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Diego del Alcázar: «El pensamiento crítico, la filosofía, la historia, el arte, la literatura, la poesía, las humanidades en general, hacen que las personas y las sociedades florezcan»

Diego del Alcázar para Jot Down

Diego del Alcázar es una de esas personas que mira al futuro desde una posición que permite ver su horizonte al completo. Ser CEO de la IE University le permite tratar directamente con las personas que abanderan el cambio en el presente, como Sam Altman. Y su despacho en la Torre IE, el rascacielos de Madrid que alberga un campus vertical solo equiparable a los otros dos europeos de Moscú y París, y a algunos asiáticos, le ofrece unas espectaculares vistas a la ciudad y a la sierra. Este paisaje podría ser una metáfora de la forma que tiene Diego de fabular el porvenir, haciendo que lo miremos y decidamos por nosotros mismos si se mostrará límpido y prometedor o difuminado por la polución, la niebla, o los nubarrones. Como ocurre en esta torre. Esa visión la ha trasladado a su novela, La genética del tiempo, recién publicada por Espasa, donde el retoque del ADN humano es protagonista, y que presentó en el Hay Festival de Segovia, junto a Carlos Franganillo. En nuestro diálogo con él descubrimos a un admirador de la tecnología que defiende férreamente las disciplinas humanísticas, las cuales considera claves para el desarrollo de nuestra capacidad crítica. Y también a un autor, que, pese a tratar el género de la ficción científica, huye de la distopía, porque cree que valiéndonos del humanismo podemos convertir, como sociedad, cualquier cambio tecnológico en un cambio a mejor.

No me extraña que escribas sobre el futuro, desde aquí casi se ve.

Sí, todo es un poco apabullante, para mí también. Las vistas desde aquí son estupendas, y tengo que reconocer que es muy inspirador, pero que, como a todo lo bueno, uno se acostumbra. De repente ya no lo ves, ya forma parte de una rutina pero desde luego el edificio es magnífico, los estudiantes están encantados, y todos nosotros también. Teníamos muchos miedos sobre cómo iba a salir el transporte vertical, cómo iba a funcionar, pero al final ha resultado estupendo.

Y cómo es que os decidisteis por un campus vertical, con vuestro potencial podríais haber construido cualquier cosa.

Te voy a ser totalmente sincero, nosotros íbamos a presentarnos al concurso que hacía el Ayuntamiento de Madrid para este terreno, con un desarrollador inmobiliario. Nadie dentro de la casa quería un campus vertical, así que le pedimos uno horizontal, pero su propuesta no nos gustó nada y no nos presentamos. Ganó Villar Mir, con una propuesta de un hospital, aunque creo que nunca llegó a ningún acuerdo con un hospital para hacer algo así. No prosperó. Yo conocía a la gente que había trabajado con ellos, me puse en contacto y nos trasladaron la idea de un campus vertical. A mí me gustó, y a otra de las personas que está en esta planta, pero al resto no les gustó nada. Hubo que echar mucho pico y pala, y luego, una vez construido, nadie quería venir a la torre porque, acostumbrados a María de Molina (sede del IE Business School), donde llevábamos toda la vida, pensaban que esto estaba muy lejos.

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2 comentarios

  1. Antonio Yelo

    Muy buena entrevista. Enhorabuena!! La biografía de Jennifer Doudna («El código de la vida»), escrita por Walter Issacson, mismo autor de la reciente bio de Elon Musk, es muy buena.
    Si Del Alcázar se inspira para su novela en esta biografía, apetece leer su libro.

  2. Ataúlfo Llàdor

    No niego la efectividad de la formación que imparten para nutrir el mundo empresarial de mano de obra presuntamente cualificada, pero en mi época la Universidad (que no por casualidad viene del latinejo «universitas»: totalidad, colectividad, según la RAE) era también la oportunidad de conocer «al otro»: el que no tiene ni tu origen social, ni tu mismo perfil académico, ni tus mismas expectativas profesionales. De los que invadían el campus en el que yo estudié (al que asistían tanto hijos de catedráticos como de agricultores o de dueños de un bar de pueblo) han salido abogados, médicos, directivos, personal sanitario, administrativos, ingenieros, funcionarios, profesores de instituto, investigadores de todo tipo… y también mucha gente que ni siquiera obtuvo el título (o a lo mejor sí) y acabó volviendo a trabajar en el negocio familiar. Quizá aquello era un modelo académico ineficiente y fallido, pero estar en contacto con todo eso también aportaba riqueza y una visión válida del mundo.
    Dudo que algo así (nacionalidad aparte) ocurra en este campus vertical, que por otro lado es una bonita metáfora de lo que es la institución que dirige: una torre de cristal para privilegiados, que miran desde arriba el ejército de desposeídos a su servicio. ¿Para qué mezclarse con ellos, como ocurría en esas Universidades Públicas del pasado, cuando aquí podemos, por fin, estar solo nosotros?

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