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David Abulafia: «La inmigración marítima es un problema irresoluble»

David Abulafia, 2010. Fotografía: Marit Hommedal / SCANPIX / Holbergprisen (CC).
David Abulafia, 2010. Fotografía: Marit Hommedal / SCANPIX / Holbergprisen (CC).

A David Abulafia (Twickenham, Reino Unido, 1949) la pasión por el mar le viene de familia. Sus antepasados, sefardíes expulsados de España y diseminados por Jerusalén, Livorno y Salónica, le señalaron el camino de sus estudios. Profesor emérito de Historia del Mediterráneo en la Universidad de Cambridge, ensayos como El descubrimiento de la humanidad o El gran mar. Una historia humana del Mediterráneo lo han consagrado como el gran historiador de los mares. Un título revalidado recientemente con el monumental Un mar sin límites. Una historia humana de los océanos: casi mil cuatrocientas páginas de erudición bien divulgada que ha visto la luz en España, como los anteriores títulos, con el sello Crítica. 

Lo primero que llama la atención al sumergirnos —no hay un verbo más adecuado— en la obra de Abulafia es la escasa atención que prestamos a los mares y océanos. Aunque la mitad de la población del mundo vive hoy a menos de cincuenta kilómetros de la costa, y el noventa por ciento de las mercancías que se mueven por el planeta lo hace por vía marítima, el conocimiento general de este medio es escandalosamente pobre.

Tal vez por ello, a menudo pensamos en los océanos como un espacio sin ley. Y, en cierto modo, así ha sido. «Siempre ha habido debate sobre a quién pertenecen los océanos. Es interesante ver que, en el siglo XVII, Grocio hablaba de cómo los océanos están abiertos para todos, lo que desde luego crea problemas al ejercer la ley sobre la superficie oceánica. Si retrocedemos en el tiempo, hay un libro escrito sobre la ley islámica en el mar, y es interesante, porque es bastante similar: la cuestión del mar libre y el ejercicio de la autoridad política. Lo cual era un asunto importante en la Edad Media, porque el mundo islámico estaba dividido, y el mundo cristiano también, entre poderes rivales. Es un problema de larga duración», comenta. 

Claro que esta cuestión suscita otra pregunta: ¿en qué consiste exactamente el ejercicio de la autoridad en la superficie del mar? «Se pueden ocupar ciertas islas. Si ocupamos Malta, claro que tenemos una posición ventajosa y podemos controlar el tráfico que se mueve del oeste al este del Mediterráneo o viceversa. Pero controlar grandes zonas de mar abierto, eso lo descubrieron los portugueses en el océano Índico, es de veras físicamente imposible. En especial para una nación pequeña como Portugal en el siglo XVI o XVII—apunta Abulafia—. Es un desafío continuo, y una de las maneras en que los dirigentes lo han afrontado, si nos vamos a la Edad Media o al siglo XVI, XVII o XVIII, es dar licencia a los piratas. Es piratería, pero tienes un acuerdo oficial de que solo atacarán a unos: si son ingleses solo atacarán a españoles, si son españoles, solo atacarán a buques ingleses. Otros países se consideraban neutrales. A los armenios se los trataba como neutrales, aunque todo el mundo sabía que llevaban mercancía inglesa y holandesa para mercaderes ingleses u holandeses. Aun así, podían navegar por zonas donde había conflicto. De manera que si el mar es un lugar sin ley es una cuestión muy complicada, porque es un asunto del que la gente era consciente y que se explotaba de diferentes maneras».

Otra de las incógnitas que plantea David Abulafia en sus estudios es la ínfima presencia de las mujeres en la historia de los océanos. El mismo profesor intenta esbozar una respuesta: «En parte se debe a que tradicionalmente —eso ha ido cambiando ya— la historia de los mares se ha escrito como la historia de la marina. Y aunque hay incluso algunas mujeres comandantes de buques, como por ejemplo la reina Cleopatra de Egipto, son muy infrecuentes. No es hasta el siglo XXI cuando la marina británica —no sé si también la española— da competencias a mujeres y ellas pueden sumarse a la acción, digamos, en combates navales. Aunque ya a esas alturas no hay mucho combate naval».

Y algo más: para Abulafia, los verdaderos héroes de los océanos no son los soldados, sino los mercaderes. «Hay muchas mujeres mercaderes, eso no admite dudas. En la Génova medieval, muchas mujeres invertían en comercio marítimo. Pero ¿se movían? ¿estaban realmente dispuestas a ir por su cuenta, quizá con el marido? Acaso iban como peregrinas a Jerusalén, de esto tenemos pruebas, en la Edad Media muy temprana. Se embarcaban en un viaje que sabían que era arriesgado. Pero, si realmente buscamos a mujeres que cruzan el mar en gran número, tenemos que fijarnos en las esclavas. El mayor contingente, con diferencia, de mujeres que cruzan el mar, hasta el siglo XVIII o XIX, eran esclavas, ya sea a través del Mediterráneo, el Atlántico o el Índico. Luego, en el siglo XIX, incluso empieza antes; en el xvii, está el flujo de familias a Norteamérica».

«Pero es interesante: tomemos los asentamientos en Islandia en la Edad Media temprana, en el siglo X —prosigue—. Vemos que no son mujeres escandinavas las que acompañan a los vikingos a Islandia. Muchas parecen ser esclavas recogidas en Irlanda. Las pruebas de ADN sugieren que la componente definitiva femenina de los ancestros es más bien irlandesa y la componente masculina, escandinava. Eso refleja las restricciones que había respecto al movimiento de las mujeres. Pero no es un asunto estudiado. Me gustaría que alguien escribiera un libro sobre esto: la historia de las mujeres en el mar. Aunque no sé lo largo que tendría que ser el libro…»

Volviendo sobre los mercaderes, el profesor subraya que fueron ellos los que convirtieron aquellas conexiones marítimas en permanentes y firmes. La energía que propulsó sus naves no era el ansia de aventura ni la curiosidad científica, sino la búsqueda de ganancias. «Podríamos pensar en ellos como protocapitalistas —dice sonriendo—. Funcionaban como un canal de comunicación cultural, garantizaba el movimiento de bienes exóticos de un punto del mundo al otro, es el inicio del proceso que llamamos globalización, que es desde luego un término muy vago. Bastante al principio de mi libro hablo de la gente de lo que es hoy Irak del sur, los sumerios, que viajaban en barco a Bahréin y luego salieron del golfo Pérsico para llegar a las ciudades en el valle del Indo. Y veo que es la primera conexión marítima entre dos imperios de la Edad de Bronce. Y sí, en cierto sentido eran capitalistas. Enviaban expediciones, buscaban beneficio, invertían estas ganancias en nuevas expediciones, se hacían más y más ricos. Algunos perdían su dinero cuando sus barcos se hundían: asumían este riesgo. No tengo una idea concreta de si este tipo de protocapitalismo es bueno o malo, simplemente estoy describiendo lo que hacía esa gente. Y desde luego esa riqueza no solo se adquiría de forma individual, sino también en lo que podríamos llamar un nivel estatal. Los portugueses se fueron a buscar fuentes de oro a África, o Colón buscaba fuentes de oro y especias cruzando el Atlántico, en ambos casos respaldados por los reyes ibéricos».

De las canoas talladas a mano a los actuales superpetroleros, Abulafia viaja en el tiempo sin olvidar nunca el factor humano: mercaderes, exploradores, piratas, cartógrafos, soldados, esclavos… Y se demora, cómo no, en la fecha que rompe para siempre la invisible frontera que dividía el este y el oeste: 1942. Pero ¿fue aquella la primera travesía transatlántica, o hubo contactos anteriores con América? «Soy muy escéptico —dice frunciendo el ceño—. Si los fenicios llegaron antes, como se ha dicho alguna vez, no se lo contaron a nadie. Tendría que deducirse de minúsculos fragmentos arqueológicos. Y no son muy convincentes. En las Azores han encontrado monedas fenicias, creo, así que sí puede ser que cruzaran parte del Atlántico. Pero una vez pasadas las Azores, aún falta mucho para América», apunta.

Abulafia admite que, «desde luego los vikingos, o mejor digamos escandinavos, porque vikingos sugiere una idea de guerreros, llegaban a Norteamérica, eso lo sabemos. Estaban en Terranova alrededor del año 1000. No se quedaban mucho rato, pero seguían yendo de visita desde Groenlandia. Iban a Labrador y otras partes de Canadá para recoger madera, lo hicieron durante siglos porque se quedaron en Groenlandia al menos cuatrocientos años. Estaban muy cerca de América, diría incluso que Groenlandia es parte de América, pero eso es un debate para los geólogos». 

«No creo, en cambio, que hubiera viajes a través de la parte más ancha del Atlántico, en lugar de en la punta norte. No creo que ninguna de las así llamadas pruebas sea convincente. Lo que es muy interesante son las leyendas. Tenemos leyendas sobre monjes irlandeses que salieron al Atlántico en la temprana Edad Media y encontraban islas. Algunas de estas islas se recordaban durante siglos, como la Isla Brasil, que no tiene nada que ver con el país de Brasil. La isla de las siete ciudades. Luego los portugueses descubrieron las Azores. Hubo una expedición más allá en 1486, que desapareció. Había cierta conciencia: a Colón le contaron historias sobre países al otro lado del mar. Puede ser que a veces llegaban inuits con las corrientes al norte de Europa. Por supuesto, estarían muertos al llegar, pero había cierta conciencia. A Colón, esto le confirmó su idea de que al otro lado del Atlántico estaban China y Japón. Se demostró algo completamente distinto: que había dos enormes continentes por descubrir. Eso era más o menos impensable. E incluso cuando Colón llegó al Caribe y durante toda su vida, incluso después de haber puesto pie en tierra firme en Centroamérica, sigue sin admitirlo. Prohibió a sus marineros sugerir algo así, que esto no era parte de Asia. Américo Vespucio poco a poco se daba cuenta de que era otra cosa. Pero se mantenía alguna pregunta: ¿estaba conectado con Asia? ¿Por qué los habitantes parecían un poco asiáticos?»

Sin ir tan lejos, en nuestro familiar Mediterráneo, el agua se revela como un elemento contradictorio: marca la separación de dos mundos, a la vez que los conecta. ¿En qué quedamos? «Puede hacer ambas cosas —afirma Abulafia—. Durante el siglo XX, el Mediterráneo estaba, de hecho, fragmentado. Si miramos a los años después de la Primera Guerra Mundial, vemos unas fuerzas de unificación, pero eran las mismas que ejercían el poder de la colonización. España participa solo en una pequeña parte, pero Francia, Italia y Reino Unido se repartían toda África del Norte, y Francia y Reino Unido se repartían las costas de Siria y Palestina. Así, los lazos entre ambos lados del Mediterráneo eran muy estrechos, pero también había algo de exclusividad. En Argelia, por ejemplo, había una clara separación entre la población árabe y la francesa. La universidad de Argel era para los franceses, no para la población nativa». 

Esto lo lleva a entrar de lleno en la cuestión colonial, que todavía hoy es objeto de debate en los países que ejercieron su dominio. «Hay muchas relaciones problemáticas. Y con la descolonización, se cortaron muchos de estos lazos, por un resentimiento quizá comprensible. Los argelinos ya no querían mirar a Francia y se acercaron mucho más la Unión Soviética. Egipto rompió con Reino Unido, hubo una guerra en 1956, Reino Unido, junto a Francia, invadió Suez. La ruptura de las relaciones y la explotación de estas tensiones por parte de potencias externas, sobre todo por la Unión Soviética en los años cincuenta y sesenta, es lo que realmente ayudó a fragmentar el Mediterráneo. Luego también está el problema de la relación de Israel con sus vecinos, que también ayudó a aumentar las tensiones en el Mediterráneo. Pienso que es un problema real porque tiene consecuencias económicas y sociales muy graves. La inmigración, hasta cierto punto, tiene que ver con esto también».

Inmigración, la palabra que más se repite hoy cuando se habla de mares, y en especial del viejo Mare Nostrum. Cuando se le pregunta a Abulafia si interpreta este fenómeno como un simple proceso histórico o como un fracaso político, se muestra particularmente serio. «Estamos frente a una especie de revolución demográfica. Sobre todo, en la parte occidental del Mediterráneo, entre la gente que intenta cruzar a España a través del estrecho de Gibraltar o por Sicilia. Hablamos de gente que viene de la África subsahariana. Pocos se fijan en que hubo una enorme explosión demográfica en países como Nigeria, lo que es en parte consecuencia de una gran mejora en los servicios de salud, de manera que la mortalidad infantil es muchísimo menor, sobrevive más gente y, en general, ha aumentado la calidad de vida. A pesar de ser un país en conjunto pobre, ha hecho que la gente normal tenga aspiraciones de ir a la universidad… Estoy tomando como ejemplo a Nigeria. Estas aspiraciones las vimos también en la costa mediterránea, hace diez años, justo antes de estallar la Primavera Árabe en Túnez, entre estos jóvenes hombres y mujeres que habían ido a la universidad pero no tenían posibilidades de hacer una carrera en su país. Así, claro, la atracción de convertirse en médico o ingeniero en Europa es muy potente». 

«La gente a veces haría cualquier cosa para conseguir su objetivo. Pero ¿cómo tratar con esto? —se pregunta—. Estos países necesitan ayuda y respaldo, deben ser capaces de satisfacer las necesidades de su población. Y también debemos poder ofrecer asilo a los que están huyendo de una persecución, que es el problema en el Mediterráneo oriental: yazidíes, cristianos sirios… Toda la gente huye del desastre en Siria, Irak… Creo que es un problema irresoluble, no desaparecerá. Hay que pensar en soluciones a largo plazo y reestructurar la economía de gran parte de la África subsahariana, grandes partes de Oriente Próximo, etc».

Llegados a este punto, el foco se pone en Europa. Y se recuerda a Abulafia como activo partidario del Brexit, lo que no deja de resultar algo chocante en un intelectual y humanista. «Hay dos cosas», dice cuando se le pregunta qué no le gusta de la Europa de hoy. «Por una parte, está la idea, cada vez más común en Reino Unido, de que la Unión Europea se ha convertido en una gran burocracia, más poderosa de lo que debería ser. Lo hemos visto en las peleas sobre las vacunas, sobre Irlanda del Norte. Hemos visto falta de voluntad de sentarse a debatir algunos de estos problemas de una manera cooperativa, y a veces hemos visto errores graves. Es una larga historia. Esto, por un lado». 

«Por el otro —agrega—, Reino Unido nunca ha sido realmente una parte entusiasta de Europa en un aspecto concreto: el concepto de la integración europea. Eso lo reconocieron los franceses y alemanes, por supuesto, dándose cuenta de que Reino Unido actuaba en realidad como freno, intentando ralentizar el movimiento hacia la integración. Por supuesto, hay una sensación de ser europeo en Reino Unido, no me entienda mal, hay un fuerte sentimiento de ser parte de esta civilización. Pero cómo traducir esto a términos políticos, si esto debería incluir controles económicos como los que existen en el mercado único, eso es algo sobre lo que, desde luego, más de la mitad de los británicos tenían serias dudas. No es una cuestión de rechazar la Unión Europea como concepto para los que desean ser parte de ella. Pero nuestra cultura política británica es, de hecho, distinta. Y uno de los aspectos más distinguidos de ella es el sistema jurídico. El sistema jurídico inglés se basa en precedentes. O el hecho de que no tengamos una Constitución escrita, que es algo casi único entre los países del mundo. La forma en la que se lleva a cabo la vida social y política, como resultado de este sistema de derecho común, como lo llamamos, hace diferente toda la manera en la que se lleva a cabo un proceso legal, muy distinto del modelo europeo desarrollado después de Napoleón, que es más de arriba hacia abajo». 

Todo ello llevó a Reino Unido, según Abulafia, a una posición incómoda como miembro de la familia de la Unión Europea, y «además, Reino Unido siempre ha tenido relaciones estrechas con ciertos países del mundo como Australia, Nueva Zelanda, Canadá… los restos del Imperio, vale. Pero no solo con países blancos: también está la India. Son relaciones de larga historia que tenían una fuerte influencia cultural, política y económica en Reino Unido. Esperemos que se pueda encontrar un modus vivendi con lo que nuestro primer ministro llama “nuestros amigos europeos”, pero tienen que decir que son amigos».

No se puede poner fin a una conversación con David Abulafia sin preguntarle una última curiosidad: si, habiendo escrito tantos miles de páginas sobre el mar, le gusta navegar. «No cruzo mucho el mar, no tengo interés en navegar. Eso sí, he viajado en barco toda la ruta de Inglaterra al Mediterráneo, déjeme ver hasta dónde llegué… bastante lejos en el Mediterráneo. Pero no tengo especial interés en hacer viajes por mar. En esto soy hijo del siglo XX tardío, y llegar a un lugar en un par de horas en avión es más fácil [ríe]. Al final del libro sí hablo de cómo nuestra relación con el mar ha cambiado como resultado del desarrollo del tráfico aéreo y también del tráfico de cargueros, la llegada de la contenedorización. Nuestro contacto directo con el océano es muy limitado hoy en día».

El profesor prefiere, sin duda, los océanos de papel. Toca despedirse de él, le divierte descubrir que el entrevistador es gaditano, y propone un encuentro la próxima vez que vuelva por Gibraltar, en cuya universidad ejerce como visiting Beacon professor. «El otro día hablé con alguien enfadado porque dije que Magallanes partió de Sevilla: “No, no, partió de Sanlúcar de Barrameda”. Depende… ambas cosas son correctas», y sonríe de nuevo, antes de concluir: «A mí me gusta el sherry de Sanlúcar… que es inglés, claro».

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