Thanatos pone en jaque a Eros: el ajedrez en tiempos de guerra

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Blancas versus negras: el ajedrez apela a toda situación dilemática. Bien pueden referir a la paz y la guerra, lo bueno y lo malo, lo elevado y lo profano, a Dios y al Diablo, al día y a la noche. 

Cuando Freud, a inicios de los años 30, dijo que el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas de las pulsiones de agresión y autodestrucción, estaba a nueve años del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y de su propia muerte.  

Siguiendo al padre del psicoanálisis, podría resignificarse la posibilidad de dualidad extrema que ofrece el ajedrez, en tanto la lucha eterna entre Eros y Thanatos. Fuerzas en ontológica y permanente contienda que pueden aparecer tanto frente al tablero escaqueado cuanto en los campos de batalla de guerras reales. 

Hitler y Stalin fueron dos referentes principales del último conflicto bélico a gran escala. Por momentos fueron socios y, siendo así, Hitler se sintió habilitado para invadir Varsovia, hito que marcará el comienzo de la conflagración europea (que se convertirá en universal). Luego serán adversarios, y el soviético será determinante en la caída del nazismo. En cualquier caso, y más allá de esa relación sinuosa, al cabo de todo estuvieron del lado equivocado en el tablero de la vida.

En su vínculo con el ajedrez ambos promovieron competencias y prohijaron jugadores que pudieran encarnar ante el mundo los valores deseados por los respectivos modelos: el delirio del pueblo ario puro; el sueño de un hombre nuevo (con pies de barro). Stalin, dando un paso más, incluyó al juego como una explícita acción de propaganda del sistema. 

De la probable cercanía de Hitler con el mundo de los trebejos existe un retrato icónico ambientado en Viena que lo muestra jugando una partida que pudo haber disputado con Lenin.

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Ya como Führer, habrá de designar como gobernador de los territorios ocupados de Polonia a Hans Frank, un ávido ajedrecista, que organizará torneos en los que participarán algunas figuras de la época. Entre ellas se verá al campeón del mundo, el ruso-francés Aleksandr Alekhine; al promisorio Klaus Junge, nacido en Chile, quien se sumará a la fuerza militar nazi, y al ucraniano Yéfim Bogoliúbov, que se afincará en Alemania pese a que su vínculo inicial con su país de destino se dio en forma poco agradable: cuando participaba del torneo de Manheim 1914, en los mismos inicios de la Primera Guerra Mundial, fue detenido al ser súbdito del Imperio ruso, nación enemiga. Las sinuosidades de las guerras entreveradas con los destinos personales. 

Esas pruebas deportivas bajo el omnímodo poder nazi (también habrá una Olimpíada de Ajedrez en 1936, año de los Juegos Olímpicos de Berlín avalados por el COI) fueron la contracara de otras menos rimbombantes en las que participaban los ajedrecistas confinados en los guetos e, incluso, de las informales partidas que se libraban en los campos de concentración. 

A las partidas que siempre es posible jugar apelando a la memoria, se les puede agregar las que se disputaron sobre improvisados tableros con piezas construidas con mendrugos de pan (usando harina de centeno para el caso de las negras). Hay un caso muy conmovedor, el de un prisionero que, con el material del garrote de uno de sus custodios en Auschwitz-Birkenau, cinceló un juego de ajedrez demostrando que un instrumento de castigo bien podía ser convertido en un luminoso elemento que apelara al goce. 

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Piezas de ajedrez talladas por el polaco Elhanan Ejbuszyc en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. (DP)

La suerte de muchos ajedrecistas, gran parte de ellos polacos y judíos (aunque al analizarse la nómina exhaustiva se comprobará que la taxonomía no se agota en esas categorías), estaba echada. Habrán de morir en los campos de exterminio, ejecutados, o por desnutrición y, en caso de sobrevivir, estarán sometidos a las peores condiciones de existencia. 

Algunos pudieron emigrar; a otros el comienzo del conflicto los hallará fuera de casa, por lo que dispondrán de la opción de permanecer, temporal o definitivamente, en tierras más pacíficas. El comienzo de la final del Torneo de las Naciones de Ajedrez de Buenos Aires se verificó el día de la invasión nazi a Varsovia, los jugadores europeos que allí estaban compitiendo, habrán de considerar que el barco que les condujo cruzando el Océano Atlántico había sido una virtual Arca de Noé.

En el ajedrez de la guerra real se puede ganar o perder, pero nunca los que no participan directamente del conflicto pueden ser indiferentes. Por eso es que la reputación de Alekhine fue definitivamente dañada habida cuenta de su participación en aquellos torneos propuestos por los nazis y por haber aparecido en la prensa unos escritos bajo su firma en donde, muy peligrosamente, se atrevió a distinguir el estilo de juego de los ajedrecistas arios respecto del de los judíos. 

En ese contexto, la muerte posterior del campeón del mundo en soledad en su cuarto de hotel de Estoril será reputada de dudosa: se dijo que ello sucedió por haberse atragantado con una porción de comida, pero se sospecha que pudo haber sido liquidado por orden del servicio de inteligencia soviético o de la resistencia francesa, ¡quién sabe! La guerra, una vez terminada, sigue mostrando sus esquirlas. 

Stalin, tras liberar Berlín, se transformará en casa en lo que venía insinuándose: un autócrata sin moral. El ajedrez, a partir de su concepción, se transformará en un elemento central en el campo de batalla de las ideas. Una nueva guerra no declarada, considerada fría, pero aún más peligrosa (a partir de ahora acechará la destrucción absoluta gracias al poder atómico), implicaba que a Occidente había que demostrarle la superioridad del modelo soviético. 

Si Lenin y Trotski, como cultores del ajedrez, promovieron que se lo incluya como actividad formativa en los Centros de Pioneros, el dictador soviético dará un paso más. Si el sistema comunista era el deseable en términos de la igualdad declamada y de las mieles (solo iniciales, ya vendrá el momento del agotamiento y de la implosión) de su sistema productivo, también debía poder evidenciarse la superioridad en el campo de la cultura, las ideas y la inteligencia; y el ajedrez podía perfectamente encarnar unos valores quizás más abstractos. La maquinaria ajedrecística soviética debía ser montada para, gracias a la calidad y número de sus exponentes, pasar a dominar la escena mundial. 

Mijaíl Botvínnik, el patriarca del ajedrez soviético, será el emblema de Stalin y del régimen. Su primer título internacional, el de Nottingham 1936, será ofrendado públicamente al protector. El ajedrecista será elevado a la categoría de padre del ajedrez soviético, para lo cual la brillante escuela rusa previa será borrada de los anales y Alekhine, en tanto exiliado y por su origen aristocrático, no podía menos que ser considerado un traidor. A los principales rivales del primer campeón de la posguerra no les serán facilitadas las cosas: el estonio Paul Keres y el judío David Bronstein no pasarán la prueba ácida de pureza nacional y religiosa, respectivamente. 

Las carreras ajedrecísticas, para bien o para mal, serán digitadas o condicionadas desde el poder, con una federación deportiva que se la hará depender del Ministerio de la Propaganda, la que fue presidida inicialmente por Nikolái Krylenko. Este, como fiscal, instruirá la muerte de tantos compatriotas, para luego beber de su propia medicina al ser ejecutado tras ser incluido dentro de las clásicas purgas estalinistas, esas en la que desaparecerán varios ajedrecistas. Un episodio muy doloroso se dio con el gran jugador letón Vladímirs Petrovs, enviado a Siberia, donde perecerá en un gulag por inanición, siendo borrado de los libros de historia: primero se lo destierra, luego se le niega la propia existencia.

Al formular este repaso sobre cómo el ajedrez estuvo presente en Hitler y Stalin, y en ellos vemos a Thanatos en su esplendor, no podemos dejar de asociar esos nombres y algunas de sus acciones con el candente y preocupante escenario de la actualidad. La invasión ordenada por Vladímir Putin a Ucrania recuerda vivamente la de Varsovia en 1939. Un Putin que, por otra parte, como natural heredero de la tradición soviética (y del zarismo imperial), demostró su cercanía al juego, como ayer lo estuviera Stalin. Podría decirse que el Botvínnik de Putin es Serguéi Kariakin, alguien a quien se lo preparó para campeón del mundo (sin éxito) que, paradojalmente, nació en una Ucrania hoy tan sufriente.

Es una convención que el milenario ajedrez desde sus orígenes, y a lo largo del tiempo, estuvo asociado a la guerra. En el chaturanga indio las piezas estaban representadas por las cuatro fuerzas (angas) que participaban de la contienda. En la educación de los caballeros en el Medioevo, y siempre en el campo militar (de Tamerlán a Napoleón), se solía utilizarlo como simulación de acciones en combate. «Ludimus effigiem belli, simulataque veris», imagen de guerra, tal como vio al pasatiempo el poeta Marco Girolamo Vida en el siglo XVI. 

En definitiva, y volviendo a Freud, solo debería tratarse de que el juego, a nivel psicológico personal, y si se lo prefiere en forma terapéutica, oficie de forma tal de que las fuerzas destructivas se canalicen dentro una superficie de sesenta y cuatro escaques sin llevarlas a otros terrenos de la existencia real. Esta premisa, que vale para todos, mucho más aplica a quienes detentan un poder que debería solo orientarse a causas nobles. 

Pero ello, bien lo sabemos y sufrimos, no necesariamente sucede. Habrá quienes, como Hitler, Stalin y Putin, no se conformen con el simulacro. Siendo así, solo nos queda la esperanza de que, en estos escenarios bélicos reeditados del aquí y ahora, la fuerza de Thanatos no logre prevalecer respecto de la pulsión de vida, esa a la que siempre, aún en las peores circunstancias, evoca Eros.

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2 Comentarios

  1. “hito que marcará el comienzo de la conflagración europea (que se convertirá en universal)”
    Nunca me ha gustado ese eurocentrismo. Japón invadió China en el 37, lo que provocó sanciones internacionales (de qué me suena eso) y que desembocó en los ataques a Pearl Harbor y Singapur.

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