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Los secretarios de lo invisible

Un año antes de ganar el Premio Nobel, Jon Fosse contaba en The New Yorker que cuando escribe bien tiene esa sensación «clara y distinta» de que lo que está escribiendo está ya escrito en alguna parte y solo tiene que apuntarlo antes de que desaparezca. Al leerlo me acordé de esos secretarios al dictado de lo invisible de los que hablaba Elizabeth Costello en la novela de J. M. Coetzee. La escritora decía que se limitaba a tomar nota de lo que le decían, como tantos otros escritores a lo largo de la historia. Había sacado la expresión de un poema de Czeslaw Milosz, poeta a quien, por supuesto, también le fue dictada. ¿Dictada por quién?, se preguntarán. Luego volveremos a eso.  

Las abejas y lo invisibleEn Las abejas y lo invisible, el extraordinario libro de Clemens J. Setz publicado recientemente por H&O Editores, aparecen también unos cuantos de estos secretarios, aunque él prefiere llamarlos poetas talentosos o, de forma más bella, reyes perseverantes en sus reinos solitarios: personas que tienen acceso a algo que está al alcance de muy pocos y lo ponen en palabras para que podamos escucharlo los demás, en su caso sirviéndose de una lengua inventada. Setz, escritor y profesional de la «transmigración verbal» (como llamaba Nabokov a la traducción),  dedicó seis años de su vida a investigar lenguajes como el bliss, el esperanto o el volapuk. Su interés por las lenguas le viene desde niño, así como su curiosidad por el mundo interior de aquellos que no tienen lenguaje (según cuenta, pasó una temporada en el Instituto Odilie, en Graz, a cargo de chavales con algún tipo de discapacidad). Era lógico que empezara su apasionante recorrido hablando del creador del lenguaje de símbolos bliss, utilizado por personas con afasia o parálisis cerebral. 

La historia de Karl Kasiel Blitz (más tarde conocido como Charles Bliss) es bastante reveladora en cuanto a por qué alguien se dispone a crear un lenguaje de la nada. Blitz fue deportado a Dachau y después a Buchenwald, y, al igual que Victor Klemperer o Primo Levi, se dio cuenta de que el lenguaje no es inocente. Su análisis de la frase «Alemania sobre todas las cosas», parte del himno nacional que se cantaba durante el nazismo, es muy elocuente en este sentido. Tras la Segunda Guerra Mundial, el idioma alemán estaba tan podrido, la carga de historia que arrastraba era tan grande, que había quedado prácticamente inutilizable. Incluso su apellido, Blitz, remitía directamente a lo más oscuro de la historia de Alemania. Había que hacer borrón y cuenta nueva, crear una lengua que no estuviera contaminada por los avatares de la historia y las disputas entre los hombres, una lengua que no dejara espacio para dobles sentidos o ambigüedades que pudieran ser aprovechados por la propaganda. Así las cosas, se dispuso a crear el bliss, que desde entonces ha sido utilizado para dotar de lenguaje a aquellos que de otra forma estarían privados de él. 

Pese a lo loable del propósito con el que nacieron, ninguna de las lenguas en las que Setz se detiene ha dejado nunca de ser minoritaria. Alguna incluso llegó a considerarse sospechosa. Ese fue el caso del esperanto, que aspiraba a ser una lengua universal que nos uniera y acabó siendo perseguido en lugares tan dispares como la Alemania nazi o la Unión Soviética. Aunque tal vez esto no debería sorprendernos. No hay más que leer el espléndido artículo de Álvaro Corazón Rural publicado en Jot Down sobre la imposibilidad del serbocroata y el croatoserbio para darse cuenta de que estamos más empeñados en remarcar nuestras diferencias que los aspectos que nos unen. 

Más allá de eso, el recorrido que hace Setz por estas lenguas artificiales es fascinante. Son memorables las páginas que le dedica al supuesto intérprete de lengua de signos en el funeral de Nelson Mandela; el sorprendente vínculo que traza entre santo Tomás y la inteligencia artificial; el retrato de los últimos años de Philip K. Dick, que creía tener acceso a algunos de los secretos del universo; o la extraña traducción al inglés del discurso de aceptación del Nobel de Peter Handke perpetrada por un algoritmo. Da gusto acompañar a Setz y a su magnífico traductor, José Aníbal Campos, en sus «investigaciones lingüísticas», que van desde los maestros de la poesía en esperanto a la llamada «poesía del nonsense». Si se puede sacar una conclusión de este libro es que la poesía puede aparecer donde menos te lo esperas, incluso en esas frases que no parecen concebidas por un ser humano. 

Hay algo mágico en el lenguaje literario y este magnífico ensayo es la prueba. El título del libro está inspirado en una carta de Rilke a su traductor polaco: «Somos las abejas de lo invisible». El poeta creía que la labor del artista es extraer la miel de lo visible (por definición, frágil y perecedero) y almacenarla «en el gran panal de lo invisible» para que trascendiera lo inmediato. Pero ¿qué es exactamente «lo invisible»? Rilke dijo en otra parte que el artista debía dejar que cada impresión extraída de lo visible madurase en su interior. Había que permitir que se completase «en la oscuridad, en lo indecible, inconsciente e inaccesible al propio entendimiento» antes de que, «con paciencia y humildad», volviera a ver la luz. No sé si este parte inconsciente del proceso creativo que describe Rilke en Cartas a un joven poeta explica la sensación que tiene Fosse de que las frases están ya escritas en alguna parte. Tampoco si se corresponde exactamente con el invisible que dictaba las frases a Elizabeth Costello. Desde luego, es una posibilidad. En cualquier caso, es en ese territorio inexplorado donde se adentra este peculiar ensayo. Se ha dicho que Clemens J. Setz es un extremista literario (en el buen sentido) y me parece una descripción acertada. En este libro lleva a los lectores hasta los mismos confines del lenguaje, allí donde las palabras al uso no llegan, y el viaje no puede ser más disfrutable. 

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Un comentario

  1. Agustín Serrano

    Pues este artículo lleva a los lectores hasta los mismos confines de la ficción y la poesía.

    Con mucho gusto y muchos aplausos a su autora.

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