
Por años, Gay Talese siguió una rutina que respetaba de forma metódica, solo interrumpida durante los meses de confinamiento por la pandemia del coronavirus. Consistía en despertarse a eso de las ocho de la mañana, levantarse de la cama en la que duerme junto a su esposa y subir al cuarto piso de su hogar, a donde hay un toilette y un guardarropa (su vestimenta es un tema aparte al que llegaremos más adelante). Luego de asearse, ponerse un saco y una corbata, se dirigía hacia el salón principal de la casa y bajaba los once escalones que lo separaban de la vereda. La primera actividad al aire libre que solía hacer era dirigirse al puesto de la esquina a comprar la edición del día del New York Times, pero los quioscos de revistas han ido desapareciendo lentamente de Manhattan. Luego Talese bajaba otros cinco escalones hasta llegar a su búnker personal, se preparaba un desayuno liviano —café, algún muffin de salvado— y trabajaba durante las horas siguientes. Después almorzaba, hacía ejercicio y volvía a escribir hasta las cuatro de la tarde. Descansaba una hora, hacía otras tareas no vinculadas a su trabajo, y al volver a su escritorio repasaba lo que había escrito esa jornada. Y cuando caía la noche, Talese siempre tenía un plan: cena con su mujer o amigos en algún restaurante, una obra de teatro, un concierto.
Existen cientos, miles de odas a Nueva York en los más diversos estilos y formatos, pero la mayoría se centra en aspectos bastante conocidos, como sus enormes edificios espejados, su actitud cosmopolita o el Central Park. O en su tradición por instalar tendencias al resto de Occidente, sean géneros musicales o estrategias agresivas de fondos de inversión. Es una ciudad inabarcable y fascinante, qué duda cabe, con un poder de seducción que alcanza a cineastas, escritores, políticos, pintores y, por supuesto, los millones de turistas que la promocionan en sus stories de Instagram.
Algunas de las ficciones más famosas de las últimas décadas muestran puntos neurálgicos de Nueva York, no como una escenografía de fondo sino como un personaje más, tanto si hablamos de la alta cultura como de la baja y pop: si miramos hacia arriba encontramos novelas como El hombre del salto, en la que Don DeLillo hace caminar a un sobreviviente del 11S por las calles de Manhattan; y si miramos hacia abajo, entre los huecos de las bocas de tormenta podremos ver a las Tortugas Ninja deambular por las alcantarillas.
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