Cine y TV

‘Scooby Doo’: simpáticos power

Scooby Doo. Imagen: CBS.
Scooby Doo. Imagen: CBS.

La verdad, a mí me encantaba Scooby Doo, así que me van a perdonar si tiendo a la exageración y a la afirmación eufórica: al fin y al cabo hablamos de dibujos animados, de Hanna Barbera, de la gran tradición (que un día alguien estudiará) de meter perros en tramas de misterio y de la Mistery Machine, el vehículo con el mejor nombre jamás inventado en tramas secretistas, y desafío al Batmóvil si es preciso y al Stuka Rakuda del Barón Hans Fritz, un as de la aviación.

Confieso que no sabía que Scooby Doo le debía el nombre al «doo be doo be dooooo» que Frank Sinatra improvisa en plan despreocupado al final de «Strangers in the Night», pero no me extraña nada. Al parecer, Silverman, ejecutivo de Hollywood, oyó este arranque sinatresco en sus cascos durante un vuelo y decidió renombrar el proyecto en principio sobre una banda de rock que resolvía crímenes y trasladar el protagonismo al gran danés que les acompaña. Lo mejor de estas pequeñas anécdotas a lo serendipia es que la cosa despreocupada, divertida, simpática de un doo be doo se convierta por arte de epifanía en el alma de todo un show, en su gran gancho, y en el característico aullido final «¡Scooby doo be doooooo!». Es lo que pasa con las cosas que inspiran: que inspiran. 

He aquí las tres grandes razones de la simpatía Scoobesca: 

Uno. Shaggy-Scooby es probablemente el tipo más simpático de toda la historia de los dibujos animados, lo cual es mucho decir en una historia que se basa en tipos/as simpáticos/as. Y alguien podría decir: «Bueno, está la Pantera Rosa… (gran genufl exión aquí)… o el Coyote del Correcaminos» (nueva genuflexión), pero no: la Pantera Rosa no es exactamente simpática; nos cae simpática, que no es lo mismo. Esto es, todos queremos ser como la Pantera Rosa, y yo aún diría más: todos queremos ser la Pantera Rosa, pero ¿escogeríamos a la Pantera Rosa como nuestra mejor amiga? Y lo mismo con el pobre diablo Coyote: ¿te imaginas ir a tomar cañas con ese desdichado animal al que le pasa de todo? A no ser que no te importe que te caigan unos cuantos yunques marca ACME en sucesivas copas de vino, claro… 

Dos: Hablo de Shaggy-Scooby porque es imposible concebir al uno sin el otro. Shaggy-Scooby son una de esas afortunadas construcciones de personaje dos en uno, una personalidad partida en dos personajes a modo de dupla donde el uno es la continuación animal o humana del otro. Scooby aúlla lo que Shaggy siente, Shaggy articula lo que Scooby piensa y ambos tiemblan y castañetean de miedo por igual.

Tres, y este sí que es llamativo: En Scooby Doo los amigos perfectitos ¡no molestan! Y por no molestar se entiende que jamás juzgan la inutilidad, ni la glotonería, ni la tontorronería absorta de nues tro par de dos, más bien al contrario: los aceptan, los salvan siempre, los mantienen y en defi nitiva les dejan ser, aprovechando sin guerras ni confl ic to interno la parte vividora, perezosa, torpe y libre que representan Shaggy y Scooby. Como resultado, unos personajes que en principio nos sobrarían por perfectitos aburriditos nos terminan cayendo bien (sin ellos, ¿quién iba a poner la gasolina a la Mistery Machine?). 

A donde quiero llegar es a que si hiciéramos una lectura psicológica de Scooby Doo donde los protagonistas encarnasen diferentes partes de la psique de una persona, tendríamos como resultado a una persona que se lleva realmente bien consigo misma y que aúna sus contrarios internos sin ningún atisbo de juicio interno ni culpa. O lo que es lo mismo, alguien muy simpático.

Y ya para redondear, para mí la guinda del pastel Doo: sus villanos. En el noventa por ciento de los casos, los malos de esta serie eran gente «normal» que se ocultaba tras otra identidad para atemorizar a la ciudadanía y conseguir sus propósitos. En el cien por cien de los casos, estos propósitos eran forrarse y en general la codicia. ¿No nos suena de nada? Quién sabe, quizás si el equipo de la Mistery Machine se dejara caer por aquí podrían solucionarnos un par de problemillas. Y ellos sí que nos saldrían baratos: solo habría que pagarles cantidades ingentes de pizza y, por supuesto, la gasolina.

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Un comentario

  1. ¡Qué razón tienes!. He sonreído todo el trayecto en la furgoneta. El asiento de atrás siempre fue el más divertido.

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