Arte y Letras Historia

La intimidad en la Edad Media

La intimidad en la Edad Media
Una miniatura de la Biblia de Saint-André-aux-Bois que representa el matrimonio de Oseas y Gómer, 1180. Imagen: Getty.

A finales del siglo XI, Austinde, obispo de Auch, rediseñó su vivienda creando una suerte de estudio-dormitorio donde retirarse a leer y a escribir. Pagó una considerable suma, consciente de que con ese gesto comenzaba una nueva etapa en la historia de la intimidad. Algunas décadas más tarde, el monje y cronista Guillaume de Tournai, al redactar el encomio de Bernardo de Claraval con el título de Flores Bernardi, atribuye al monje reformador del Cister la decisión de crear un espacio privado para la lectura y escritura. Una miniatura que ilustra el texto muestra a san Bernardo escribiendo desde la cama, quedando constancia del cambio en el interior de las residencias nobiliarias que había iniciado Austinde. El principal motivo de crear un espacio donde retirarse para descansar, pero también para leer y escribir, respondía a un impulso moral surgido con la reforma gregoriana, que buscaba un referente para poner fin a las cámaras colectivas donde se dormía compartiendo una misma atmósfera, un mismo sonido, un mismo olor. En algunos informes de los obispos que realizaban visita pastoral a las residencias de los nobles locales se hablaba, en términos negativos, de esa disposición social, y recurrían a menudo a un concepto que se fue extendiendo a lo largo de los siglos: promiscuidad. 

Un eco de esta atmósfera nocturna de las residencias nobiliarias del siglo XI lo encontramos en unos versos del poeta anglonormando Thomas de Inglaterra en su roman sobre Tristán cuando el rey Marc de Cornualles le censura a quien era en realidad su sobrino las relaciones con su esposa, la famosa Iseo, diciéndole: «cómo me has podido hacerme eso, tú, que dormías a nuestros pies, junto a nosotros, en nuestra cámara». Esta queja explica que, a mediados del siglo XII, se impuso la costumbre de que las residencias tuvieran dormitorios personales, habitaciones para dormir, chambres à coucher, como una recuperación del antiguo cubiculum de los romanos. El impacto social del concepto ciceroniano de urbanitas se aprecia en la forma en la que los relatos de caballería lo traducen como courtoisie, es decir, cortesía. Una novedad que llamó la atención de los miniaturistas que dan visibilidad a las aventuras de los caballeros de la Tabla Redonda, Lancelot, Gavain, Yvain cuando son recibidos y hospedados por un noble rural o incluso por un rey, y se les invita a descansar, a dormir, en una de las habitaciones mejor preparadas de la residencia, castillo o caserón, que es la habitación propia de una de las hijas del señor del lugar. Esta escena del caballero acostado junto a una doncella siendo observados, en ocasiones desde un ventanal, por el padre de ella, nos hace ver las nuevas reglas sobre lo que Henry James, en el siglo XX, llamó la privacy.

Luego todo fue más fácil y rápido. Se multiplicaron los enseres que facilitaban las nuevas habitaciones para dormir, camas de madera de roble que sustituyeron a los toscos catres y un selecto ajuar formado por sábanas, mantas, cojines de seda, pieles de marta cibelina para protegerse del frío en el invierno, incluso, en algunos casos, una bañera; pero además cargan de sentido a la habitación personal, siguiendo el modelo del cronista Guillaume de Tournai al utilizarla para escribir y también para leer, en privado. Una novela datada a mediados del siglo XIII y escrita en provenzal, Flamenca, nos informa pormenorizadamente del hecho de la vida y quebrantos amorosos de una mujer que posee «una habitación propia». Naturalmente, Flamenca refleja una costumbre que, en sus inicios, era privativa de las clases altas de la sociedad, aunque, con el paso de los años, ese modelo de conducta se difundió al mundo de las ciudades. Fue un movimiento lento que trajo consigo dos cambios sustanciales: el primero, referido al mundo de la intimidad, pues numerosas mujeres leían relatos de amor y se interesaba por una nueva espiritualidad de carácter místico, que tanto ha marcado a la cantante Rosalía; el segundo de carácter constructivo, la difusión de las ventanas, desde donde las mujeres miraban lo que ocurría en los patios de armas de los caserones de las familias nobles; en las miniaturas que adornan las novelas artúricas, se puede ver a las mujeres asomadas desde la ventana de su habitación propia para seguir los ejercicios de las armas, las justas. También esas ventanas se convierten en una apertura al mundo. Un ensueño habitual era creer que los caballeros lograban trepar hacia ellas, eludiendo así la vigilancia y la entrada por las puertas sólidamente cerradas con llave, un elemento privativo de los hombres de la casa y de su delegada para tal fin, la ama de llaves. En la gran novela en prosa Lancelot del Lago, el héroe acude a la habitación propia de la reina Ginebra a través de la ventana, y, en una ocasión, incluso, se hiere con los hierros que cerraban la misma. En todo caso, desde las ventanas las mujeres contemplaba el ajetreo de la calle, como se puede ver en esas dos mujeres que pinta Ambrogio Lorenzetti en su Alegoría del bueno gobierno de Siena. 

Desde mediados del siglo XIII, la intimidad de las mujeres se convirtió en un gesto social, llegando a extremos como el de la famosa poeta americana, Emily Dickinson, que nunca quiso salir de su habitación propia, donde leía, pero también escribía sus poemas. 

Fue, precisamente, el valor en alza de la intimidad, uno de los impulsos que transformaron las residencias nobiliarias en la revolución arquitectónica que tuvo lugar en las décadas centrales del siglo XIV, caracterizadas por la guerra permanente (es la época de la Guerra de los Cien Años). Consistió en restaurar y recomponer las residencias nobiliarias, los castillos, creando todo tipo de soluciones constructivas, hoy identificadas como propiamente medievales: almenas, torreones, puentes levadizos, etc. Pero, al mismo tiempo, también sucedió que las habitaciones para dormir se ampliaron. En el caso de las mujeres, se llenaron de esa pasión desbordante del siglo XIV que un historiador definió como el «imperio de los objetos»: objetos para decorar la habitación propia donde las mujeres sociabilizaban con sus amigas, o, sencillamente, pasaban su tiempo con ellas mismas. Un mobiliario cada vez más sofisticado donde pronto triunfaron los tocadores, sobre los que se colocaron espejos, peines y todo tipo de ungüentos y perfumes. Las mujeres invertían mucho tiempo en la tarea de maquillarse, algo criticado por la defensora del espacio privado y por la dignidad de las mujeres, la escritora Christine de Pizan. 

Habitaciones que también servían para guardar la ropa, el menaje, el ajuar, que las mujeres guardaban poco a poco con vistas a convertirlo en una dote a la hora de su matrimonio; muchas de las tablas de esos arcones fueron objetivo de pintores donde se narraban historias de relaciones personales de amor, de caza, de aventuras exóticas. El siglo XIV no solo produjo un cambio muy visible en las residencias nobiliarias, sino también, e incluso más llamativamente, un cambio en el interior. Gracias a esas transformaciones constructivas, las habitaciones propias comenzaron a ser caldeadas, introduciendo en ellas la gran novedad también de este siglo, las chimeneas, con las que se pudo hacer frente al cambio climático que se produjo pasado el año 1330. 

La intimidad en la Edad Media
Detalle de una edición ilustrada del roman de Tristán que muestra a Ginebra recibiendo una carta, 1468. Imagen: Pierpont Morgan Library.

Europa se enfrió, los campos se endurecieron y los campesinos tuvieron dificultades para el cultivo de sus tierras. El frío alargó la estancia en las habitaciones propias, porque limitó la vida exterior a primaveras terminales y a cortos veranos. Ese cambio sirvió también para reeducar el cuerpo a largas temporadas en espacios cerrados y para introducir los grandes hallazgos alcanzados en arquitectura religiosa: vidrieras en las ventanas, que no solo se embellecían, sino que se cerraban, dando paso a largos periodos de luces tenues que entraban por los vanos. Una de las últimas transformaciones que afectaron a esa nueva vivencia de la intimidad fue el interés, y ya más, la pasión por una moda que transformaría para siempre las paredes de las habitaciones: los tapices. El siglo XIV vivió de lleno la revolución de los tapices, que adornaban las paredes y llenaban de historias lo que antes habían sido muros encalados. También, en casos concretos, en pequeñas capillas. 

Fue así como la intimidad empujó a cambiar los principios y el comportamiento, dando lugar a una dinámica social entre lo privado y lo público que marcaría el signo de la historia social europea en los siguientes siglos. A medida que se mejoraban las habitaciones privadas y, a medida que se extendían esos planteamientos a otras capas sociales, las matrices urbanísticas en las ciudades, construidas con un diseño gótico, permitieron que las casas de mercaderes, comerciantes, artesanos e incluso campesinos adinerados se adaptaran al modelo donde el espacio público se contrarrestaba con un espacio privado. Lo que vino a continuación fue una mejora sostenida de este modelo constructivo, donde se tuvo que dilucidar un hecho de enorme importancia en el imaginario que se crea, primero en Italia central y más tarde en el resto e Europa, de donde y cómo se hallaba la virgen María en le momento en el que llegó el arcángel para anunciarle. Los grandes pintores del momento, como Duccio y Fra Angélico, optaron por representarla en el espacio público de la casa, sentada o recostada en un sillón, eso sí, con el gesto clásico de la representación las mujeres de la época, que era con un libro en las manos. Tuvieron que pasar muchos siglos para que un pintor rectificara esta decisión de sus viejos colegas. Fue Dante Gabriel Rossetti, inspirador y máximo exponente del movimiento prerrafaelita, que situó a la Virgen en el momento de la Anunciación en el lugar privado de la casa, exactamente tendida en la cama. 

En este cambio iconográfico promovido por los pintores de finales del siglo XIX no solo se vio rectificado un proceso histórico de larga duración, sino que se esperó mejorar la imagen que se tenía de la Edad Media, adelantando varios siglos el hecho de poder adentrarse en la intimidad de una persona. Sin embargo, no fue Rossetti el primer en abordar esta cuestión, sino que lo hizo en 1435 Jan van Eyck al pintar el doble retrato del matrimonio Arnolfini. Tal fue la osadía que el egregio pintor tuvo al representar a los esposos en su habitación propia que no duda en decirlo abiertamente con una expresión que así lo indica: «Jan van Eyck estuvo aquí». Esta fascinante pintura, tantas veces interpretada, muestra cómo el humanismo se interesó vivamente por indagar en la intimidad de las personas, menoscabando el principio de la privacy en favor de crear un modelo social que dependía principalmente de un modelo devocional. Fue, precisamente, la devoción moderna la que permitió ahondar públicamente en la intimidad, mediante registros del comportamiento, del pensamiento o de las dudas que, especialmente las mujeres, tenían en sus habitaciones propias para dormir. Las «autobiografías» de mujeres como Margery Kempe o Juliana de Norwich nos muestra, precisamente, la necesidad de situar su vida en el límite de la intimidad. Porque, en definitiva, esta devoción moderna no solo fue una ascética mística, sino que también fue la extensión de una espiritualidad en lo cotidiano. La cultura abrió así el espacio para entender el peso de la intimidad de lo cotidiano en la vida personal, especialmente de las mujeres, como se puede ver en las pinturas de Domenico Ghirlandaio y Andrea Mantegna. Gracias al humanismo se abrió un mundo nuevo que se interesó por mostrar a las mujeres en sus habitaciones a la hora de dar a luz a un hijo, ese acto tan íntimo y a la vez tan peligroso para ellas. Al fin y al cabo, la cultura de la intimidad se reforzó con la generalización de una habitación propia para las mujeres, según el deseo expresado por la gran escritora Virginia Woolf; un deseo que percibo en el sueño con el que Vittore Carpaccio presenta la Leyenda de santa Úrsula (un cuadro expuesto en la Academia de Venecia). Todo lo que rodea a esta mujer dormida, la cama, los muebles, la ropa, los objetos que decoran el espacio, todo en fin es la prueba de que retirarse a la habitación para dormir es también para soñar.

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*