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Milan Kundera nació en la República Checa y desde 1975 vive en Francia

Milan Kundera durante su aparición en el programa francés Apostrophes en 1984. Fotografía: Sophie Bassouls / Getty.
Milan Kundera durante su aparición en el programa francés Apostrophes en 1984. Fotografía: Sophie Bassouls / Getty.

Este artículo se encuentra disponible en papel nuestra trimestral Jot Down nº 43 «Europa»

«… prestándose al papel del hombre público, el novelista pone en peligro su obra, que corre el riesgo de ser considerada como un simple apéndice de sus gestos, de sus declaraciones, de sus tomas de posición»1.

Dejó de conceder entrevistas y de asistir a eventos hace más de treinta años, no volvió a hablar en público sobre su literatura o acerca de cuestiones relacionadas con la situación política de su país de origen. Nos repitió una y otra vez que todo estaba en sus libros, que él no tenía nada más que contar que lo que ya estaba escrito. No le bastó con eso y fue, poco a poco, borrando frases de su propia biografía hasta dejarla reducida al título de este artículo. Una especie de epitafio prematuro al que solo le faltan la fecha y el lugar de la muerte. 

El día que esto suceda, el día que esa última frase sea añadida y el Milan Kundera humano deje de existir, se acabará un modo de ser escritor en Europa. Con él desaparecerá un tipo de artista capaz de combinar una experiencia vital durante uno de los periodos más turbulentos del siglo XX y una de las visiones más libres del arte. 

«… los pueblos centroeuropeos no son vencedores. Son inseparables de la historia europea, no podrían existir sin ella, pero no representan más que el reverso de esa Historia, sus víctimas y sus previsibles perdedores»2.

Nacer en Europa Central a principios del siglo XX era nacer en una trampa mortal. Un territorio convulso, integrado por naciones consideradas pequeñas (Polonia, República Checa, Hungría, Eslovaquia…) que se debatían entre la influencia aplastante de dos antiguos imperios: Rusia y Alemania. El propio autor nos aclara que debemos considerar pequeñas naciones a aquellas cuya existencia puede ser cuestionada en cualquier momento, aquellas que pueden desaparecer y lo saben2. Un francés o un ruso no se cuestionan la supervivencia de su nación en el próximo siglo, aunque a lo mejor sería sano que hiciesen ese ejercicio, es un hecho que no es así. Europa Central es, ante todo, un hogar de pequeñas naciones muy conscientes de su propia fragilidad porque ya se han visto a sí mismas morir y resucitar varias veces.

En ese territorio, no demasiado extenso, se concentraron en los últimos cien años dos guerras mundiales y un buen número de conflictos localizados. Seguramente también porque el arte no tiene escrúpulos y nace y se reproduce allí donde arraigan las capas más terribles del ser humano, esos cien años y ese mismo territorio nos ha legado uno de los patrimonios culturales más prolíficos y brillantes de la historia de la humanidad. 

Kafka, Musil, Bartók, el psicoanálisis, el estructuralismo… Kundera es heredero de esa memoria cultural que, en un periodo de apenas sesenta años, vivió la caída del imperio y su reconstrucción en pequeñas naciones, la democracia, el fascismo, la ocupación alemana con sus masacres, la invasión rusa y sus deportaciones, la esperanza del socialismo, el terror estalinista, la emigración y la retirada de su nacionalidad checa por parte del Gobierno ruso. 

Y a pesar de todo esto o justamente gracias a ello, gracias a saber que el mundo que nos rodea puede cambiar de repente y convertirse en un infierno imposible, se posicionó como defensor a ultranza de la libertad creativa. Tanto en Praga, donde le costó su puesto en la universidad y la prohibición de publicar, como más tarde en Francia, cuando se negó a ser un novelista disidente, un típico autor de literatura comprometida, lo que le supuso que gran parte de la crítica le diese la espalda.

Por eso mismo también, aunque Kundera habla desde el siglo XX, sus palabras resuenan en nuestra época con un eco profundo y moderno porque, aunque puede parecer que hablamos de la historia del siglo pasado, en realidad, los ojos del mundo entero miran ahora mismo a la guerra por la invasión rusa de Ucrania, se habla de una posible Tercera Guerra Mundial y tememos por la fragilidad de Europa ante el panorama internacional. La historia continúa su curso, repitiéndose una y otra vez, y la humanidad sigue siendo la misma. Tal vez tecnológicamente más sofisticada pero esencialmente la misma.

«La novela no es una confesión del autor, sino una exploración de lo que es la vida humana en la trampa en que hoy se ha convertido el mundo»3.

La literatura, y especialmente la novela, tiene sentido comprometiéndose solo ante el conocimiento porque su única obligación debe ser explicarnos a los lectores que la realidad es mucho más complicada de lo que creemos. Eso hace que, como producto cultural, sea imposible de someter a ninguna simplificación intelectual. Concebida de este modo, el motor narrativo de la novela será siempre la duda y no la certeza. 

Kafka nos enseñó que la literatura es una expedición a la verdad. No a una verdad factual, sino a la verdad humana. De esa manera, como el mismo Kundera añade, a él le interesa la historia no como a un historiador sino en tanto que afecta a las personas, no para relatar datos sino para retratar personajes, para ahondar en el interior de los seres humanos que sobreviven en un medio hostil, porque es ahí donde se muestra realmente quienes somos y, sobre todo, porque ese es el único territorio en el que puede haber un espacio de descubrimiento, y la novela, comprometida con el conocimiento, es, ante todo, un lugar de descubrimiento. 

En El arte de la novela, el autor va más allá y afirma que, como producto cultural, la novela es obra de Europa, es su legado al mundo. Esto quiere decir que, si hemos estudiado las literaturas de los diferentes países europeos circunscritas a sus nacionalidades, probablemente no hayamos entendido nada. Según Kundera, la novela no debería considerarse un producto regional circunscrito a ningún idioma, sino que todos los descubrimientos, tanto de forma como de fondo, que han ido haciendo los novelistas durante generaciones componen entre sí la historia de la novela europea, aquella que solo está comprometida con la desprestigiada herencia de Cervantes

«Aprendí la importancia del humor durante la época del terror estalinista. Yo tenía veinte años entonces. Siempre era capaz de reconocer a las personas que no eran estalinistas, es decir, a las que no había que temer, por la forma en que sonreían. El sentido del humor era un signo inequívoco del reconocimiento. Desde entonces he vivido aterrorizado por la idea de un mundo que está perdiendo su sentido del humor»4.

En sus ensayos acerca de creación y literatura, Kundera menciona en repetidas ocasiones a los agelastas, aquellos que nunca ríen, que no tienen sentido del humor. Fue Rabelais el que acuñó el término, temía a los agelastas de tal manera que había estado a punto de dejar para siempre de escribir por su culpa. Y Kundera los coloca junto a la no-reflexión de las ideas y lo kitsch como el gran monstruo tricéfalo enemigo de la creación. 

Aquellos que nunca ríen entienden la verdad como algo claro, simple e inmutable, asumen como natural que todo el mundo los acompaña en su percepción de lo que es cierto y creen tener una idea exacta de quienes son y del lugar que ocupan en el mundo. 

Esta aparente ingenuidad choca directamente con la idea de retratar un mundo más complejo de lo que aparenta, que es exactamente la misión del novelista. Por eso, en las novelas de Milan Kundera, nadie sabe bien cuál es la verdad pero todos los personajes tienen derecho a ser comprendidos y escuchados. Hay en las voces de sus personajes una armonía solo aparentemente contradictoria, porque es justamente en ese juego de opuestos donde se enriquece el punto de vista y, por tanto, el significado final de la obra. 

Esto tiene mucho sentido si pensamos que la novela nace, según él, del espíritu que retrata el proverbio judío: «El hombre piensa, Dios ríe». La novela es, para Kundera, un gran eco de la risa de Dios. De un dios que observa al ser humano buscar la verdad mientras la verdad se le escapa, un hombre que cree tener el control de sí mismo y de su vida, cuando en realidad no tiene conciencia de su insignificancia. Por eso el humor es un sacrilegio, pues su manifestación desafía a la autoridad, sea divina o humana. 

«Co-incidencia significa que dos acontecimientos inesperados ocurren al mismo tiempo, que se encuentran»3.

El 28 de noviembre de 2019, Petr Drulák, embajador de la República Checa en Francia, es recibido por Milan Kundera y su esposa en su apartamento de París para, en un acto simbólico de reparación, hacer entrega al autor de su ciudadanía checa, arrebatada por el régimen comunista cuarenta años antes.  

Una noche de ese mismo año, 2019, al parecer un poco antes de la recuperación de la ciudadanía, aunque, en realidad, tampoco es demasiado relevante para la narrativa, Philip Roth se le aparece en sueños a Vĕra Hrabánková, esposa y agente literaria de Milan Kundera, y le susurra al oído: «Milan nació en Brno y debe volver a Brno». Unos días más tarde y contra todo pronóstico comienzan los arreglos necesarios para enviar los archivos completos y la biblioteca de Kundera a su ciudad natal, a Brno. 

Hay algo catártico en que sea un sueño aquello que dé la solución final a este problema enorme: ¿dónde dejar el legado de un autor que fue refugiado, exiliado, que cambió de lengua literaria en lo alto de su carrera, que se negó a entrar en el juego mediático de ser disidente profesional, que fue expulsado del partido comunista, pero al mismo tiempo negó cualquier otro compromiso de la literatura que no fuera consigo misma? 

El mismo Milan Kundera que nos explicó que Kafka no debe ser interpretado sino aceptado tal cual porque la imaginación es un valor en sí misma acepta los sueños como lo que son: una respuesta de nuestro cerebro dormido a una cuestión que nos atormenta. El subconsciente puede ser, a veces, la parte más inteligente que nos habita.

Casi cuatro años y una pandemia después, mientras se escribe este texto, sus diecisiete títulos traducidos a cincuenta idiomas diferentes están ya en Brno, además de todos sus premios, su correspondencia con los editores, los archivos de prensa, los dibujos originales del autor… todo ello clasificado y preparado para ser expuesto a finales de 2023 en una biblioteca a apenas diez minutos del apartamento del que salió en 1975 para irse a Francia y no volver más que unas pocas veces de incógnito. Investigadores, estudiantes y público en general podrán acercarse a la figura del autor checo más importante desde Franz Kafka justamente desde el único lugar que él siempre defendió: sus páginas.

«La historia es igual de leve que una vida humana singular, insoportablemente leve, leve como una pluma, como el polvo que flota, como aquello que mañana ya no existirá»3.

Para quienes admiramos a Milan Kundera, que su fondo bibliográfico y documental pueda estar dentro de poco a disposición del público es un regalo inmenso y agridulce porque sabemos que es un gesto de despedida, el de quien deja sus cajones perfectamente ordenados antes de partir. Un privilegio, por otra parte, no al alcance de todos los autores. Aunque no sabemos cuál es su estado de salud en estos momentos, lo cierto es que, a sus noventa y cuatro años recién cumplidos, el autor ha materializado lo que siempre dijo que era su deseo fundamental: desaparecer detrás de las páginas escritas. Kundera ya lo ha dicho todo o, más bien, ha dicho ya todo lo que quería decir. Y eso, pase lo que pase a partir de ahora, es ya una aplastante manera de vencer.

El Kundera que importa, el de sus novelas, ya está donde tiene que estar, y sobre el otro, el mortal, basta saber apenas lo que dice la biografía de sus libros: Milan Kundera nació en la República Checa y desde 1975 vive en Francia. 

Nota de Bibiana Candia:

Milan Kundera falleció en París a los 94 años el 11 de julio de 2023. Este artículo, que se terminó de escribir el 14 de abril y fue pensado como una carta de agradecimiento y despedida, se publica ahora después de una avalancha de obituarios.

Podríamos editar el texto y adaptarnos a la actualidad, pero casa mejor con el carácter del protagonista que nos ciñamos al plan previsto y no nos dejemos llevar por lo que se esperaría de nosotros. Lean a Milan Kundera, está más vivo que nunca.


Notas

(1) Kundera, M. (2004) El arte de la novela. Tusquets Editores.

(2) Kundera, M. (2023) Un occidente secuestrado. Tusquets Editores.

(3) Kundera, M. (2004) La insoportable levedad del ser. Tusquets Editores.

(4) Entrevista de Philip Roth a Milan Kundera, 30 de noviembre de 1980.

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8 Comentarios

  1. Densha Otoko

    Gracias por tu artículo.
    Mi impresión es que Kundera fue un novelista de moda con vocación de metafísico. Y creo que fue de moda por lo mismo por lo que también lo fue Aleksandr Solzhenitsyn, aunque Kundera no tuviera la fortuna de obtener el Nobel.
    “La insoportable levedad del ser” en el 87 se interpretaba como un reflejo de lo que la perestroika dejaba atrás. En el sistema de bloques, EEUU premiaba a los intelectuales de las repúblicas socialistas que fueran descriptivamente críticos con la URSS. La CIA reclutó una variedad de estos autores que hicieron carrera en los países occidentales. ¿El objetivo? Erradicar el marxismo de la cultura occidental. Kundera fue uno de tantos. Su obra arranca en aquella época en la que Felipe González declaró que el PSOE había dejado de ser marxista. ¿Socialismo sin marxismo? Extraño cóctel. A la obra de Kundera le ha acontecido lo que a la de Solzhenitsyn a partir de 1991: dejó de ser leído y nada de lo que escribió se convirtió ya en un best-seller. ¿Por qué? Porque la CIA no tiene ningún motivo para hacer propaganda de un autor crítico con un régimen hostil cuando éste ya no existe. Tengo la impresión de que si la URSS hubiera durado una década más, Kundera habría ganado el Nobel. Pero es una opinión. Tu sabes mucho más que yo acerca de este novelista.

  2. Gracias

  3. MacNaughton

    Kundera era tal vez el mejor exponente de la novela de su generación, su mejor defensor que yo sepa… tenia muy claro para que es, y para que ha sido siempre la novela euopea: un espacio libre para ironizar sobre el mundo…

    Eso en si es una aportación importante a la historia de la novela… una visión muy nítida y radical de su funcionalidad… sin remitirse a Borges, creó su propio canon literario en consecuencia…

    Era un gran intelectual, una presencia tan enorme como invisible, no sé si tanto un gran novelista (tengo serias dudas que se pueda ser un gran novelista hoy en día, creo que no: no se puede ser Tolstoi por ejemplo)…

    Leí hace poco «La Broma» en inglés, con sus 5 o 6 traducciones distintas que ha habido, y aguanta muy bien… es una novela excelente… Kundera era muy hueso con sus traductores por cierto…

    Pero no sé si puede decir que Kundera consiguió su objetivo de restaurar la gran novela centro europea de ideas en la línea de Musil o de Thomas Mann que tanto alababa… Creo que no….

    Estoy leyendo ahora «Dr Faustus» de Mann, y tiene una densidad que es de otro tiempo… Las primeras 100 páginas incluyen, por ejemplo, una disquisición sobre la Sonata y el Beethoven tardío (opus 111 por ejemplo) que difícilmente se va a encontrar en una novela hoy en día…

    Gran parte de la energía intelectual de Kundera se gastaba en denunciar al Comunismo, o mejor dicho, descubrir su estupidez… las dictaduras han chupado el talento de tantos grandes escritores del siglo XX… llegan a obsesionarse…

    Era el escritor más «cool» de finales de los 80 junto con Gabo sobre todo con «La Insoportable Levedad de Ser», pero aun así creo que durará… Su forma de acercarse a la novela es novedosa (bastante inspirada en la composición musical) y sus libros están llenos de observaciones de enorme inteligencia… Además, su prosa es perfectamente reconocible desde la primera frase hasta la última…

    Si quieres saber que pasó en la segunda mitad del Siglo XX en Europa, ¿donde mejor empezar que con Kundera? Un ex-comunista exiliado, que escribía en un segundo idioma, que se desesperaba de la estupidez de su tiempo…

    Hay un sabor de ese Europa finales de los 80 en dos o tres novelas de ese mismo época que escribió… Un momento de esperanza relativa a partir del Glasnost y Perestroika de Gorbachov que Kundera de alguna forma había adelantado con sus personajes rebeldes…

    Se nos van los grandes, cada vez nos quedamos más huérfanos, que remedio…

  4. MacNaughton

    PD: En todo caso, como Kundera mismo escribió en «La Insoportable Levedad de Ser», citando a Beethoven: «es muss sein, da da da… Es muss sein, da da da…»….

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  7. Tuve la inmensa fortuna de leer a Kundera cuando tenía veinte años. Tuve la mala idea de leerlo con cincuenta. Recomiendo a los jóvenes que lean sus libros. Recomiendo a los mayores que pesquen en otros caladeros.

  8. Muchas gracias por este excelente artículo.
    De milán kundera sólo leí la insoportable levedad del ser y, para mí, es una de las mejores novelas que he leído por su carga filosófica-emocional y política, sin dejar por fuera su capacidad imaginativa apoyada en una prosa ágil y profunda.

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