Por qué nunca habrá otro Nevermind

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Nirvana Foto Cordon Press Nevermind
Nirvana. Foto: Cordon Press.

Algo extraordinario sucedió entre el 24 de septiembre de 1991 y el 11 de enero de 1992. En poco más de tres meses, un hasta entonces desconocido trío musical de Seattle llevó su segundo álbum al número uno de las listas. Las ideas que entonces predominaban sobre los mecanismos que animaban la música juvenil quedaron hechas pedazos. Por supuesto, periodistas, psicólogos y adultos desconcertados intentaron ofrecer una explicación del fenómeno.

Cuando digo que «nunca habrá otro Nevermind» no me refiero a que nunca más se editará un disco de rock de semejante calidad dentro de la música rock. De hecho, se han editado unos cuantos. Gente con talento siempre la ha habido y siempre la habrá. Es casi seguro que mientras escribo estas líneas hay, en algún rincón del mundo, un nuevo Kurt Cobain escribiendo grandes canciones en la soledad de su habitación. Pero el negocio musical ha cambiado mucho y lo más probable es que nunca lleguemos a escuchar a ese hipotético nuevo Cobain, que morirá el anonimato tras pasarse la vida trabajando en un taller o en una oficina. El talento no se ha desvanecido, pero la industria musical tal y como existía hace treinta años sí.

No creo que se vuelva a producir una revolución musical tan súbita y global. El ascenso de Nirvana desde la oscuridad hasta el Olimpo tardó diecisiete semanas, menos tiempo del que dura cualquier gira convencional. Muchos artistas han tenido éxitos repentinos, sí, pero el tsunami que rodeó a Nirvana era un fenómeno excepcional incluso cuando el negocio discográfico estaba en su apogeo. De hecho, solamente ha habido tres grandes revoluciones globales que en cuestión de meses hayan cambiado por completo el panorama de la música juvenil: la explosión del rock & roll en los años cincuenta, la beatlemania en los sesenta, y el ascenso de Nirvana en los noventa. Las tres tuvieron algo en común: se produjeron de un día para el otro sin que nadie hubiese sido capaz de preverlo, tomando desprevenidas a la industria discográfica, a la prensa y a la sociedad en su conjunto.

Cierto es que ha habido otras muchas corrientes globales que han cambiado el panorama musical juvenil, pero no tuvieron un impacto tan descomunal, o lo tuvieron, o tardaron mucho más tiempo en conseguir el mismo efecto. Tomemos como ejemplo el rap. El primer éxito comercial del rap data de 1979 (Aprovecho para decir que ¡soy muy partidario de los raperos con traje y corbata!) y la primera canción que contenía un rap y alcanzó el número uno en las listas estadounidenses data de 1981 (también soy partidario de Debbie Harry se ponga lo que se ponga). Sin embargo, el rap no se estableció como un estilo dominante hasta dos décadas después, bien entrados los noventa. Lo que hoy llamamos grunge necesitó meses en ponerlo todo patas arriba y se había autodestruido en cuatro años. El rap se convirtió en el estilo más vendido en 1999, cuando Kurt Cobain llevaba años muerto, Soundgarden ya se habían separado, y Alice in Chains flotaban en el éter a expensas de Layne Staley, sumido en el declive final de su vida como adicto. Por cierto, tampoco en los noventa se sabía qué significaba exactamente la palabra grunge. En inglés, grungy significa «sucio» o «harapiento», pero ni siquiera los músicos de Seattle se ponían de acuerdo sobre el origen o la definición del término. El resto del mundo usaba la palabra grunge como sinónimo de «grupos con guitarras fuertes que provienen de Seattle».

No habrá otro Nevermind porque el ascenso de Nirvana se produjo en un mundo diferente al de hoy. Aclaro que no tan diferente, porque no creo que los adolescentes actuales sean muy distintos a los de entonces. Lo que sí ha cambiado es la tecnología de comunicación que los rodea. A principios de los noventa no existían las «redes sociales» y los grupos de adolescentes eran básicamente islotes aislados los unos de otros. En lo musical, era muy difícil explorar más allá de lo que publicitaban los medios masivos. Medios que, a principios de 1991, todavía estaban empeñados en aferrarse al statu quo estilístico de los ochenta. Los grandes medios eran básicamente «poperos» y no era raro que los periodistas hiciesen gala de un mal disimulado desdén hacia la música rock. Nobleza obliga, hay que agradecer el que algunos divulgadores de RTVE y RNE hicieran lo posible por dar a conocer nuevas bandas de rock en España, aun cuando se encontrasen con la tradicional apatía del público local.

¿Qué triunfaba en las listas entre 1988 y 1990? Pues Madonna, George Michael, Paula Abdul, Phil Collins, Janet Jackson o la banda sonora de Dirty Dancing. No digo que aquellas cosas estuviesen peor o mejor que otras; simplemente eran cosas previsibles y, sónicamente hablando, inofensivas. El tipo de música que sonaba a la vez en los programas juveniles y en los centros comerciales. En las grandes radios no solía haber novedades excitantes. Los años ochenta habían empezado repletos de cosas coloridas y sorprendentes, pero terminaron siendo bastante claustrofóbicos y los oyentes más jóvenes solamente tenían dos opciones: amoldar sus gustos a lo que sonaba por la radio, o resignarse a la idea de que buscar música estimulante constituía una tarea detectivesca. No había YouTube, ni algoritmos que detectasen al instante los gustos del consumidor.

En realidad, el cambio estaba fraguándose años antes de la explosión de Nirvana. En cuestión de sonido, aunque todavía no de popularidad, la música «de los ochenta» había empezado a parecer obsoleta en los propios años ochenta. Baste decir que en 1989 ya había grupos que estaban sonando al futuro, como Primus, Living Colour, Jane’s Addiction o los Red Hot Chili Peppers previos a su etapa de hilo musical para ascensores. También en Europa se estaba mascando el cambio con bandas como los suizos The Young Gods o los tristemente olvidados holandeses Urban Dance Squad. Incluso había grupos que tenían como filosofía vital el rechazar abiertamente el sonar fáciles o comerciales, ya fuesen los Pixies cantando en «español» o los Sonic Youth «trolleando» a sus propios oyentes. En los ochenta, a toda esta música rara se la llamaba «rock alternativo» porque no sonaba en las radios tipo 40 Principales (irónicamente, años después la etiqueta «música alternativa» sería reutilizada para etiquetar a grupos que vendían millones).

Pero en los ochenta sí se llamaba alternativo a lo que era alternativo de verdad, lo cual implicaba que era difícil descubrirlo. Se necesitaba estar muy atento para poder cazar al vuelo a algunos de estos grupos «alternativos». Salvo ciertos divulgadores de algunos medios establecidos, el rock alternativo circulaba de mano en mano como el estraperlo, en forma de casetes que solían ser copias de otras copias. Sin internet, adquirir esta música requería tener amigos con gustos raros o conocer alguna tienda que vendiese material exótico no pocas veces pirata. Incluso podía darse el caso de que pudieses escuchar por primera vez a un grupo porque daba la casualidad de que un compañero de clase tenía una hermana que vivía en Inglaterra o los Estados Unidos y por Navidad le traía discos que solo se habían publicado allí. Es verdad que la escena alternativa tenía cierto encanto para los periodistas más ansiosos de modernidad, y esto se plasmaba a veces en el fugaz triunfo de terribles sucedáneos de lo alternativo, como los inefables EMF (ojo, confieso sin rubor que su canción más famosa me gusta bastante, ese fraseo central es un hallazgo, pero vistos hoy provocan dentera los embarazosos bailecitos, los aires manchesterianos del cantante cuya pose con las manos atrás supongo copió después el cantante de Oasis, y aquellas pintas que ni siquiera entonces había por dónde cogerlas).

En resumen, existía un abismo entre la oferta musical mayoritaria y las necesidades del público adolescente. Los medios de 1990 seguían publicando masivamente música pensada para quienes habían sido adolescentes en 1984, o versiones aguadas de lo moderno. Un problema añadido era que el público adolescente de 1990 tampoco sabía exactamente lo que necesitaba oír, porque no tenía referentes. Justamente esa falta de referentes propios es lo que ha desaparecido con las nuevas tecnologías. Los adolescentes de 2021 tienen acceso a un sinfín de contenidos que han sido creados por otros adolescentes, o que son producto de algoritmos que tienen en cuenta sus preferencias. En otros asuntos pueden padecer los mismos problemas que los chavales de 1990 (y algunos problemas nuevos, como la falta de perspectivas), pero no padecen aquella crónica carencia de representación en los medios. En 1990, un adolescente recibía contenidos hechos por adultos que trataban de adivinar qué era lo que quieren o necesitan los más jóvenes, y ya se sabe que los adultos no son buenos adivinando esas necesidades. Así, terminó produciéndose un vacío en la oferta de cultura y entretenimiento. Un vacío invisible que nadie supo detectar a tiempo.

Los primeros avisos serios llegaron en 1991, cuando el público general decidió encumbrar a grupos que llevaban años etiquetados como pertenecientes a escenas marginales (véase Metallica) o dando tumbos entre minorías de oyentes con gustos excéntricos (véase Red Hot Chili Peppers). En estos casos, el éxito global de 1991 fue ayudado por sendas baladas, «Nothing Else Matters» y «Under the Bridge», pero también es cierto que el gran público hizo suyas canciones como «Enter Sandman» o «Give It Away», canciones que en 1989 hubiesen estado restringidas a las radios alternativas. Eso sí, aunque el encumbramiento repentino de estos grupos fue sorprendente, no provocó que la prensa se lanzase a elaborar elucubraciones teóricas sobre una revolución juvenil que aún no era percibida como tal. Si nos situamos en el contexto de la época, Metallica ya tenían construida una sólida reputación internacional; estaban en ese punto en que solo necesitaban un par de canciones radiables para derribar las últimas resistencias del público masivo. Los Peppers venían desde algo más abajo, pero tampoco eran exactamente un grupo desconocido y habían vendido bastantes ejemplares de su disco anterior; además, siendo pintorescos y coloridos, habían aparecido muchas veces en programas de televisión de Norteamérica, Sudamérica y Europa.

Lo de Nirvana fue otra cosa. En septiembre de 1991, cuando salió a la venta Nevermind, solamente eran alguien en el circuito de emisoras de radio y revistas alternativas, fanzines, y salas de conciertos que servían de modestos escaparates para bandas ignoradas por el gran público, pero apreciadas entre sectores minoritarios en ambos lados del Atlántico. Tenían publicado un primer disco, Bleach, que era muy apreciado en ese circuito. Así que no eran tres músicos perdidos en un garaje y que nunca hubiese salido de Seattle. De hecho, habían tocado en Europa varias veces. En agosto de aquel mismo 1991, habían participado en el festival británico de Reading, aunque da buena idea de su escaso renombre el que en el cartel estuviesen por debajo de grupos hoy poco recordados como Chapterhouse o Pop Will Eat Itself. En aquel festival, Nirvana hicieron vibrar al público y demostraron no tomarse muy en serio a sí mismos. Al terminar, Kurt Cobain se lanzó sobre la batería ante el divertido asombro del público inglés, una imagen que entonces no pasó de ser una anécdota, y que nadie sospechaba que terminaría convirtiéndose en parte de la mitología juvenil de la época. Es posible que aquel día ganasen un pequeño puñado de nuevos fans pero, en cuanto a la prensa musical, no hubo revuelo alguno. Para el noventa y nueve por ciento de la juventud, Nirvana continuaban sin existir.

Aquellos despreocupados Nirvana de Reading 1991 ya tenían preparada la gira de presentación de su inminente segundo álbum, que los llevaría por Estados Unidos y Europa. La presión era nula. La discográfica DGC, una subsidiaria de Geffen Records, estimaba que Nirvana obtendría como mucho un éxito moderado «al nivel de Sonic Youth». De hecho, no había una gran campaña de publicidad preparada, y ni siquiera estaban previstas actuaciones en programas de televisión en directo. La discográfica pensaba que el objetivo marcado de vender un total de doscientos cincuenta mil ejemplares podía obtenerse al cabo de un año y con la ayuda de una buena recepción en revistas especializadas y la emisión esporádica de algún videoclip en el horario nocturno de la MTV, que era el horario menos solicitado y más barato. La previsión de la compañía quedaba clara cuando envió un total de cuarenta y cinco mil copias de Nevermind a las tiendas estadounidenses, y otras treinta y cinco mil copias a las tiendas británicas. Si se vendían, podrían enviar algunos miles más. Y eso era todo.

Al principio se envió una canción a las radios como anticipo del disco, pero poca gente la oyó. Los pinchadiscos no se interesaron por ella, lo cual, por otra parte, era lo previsto. Con internet, es posible que el tema se hubiese hecho viral en cuestión de horas, pero en 1991 la palabra «viral» se refería solamente a enfermedades víricas. Aquella canción ignorada incluso por muchas radios alternativas se llamada «Smells Like Teen Spirit» y era simplemente una sonda que debía preparar el terreno para «Come As You Are» que, esta sí, se suponía iba a impulsar las ventas del álbum. Así pues, cuando Nevermind salió a la venta, no hubo ningún seísmo inmediato. Siguiendo los modestos planes promocionales, el videoclip de «Smells Like Teen Spirit» empezó a aparecer en el horario nocturno de la MTV, más concretamente en 120 minutes, un programa dedicado al mencionado «rock alternativo», esto es, a aquellos grupos que no le importaban a casi nadie.

Y ahí empezó todo. Las primeras veces que Elvis Presley sonó en las radios del sur de los Estados Unidos se produjo una avalancha de llamadas telefónicas de jóvenes oyentes que demandaban que las canciones de Presley fuesen pinchadas una y otra vez. En su momento nadie, salvo los jóvenes, entendía por qué, pero sucedió. El mismo fenómeno se produjo en la MTV con el videoclip de «Smells Like Teen Spirit». La cadena fue bombardeada con peticiones de repetición hasta el punto en que decidió empezar a programar el videoclip en el horario diurno generalmente dedicado a apuestas comerciales más seguras. Hoy esto suena a fábula porque la actual MTV es un pozo séptico, pero lo cierto es que la MTV de 1991 fue admirablemente atrevida cuando decidió poner por primera vez a Nirvana en hora punta. Pensemos que las radios más comerciales todavía se negaban a emitir una canción que, para lo que se llevaba en los 40 Principales, era ruidosa hasta lo ofensivo. Los Guns N’ Roses o Metallica se habían abierto camino siendo ruidosos, pero no dejaban de ser un eslabón más en dos tradiciones (el hard rock setentero y el heavy metal) bien implantadas en el mainstream estadounidense. Pero, ¿Nirvana? Los únicos grupos que sonaban como ellos eran rarezas para radios universitarias. Así que, por efecto del contraste, la aparición de Nirvana en el horario diurno de la MTV multiplicó el impacto que tenía sobre los jóvenes televidentes.

Si usted no era un/a joven televidente en 1991, no se preocupe: haga la prueba de ver estos tres videoclips, uno detrás del otro. Son tres de los más exitosos videos de la MTV en 1991. Técnicamente hablando son del mismo año, pero espiritualmente pertenecen a dos décadas distintas.

Nadie había podido prever la reacción de los espectadores ante «Smells Like Teen Spirit». Ni la propia discográfica, ni los propios Nirvana. Aquella canción era un aperitivo, nada más. Aun así, cuando todavía no sonaban en las radios más grandes, no era nada obvio que estuviese ocurriendo algo fuera de lo común. Un mes después de publicado el disco, Nirvana actuaron en una sala mediana de su ciudad, Seattle. Aún inconscientes de lo que se avecinaba, los tres jóvenes miembros de Nirvana actuaban sin presiones ante su público local, como despedida temporal antes de iniciar la modesta gira europea que tenían planeada desde verano. Dado lo «señalado» del evento, fue la primera vez que que grababan un concierto con imagen y sonido profesionales, aunque en la práctica continuaban sin ser famosos. Hoy, ese concierto es un documento impagable. No pasaría mucho tiempo antes de que la estampa de Cobain disfrutando sobre el escenario se volviese una auténtica rareza.

En las primeras semanas de exposición en la MTV, miles de adolescentes estaban ya descubriendo a Nirvana. Pero, insisto, aquellos adolescentes eran islotes aislados. No tenían forma de comunicarse entre sí de ciudad a ciudad, ni aun de barrio a barrio, y dependían de que la MTV o las radios diesen más difusión al grupo. Cada adolescente boquiabierto que estaba descubriendo la revolución por su cuenta creía que nadie más en el mundo estaba sintiendo las mismas emociones, salvo quizá uno o dos amigos cercanos.

Cuando empezaron a aparecer síntomas de que se estaba desatando la locura en torno a «Smells Like Teen Spirit», Nirvana ya habían cruzado el charco y estaban atravesando el Reino Unido como lo hacen los grupos modestos: apiñados en una furgoneta y actuando en salas pequeñas o medianas. Aislados del mundo, sin móviles, internet o un Twitter donde consultar al minuto qué demonios estaba sucediendo, a los propios Nirvana les llevó tiempo entender que ya no eran unos desconocidos. En octubre, la MTV decidió poner el video de «Smells Like Teen Spirit» en la rotación de videoclips «candentes» del momento. Mientras, en Inglaterra, los asombrados Nirvana veían las colas que se formaban en las salas donde actuaban, con decenas de jóvenes que se quedaban sin entradas. Como recordaría Krist Novoselic: «A nuestros conciertos empezaron a venir los mismos jocks [los triunfadores del colegio, N. del R.] que en el instituto nos habían acosado a Kurt y a mí por escuchar punk rock». Aún más chocante les resultó la aparición de equipos de reporteros en sus conciertos. Nirvana creían, y no sin motivo, que eran la clase de grupo que jamás iba a atraer a los reporteros. No podían entender lo que estaba pasando.

Fue durante aquella gira, en noviembre, cuando el programa The Word del canal británico Channel 4 invitó a Nirvana a tocar en directo ante las cámaras. Sería la primera vez que tocasen en televisión. Los tres de Seattle aparecieron con su (entonces) habitual actitud desenfadada. Kurt Cobain empezó la grabación hablando de su nueva novia, también por entonces desconocida: «Quiero que sepáis todos que Courtney Love, la cantante del sensacional grupo Hole, es la que mejor folla del mundo». Por descontado, esta particular declaración de amor fue cortada por el programa, pero demuestra que Cobain seguía comportándose como el líder de un grupo underground, inconsciente de que su imagen estaba siendo popularizada por la MTV. A continuación, Nirvana tocaron «Smells Like Teen Spirit» y, en fin, esa filmación es un documento impagable porque captura un momento muy, muy preciso en el tiempo. Por un lado, Cobain era el mismo de los inicios: al final de la canción, en vez de repetir la frase «A denial!», se pone a berrear sin motivo aparente el nombre de un distinguido ciudadano británico: «Roger Taylor! Roger Taylor! Roger Taylor!» (sí, el batería de Queen).

Por otro lado, la filmación muestra cómo reaccionaban los adolescentes de la época ante la repentina aparición de Nirvana. Miren el segundo 43 del siguiente vídeo: un Cobain pasmado, pero visiblemente complacido, contempla la caótica reacción de la veintena de jóvenes ingleses que conforman el público de la grabación. No era ni mucho menos su primer contacto con los ingleses, pero ahora estaba en un plató de televisión, que es algo muy distinto a un festival. Además, en 1991, después de los encorsetados ochenta, ver a los jóvenes haciendo el cabestro en televisión era algo muy poco habitual. El propio Cobain, casi con toda seguridad, nunca había visto a los espectadores de un programa reaccionar así (y más contrastando con los típicos bailarines ochenteros que el programa había colocado junto al escenario). Con la cabeza centrada en su modesta gira, Cobain no había asimilado aún que aquellos jóvenes estaban viendo al que consideraban su nuevo icono: él. El mismo tipo desgreñado que ahora aparecía a todas horas en MTV. Ah, los arcaicos años noventa, cuando la realidad iba por delante de la percepción de los propios protagonistas.

Ese debut en la televisión británica muestra el porqué del repentino éxito de Nirvana. Los jóvenes del público que vemos ahí no son paisanos de Seattle, ni siquiera son estadounidenses, pero reaccionan como si Nirvana fuese lo que habían estado esperando oír durante años. ¿Qué era ese algo? La energía. Una energía muy diferente a la energía de Metallica o Guns N’ Roses. Una energía cruda, visceral y asilvestrada. En la reacción del público no había nada de angst adolescente, ni de tristeza existencial, ni de ninguna de esas cosas de las que se habló después. Había catarsis, ganas de pasarlo bien haciendo el cabra sin necesidad de pertenecer a una «tribu» urbana, porque además, y esto es importante, la imagen de Nirvana no respondía a estereotipos juveniles de la época. No parecían pertenecer a ningún movimiento estético establecido y ni siquiera tenían aspecto de estrellas del rock, así que cualquiera podía identificarse con ellos. Nirvana eran como tus amigos raros del instituto, en una época donde llevar el pelo largo era muy poco común excepto en el mundillo heavy. Para brincar con Nirvana no había que ser heavy, ni había que ser ninguna otra cosa. Bastaba con ser joven y tener ganas de asimilar y procesar esa visceral descarga.

Dos meses después de esa entrañable actuación para un puñado de alocados ingleses, la locura había alcanzado tal magnitud que se necesitaba vivir en una cueva para no enterarse. Nevermind vendía los doscientos cincuenta mil discos que la compañía había soñado con vender en un año… cada semana. En enero de 1992 le arrebataron el número uno de las listas estadounidenses a Michael Jackson, en una perfecta metáfora de cómo los años noventa devoraron a los ochenta.

Nirvana se salían de cualquier parámetro previsto por la industria musical de la época. Además, había algo distinto en aquella música. No era hard rock, no era heavy metal. Y eh, este chico parece tener talento de verdad. Los periodistas de todo el mundo entraron en modo ataque a Pearl Harbor; nadie entendía lo que estaba ocurriendo, así que todos se afanaban por ofrecer la más rocambolesca explicación y el titular más llamativo. De repente, aquel rubio despeinado se transformó en un icono internacional, cosa que no había esperado nadie, y mucho menos él mismo.

Lo más chocante era la sensación de ruptura, de falta de continuidad con la evolución lógica de los gustos juveniles. Se podía intentar la comparación con el punk o el rap, pero el punk nunca tuvo tanto impacto como Nirvana, y ya hemos visto que el rap tardó veinte años en conseguir lo mismo que Nirvana consiguieron en unos meses. La comparación con los Beatles tenía mucho más sentido. De hecho, era la única comparación que tenía sentido. No era que Nirvana ofreciesen algo tan musicalmente rompedor como lo que habían ofrecido los Beatles en su momento; nunca hubo unos Beatles escribiendo canciones estilo Beatles antes de los Beatles, mientras que Nirvana sí recordaban a grupos que ya existían, cosa que no negaban ni ellos mismos. Pero componer música novedosa no es lo único que importa. Ni siquiera es lo que más importa. Lo que la juventud de 1991 anhelaba era encontrar algo que canalizase su energía. Y Nirvana eran ese algo.

No, Cobain no se transformó en un icono porque fuese un individuo depresivo o existencialista, aunque después se supo que lo era. Al principio parecía bastante despreocupado, un tipo que hacía el payaso si le obligaban a cantar sobre una base pregrabada. Dudo que en 1991, al ver este hilarante video, algún fan de Nirvana sospechara que Cobain terminaría suicidándose tres años después. Era algo que sencillamente no le pasaba a nadie por la cabeza.

Si la música fue el pasaporte de Nirvana hacia la dominación mundial, la «nueva normalidad» de Cobain fue el inesperado fundamento de su estrellato. Sobre el papel, y viniendo de la inclemente artificiosidad visual de los años ochenta, no tenía sentido que Cobain se hiciese tan famoso como Michael Jackson. Ni siquiera tenía sentido dentro de la música guitarrera, donde el prototipo estético y espiritual de «estrella del rock» de la década había sido David Lee Roth, a quien tantos cantantes melenudos habían imitado durante los ochenta. ¿Era Cobain un tipo bien parecido? Sí, pero también lo era Chris Cornell y nunca se desató una obsesión mediática similar a su alrededor, aunque el Badmotorfinger de Soundgarden salió al mismo tiempo que el Nevermind, y pese a que como disco era igual de impresionante, si acaso no más. La cuestión es que la imagen de Cornell no representaba la «nueva normalidad». Cornell no parecía el tipo raro-pero-normal del instituto, sino el típico heavy del instituto. Era alguien que parecía pertenecer a una tribu concreta. El resultado de esta sutil diferencia de imagen fue que en 1993 los adultos no sabían quién demonios era Chris Cornell, pero cualquier padre que encendiese un televisor reconocía a Kurt Cobain. Es gracioso recordarlo ahora, pero la prensa generalista adulta intentaba descifrar qué exótica, novedosa y desconocida especie de joven melenudo era Cobain, mientras que Cornell parecía más fácil de clasificar como el melenudo heavy y chillón de siempre. Es como si hoy me pidiesen que reconozca la diferencia de matices entre dos cantantes de reggaetón. No soy un adolescente de 2021, así que no tengo la menor idea.

No diré que el carácter depresivo del grunge, sea lo que sea el grunge, es un mito. Pero casi. Está claro que varios de aquellos artistas tenían problemas psicológicos, Cobain y Cornell incluidos, y que esos problemas se reflejaban en su música. Está claro que la llamada generación X tenía ciertos desajustes existenciales porque había comprobado que crecer en un mundo con más posibilidades no soluciona mágicamente los problemas de la adolescencia y la juventud, y a veces los empeora. Todo eso está claro. Pero insisto una vez más, no fue el lado depresivo de aquella música lo que la hizo triunfar.

Es más, los propios grupos de Seattle se cuidaban mucho de no parecer melancólicos en sus apariciones públicas. En la MTV había un programa llamado Headbanger’s Ball que hacía reportajes sobre grupos de la escena del rock duro. Pues bien, en el capítulo dedicado a Soundgarden podía verse a Chris Cornell comportándose como un chiquillo. Aún más ilustrativo era el episodio dedicado a la banda más depresiva, en cuanto a sonido, de todo aquel movimiento. Hablo, cómo no, de Alice in Chains. Aunque hoy parezca mentira, el episodio de Alice in Chains fue hilarante. Eran cualquier cosa menos un grupo depresivo, y de hecho salían en bañador haciendo el imbécil en un soleado parque acuático, lanzándose por toboganes, imitando a focas, interactuando con niños, escenificando combates de sumo… en fin, el episodio entero es digno de ver.

Obviamente, todo cambió en 1994. El suicidio de Cobain estableció para siempre la percepción del grunge como un movimiento depresivo y existencialista. El suceso, la verdad, tomó a todo el mundo por sorpresa. Ya se sabía que Cobain era drogadicto, lo cual podía explicar el hecho muy obvio de que su comportamiento estaba visiblemente enrarecido. Y se hablaba de un posible intento de suicidio anterior, pero con estas cosas siempre cabía ser escéptico. Después resultó que los rumores habían sido ciertos.

Aquel mismo año se publicó Superunknown, el disco que de verdad convirtió en estrellas a Soundgarden. Resultó que en ese disco había canciones como «Fell on Black Days», «Like Suicide» o «The Day I Tried to Live». Preguntado por sus letras, que eran más oscuras que nunca, Cornell había empezado a hablar de sus propias ideaciones suicidas, aunque sin la muerte de Cobain es muy posible que Superunknown hubiese sido visto simplemente como un cambio de estilo y el estado mental de Cornell hubiese pasado más desapercibido. El caso es que a partir de 1994 el todavía reinante grunge se convirtió en sinónimo de miseria y depresión. Los chavales que en ese momento pasaron de la niñez a la adolescencia y se hicieron fans de los mismos grupos que sus hermanos y hermanas mayores, lo hicieron por motivos distintos. El trauma se apoderó de lo que había sido un estilo marcado por la trepidación y la excitación de lo nuevo.

No es que quiera minimizar la significación del suicidio de Cobain, que realmente sirvió para que se visibilizara el hecho de que los jóvenes también tenían serios problemas psicológicos. Este era un tema que antes de 1994 no era muy discutido en el ámbito público. Pero no es menos cierto que provocó que la historia del fenómeno grunge fuese reescrita por completo. Las compañías discográficas, en su febril búsqueda de sucedáneos, ya no editaban tanto a clones de Nirvana como a clones de Radiohead. Y había una gran diferencia entre «Negative Creep» y «Creep». Muchos de los nuevos fans del grunge imaginaban que sus hermanos mayores habían ido a los conciertos de Nirvana para llorar mirando al suelo y tener algo que escribir en sus diarios, cuando la realidad era que habían ido a hacer el imbécil y secretar adrenalina. De hecho, el grunge había sido algo que hasta las marcas pijas de ropa habían intentado aprovechar creando desfiles de «moda grunge», cosa que no podía ser más opuesta a la impresión inicial que había provocado Cobain de ser alguien que se vestía con ropa de la beneficencia.

A la prensa, por descontado, le encantó este «giro dramático de los acontecimientos». La sociología de salón sobre los problemas de la juventud se volvió mucho más melodramática. De repente, se compuso el retrato de los jóvenes de la generación X como una manada de llorones que arrastraban los pies por los charcos, aunque habían sido los mismos jóvenes que habían encumbrado a Guns N’ Roses. Pero después de 1994 nadie recordaba a los Alice in Chains que imitaban a focas. Y fue aquella reinterpretación la que ha perdurado hasta hoy. Seguimos sin saber qué era exactamente el grunge, pero fuese lo que fuese, no era algo esencialmente triste. O nunca hubiese triunfado como lo hizo. No en 1991.

En 1991, lo que deseaban los jóvenes no estaba reflejado en los grandes medios, y más allá de los grandes medios no había nada. La prensa adulta de la actualidad está muy cómoda analizando hasta la extenuación un disco de Rosalía porque no se encuentran con un factor desconocido. Ese disco no deja de ser la expresión de un ecosistema de gustos juveniles que no es una sorpresa, porque está ahí, en las redes cibernéticas. Hoy, la irrupción de un Cobain sería tan sorprendente (o más) que en 1991, pero no se me ocurre cómo puede producirse sin que el negocio musical lo descubra antes en YouTube o Tik Tok o donde sea. Y el negocio ficha a los talentos antes de que estos tengan tiempo para decidirse por un camino más underground. Nunca sabremos si en un universo paralelo Billie Eilish hubiese formado un grupo punk. No digo que esto me parezca bien o mal, sino que es sencillamente el signo de los tiempos. Gracias a las redes, la juventud deja ver sus cartas de antemano, y musicalmente es muy posible que por eso mismo reciba exactamente lo que de antemano esperaba recibir. Lo cual está muy bien, no me malinterpreten. Hace que la música juvenil sea admirablemente civilizada. Como el metro: todo en su debida parada y a su debida hora. Qué es ese sindiós de que un greñas lo ponga todo patas arriba de repente.

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50 Comentarios

  1. Un analisis brillante. Viví la explosión grunge y los 90 siendo un adolescente. Y nada volverá a ser igual, es algo que siempre pasa. Pero lo de la música actual no tiene nombre. Incluso después del grunge hubieron mini ondas expansivas como el punk melodico o el brit pop con Oasis, la última gran banda de rock a mi parecer. A partir de ahí la nada en cuanto a música y en cuanto a valores. En parte no fue solo Nirvana, habian cantidad de grupos con una calidad inmensa que los acompañaban: Smashing Pumpkins, Alice in chains, Pearl Jam, Soundgarden, Sonic youth, Bad religion, Pixies, R. E. M, Green day, y un montón más que aparecieron durante los 90. Grupos como Rage against the machine son ahora impensables.
    Los niños de ahora creen que bailar trap o reggaeton perreando es ser rebelde.
    Pero los de esa época aprendimos valores con esa música que no hemos olvidado y incluso echamos la vista atrás y vimos que la música se los 60 o 70 era incluso mejor que la que habiamos estado escuchando(beatles, doors, pink floyd, led zeppelin, rolling stones) y eso no habria sido posible sin Nirvana. Aún estariamos escuchando bakalao o radiofórmula. Tuvimos mucha suerte.

    • En los noventa REM llevaba más mili que el palo de bandera. Que en el 91 pegaran el pelotazo es otra cosa.
      Por otra parte un servidor tenía en en el 91 22 añitos y aquello del grunge no le dio mucho más. Es curioso (o no, quien sabe) que hoy en día aprecio la música de Nirvana o del Perl Jam mucho más.

    • En los noventa REM llevaba más mili que el palo de bandera. Que en el 91 pegaran el pelotazo es otra cosa.
      Por otra parte un servidor tenía en en el 91 22 añitos y aquello del grunge no le dio mucho más. Es curioso (o no, quien sabe) que hoy en día aprecio la música de Nirvana o del Perl Jam mucho más.
      El artículo, como de costumbre, muy bueno señor Gorgot.

  2. Como siempre, es un placer leer Jot Down, pero especialmente los artículos de Emilio de Gorgot, que se está convirtiendo en mi articulista de cabecera de esta excelente revista.

  3. Alucinante nota… Refrescando una preadolescencia en la explosión de un grunge q entendí poco después en un pueblo donde se conocían grupos gracias a los hermanos mayores q viajaban a capitales y train discos hasta q empezó MTV y cambio todo

  4. Impresionante artículo. Citaré algunas frases como recurro a veces a Tarantino. Saludos y felicitaciones al autor.

  5. Eso de que el Punk no tuviera tanto impacto como Nirvana……. amos a ver……

    Por lo demás, gran artículo. Me ha transportado a aquellos años.

    • Creo que se refiere a nivel comercial, no como movimiento y obviamente no como impacto musical, cuyo legado fue inmenso. Que hubo grupos punk que vendieron muchos discos, por supuesto, pero su impacto a nivel masivo no fue el de Nirvana. Quizás porque los Sex Pistols o demás no tuvieron MTV; quién sabe…

  6. Afortunadamente viví el lanzamiento de Nevermind con 14 años y secundo cada frase de este artículo. Fue lo que me impulsó a hacer música y no he tirado la toalla desde entonces pero nunca llegaré a ser un capo como el gran Cobain.
    ❤️❤️

  7. Discazo¡! Es eterno y es como el Whisky ” contra más añejo,mejor es” mejor gusto tiene Nirvana 1986- For ever) Kobain (R.I.P)

  8. Pues si, totalmente de acuerdo, creo recordar que en aquellos años ya se criticaba a la MTV por ser demasiado “comercial” Beck en uno de sus temas decía que ver la MTV le hacía fumar crack, pero decir que la MTV actual es un pozo séptico es un insulto… A los pozos sépticos claro, que cumplen una loable función, cosa que otro hora cadena músical hace tiempo dejo de hacer, gran articulo, GRANDES NIRVANA

    • MTV makes me wanna smoke crack
      Fall out of the window and I’m never comin’ back
      MTV makes me wanna get high
      Can’t get it right no matter how I try

  9. Secundo a Billy Hunt: el punk tuvo muchísimo más impacto artístico, cultural y musical que el grunge. El punk fue la contraposición al hard rock progresivo y/o “blusero” de los 70, y gracias a él se le puso tanto o más énfasis a la necesidad de pasión como al virtuosismo, que hasta entonces miraba por encima del hombro a la primera.

    Y con toda la plana periodística en contra: los medios “musicales”, porque para su gusto no daban la talla cualitativa mínima, y para los medios informativos “mainstream”, porque podía suponer una revolución social incontrolable (luego se quedó en nada, como todas las revoluciones puramente culturales del siglo XX, pero eso otra historia).

    La verdad es que Nirvana a mí me pilló justo en mi adolescencia, pero nunca entendí el éxito de ese estilo. Quizás es les culpé de la degradación artística de mis grandes ídolos de los 80, Metallica y Megadeth. ¡Aunque siempre nos quedarán los Helloween y Sepultura!

  10. Suscribo todo el artículo, así lo viví yo, con 21 años en 1991, escuché a Nirvana en Radio3, y no me lo podía creer, era lo que estaba esperando escuchar desde que empecé a aficionarme a la música rock, me enganché al grunge para siempre, ¡¡¡cómo disfruté esos años!!! Libertad, ser raro y ser uno mismo sin importar nada más. Tuvimos mucha suerte los que lo vivimos

  11. Nunca he sido una fan de Nirvana, pero me he tragado el artículo de pe a pa. Se nota que el autor lo vivió de veras en su día. Me ha animado incluso a escuchar en bucle la tristemente escasa discografía de la banda.

  12. Buen artículo! Aunque no se menciona a Screaming Trees. Lanegan tiene un papel importante en todo el grunge. Lo cuenta todo en su BIO “Sing backwards and…”. Amigo íntimo de Kurt, Layne y demás.

    Coincido en lo de que a la mayoría solo nos importaba hacer el burro en el momento;). Otro artículo igual de bueno de ministry, nine in nails molaría mucho. Saludos

    • Es que no se trata de una historia oral del grunge o de los propios Nirvana. Porque entonces habría que mentar a King Buzzo de los Melvins si o sí, que ya era colegui de Cobain cuando este ni había creado a Nirvana e influyó bastante en el rubiales a muchos niveles, positivos la mayoría.

      Porque en el tema drogaína el Lanegan y Dylan Carlson sí que conectaban mejor con el amigo Kurt.

      • No sé que artículo habrás leído tú pero los 6 primeros párrafos están dedicados al grunge en general y a lo que se cocía antes de 1991.

        Simplemente eché de menos una mención a Screaming Trees, y a Melvins también si quieres, ya que se nombra a grupillos sobrevalorados como Sonic Youth y demás. En cuanto al personaje ese que mencionas es un don nadie sin talento a años luz de Lanegan en cuanto a capacidad artística. Y eso que los primeros discos de los trees son una castaña.

        Felicidades otra vez por otro gran artículo

  13. Excelente artículo. Sin embargo, el papel de grupos como Guns’N’Roses no creo que fuera el de algo más que estaba ahí. Ellos fueron la antesala de lo que se avecinaba, aunque a nivel de letras y música fueran relativamente opuestos a Nirvana, seguramente prepararon un terreno donde los 80 quedaban definitivamente enterrados. El hecho de que ambos grupos estuvieran en el mismo sello me da la sensación de que en Geffen estaban apostando por una especie de ruptura con un Estado anterior de las cosas.

  14. Coincido con el artículo. Brillante. Para mí fue una transición desde el pop que acababa de descubrir en los 40 principales ese mismo verano del 91, escuchando a los Dun can dhu y Depeche Mode probablemente. Si pudiera rescatar una de las cintas de VHS que grababa de la MTV seguro que estaban juntos Paula Abdul, Bryan Addams y el Smells like Teen Spirit.
    También es cierto que sonaban con fuerza muchos otros que comentáis, yo en particular me enganché a Pearl Jam y Smashing Pumpkins. Y que el Brit Pop apretaba con fuerza, con los Suede y su Animal Nitrate, para mí toda una revolución también.
    Creo que para todos los que lo vivimos en primera persona fue un despertar: o te quedabas al margen o lo vivías de forma muy intensa. No había término medio. Pero está claro que para los que lo disfrutamos a tope fue, como decís, una liberación. Tanto en la forma de vestir como en la forma de pensar, llegaron esos sonidos y tu te quedabas con el tuyo, que te iba guiando para tirar del hilo y descubrir otra banda, otro estilo que encajase contigo.
    A mi me fue llegando la iluminación en las caras B de las cassettes que alguien me pasaba con los temas de otras bandas.

  15. Gran artículo.
    Y ahora un ruego a los lectores que disfrutaron aquellos 90: ¿diganme por favor discos rockeros potables de los últimos 10 años? No es ironía, la vida no me da para descubrir mucho. Ayuda es lo que pido. Tanto me vale rock patrio (me encantan Los Zigarros) como internacional. Gracias majos.

    • Car Seat Headrest – Twin Fantasy
      Jeff Rosenstock – WORRY.

      Esos dos artistas me parecen de lo más interesante en el rock/punk de la ultima década

      • Bingo.

        Creo que Ghost está siendo la última gran banda de rock originales que haya sacado su primer disco después de 2010.

        Creo que la calidad musical del rock se ha ido más al metal extremo, género que sigo con detalle, como contraposición al auge que está teniendo mezclar el rock con géneros bailones y poperos (siendo el BlackList de Metallica un claro ejemplo).

  16. Gran artículo, Emilio. Sobretodo para los que vivimos esa época es tal como lo cuentas. Los ochenta se habían adocenado, lo que sonaba hacia el final de la década era un tostón comercial aburrido con el que en nada te identificabas. El cambio fue súbito y marcó toda la década. Luego todo cambió rápidamente con internet y las redes sociales.

  17. Recuerdo la primera vez que oí a Nirvana (fué en el coche de un amigo en cinta de casete). Le pregunté quienes eran esos imitadores de Pixies. He apreciado más la música de Nirvana pasados unos años de su aparición y cada vez me suenan menos parecidos a los admirados Pixies de Cobain.
    ¡¡¡ Grácias por este gran articulo !!!.

  18. Yo también viví la explosión del grunge, y la recuerdo tal y como la cuenta el artículo. Ya había rock de guitarras “cañeras” (los G&R estaban a tope en aquella época, entre muchos otros), pero sí que sonaba “distinto” a todo lo anterior. Han aparecido fantásticas bandas de rock después, pero ninguna que cause una revolución como aquella. Creo que Nirvana son la última GRAN banda del rock (entendiendo GRAN como banda que cambia el panorama musical radicalmente), al menos de momento.

    • Se habló mucho de la similitud de ambos riffs, pero el pelotazo comercial era un hecho, circulen y aquí no hay nada que ver.

  19. Buen artículo, pero no acabo de entender esto : “Los Guns N’ Roses o Metallica se habían abierto camino siendo ruidosos, pero no dejaban de ser un eslabón más en dos tradiciones (el hard rock setentero y el heavy metal) bien implantadas en el mainstream estadounidense”. Los Guns en cierto modo y como recuerda algún usuario, ya anticiparon el grunge, aunque eran más metaleros y “comerciales”. Claro, comparas el videoclip de “November Rain” con los de Nirvana y hay un abismo, pero…

    • Aparte de que pinta un panorama de 1991, como si sólo hubiera baladas poperas y etc, y ya estaba REM, que no era precisamente un grupo optimista y dentro del “sistema”.

  20. Nirvana fue el refrito blockbuster entre Pixies y el hard rock de los setenta para asaltar el papel cuché de la jet set pop-rockera. Una porquería amplificada en otros mastodontes como Pearl Jam o Soundgarden que dejaron morralla noise-rock bastante infumable.

    Aspiraban como otros tantos a forrarse y comprarse el yate, pero con pose atormentada y falsamente rebelde. El sueño turbocapitalista del rock de toda la vida, vaya. Novedad ninguna. Ahí tenéis como ejemplo al sucedáneo español, Carlos Subterfuge, un personaje con el único criterio de pillar pasta a mansalva y capitalizar el contenedor de lo indie.

  21. Solo desde una perspectiva generacional, la de quien era joven entonces, y, mas que joven, adolescente, se puede decir que lo de Nirvana fue mas revolucionario que el punk, del que, como tantisimos otros, fueron hijos, o nietos… Revolucionario, despues del punk, ha sido el rap, y no solo por el fraseo, aunque sea muy llamativo, sino por la tecnica del sampleo… Beastie Boys suena mas moderno hoy dia que Nirvana, incluso si de hacer el cabra se trata. Dicho con todo el respeto, que a mi los de Seattle tambien me pusieron la cabeza del reves entonces.

  22. El artículo está muy bueno -al menos, la idea base de Nirvana como antecesor de los emos-, pero le corregiría dos cosas:

    – Si bien es cierto que se exageró el componente depresivo de Nirvana, tampoco es que era un canto a la vitalidad -algo que se nota en varias letras-. Sí es cierto que, justamente, el suicidio de Kurt facilitó ver una veta en el lado depre -ahí el acierto en mencionar a Radiohead es quirúrgico-.

    – Mas allá de que, efectivamente, Nirvana no inventó nada -y ellos tuvieron la honradez intelectual de admitirlo-, creo que en el asunto hubo en Cabain un malentendido esencial sobre Neil Young -a quien Cobain no sólo usó de referencia en la famosa nota de suicidio, baste ver el concierto en BBC del 71: https://www.youtube.com/watch?v=6-8WFaqBZm0 -: Cobain tuvo mucho de fatalista, y justamente el canadiense era un poquito mas vitalista -que no quiere decir positivo o “buena vibra”, sino que se tomaba las idas y venidas de la vida-. Creo que la lamentable muerte de Kurt nos privó, entre otras cosas, de ver cómo hubiera seguido la cosa…

    Y, de paso, muestra que, si bien en 1991 estaba todo menos atado por parte del sistema que ahora, aún estaba más atado que en los setenta… baste pensar lo que se tardó en remasterizar la obra del canadiense entre Harvest y Zuma…

  23. Todo lo que sea rememorar esa mágica década de los 90 me agrada, musicalmente fue la última en la que gobernó el rock. Fue un soplo de aire fresco porque se llevó por delante el heavy metal de Maiden y Priest y el Glam Metal de Motley y Poison, que ya olían a apolillado. Solo por eso ya mereció la pena. Lo curioso es que escuchar ese heavy ochentero hoy día es lo que ahora transmite frescura. Valga el último disco de Weezer, venidos al mundo el año del suicidio de Cobain, como demostración. Supongo que es un termómetro del paupérrimo nivel de la música que se escucha hoy día.

    Aunque tampoco nos pasemos de llorones, siempre ha habido canales para escuchar buena música. En los 90 Radio 3 estaba a tope y ahí te llegaba de todo, desde rock alternativo hasta indie, pop español, heavy, dance… Y la MTV de los 90 estaba bien, aunque supongo que no las 24 h.. Recuerdo haber conocido a gente turbia ahí como Morbid Angel, Prong, Life Of Agony… No se como será ahora pero entonces era una gran opción para encontrar Rock variado capaz de satisfacer muchos gustos…

    Por supuesto, los 90 no solo fueron el Grunge, estuvo el Nü Metal, el Post-Grunge, géneros estos aborrecidos por muchos pero que cumplieron la función que en los 70 y 80 cumplía en AOR, mantener el Rock en el candelero comercial. Menos es nada. Porque ¿qué sub género del Rock se ha hecho hegemónico, aunque se durante unos años, a partir del nuevo siglo?

    Simplemente, ya no hay hegemonías, la sobrebundancia de canales imposibilita la concentración de éxito en un solo estilo o sub género. Esa época ya pasó. Leñe, le estoy dando la razón al articulista.

  24. Aquella cinta TDK de 60 que te deja un amigo, la pones en el Blaupunkt del coche con 20 años y te deja descolocao….hoy con 50 años y habiendo asumido no solo aquel cambio sino todas sus reminiscencias posteriores, pones esta música en el coche y tus hijas reggetoneras, cuando dicen en modo queja: “Mama, ya esta papá poniendo ESE rock suyo”….miras por el retrovisor y sonríes.

  25. Quizá porque cuando un artículo habla de la realidad tal cual la has vivido no hace más que ratificar tu experiencia.
    Fue luz, magia..no lo se… era poder disfrutar con tus amigos haciendo el burro en comunión con otros tantos solo por el placer de estar juntos… los que no éramos heavies ni poperos ni rockbilly ni punks… nos encontramos reflejados en un grupo que parecía formado por tus colegas…
    No era consciente de aquel cambio después de la muerte de Cobain pero si es cierto que el Grunge se oscureció y se quiso convertir en algo muy diferente a lo que yo viví con el Nevermind…. creo que así se fue difuminando
    No quiero ser injusto con las generaciones actuales pero poco talento veo o escucho desde hace tiempo… quizá sean tan bueno como lo que a nosotros nos hacia subir a un escenario y saltar de vuelta encima de la gente… imagino que a los que reinaban canas de aquella tampoco les parecía interesante. Cierto es que ahora todas las mechas se queman más rápido.
    Te felicito por el artículo, me gusta como escribes

  26. En el 91 tenía 21 años y estaba estudiando en la universidad. He de confesar que aunque unos vecinos (pisos de estudiantes, claro) alucinaban con Nirvana, yo estaba paladeando “el doce canciones sin piedad” y el “baile de la desesperación” de 091 y no les presté mucha atención.

  27. Yo recuerdo la primera vez que escuché “Smells like teen spirit”. Tenía 15 años y fue en Ouh Yeah, un videoclub de cintas de musica, donde vendían postales y camisetas. Lo llevaban unos jipis. Mi rollo por entonces era Joy Division, Bauhaus y demás morralla siniestroide. No me parecieron la octava maravilla pero me molaron. Pixies por entonces ya me molaban más. Odiaba a Pearl Jam, o más bien a los pijos que de pronto se disfrazaban de vagabundos made in USA. Todo fue por la puta MTV, me temo. Ni ellos entendieron nunca tanto éxito. A día de hoy el único disco que escucho de ellos es el “Bleach”.

  28. El artículo es bueno, no se merece un grupo tan malo. Nirvana fue un bluff insoportable, excepto por la versión de Bowie.

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