Cine y TV

‘Fargo’: el invierno son los otros

Fargo, 1996. Imagen: PolyGram.
Fargo, 1996. Imagen: PolyGram.

—Así que esa mujer del suelo era la señora Lundegaard. Y supongo que quien está dentro de la trituradora de madera era tu socio. Y luego están esas otras tres personas muertas en Brainerd. Y todo esto, ¿para qué? Para conseguir algo de dinero. En la vida hay otras cosas además del dinero, ¿sabes? ¿No lo sabías? Y aquí estás ahora. Y hace un hermoso día. Bueno. Es que no puedo entenderlo.

La agente de policía Marge Gunderson le habla con tristeza al prisionero que se sienta en el asiento trasero de su coche. Un asesino múltiple que probablemente pasará el resto de sus días en la cárcel; no solo ha truncado las vidas de otros, sino que ha arruinado la suya propia. Por dinero. Marge es despierta. Entiende los mecanismos procedimentales de un crimen. Sabe cuál es la lógica que provoca que unos sucesos originen otros sucesos. Y, aun así, se rinde a la hora de encajar en su propia visión del mundo los motivos del criminal. Al contrario que en otras muchas historias policiacas, la protagonista de Fargo no consigue ponerse en la piel del malvado. Hay algo que sabe que se le escapa. 

Su habitualmente tranquila existencia de policía de pueblo, de mujer casada y en espera de su primer bebé, es una existencia que pertenece a un universo completamente distinto. Con las manos en el volante y la mirada perdida en la carretera, Marge dice: «Hace un hermoso día». Pero no es verdad. No hace un hermoso día. Su coche atraviesa penosamente una ventisca que no permite ver nada. El paisaje ha quedado reducido a un velo indefinido y parece más propio de algún planeta helado en los confines del sistema solar. El día, para alguien que vive en una región fría, no es hermoso, sino de una terrible familiaridad. Pero Marge habla de otro tipo de clima. El hermoso día, como ella misma acaba de comprender, es su propia y aburrida vida junto a su insulso y bonachón marido, junto a sus insulsos y bonachones compañeros de trabajo. 

Fargo es una película compuesta sobre un lienzo. El omnipresente invierno parece, a primera vista, una mera elección estética. Un mural sobre el que recortar con claridad la acción, una capa de pintura sobre la que componer un pequeño puñado de secuencias magistrales en las que reina un blanco tiránico. Más allá de esa estética, y si no prestamos atención, se diría que el frío y la nieve no son elementos imprescindibles en la historia. Lo que sucede en Fargo es una historia que no parece depender de una estación, y podemos creer que hubiese funcionado igual en el caluroso sur de Estados Unidos, o en algún rincón lluvioso de Europa. No hay elementos de la trama que dependan del frío. ¿Un coche derrapa por culpa del hielo? Podría haber sido por culpa del agua, y nada hubiese sido diferente. ¿Alguien intenta huir corriendo trabajosamente sobre la nieve? Podría haber corrido trabajosamente sobre el fango. ¿Alguien entierra dinero en la nieve? Podría haberlo enterrado en la tierra seca. 

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6 comentarios

  1. Qué bueno.

  2. La película me gustó mucho. Ahora la veré de nuevo. Gracias a usted me gustará aún más.

  3. Está inspirado últimamente, Emilio. Siempre me han gustado esos locos Coen…

  4. guillermo artigas

    Un gran artículo, gracias al autor por abrirnos la mente, fría y lenta en este invierno, a perspectivas y sensibilidades fuera de nuestro alcance.

  5. Pingback: Fargo: Nietzsche, tonos de verde y el escudo de Aquiles (1) - Jot Down Cultural Magazine

  6. Pingback: Fargo T1: Nietzsche, tonos de verde y el escudo de Aquiles (y 2) - Jot Down Cultural Magazine

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