía 101

En ciertas eras antiquísimas, muchas culturas asumieron que la Tierra era plana porque vete tú a explicarle, antes de que existiese Google Earth, a un señor de año de la Kika que está haciendo su vida sobre una pelota tan gigantesca como para que no pueda verse la curvatura del propio planeta en el horizonte.

Las civilizaciones de Egipto y Mesopotamia describían la Tierra como una enorme bandeja que flotaba en el océano, a lo Mundodisco pero con menos animales gigantes implicados. Los antiguos pueblos nórdicos también imaginaron el mundo siendo plano, rodeado de océanos y con un gigantesco árbol, un fresno llamado Yggdrasil, plantado en el centro. Los germánicos visualizaban algo muy similar, pero cambiando la planta por un pilar gordo bautizado Irminsul.

Fueron los griegos en el siglo VI a. C. los que, con Pitágoras a la cabeza, introdujeron la idea de un planeta esférico. A pesar de que los presocráticos siguieron profesando la imagen de una Tierra llana durante cierto tiempo, Platón, Aristóteles y Erastótenes agarraron el relevo de Pitágoras para, a través de sus estudios y observaciones, asentar el globo terráqueo de manera definitiva y comenzar a exportarlo. Entretanto, en China iban a su bola, como siempre. En el siglo XIII el astrónomo persa Jamal ad-Din se presentó en Janbalic, la antigua capital de China y lo que sería ahora Pekín, con un hermoso globo terráqueo en la mano, pero no logró convencer a nadie por aquellos lares de que la Tierra no era plana. Según informaron misioneros y otros viajeros, durante centenares de años, la versión oficial en China fue «La tierra es plana y cuadrada. Y el cielo es un dosel redondo». Una afirmación que prevalecería inamovible hasta la introducción, por parte de los jesuitas ya en el siglo XVII, de la astronomía europea en la cabezota cultura china.

En contra de ciertas creencias populares, Cristóbal Colón no se embarcó en su aventura a través de los mares para demostrar a los escépticos que la Tierra era redonda, sino que eso ya lo tenía bastante claro de antemano. En lo que sí que andaba errado Colón, evidenciando algo de niputaideaismo, era en el tamaño del planeta, porque él se lo imaginaba bastante más asequible.

La confusión respecto al motivo de su viaje viene dada por el muy extendido mito de que el terraplanismo era el pensamiento imperante durante toda la Edad Media. Pero eso no es más que un malentendido moderno que surgió a mediados del siglo XIX, porque durante los tiempos medievales todo el mundo ya tenía bastante claro que nuestro planeta gozaba de curvas de esfera y no pinta de pizza.

La culpa del asentar el falso mito de que las gentes medievales eran cortitas la tuvieron ciertas plumas ilustres que describieron a la población medieval como iletrados terraplanistas: John William Draper con su Historia del conflicto entre la religión y la ciencia, Andrew Dickson White con su Historia de la guerra entre la ciencia contra la teología de la cristiandad, y Washington Irving con Una historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón. Esta última, además, fue la novela que popularizó la visión equivocada del objetivo de Colón y su expedición. En dicho libro, Irving se dedicó a construir la biografía del descubridor mezclando irreflexivamente la realidad con la ficción según le salía del apio.

La parte más cómica y al mismo tiempo triste de todo eso es que, por razones inexplicables, pero que muy probablemente estén enraizadas en la gilipollez más insondable, el terraplanismo sigue vivo a día de hoy, en el mismísimo siglo XXI. Basta con asomarse a las noticias de tanto en tanto, o descubrir en internet que existen corrillos como The Flat Earth Society o The International Flat Earth Research Society con seres humanos funcionales defendiendo que la Tierra es lisa sin ningún tipo de ironía a la vista. Luego te das cuenta de que sus miembros son el tipo de gente que se mata cuando se les ocurre cabalgar hacia el cielo sobre un cohete gigante casero y la cosa comienza a cobrar sentido.

El otro gran ejemplo de niputaideaismo clásico es el célebre modelo geocéntrico. Es decir, lo que ocurría en esos tiempos pretéritos donde la humanidad se creía el ombligo de Todo Lo Conocido: que los eruditos asumían que la Tierra era el centro del universo y todos los astros, Sol incluido, giraban a su alrededor como protagonistas secundarios. Los mismos Platón y Aristóteles que defendieron la existencia de una Tierra esférica, patinaron por otro lado al enunciar sus propios sistemas geocéntricos. La confusión general estaba causada por errores de observación: los estudiosos nos situaron en el centro del universo tras contemplar que el resto de astros avanzaba por el cielo a lo largo del día mientras las estrellas permanecían (en apariencia) estáticas y la Tierra en general no parecía moverse mucho bajo sus pies.

Claudio Ptolomeo, además de tener uno de los nombres más graciosos posibles, también tenía muchas inquietudes astronómicas y con ellas ideó su propio modelo geocéntrico. En el famoso y popular sistema ptolemaico, los planetas giraban alrededor de la Tierra en un recorriendo dos órbitas diferentes, una llamada deferente y otra epiciclo. La tontería se acabó cuando se publicó De revolutionibus orbium coelestium (Sobre los giros de los cuerpos celestes) de Nicolás Copérnico en 1543, un extenso estudio donde se estableció la teoría heliocéntrica que supone acertadamente que todo se mueve alrededor del Sol.

En todos estos tejemanejes cosmológicos existió una persona damnificada por la historia y la comunidad científica. Un astrónomo griego llamado Aristarco de Samos. O la persona que propuso un modelo heliocéntrico allá por el año doscientos y pico antes de Cristo, adelantando en mil setecientos años al celebérrimo Copérnico. En aquel momento, a Aristarco nadie se lo tomó en serio. 

(Continúa aquí)

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El sistema ptolemaico explicado por Johannes de Sacrobosco en su libro De sphaera mundi. Imagen: CC.

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6 Comentarios

  1. ¡Por dios. no se puede ser mas guapo coño, que Pol Niuman! ¡Con erpes zoste en el labio anque fuera, que se lo arrancaba yo a dientás! Por eso servidora no hace ni puto caso de ná, ni noticias, ni consejos ni ná de ná que ya se ve aqui que naide tiene ni puta idea sobre ningun tema. Hacé como yo que lo leo todo en diagoná. Si a todos esos que sinventan trolas cientificas y uncuentos maravillosos para curar al personal los pusieran en la plaza púbica y les arrearan de hostias hasta que se les cayeran las muelas junto a los muflones esto no pasaria tanto, ya digo.

  2. ¿Que los griegos introdujeron la idea de la esferidad de la Tierra en el siglo VI a.C.?
    ¡Joder! ¡Que no, coño! Hacía ya muchos siglos -quién sabe si milenios- que el humano sabía que la Tierra era una bola. Sumerios, chinos, mayas… -anteriores a la época de los famositos griegos- conocían este hecho y realizaban cálculos astronómicos asombrosos.
    Estaba cantado que en este artículo iba a colarse alguna niputaidea.

  3. Que lectura… siempre he pensado que la mitad de las historias que contamos los que vamos de culturetas son directamente falsas, la mitad de la mitad restante están basadas en hechos reales reinterpretados a nuestro antojo (o al del autor del cual la hemos sacado) y la otra mitad son verdades incuestionables que se pierden en medio de una retórica tan apasionada como inexperta en el tema en cuestión. Con los años he aprendido (no siempre lo consigo) a estar el máximo posible del tiempo callado. De todas maneras, el niputaideismo es un tema fascinante, inalcanzable para los que no tienen ni puta idea de nada, es otro nivel…

  4. Los sujetos del terraplanismo estarán algo locos, pero enseñan una valiosa lección en el fondo, el valor del escepticismo, el de investigar de forma independiente, el de no confiar tanto en la palabra oficial ni de la NASA ni de nadie. Tal vez desconfiar hasta de algo tan obvio y con tanta abrumadora evidencia es un poco exagerado, sí, (tal vez esa es justamente la gracia) pero la desconfianza es justamente la principal arma contra el niputoideismo…
    Gracias a ése sujeto de la lupa que vió de nuevo dónde otros ya habían visto, buscando el error, gracias a eso, sabemos que el bueno de Billy no era zurdo. Sin sujetos como ése, y tantos otros que se atreven a derrumbar y arreglar lo que otros (sin saberlo) construyeron mal, es que la buena ciencia puede progresar

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