Hebras y nodos

La vanidad y sus constantes: sadismo-masoquismo

Narciso, por Caravaggio. vanidad
Narciso, por Caravaggio.

Escribo esto por la misma vanidad que critico. Quiero ser leído, comentado, visto. Es solo otra forma de intentar existir un poco más.

La vanidad de antaño (del Eclesiastés a la culpa)

El lamento del Eclesiastés —«Vanidad de vanidades, todo es vanidad»— señalaba una tragedia exterior: la vida efímera, incontrolable, indiferente a nuestros esfuerzos. El tiempo borraba todo afán, conocimiento o riqueza; el ser humano era polvo a merced de cosechas fallidas, guerras y muerte inevitable. Insignificancia frente a lo inmenso.

Frente a ese terror, el mensaje evangélico introdujo una revolución: la dignidad inalienable de la persona. No dependía de méritos, riqueza o actos; era un don absoluto, una gracia recibida como el amor de un padre a su hijo, simplemente porque existe. El individuo dejaba de ser un accidente caótico para portar un valor que lo rescataba de la irrelevancia.

Pero las grandes ideas rara vez sobreviven intactas a su institucionalización. La gracia absoluta —un amor incondicional— era ingobernable. La dignidad, punto de partida, se volvió mérito administrado: el predicador derivó en sádico, acusando y castigando para sostener jerarquías; el pecador, en masoquista, abrazando la indignidad crónica como vía de redención, hallando en la humillación y la deuda perpetua un extraño alivio ante el vacío.

Al ser el humano inherentemente falible, esa dinámica generó una deuda imposible de saldar: la indignidad definía al individuo. La vanidad tomó una nueva forma. Ya no era la lucha inútil por vencer un mundo caótico, sino la arrogancia de creerse capaz de escapar de la culpa, de alcanzar la pureza o la salvación cumpliendo los delirios del predicador y soportando el peso de la deuda eterna.

La vanidad del siglo XX (el yo heroico)

Con la llegada de la modernidad y la progresiva sustitución de una divinidad ya muerta por el «yo heroico», el miedo cambió de bando. Al colapsar el marco religioso, el ser humano heredó la deuda perpetua pero perdió el perdón. Ya no temíamos a la furia de la naturaleza ni al juicio divino, sino a nuestra propia y aterradora pequeñez. Nos preguntábamos por qué una de las principales características del individuo moderno era su tormentosa insatisfacción consigo mismo. Esa autocrítica constante era la única salida ante el terror de saber que, privados de lo sagrado, seguíamos siendo radicalmente limitados.

Aquí continuó la dinámica humana del sadismo y el masoquismo. Nunca fueron enfermedades o anomalías de unos pocos desviados, sino cualidades inherentes a nuestra especie: estrategias de supervivencia ante el vacío.

Los dictadores, los ideólogos y los líderes carismáticos entendieron el negocio: a las masas les gustaba ser fustigadas con acusaciones de su propia indignidad, porque eso las liberaba de la responsabilidad de ser individuos. El masoquista, en el fondo, es un sádico que ha girado el látigo hacia sí mismo para adelantarse al rechazo del mundo. Por eso, el líder autoritario no creaba al masoquista; lo encontraba ya así, temblando ante su propia libertad, y le ofrecía un uniforme, una bandera o una causa.

Se nos ofreció una forma de superar la falta de dignidad: la oportunidad de idealizar al yo, de elevarlo a niveles auténticamente heroicos mediante la pertenencia. El individuo encontraba un camino para purificarse volviéndose parte de algo «sagrado» o «histórico». Esa transformación de «gusano» a «héroe» era un inflado de la vanidad para tapar el vacío.

La vanidad mutó de ser una queja metafísica a una patología psicológica.

Mientras que el Eclesiastés te invitaba a aceptar tu insignificancia («eres polvo»), la vanidad del siglo pasado es justamente la incapacidad de aceptar que somos polvo.

La vanidad del siglo XXI (el amo incorpóreo)

Durante siglos fue necesario un rostro para administrar nuestra indignidad. El predicador, el líder, el ideólogo o el tirano ocupaban el lugar del sádico: señalaban la culpa, exigían pureza, distribuían castigos simbólicos o reales. La humillación tenía un origen visible.

En el siglo XXI, el intermediario humano se ha vuelto superfluo. El sistema ha sido perfeccionado. El amo ya no necesita cuerpo: es una arquitectura de datos. Ni siquiera requiere pantalla: ha colonizado el cerebro mediante la neuroplasticidad, secuestrando el sistema de recompensa. La expectativa de visibilidad late ya como un tic interno permanente. El algoritmo no odia, no juzga, no disfruta. Pero predice. Y ha anunciado algo decisivo: la indignación retiene atención, la humillación genera tráfico y el conflicto prolonga la permanencia.

El sádico ya no tiene rostro; es una infraestructura invisible que no siente placer, pero que optimiza nuestro dolor con una eficiencia aterradora. No busca castigarnos: optimiza aquello que nos mantiene conectados. Si la serenidad produjera más interacción que el linchamiento, promovería serenidad. Pero la estadística ha dictado sentencia: la ofensa moviliza más que la comprensión.

Así, el sadismo ya no es una psicología, sino una dinámica.

El amo incorpóreo no concentra la crueldad en un tirano visible; la distribuye horizontalmente. Cada usuario recibe su pequeña cuota de poder punitivo y su ración de humillación programada. Hoy ejecuta; mañana será ejecutado. El turno rota, el sistema permanece. Somos masoquistas cuando mendigamos aprobación, cuando nos ofrecemos al juicio público, cuando medimos nuestro valor en métricas visibles. Y somos sádicos cuando señalamos, cancelamos, ridiculizamos o participamos en la ejecución simbólica del día.

La máquina no discrimina ideologías; solo capitaliza la crueldad. Se alimenta por igual del pánico conservador ante la erosión del orden y de la superioridad moral progresista en sus cruzadas digitales. Ambos creen defender un bien superior. El algoritmo solo registra tiempo de permanencia.

Aquí la vanidad alcanza una mutación inédita. Ya no consiste en aspirar a la gloria heroica ni en lamentar la insignificancia metafísica. Consiste en existir bajo la mirada cuantificada del sistema. Ser visto equivale a ser. Y para ser visto es necesario destacar. Y para destacar, a menudo, es necesario herir o escandalizar.

El trinomio se reorganiza: la vanidad es el combustible, el sadismo es la mecánica distribuida y el masoquismo es la disposición constante a someternos al juicio. No hay un verdugo central. Hay un sistema que convierte nuestra necesidad de significado en materia prima.

Y cuando todo se apague, quedaremos nosotros, insignificantes motas de polvo en el universo. La máquina no nos corrompió: nos mostró que quizá nunca quisimos ser mejores, solo visibles.

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