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Paula Rego, nuestro ángel (oscuro) de la guarda

Paula Rego
Artist Paula Rego in her studio. 22.03.1987.

Esta reseña no fue pensada como necrológica. La triste realidad es que, hasta unos minutos antes de ponerle el punto y final, Paula Rego estaba viva, mientras que ahora solo lo está en sus cuadros. Se hace raro ponderar post mortem la obra de una artista que tenía aún tanto que decir en este mundo, sobre todo después de haber dado por hecho su presencia mientras componía estos párrafos. Por eso no he querido modificar nada del texto original, pues creo que le haría flaco favor a su figura elevándola a los altares; a ella, que fue religiosa porque le encantaban las historias, fuesen cuales fuesen, pero que no soportaba los estamentos, ni el eclesiástico ni ningún otro. Tampoco la cita inicial —por oportuna que parezca— es un añadido, lo juro. Solo el título, que aún no había puesto, puede considerarse póstumo; de su muerte, no de la mía. Por suerte, no llegué a escribir la palabra «posteridad», aunque sí «legado» y «perdurar». Mal presagio por mi parte, quizá. Juzguen ustedes mismos al leerlo, pero no juzguen a Rego (eso ya lo harán «allá arriba»), o juzguen solo su obra, esta sí, inagotable y redentora.

Y comprendía bien que para ella no había salvación… y que alguna cosa terrible se preparaba allá arriba, en el paraíso, que le caería un día sobre el cuerpo y sobre el alma, aplastándola con el estrépito de una catástrofe. ¿Qué sería?

El crimen del Padre Amaro (1875), José Maria Eça de Queirós

Cuando en 2002 el que fue presidente de Portugal durante una década, Jorge Sampaio, visitó Londres en viaje oficial, hizo hueco en su agenda política para acudir al estudio de Paula Rego (Lisboa, 1935 – Londes, 2022) y encargarle en privado que pintara ocho imágenes de la vida de María para su residencia en el palacio de Belém, la artista decidió que retrataría a la Virgen como nunca antes se la había mostrado: dando a luz, en pleno parto. Desafiando una tradición milenaria de representaciones a cargo de los Giotto, Caravaggio o Tiziano, ella optó por investigar a fondo los estudios bíblicos del siglo XIII en adelante y adoptar en su serie el punto de vista de la madre de Jesús, incluyendo aquel doloroso trance: «Todas hemos estado en esa situación. Sabemos lo que se siente»1. Esa plasmación tan poco ortodoxa de la divina concepción viene de su propia experiencia y de la empatía con aquella adolescente encinta y vulnerable —para la que hizo de modelo su propia nieta—, tendida en el suelo y con las piernas abiertas.

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