No lo edulcoraré: la primera lista de este año no es precisamente la alegría de la huerta (aunque tiene sus momentos). Más de un viaje al inframundo, crónicas de masacres, asesinatos, epidemias, nazis, conspiraciones y algo de caos y delirio. ¿Acorde con nuestros tiempos? Puede ser. Tampoco nos apetece mirar a otro lado. Pero entre nuestros demonios también hay ángeles: hemos mirado a autobiografías inquisitivas y reparadoras, interesantes estudios del paso del tiempo y miradas inéditas desde y a lo no humano que nos llevan más allá del desastre. No vamos cortos tampoco de autores conocidos refrendando su talento desde sus campos de batalla habituales y autoras noveles dando guerra con propuestas y estéticas poco habituales. Pasen, pasen y vean nuestra revisión de los cómics más sugerentes del primer trimestre de 2026.
Anatomía de un esqueleto, de Pep Brocal (Astiberri)
Quien escribe estas líneas no es muy partidario de presentar obras a partir de otras referencias, pero no me puedo resistir en este caso por lo rocambolesco del emparejamiento, ¡y su asombroso buen resultado! Anatomía de un esqueleto es una aventura que podría verse como un cruce entre El cuervo, de James O’Barr, y Tumbita, de Tunet Vila. Esta es la odisea de un dibujante de cómics resucitado como esqueleto en busca de su obra maestra perdida. Vuelve Pep Brocal a mirar al inframundo, a la búsqueda existencial y al viaje catártico, aquí desde una sátira descacharrante sobre la escena editorial posnovelagráfica, bien sembrada de «homenajes» y referencias, vestida con tonos de noir y filtros superheroicos, todo cercano a la serie B. Hay aquí un tebeo divertido, colorista en su oscuridad y muy dinámico en la narrativa, con ese trazo suelto que le caracteriza.
Soy un ángel perdido, de Jordi Lafebre (Norma Editorial)
Como no podía ser de otra forma, lo de la detective psicóloga Eva Rojas no podía quedarse en un solo caso. Un personaje tan icónico, resbaladizo y con tantas aristas merecía más misterios que resolver, y Jordi Lafebre decide aquí ampliar su trasfondo, sus aliados y némesis, dándole todavía más razones para entrar en la galería de detectives más célebres del género por la vertiente de los especialmente extravagantes, modernos y disruptores, como el teniente Colombo o la avispada Charlie Cale. Soy un ángel perdido sigue usando como telón de fondo la ciudad condal y su variopinta fauna, se acoge a las estructuras narrativas del primer álbum, como queriendo asentar método, y pone en el punto de mira al fascismo en las calles. En ese panorama, el dibujante barcelonés combina la sensualidad con la ternura, la empatía con el ingenio y el humor con el desparpajo.
El señor Búho y el país de los muertos, de David B. (Salamandra Graphic)
David B. lleva una lista de palos diversos tocados que da bastante vértigo. Autobiografía/biografía, ensayo, cuaderno de viajes, autoficción fantástica… Su obra es una puesta en práctica del cruce de géneros alrededor de un conjunto de temas e intereses conectados. Por eso, una aventura de formas y aires juveniles pudiera parecer una anécdota más en su carrera. Pero El señor Búho y el país de los muertos es un viaje endiabladamente atractivo que, sí, sigue algunas convenciones muy populares en cuanto al planteamiento del protagonismo y el salto a otras dimensiones de fantasía. Pero en su ensimismamiento en crear y desarrollar esas otras dimensiones y en la construcción del excelente thriller de cazadores y fugitivos que se da tras cruzar el meridiano del cómic, despeja toda duda. He aquí una moneda lanzada al aire, con el síndrome de Stendhal a un lado y la reacción arácnida al otro, que el dibujante hace caer perfectamente de canto. Que cada cual elija, si puede.
La mujer como lo humano, vol. 1, de Ulli Lust (Garbuix Books)
Conociendo de antemano los cómics autobiográficos de Ulli Lust, de los que emana un hastío constante hacia el machismo, no deja de ser gracioso pensar que un ensayo como este, con otros tonos, desarrollos y formas muy diferentes, en el fondo no deja de mostrar cuán visceral es su hartazgo hacia el patriarcado al decidir remontarse a la prehistoria del ser humano para desmontarlo desde sus raíces. Primer volumen de una obra que se antoja fundamental en los ensayos en cómic, La mujer como lo humano aborda una exposición documentada y argumentada que se traslada a nuestros orígenes para desarmar mitos sobre el rol de la mujer en ella y las formas de relación social de las primeras comunidades, muy lejos de los imaginarios construidos por la ficción y las revistas pseudocientíficas. Variado en sus formas narrativas, ofrece una mirada amplia desde la antropología y la arqueología, rica en detalle y con un tono comprensivo que no riñe con algún deje de humor negro y alguna nota autobiográfica que muestra tanta honestidad como humanidad.
El diario del demonio, de Park Kun-woon (Tengu Ediciones)
La cronista en cómic de la historia reciente de Corea del Sur más popular y multipremiada es Keum Suk Gendry-Kim, conocida por obras como Hierba. Con enfoque muy distinto, pero con el mismo ánimo de poner el ojo en las consecuencias y en las víctimas de la guerra, nos llega recientemente nueva obra del autor de la intrigante Las personas de los apartamentos dorados. Park Kun-woon vuelve a la cuestión de la recuperación de la memoria histórica en los asesinatos de civiles en su país con el artificio de la premisa fantástica. El diario del demonio, a través del testimonio dibujado de un niño nacido con rasgos de un ídem, narra las duras, trágicas y absurdas historias que se dieron en la masacre de la Liga Bodo, perpetrada por soldados y policías del país. Su planteamiento pone así de relieve la importancia de mantener el recuerdo, algo que pasa por hacer casi relato costumbrista y detallista del acto del asesinato en masa. Por otro lado, permite el juego de estilos alternativos, con un dibujo de garabato expresionista que esquiva tanto lo técnico como lo exhibicionista sin dejar de mostrar, de poner de frente a lo sucedido.
Cosechadora, de Aidan Koch (AIA Editorial)
Creo que no hay muchos autores que miren cómo y dónde mira Aidan Koch. Cosechadora ofrece cuatro historias conectadas con la sutileza de un suspiro, con las que va fraguando un tono apocalíptico también mínimo, infrecuente en cualquier historia similar en cualquier medio. La autora busca historias humanas lejos de lo humano, en los animales, en los grandes espacios aparentemente vacíos, tratando de percibir patrones, quizás ponderando silenciosamente su significado, buscando descifrar lo que no es visible; o quizás simplemente siendo testigo de ello. Sigue la pista a unas hormigas, aventura el sueño de un perro, contempla el progreso de un incendio como una historia más. Todo, de alguna forma, busca encontrar su sitio, y muestra de ello es su estética ordenada en composición, bruta en la aplicación del trazo y el color, su juego de contrastes (que nos recuerdan a nuestra María Medem) y sus representaciones mínimas de la realidad que, con la magia del dibujo, juegan a acariciar lo abstracto.
La razón de todo, vol. 1, de David Ramírez (Astiberri)
David Ramírez, bien conocido por sus divertidos tebeos juveniles, ha decidido explotar aquí su otra veta preferida, el cómic autobiográfico, arremangándose la camisa hasta los hombros. La razón de todo es un ejercicio de exploración de la propia vida que recuerda a otros autores que, alejados de la vertiente más egocentrista, tiran por la mirada holística, en la que el protagonismo se reparte con pareja, familiares y amistades. Hay aquí una mirada tan lúcida como comprometida con la búsqueda personal e intransferible: el autor crea un lenguaje propio de metáforas visuales que no escatima tampoco en explotar los juegos narrativos que posibilita el medio. Se acerca así a ingeniosos autores nacionales como Monteys o Roca, pero también a clásicos como Spiegelman o Bechdel, en esa perspectiva que va más allá del yo. Y al mismo tiempo no deja de ser un cómic propiamente de David Ramírez. Un cómic profundo en lo emocional y navaja suiza en lo cómico, que deja ganas de su continuación.
Sedienta, de Paula Guerrero (Apa Apa Comics)
Tanto la figura del vampiro como los slice of life de la adolescencia (o posadolescencia) han tenido tantas injerencias posibles en el mundo del cómic que uno pudiera pensar insospechada la frescura que anida en Sedienta. No ha sido sorpresa para quien conociera a Paula Guerrero por sus fanzines de Chica Vampiro y Cabeza Perro, a la postre, protagonistas de la presente. Underground, erotismo, intimismo y serie B no empiezan a describir una historia fluida y salvaje en la que, cuando algo empieza a sonarnos familiar y cercano, una vuelta de tuerca nos mete en los terrenos de lo posthumano. La autora, además, ha afilado muchísimo sus lápices, granjeando un estilo desgarbado y desparramado que huele a las fantasías de la tira de prensa americana, llevadas a lo más siniestro, y que se da la mano con sus revisores más actuales. Queda mucho año por delante, pero probablemente estamos ante una de las puestas de largo más interesantes de 2026.
Relatos de la paranoia, de Robert Crumb (Ediciones La Cúpula)
A Robert Crumb aún le queda cuerda para rato y no parece que en lo que le quede vaya a despegarse de quién es como artista o persona, tanto en fondo como en forma. En Relatos de la paranoia, una antología de historietas que mantiene su estética de publicación underground, paródica de la literatura pulp, dibuja desde distintos ángulos una visión de lo conspiranoico, desde dentro y desde fuera. Fiel a las catilinarias que hicieron célebre al Crumb-personaje, no se guarda una sola opinión sin importarle la opinión ajena, entregándose en más de un momento a la autoparodia. Retratos de figuras cercanas al poder, digresiones obsesivas, pasajes autobiográficos: la presente es un totum revolutum cuestionable en sus exposiciones, interesante en el ejercicio del selfie sin adulterar (Crumb prácticamente inventó el exhibicionismo en cómic mucho antes de que se inventara esa palabra y la tendencia) y con un punto emotivo en la recuperación de un cómic que iba a ser hecho a pachas con Aline Kominsky-Crumb.
Dos mujeres desnudas, de Luz (Reservoir Books)
Chabouté lo hizo primero con un banco en un parque. Esto es, seguir la «vida» de un objeto inanimado al que, por la inercia de su relación con lo que lo rodea, se le podrían acabar atribuyendo atributos humanos y que sirve como excusa también para seguir las pequeñas historias costumbristas que se dan a su alrededor. Luz hace aquí una pirueta más complicada. El objeto que seguir es el cuadro del expresionista alemán Otto Mueller desde su punto de vista. Esto es, Dos mujeres desnudas se convierte en una ventana a sus tiempos para el lector, permitiéndole seguir la vida del pintor desde que este lo crea, pero también la llegada de los nazis, su cumbre y su ocaso. Ficción histórica, drama, quizás ensayo velado: he aquí una muy bien documentada crónica que emplea numerosas figuras históricas y que, con el trazo bruto y orgánico del dibujante francés, pone de relieve la instrumentalización y tergiversación del arte en manos del régimen fascista.
Droga a la lluna, de Marcos Prior (Finestres Editorial)
Abrazando el mash-up de medios audiovisuales para construir un relato complejo en cómic, y en algunos aspectos muy en la línea de su obra maestra, Necrópolis, Marcos Prior, autor de fina perspectiva sociológica sobre los tiempos que nos ha tocado vivir, vuelve con un delirio bajo el brazo. Droga a la lluna es una socioficción construida a retales de piezas documentales de unos medios de comunicación desquiciados en los que cualquier asidero a la realidad se desvanece en favor del entretenimiento y la censura. Los espacios tradicionalmente dedicados a la información, ya revelados como simulación, celebran aquí un culto visible y despreocupado a esta misma. Extraño y críptico, de juegos simbólicos y malabarismos multirreferenciales, y, al final, terrorífico en su vocación su(pe)rrealista y su captación del absurdo, este cómic cautelarmente pisa el acelerador de la deriva en la comunicación audiovisual contemporánea que nos aleja de cualquier verdad, no sea que parpadeemos y la nueva realidad nos alcance.
Un pie en el paraíso, de Michele Foletti (Elephant Books)
Interesante adaptación de la novela de Ron Rash, uno de los exponentes de la literatura contemporánea del sur de los Estados Unidos. Un pie en el paraíso sigue una estructura similar a la investigación de un asesinato que propuso Ryunosuke Akutagawa en Rashomon: un protagonismo coral por relevos que permite ir desvelando capas de la historia y las implicaciones de los personajes, de forma que el relato, al final, es mucho más: una mirada a la frustración y a la culpa enraizada. Michele Foletti apuesta por representar todo eso con un trazo frágil en el que el color domina y fuerza la cohesión, del que podría desprenderse una vocación naturalista. Destacable también la incorporación de los textos en página con tipografía de máquina de escribir, lo que tanto aporta un toque añejo como lanza conexiones reminiscentes con el medio original de la obra.
La fábrica de papel, de Marta Kayser (Lumen)
He aquí la combinación de lo autobiográfico y la biografía familiar para trazar una investigación de la genealogía que busca dar respuestas a inquietudes vitales. No es un planteamiento completamente nuevo, el de la búsqueda de las raíces de esta forma, pero Marta Kayser consigue un interesante juego con la prosa visual que le aporta una personalidad propia a través del medio del cómic. El viaje en el tiempo y el espacio propone el empleo también de material fotográfico, espontáneo en su empleo y afectivo en su intencionalidad. Bien surtida de recursos interesantes, La fábrica de papel mira atrás para detectar divergencias clave en los legados familiares que pueden suponer un empuje en las decisiones propias y salir hacia adelante. Por encima del trazo fino y minimalista destaca la mano cuidada con la composición y el diseño de la página, que busca captar el paso del tiempo con una enorme variedad de elipsis al respecto.
Copra, vol. 1, de Michael Fiffe (Moztros)
He aquí un buen ejemplo de cómo el factor de novedad en premisa, argumento o estética no es imprescindible para hacer un tebeo de género bastante disfrutón. Copra ni siquiera busca crear personajes nuevos para desarrollar su historia, empleando trasuntos de personajes familiares. Y, sin embargo, sí que conecta con la creatividad, especialmente con autores como Kirby, Ditko, Steranko, Sienkiewicz o Miller, que la perpetraron en sus respectivos tiempos. Michael Fiffe canaliza así la visión de estos del oficio; esto es, la de dibujar lo más alucinante posible dentro de los límites que impone, en tiempo, la industria, y en espacio, el papel sobre el que se trabaja. Juegos compositivos y narrativos, contrastes estéticos, estratificaciones y rupturas: Copra es un toybox en más de un aspecto que recupera el viejo sentido de la maravilla de abrir las páginas de un cómic de supers y ser testigo de algo que no se había visto nunca.
Saquen sus muertos, de Rayco Pulido (Astiberri)
Esperado y celebrado regreso al cómic de Rayco Pulido, que ya se trajo otro texto al cómic con Nela, adaptación de una obra de Benito Pérez Galdós. La presente lo es de Verano de Juan «el Chino», de Claudio de la Torre, y en la que no se pierden, quizás a gusto de Pulido, similitudes con la precedente en su vocación de retratar a personajes en los márgenes y que, por circunstancias inesperadas, toman contacto con estamentos más altos de la sociedad. Saquen sus muertos cuenta, recordando al Devastación de Julia Gfrörer, la historia de cómo una epidemia asoló una isla indeterminada y cómo la tragedia, pese a sí misma, posibilitó una historia de amor improbable. El autor canario hace gala de su minimalismo elegante, que no se riñe con el juego con el lenguaje y que despliega unas marinas sorprendentes en algunas de las estampas que deja la obra.
Cómic radical, de Antonio Hitos (Astiberri)
Nacido en una exposición de historietas breves del autor en la Biblioteca Can Fabra de Barcelona, Cómic radical tiene la apariencia de inocente tebeo costumbrista que, en tiras de cuatro viñetas, expone los quehaceres cotidianos de una rana antropomórfica. Página a página, Antonio Hitos va construyendo lo invisible, la sensación del paso del tiempo a través de la acción significativa y la reacción emocional de su personaje protagonista, convirtiéndose así en un ejercicio de estudio de cómo funciona la secuencialidad en el cómic y sus ramificaciones. Muy acertadamente, acompaña al compendio de historietas un ensayo del propio autor sobre dichos temas, el cómic como un medio en el que espacio y tiempo son lo mismo y en el que su propuesta de experimentación, más que acercarse al contacto con otras artes, propone bajar a las raíces profundas de este. Dichas digresiones enriquecen tanto la lectura que uno no puede acabar el libro si no es para empezarlo de nuevo y leerlo con otros ojos. Un cómic literalmente fundamental del que solo me apena un poco que su ensayo no fuera un cómic también.