¿Por qué hacemos listas a fin de año?

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El escudo de Aquiles por Carlo Vincenti 1959 listas
El escudo de Aquiles, por Carlo Vincenti (1959).

Si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé, 

pero si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé.

(San Agustín)

Con diciembre llegan las listas. Medios, redes y portales se llenan de compendios:

Los personajes del año. Los diez hechos que conmocionaron al mundo. Las mejores fotos. Las mejores películas. Lo mejor y lo peor de 2021.

También las mejores series, los jugadores del año, los goles del año. Los mejores libros del año y después los mejores libros de no ficción, las mejores novelas, las mejores novelas escritas por mujeres, las mejores novelas en español escritas por mujeres de menos de cuarenta años y así hasta el infinito: cada categoría puede subdividirse todas las veces que haga falta para confeccionar un nuevo listado. Cuando termina una década, a la lista del año se le puede sumar la de los últimos diez. 

Nos encanta hacer listas y tal vez la explicación debemos buscarla en ese misterio que es el tiempo.

Las recopilaciones que hacemos en diciembre nos ayudan a construir una idea de cierre ordenado para pasar a otra cosa. El tranquilizador, o inquietante, balance del año suele venir con una proyección para el siguiente porque diciembre también nos hace pensar en enero. Entonces con la recapitulación aparecen los pendientes, esa lista de deseos y metas para el año siguiente: hacer más ejercicio, dejar de fumar, comer más sano, aprender alemán, viajar por el mundo, arreglar la casa, divorciarse, conseguir otro empleo.

Una especie ya institucionalizada de lista es la bucket list, un género literario personal que cataloga esas cosas que nos gustaría hacer antes de morir. Google nos muestra cuáles son las actividades más populares que suelen incluirse:

-Presenciar una aurora boreal.

-Ir a una cacería de fantasmas.

-Conocer a tu celebrity favorita.

-Ver París desde lo alto de la torre Eiffel.

-Recorrer el país entero en automóvil/motocicleta/bicicleta.

-Conocer las pirámides de Egipto.

A caballo entre lo privado y lo público, en diciembre las cuentas de Instagram, Twitter y Facebook se pueblan de listas que son compendios que el algoritmo hace por vos. El resumen de lo que hiciste en el año, de las cuentas con las que más tuviste interacciones, de la música que escuchaste o de tus podcasts favoritos. «You spent 34 323 minutes listening», dice Spotify. Preferiste el vocal jazz, en segundo lugar el new wave, un tercer puesto para el classic rock, después los soundtrack y por último el indie folk. La canción que más escuchaste fue la de Neil Young «Harvest Moon»: 417 veces.

El escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov dice «las listas nunca son simples y sencillamente listas, siempre son algo más», son un intento de rescatar algo, de salvar cosas a tu alrededor porque de otra manera quedarían sumergidas para siempre. Crear una lista es como armar un arca de Noé y como diciembre es cada vez el mes que nos trae el diluvio, nos apresuramos a salvar cosas del olvido. Caemos en la cuenta del paso del tiempo.

Hacemos listas «porque no queremos morir», dice Umberto Eco. Porque con ellas hacemos comprensible el infinito en el mismo acto de establecer un orden. Tanto le gustan que les dedicó un libro: El vértigo de las listas. Para ordenar, primero habla de Homero porque en él están los dos grandes modelos, las dos poéticas que rigen a la confección de un listado. Una poética del «todo está aquí». El modelo cerrado.

Una poética del «etcétera». El modelo abierto.

El escudo de Aquiles es un todo cerrado. En el canto XVIII de la Ilíada la diosa Tetis encarga a Hefesto la construcción de un escudo para su hijo Aquiles. La historia sucede en un mundo de dioses, así que no debería asombrar la desmesura del trabajo: todo entra en ese escudo. Hefesto pone en su obra hombres y hechos de la historia, relatos y personajes. Son muchas cosas, incontables tal vez, pero no son infinitas. El escudo de Aquiles es una enumeración exhaustiva, una acumulación desmedida pero también orgánica: hay zonas delimitadas, orden, estructura y nada escapa por fuera de los límites de esa forma circular. El escudo de Aquiles es una lista acabada donde no hay nada para agregar.

El catálogo de las naves, en cambio, es una lista que podría continuar porque responde a la poética del etcétera. En el canto II de la Illíada, Homero quiere mostrar el poderío del ejército griego que se estaba acercando a Troya y, como son tantos los hombres, se ve obligado a abreviar y solo enumera las naves y sus capitanes. El resumen le lleva trescientos cincuenta versos. Han quedado fuera del repaso cada uno de los cientos de miles de guerreros que acompañan a cada líder griego y por eso el catálogo de las naves es una lista abierta como todas aquellas que no terminan sino que se suspenden por falta de espacio o falta de tiempo. Ponemos un etcétera, visible o no, al final del compendio cuando se vuelve imposible seguir contando. 

Así pasa con el repaso de las cosas del mundo, como está siempre amenazado por el infinito, nos quedan dos opciones: redundar en los etcéteras o diseñar una forma. Si queremos contar una vida podemos armar una historia cerrada o sumergirnos en una lista infinita de eventos. Lo mismo pasa con un año que termina, entonces hacemos un top ten y descansamos en la tranquilidad de la forma cerrada. Estamos construyendo nuestro propio escudo de Aquiles, que se refuerza con la ilusión que nos da el sistema decimal: el «número redondo». 

En el libro Listas memorables, Shaun Usher hizo su propia recopilación. Podemos ver los regalos de año nuevo que recibió en 1579 su majestad la reina de Inglaterra: un cinturón de oro con hebilla, tres enaguas de satén blanco, treinta y seis botones de oro de los cuales uno estaba roto, dos fundas de almohada, dieciocho alondras en una jaula. También las compras de Galileo Galilei: jabón, naranjas, cristal alemán pulido, dos balas de artillería, zapatos y sombrero. Las recomendaciones que en 1956 hizo Martin Luther King para que los negros viajen en autobuses integrados después del boicot al sistema público de transporte o los propósitos de año nuevo que en la misma época se hizo Marilyn Monroe: esforzarse más, ir a clase, prestar atención a sus fobias. 

Están las cosas que le gustan y las que no le gustan a Roland Barthes. Le gustan las novelas realistas, Julio Verne, la sal gruesa; no le gustan las mujeres en pantalones, las tautologías, los dibujos animados. Leonardo Da Vinci enumera los aspectos del cuerpo humano sobre los que le gustaría investigar: el bostezo, la parálisis, el deseo, la rotación de la pierna, la epilepsia, los mecanismos que hacen abrir y cerrar los ojos. Están los propósitos para el día que hizo Johnny Cash

1. No fumar.

2. Besar a June.

3. No besar a nadie más.

4. Toser.

5. Hacer pis.

6. Comer.

7. No comer demasiado.

8. Preocuparse.

9. Ver a mamá.

10. Practicar piano.

Leemos los diez mandamientos del estafador, el diccionario del bebedor, los efectos del opio y el decálogo de la mafia. Los pros y contras de casarse que hizo Charles Darwin y también la serie de objeciones que esgrimió su padre para evitar su viaje en el Beagle. Hay consejos de escritores, listados de escritores preferidos y el compendio de Ítalo Calvino con los tipos de libros a los que debe enfrentarse un lector antes de optar por alguno.

Desde Homero en adelante, la literatura se ha valido del arte de listar. 

Georges Perec registró todo lo que vio pasar delante de sí sentado en un café de la plaza Saint-Sulpice: colectivos, paraguas, citroens, palomas. Quería agotar un lugar parisino en tres días pero no había manera de registrar todo. También listó los recuerdos de su infancia, hizo una «Tentativa de inventario de los alimentos líquidos y sólidos que engullí en el transcurso del año mil novecientos setenta y cuatro» y describió el contenido de las estanterías y cajones de su casa. James Joyce enumeró cada uno de los objetos que Leopold Bloom tenía en un cajón de su cocina. David Markson sumó datos curiosos sobre la vida y la muerte de escritores, pintores y científicos que se convirtieron en tres libros. Sei Shonagon, en su diario íntimo, acumuló cascadas, amores, escenas de lluvia, aversiones o escenas de primavera como si fuera un atlas. Atlas, mapas y enciclopedias ordenan el mundo listándolo y el que mejor lo sabía era Borges, lector de catálogos y rescatador de enumeraciones, esa «súbita cercanía de cosas sin relación» que maravilló a Foucault

Cierta enciclopedia china donde los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones, e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluidos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas.

Eco dice que hay listas prácticas y listas poéticas. Sabemos por qué hacemos las prácticas: para armar el equipaje, para llevar la cuenta de las calorías ingeridas, para ordenar la compra en el supermercado, para no olvidar nuestras obligaciones. Las poéticas no tienen razones ni utilidad. Son literatura y nos dejamos llevar por el ritmo de la enumeración, la redundancia, la acumulación o la combinación de palabras.

Las listas de fin de año parecen no ser prácticas ni poéticas. A lo mejor son un placebo para que el paso del tiempo no convierta todo en mera acumulación de etcéteras, porque la vida no tiene forma de nada, ni siquiera de sucesión temporal, que es una ilusión de los calendarios y los relojes. Todas las listas del etcétera aspiran a la forma cerrada, por eso cada diciembre rescatamos algo de lo vivido y lo ordenamos con la esperanza de que no se pierda.

Si no listamos, las horas y los días y los meses y los años seguirán pasando y no quedará nada de lo que fue. Con la misma lógica sacamos fotos y con igual procedimiento el cerebro  procesa los restos diurnos cuando dormimos. Descartamos la mayoría, nos quedamos con unos pocos y así, sin saberlo, le vamos dando orden al caos. 

Cuando diciembre llega, caemos en la cuenta de que somos un año más viejos y entonces sobreviene la urgencia. A Gospodínov le gustan las listas porque son una especie de narración ansiosa. Cuando lo que falta es tiempo y espacio, no nos demoramos y rescatamos lo esencial, aquello que puede entrar en un arca: seleccionamos una pareja de cada animal y los ponemos en fila.

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3 Comentarios

  1. Yo no sé porqué hacemos listas, pero ya tardan las de JD de este año: peliculas, series, libros, discos. A mí me gustan porque siempre me ponen sobre la pista de algo que se me había pasado, aunque lógicamente a veces no comparto del todo sus criterios.

  2. Queremos las listas de Jot Down YAA!!!
    Son referencias en este mundo super poblado de contenidos. Me gustan porque ahorro tiempo de buscar referencias por mi mismo. Aunque cada vez mas, solo sirven para agregar a mi lista de pendientes…

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