Libros

Desahucio a una librería: Caótica contra la extinción.

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Seducir a una neoyorquina con una librería independiente es una hazaña semejante a prepararle el mejor capuchino a un italiano en un bar español. Caótica lo consiguió, hace cinco años, al encabezar el artículo de Shivani Vora en The New York Times «Five places to shop in Seville». Fotografía incluida de los clientes con sus portátiles, degustando cafés, y uno de sus signos de identidad, la «motomesaremolque». El proyecto no solo era exquisito en su forma arquitectónica y gráfica, con la niña buzo de Alejandro Vicuña presidiendo su fachada, y los espacios interiores construidos para permanecer, pensar, crear, y exponer. Además sus fundadores la crearon con una asesoría de lectura y club de asociados capaz de satisfacer a los fanáticos de los libros. Y claro que había fanáticos. El día de la apertura la gente llenó los alrededores del número ocho de la calle José Gestoso como si allí fuera a aparecer un personaje famoso. Pero esta historia no estaría completa sin explicar porqué sus tres socios acabaron allí.

La gentrificación, y ese proceso por el que los bares y restaurantes ofrecen pagar más por el alquiler que los espacios culturales, les echó de la zona de Alameda de Hércules, un proceso que ahora amenaza repetirse. La pandemia debilitó económicamente uno de los proyectos culturales más potentes de Sevilla, menos por los confinamientos que por la política de las grandes editoriales y plataformas, que se escudaron en el virus y el cierre de establecimientos que provocó para vender directamente al cliente final. La guerra de Ucrania y la inflación han puesto una piedra más en el camino. Una muy grande. Tan grande que Caótica no ha podido hacer frente al alquiler, y ha recibido una demanda de desahucio. Ahora que se ven en dificultades, cualquier negocio de hostelería ofrece más por el local de una calle que ellos han contribuido a revalorizar. Amenazando con terminar este proyecto cooperativo sin ánimo de lucro que ha logrado ser el sustento de trece familias.

En Caótica hay un escalón donde pone Jot Down, en el tramo de subida a la primera planta, bajo narrativa. Y el desaliento que nos acomete, ante ese desahucio, al imaginar a unos obreros arrancando ese nombre para abrir otro local de hostelería, es inmenso. Sabemos que es un fenómeno global, debido a la cada vez mayor gentrificación urbana, desde el barrio latino de París a San Louis en Estados Unidos, y desde Londres a Berlín; de todas partes llegan noticias de libreros que se ahogan y cierran. Como si esta era de la extinción, de la que todos nos avisan, y que amenaza nuestra existencia misma, fuera a llevarse también todo lo que amamos. Comenzando por la conversión del centro de nuestras ciudades en meros parques turísticos. Pero no nos resignamos.

Y ante la palabra desahucio, esa que se publicaba a diario en los periódicos después de la Crisis de 2008, cuando echaban a las familias de sus casas a diario en las calles de nuestras ciudades, no podemos evitar el recuerdo de una cifra inmensa. 101.500 millones de euros[1], la suma del rescate bancario a las mismas entidades que desahuciaron a sus hipotecados, y de la SAREB.

Entendemos porqué se rescata a los bancos. Es porque pagarán más impuestos que una librería. Contribuirán más al bienestar general de nuestro estado, en teoría, unas entidades, que, en tiempo de dificultad, y cuando se anuncian nuevos impuestos para ellas, prometen la revolución. Caótica, como cualquier espacio cultural, está lejos de tener ese poder de revolución, y ni de lejos la capacidad de pagar tantos impuestos como para ser tenida en cuenta para el rescate. Pero hablamos de cultura, y la cultura no se puede medir con los preceptos del dinero. No es fácil hacer entender que sin cultura no existirían matemáticas, contabilidad, bancos y afortunadamente también, cosas mucho más bellas, tecnología, ciencia, poesía. No somos el único animal que ríe, somos el único animal que crea cultura, y no hay mayor espacio de creación que una librería independiente del siglo XXI.

Caótica, en su petición de ayuda, cita el ejemplo de Barcelona, que ha comprado locales comerciales para evitar que sus librerías desaparezcan, porque es evidente que por exitosas y potentes que sean, difícilmente podrán competir en las ciudades con la capacidad económica de cadenas de hamburgueserías, de pollo frito, y similares. O con chulísimos locales foodie sostenidos por fondos de inversión. El mismo alcalde de Sevilla estuvo en la inauguración de Caótica, cuando las calles en torno a José Gestoso se abarrotaron y los socios salieron a los balcones del edificio para dirigirse a los asistentes. Quizá el equipo municipal se sienta inclinado a apoyarla, pero los tiempos de la administración son tan largos como apremiante es una demanda de desahucio.

Caótica no es solo una librería sevillana, sino el alimento de la voracidad de lectura de 250 socios lectores, que reciben las novedades acorde a sus preferencias. Curadas por hombres y mujeres, no por máquinas ni algoritmos. Después de cinco años ya hay niños que tienen en su infancia el recuerdo de ese espacio arquitectónico, donde aprendieron el amor por los libros en actos culturales. Además de las muchas personas que van allí como quien acude a su rincón favorito, a su parque, a su bar.

Por todos estos motivos, por la historia de Caótica, llamamos al rescate. A rescatar Caótica y a todas las siguientes librerías que estén o vayan a estar en su situación. Apelamos a todos, al estado, al gobierno, al ayuntamiento, a la junta, y por supuesto a los lectores, a los amantes de la cultura. Llamamos a repartir el esfuerzo y a poner una primera piedra para lograr que rescatar librerías sea algo tan natural en nuestro estado como rescatar bancos. Será infinitamente menos costoso e infinitamente más enriquecedor. Cada uno de nosotros podemos ayudar con nuestra contribución y difundiendo esta información. Pero quienes están por encima de nosotros también deben responsabilizarse. Rescatemos Caótica. Rescatemos las librerías. No dejemos que la cultura independiente se extinga.

[1]Cálculo del periódico El Economista

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6 Comentarios

  1. Hein Jordans

    No hay nada que hacer. Hace ya más de 20 años anticipé la entrada en la segunda Edad Media. A diferencia de la primera, ésta se produce porque, aun existiendo más libros que nunca, la gente no sólo no desea leer, sino que tiene a gala no haber leído en su vida un libro. Varios signos anticiparon hacia esta tendencia. Por un lado, la popularidad a mi entender inexplicable de una bazofia como “Esta noche cruzamos el Misisipi”. Y claro que lo cruzamos, pero de la cultura a la barbarie. Por otro, la intrusión en el orbe académico de figuras de la minitalla de “Mingote” (académico en el 1987) o Reverte (desde el 2003), un personaje bastante nefasto que ha convertido el insulto, el taco y el exabrupto en la constante de sus ridículas columnas. Ha logrado que las bromas de taberna y del casino de oficiales entraran por la puerta grande como “cultura”. Probablemente, Ferreras e Inda terminen aspirando a un sitial en la RAE, mediante el que legitimar su “actividad”. A fin de cuentas, para ser diputado no se precisa ser siquiera bachiller. Rosa Díez estuvo años con sólo un triste graduado social. Y, finalmente, ha habido todo un rosario de pequeños detalles, indicadores de que la industria cultural iba a ser reemplazada por la del entretenimiento más zafio. En el siglo XX era impensable entrar en una cafetería, pedir el periódico y encontrar un crucigrama que alguien no hubiera hecho. En el siglo XXI es impensable entrar en la cafetería, pedir el periódico y encontrar un crucigrama que alguien haya hecho. No tienes más que ver cuánta gente comenta por aquí.
    Los libros no se venden. No se leen. Apuesto que a los de “Jotdown” no os va demasiado bien. Habéis cambiado de formato, pero os va a dar igual. Demasiadas letras.
    Bienvenidos al mundo post-cani y post-pokero, a la “kurtura” del Sálvame y el tik-tok. Y ojo, la gente que no lee es la gente que más vota. Si personas moderadas les dicen que la opción del nazismo conduce al infierno, votarán a los nazis simplemente porque les parece divertido.

    • El Desengaño

      Leer no nos hace mejores personas. No leer no nos hace peores personas.
      Hay muy buenos lectores muy malas personas y hay analfabetos muy buenas personas.
      Lo demás es parloteo y ganas de dar el coñazo.
      Lea si quiere y le gusta, pero no juzgue a los que prefieren hacer otras cosas.
      Salud.

    • Ataúlfo Llàdor

      Leer nunca ha sido un hábito de masas.

    • La cosa es mucho más simple: humo. Se vendió como la quinta esencia un modelo de negocio, que por mucho que se diga sin ánimo de lucro, si sustentaba con su actividad a 13 familias tenía un ánimo de lucro claro. Esto no va de discursos señalando como culpables a quienes nos caen mal o nos parecen menos que nosotros -su comentario es un vivo ejemplo de ello-, sino de una cuestión tan rudimentaria como sumar y restar: si ingresas X , tienes de gastos Y y el igual son números rojos, pues el modelo es insostenible. Punto. Que luego leamos más o menos, compremos más o menos libros es un debate que se tiene que dar en otro ámbito y para llegar a otro tipo de conclusiones. A mí, que hay decenas de miles de personas que lean a Arturo Pérez Reverte, aun pareciéndome un escritor menor con demasiadas ínfulas y mayor propaganda, pues tampoco me molesta. A fin de cuentas, siempre se ha publicado de todo, leído de todo y despreciado todo. O tal vez usted aspire a que todos los miembros de la sociedad estemos como mínimo a una altura intelectual que nos iguale con Diderot etc. No lo sé. Pero lo que sí sé, porque llevo en el mundo editorial unos cuantos años, es que el modelo de consumo de literatura ha cambiado. Y digo bien: consumo. Hoy el libro, entendido casi siempre bajo formato literario de novela, se consume, como se pueda consumir un refresco. Otros géneros siguen como estaban: la poesía en coma desde hace medio siglo; el ensayo, salvo excepciones, devenido en un conjunto de opiniones que suelta cualquiera para demostrar que sus prejuicios son más sensatos que los de los demás; el teatro desaparecido en combate y así con todo, salvo las dichosas novelas, que se escriben, publican y desechan a un ritmo que es imposible siquiera computar. Los tiempos cambian. Siempre. Y los de ahora no son como los de ayer ni como lo serán mañana. A estos los desahucian porque no pagan el alquiler. Y la culpa no la tiene Pérez Reverte, ni Mississippi alguno. Cuando desahucian a un carnicero, pescatero, frutero etc por no pagar alquiler, ¿a quién culpa usted, a los de McDonald, Burguer King o a la loca juventud? ¿A la gente, que no sabe comer? Si el modelo es tan chulo, no entiendo que no hayan encontrado apoyo popular, a modo de suscripciones mensuales a cambio de recibir aunque sea una mísera revistilla con varios artículos al respecto de sus actividades. Lo que pienso es lo antedicho: humo. Que luego monten un bar, ¿y qué?

  2. Me parece ingenuo pensar que la Librerìa está amenazada de desahucio porque fracasò el modelo de negocio! Lo que ha fracasado es el modelo econòmico que permite a las personas comunes de participar en una economìa con reglas justas. El negocio edictorial està en manos de unas pocas empresas multinacionales, que para màs peso, se encuentran aliadas con dos o tres corporaciones que controlan la compra-venta a nivel mundial. No hay regulaciòn, ni quieren hacerla. No compite en igualdad de condiciones una pequeña librerìa con el poder mediàtico, econòmico y polìtico de un gigante de esos. La única salida es la unión entre las pequeñas tiendas, crear conciencia y reclamar leyes de comercio justas

  3. Parece que no ha quedado claro que el problema no es de las librerías en Sevilla, es de esta librería. Es su problema y no el de todas.

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