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La ilusión de la máscara: Ulises y Lupin

La ilusión de la máscara Ulises y Lupin
Detalle de Rupan sansei (Lupin III), 1967. Imagen: Monkey Punch / Shūkan Manga Action.

El arte de narrar es un arte de la duplicación.

(Nuevas tesis sobre el cuento, Ricardo Piglia)

«¿Cuántas Odiseas contiene la Odisea?», se preguntó Italo Calvino. ¿Cuántos Ulises contiene Ulises?, podríamos preguntarnos hoy. Uno, ninguno y cien mil, contestaría Pirandello, como recita el título de su célebre novela. Porque Ulises —y tú y yo— somos máscaras. No es casual que, en latín, la palabra correspondiente fuera persona, que también significaba actor, papel representado en la escena, carácter y personalidad. La dimensión simbólica del término, como posibilidad de transfiguración a través de la ocultación, del traspaso desde lo que se es a lo que se quiere ser, sigue viva y cargada de posibilidades. ¿Es la máscara un refugio o una necesidad? ¿Es una decisión o una obligación? ¿Qué oculta o qué revela? 

Hesíodo, el poeta griego que compuso el origen del mundo, desde el caos primigenio hasta el orden del cielo y de la tierra, le pidió ayuda a las musas para que inspiraran los versos de la Teogonía. Y las hijas de Zeus y de Memoria le contestaron: «Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades; y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad». Ulises aprendió la lección y tradujo la mentira en la sofisticación del relato. Siglos más tarde, otro maestro de la ilusión, Arsenio Lupin, convirtió la misma mentira en el refinamiento del disfraz. Sigamos los pasos de sus máscaras en el reino de la ficción.

La transformación

Ulises es la encarnación del deseo, de la imposibilidad de completar el movimiento de la seducción, siempre quiere más, quiere saber más, alcanzar más. En el periplo que desde Troya lo conduce a Ítaca, el rey compone —con el cuerpo, el gesto y la palabra— el relato de su biografía en una arquitectura narrativa que parece adherirse a la realidad y en los bordes la transforma. Porque la mentira adquiere la forma de la verdad (si es que la verdad existe) pero no coincide con ella. Y Ulises es «el de muchas formas», como anuncia el primer verso de la Odisea. Ventajero, ingenioso, de variada astucia, así el poeta define al viajero, cuya capacidad para la metamorfosis se potencia con la ayuda de la diosa Atenea. En el Canto IV se muestra a los ojos de Nausícaa «semejante a un Dios»; en el Canto XIII, la transformación en mendigo se produce en los músculos, la piel, la vestimenta; en el canto siguiente, Atenea rejuvenece al héroe para facilitar el reconocimiento por parte de Telémaco; en el Canto XVIII tonifica sus músculos para que pueda luchar con Iro, uno de los pretendientes de la reina, y ganarlo; finalmente, en el Canto XXIII, el cuerpo de Odiseo se vuelve vigoroso para que Penélope reconozca aquella piel cómplice.

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