Cine y TV

Taxi Driver: 50 años incinerados por el soplido del tiempo (y de Paul Schrader)

Taxi Driver. Imagen Columbia Pictures.
Taxi Driver. Imagen: Columbia Pictures.

Tengo la enorme suerte de contar con dos amigos expertos en la obra de Martin Scorsese y, en concreto, en Taxi Driver, que en estas fechas tan festivaleras cumple medio siglo de vida, de palmatorias de oro y de vítores: uno es real; el otro, imaginario. A ver, ¿quién no tiene el típico amigo invisible con trompa de elefante, cola de gato y cuerpo de delfín? El colega imaginado es Quentin Tarantino, que, en su diletante libro de ¿memorias?, Meditaciones de cine (Reservoir Books), elige a Taxi Driver entre sus películas de cabecera: de toda la heterodoxa lista, quizá sea esta la más centrada en el canon, tal es la anarquía teórica del de Knoxville. Hablando del canon, mi segundo amigo, este sí real —que yo sepa—, es el profesor Rubén de la Prida, severo teórico cinematográfico cincelado en una misma veta de mármol, decidido a dotar de empirismo a un arte tan oblicuo como el séptimo y autor del enciclopédico estudio Los diez mandamientos de Martin Scorsese (Alianza Editorial). Tal es el rigor de este tratado que, si De la Prida fuera calvinista en lugar de católico, ya sería canciller.

Yo, por mi parte, y aunque de manera mucho más modesta, realicé mi proyecto de grado hace mil años, también sobre Marty —ya que estamos entre camaradas— o, más bien, sobre dos de sus películas, Uno de los nuestros y La edad de la inocencia, pero haciendo un barrido por el resto de su filmografía, tan cosida toda ella que es inasible por separado. Los mundos de Scorsese: un estudio antropológico se llamaba el mamotreto. Pero he de reconocer que, con veintitantos, el cine de Scorsese me estragó tanto —por intenso— que lo quité de mi inmediato radar. También él contribuyó bastante al distanciamiento, pues desde Casino no ha vuelto a hacer un filme a la altura de su genio, por mucho que adore El lobo de Wall Street, que es como escuchar una canción de los Ramones cuando no sabes qué ponerte en el Spotify.

Y ya puestos a hacer un ejercicio de contrición, con tanto católico y calvinista por aquí, he de decir que Taxi Driver nunca ha estado en el póker que yo elegiría de entre la triunfal obra de Scorsese. Por supuesto, la primera vez que la vi, en la adolescencia, me impactó profundamente; más bien me estremeció, pero de una manera demasiado epidérmica que entonces no detecté y que, en distintos visionados posteriores, se me ha ido cayendo de las manos. Una vez que entendí que la historia por venir me mostraba que la violencia siempre se supera a sí misma, que los lobos solitarios, atravesados por el trauma y el existencialismo de Occidente, iban a más y que acababan convirtiendo a Travis Bickle en poco más o menos que un becario, la di por amortizada; tal era la postura de Scorsese, anclada en el «aquí» y en el «ahora», y tan enfática su narrativa. Entre mis gustos (¿a quién le interesan?), mis conocimientos de cine (menos todavía) y el contexto (ese sí es importante), en mi último vistazo a propósito de esta tarta del cincuenta cumpleaños, el merengue se me ha despanzurrado completamente.

El argumento de Taxi Driver, que entiendo que en su momento hizo flipar al personal, es tan conocido que prácticamente ha trascendido su propia naturaleza para convertirse en icono pop. En palabras de Tarantino, que, a (d)escribir, no le gana nadie, «es la historia de un hombre solitario que se convierte en un desequilibrado, luego, en un chiflado y, por último, en una bomba de relojería sociopática», para después centrar su análisis en el trasfondo «racista» del protagonista y del propio largometraje. En fin, cada uno con su carraca: la de Quentin, preguntarse por qué «en el guion original, todos los personajes a los que Travis mata al final son negros»; la mía, la circunstancia y la manera de plasmarla, que se ha comido al perro.

Así las cosas, nadie quiere mirar a Taxi Driver desde el prisma deformado por la coyuntura: la del relato superado, el tiempo —otra vez ese maldito monstruo—, que incinera gran parte del sustrato estilístico de la película y, lo que es peor, la convierte en algo cercano a la autoparodia, especialmente en su tercio final. Es tal la intensidad del cineasta neoyorquino y su falta de humor que la han hecho amarillear como una cuartilla hasta convertirla en una caricatura de sí misma. Si a eso sumas que el alma del libreto es la de Paul Schrader, este sí calvinista, encontraremos un producto más denso y autoconsciente que un polvorón de Estepa. Y no digo que en los años setenta no funcionara como vehículo eminentemente tempestivo, pero, cincuenta años después, su fulgor se ha apagado como una cerilla rancia.

Porque el problema principal de Taxi Driver no está en el qué —esto es, en su corpus temático, en las abyecciones que la sobrevuelan, universales y propias del ecosistema del tándem Scorsese-Schrader, que tan buenos frutos les ha dado—.

Entonces, ¿qué es lo que falla en una película que define y dibuja las obsesiones de uno de los directores más influyentes de la historia del cine? —más para sus colegas que para el público en general, me atrevo a decir—. Pues precisamente aquello que la ha hecho icónica: su narrativa, su carcasa, su estética, su mise en scène, tan musculada y eléctrica en el cine de Scorsese, pero tan poco sutil también. Si te tapas la cara, te destapas los pies. Así es la manta de Martin: cruda, directa, sofisticada, hiperrealista, tensionada y honesta, pero también subrayada y, a veces, demasiado evidente y pueril. En la filmografía de Scorsese difícilmente encontrarás poesía, cine alusivo o metafórico, al estilo de Malick. Él prefiere mostrar mucho antes que sugerir, por si acaso, y casi siempre magistralmente articulado con la entomología del alma humana. Pero en el caso de Taxi Driver escoge el tono equivocado, posiblemente sin atender a lo que estaba por llegar, y es finalmente superada por su propia condición, sobre todo si la comparas con la obra maestra de su director —con permiso de Goodfellas—, mucho más profunda, universal y compleja: Toro salvaje, que, esta sí, crece y se esponja en cada visionado. Mismo protagonista, mismo director, mismo guionista y similar estructura temática —culpa, autodestrucción, violencia y redención—, pero que en una funcionó en un tiempo y una forma —finitos— y la otra nos acompañará ad aeternum.

Taxi Driver nunca debió ser una película dirigida por Martin Scorsese, sino por Paul Schrader. Scorsese presenta el arco dramático de Travis con un esquematismo inverosímil y la película peca de cierto infantilismo expositivo en la presentación de los personajes, como el de la voluntaria política Betsy (Cybill Shepherd), que desencadena la alienación del protagonista en ese final sangriento tan elocuente, sin matices, justo antes del cínico epílogo. Y está demasiado pegada a un entorno. En manos de Schrader se descosería al sujeto de su fondo en un ejercicio de abstracción para convertirla en un artefacto introspectivo, preñado de planos fijos que hablan más en el subtexto y mucho más severo que la creación de Scorsese. De hecho, lo mejor del filme es la conversación justo en el centro del metraje entre un Travis Bickle a punto de quebrarse y su compañero Wizard (Peter Boyle). Cámara estática, trípode, plano americano, close-ups rigurosos: puro Schrader. Si él la hubiera rodado, estaría situada en la última etapa de su carrera, esto es, justo ahora, entre esas joyas mortuorias llamadas El reverendo y El maestro jardinero, obras plenas de madurez, donde florece el veneno de la degradación humana.

Ya avisé de que esta crónica iba a ser como los libros de Juan Eslava Galán; no va a gustar a nadie: ni al profesor De la Prida, ni a QT, ni a Bing Bong, ese adorable ser de algodón de azúcar.

Y sí. Estoy hablando contigo.

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