Música

La conjura de los expertos (o la vanguardia de los necios)

Brad Mehldau 9027
Fotografía de Harald Krichel. CC BY 3.0

Hay personas que imparten sus primeras clases en el interior del vientre. Mientras están naciendo, aprovechan la oportunidad para explicar a sus madres cómo deben parir y no se olvidan de puntuar la experiencia del 1 al 5. Sin ser yo ninguna hechóloga, diría que esto es un hecho. Al arte de ser un ignorante y alardear de ello, le corresponde el arte de torear a ignorantes que se jactan de serlo. Las universidades saben mucho de estas dos carreras artísticas. Son bastante afines y con facilidad una misma persona logra obtener maestría en ambas.

Al escritor Aubrey Menen sus colegas parisinos le aseguraban que era un “místico” simplemente por tener rasgos indios, y él, que tenía el misticismo de una colilla flotando en un café, decía no atreverse a contradecirlos porque “los franceses salen de sus universidades sabiéndolo todo”. Quienes andamos comprometidos con la filosofía mundial advertimos con humor que nunca faltan colegas de filosofía europea o norteamericana dispuestos a ilustrarte sobre tu propio campo de estudio, incluso a decirte qué debes enseñar en tus asignaturas. Así, un catedrático que confunde a los budistas con hindúes se quedó horrorizado al enterarse de que no imparto a Byung-Chul Han en mi asignatura de budismo. Otro catedrático de amor me pregunta, divertido, por qué no llevo incienso ni voy vestida de sari para impartir una charla sobre epistemología india. Al contrario que sus estudiantes, avispados y humildes, el señor no se enteró de nada durante la exposición. Más allá de mis buenas o malas dotes didácticas, me da la impresión de que con esa actitud de paletismo honoris causa se le hizo tarde en la vida para enterarse de algo. Pero no se le hizo tarde para seguir impartiendo lecciones sobre lo que sea (desde el saber estar a la filosofía india).

Cuanto más conozco el ambiente (internacional) del universitarismo docente e investigador, más entiendo las impertinencias de mi hermano –músico–, como la que le soltó en su día a un distinguido y soberbio señor: “¿Es usted catedrático? ¡Pues haber estudiado!”. Si ampliamos la noción de “estudiar” para acercarla a la intrépida noción de “vivir”, este comentario cobra mucho sentido.

Recientemente, leía en el libro de Ángel L. Fernández, Contralgoritmia, la anécdota de una influencer que se jactaba en sus redes de no leer. Ahora imagínense que un periódico la invita junto a su grupo de amigos/as a componer la lista de los 30 mejores novelistas de cualquier país. Cabría esperar que esa lista estuviese hecha en base a juicios personales de gusto o disgusto, probablemente comerciales y amparados en la moda cultural. Puesto que los “expertos” en cuestión desconocen los entresijos que implica componer una novela (conocerlos supondría incluso un signo de “pedantería” o “elitismo”) pueden permitirse deslegitimar a aquellos que los han estudiado e impugnar de manera pública (y ridícula) la historia de la literatura para adaptarla a su propio desconocimiento. Más o menos esto es lo que ocurrió la semana pasada en la sección de música del New York Times cuando seis “expertos” publicaron la lista de los 30 mejores compositores estadounidenses vivos.

Si alguien se siente tentado a buscar la lista, sugiero que la obtenga por fuentes indirectas y no regale ni un ápice de tráfico a ese periódico. No han faltado voces denunciando el clickbait de todo este asunto y es innegable que ha sido una llamada de atención desesperada. No encontrarán en esa lista a Tom Waits ni a muchos otros, pero el problema, diría yo desde mi criterio amante (que no experto), no es lo que falta, sino lo que está. Que una lista donde solo hay treinta puestos para elogiar la composición musical mencione los nombres de Taylor Swift o Bad Bunny ya emite una señal de alarma. Si dicha señal se presta a debate, la base de dicha discusión no puede ser la arrogancia ni el desprecio a quien piensa diferente.

La publicación de esta lista podría haber sido una mera anécdota periodística entre tantas otras a las que nos estamos acostumbrando peligrosamente. Especialmente, desde que esta infame obsesión por las listas, los rankings y las enumeraciones en todas sus fórmulas orgiásticas se normalizase como forma principal de relacionarse con la cultura. Sin embargo, ellos mismos explotaron su propia burbuja al grabarse en un podcast “defendiendo” sus decisiones. Habían recibido algunos miles de comentarios reaccionando a su lista, en su mayoría por parte de amantes de la música y de músicos de formación, vocación y oficio. En el podcast no dialogan con estos comentarios de manera respetuosa, razonada, ni abierta. En cambio, seleccionan algunos y se mofan sin tapujos de sus argumentos. Peor aún, al deliberar en público entre ellos muestran que el nivel de la conversación es tan mediocre que hasta su propia lista parece mejor que oírlos hablar. Si el lector se pasea por los comentarios del vídeo, no verá uno solo positivo en un entramado de casi cuatro mil. No creo que este sea un caso de odiaduría o haterismo, la mayoría son reacciones de tristeza y vergüenza ante semejante espectáculo financiado por un periódico del que muchos dicen haber cancelado la suscripción. Podría decirse que el clickbait dio resultado a cambio de convertir su “coloquio” en un bochorno unánime. ¿Esta es la estrategia de la prensa “más poderosa del mundo”? ¿Ganar clics a costa de perder toda confianza y credibilidad por parte de la gente?

Jon Caramanica (grado en Estudios ingleses por Harvard) se ríe enloquecido de un lector que dice haber estudiado en un conservatorio donde aprendían composición musical siguiendo el modelo de músicos ausentes en la lista, como Billy Joel. “Estudié en el Berklee College of Music” dice este lector en su comentario. “Yo no” responde Caramanica mirando a la cámara, mientras sonríe desafiante. Cuando termina de leer el comentario, lanza la hoja por los aires con aspavientos (de desprecio) y procede a dar una contestación vacía de peso argumentativo con una arrogancia tan embarazosa que hace frontera con la pena. Retomando el chiste de mi hermano, se diría que hoy los “catedráticos de la música” se enorgullecen hasta de no haber estudiado música. La hostia.

La red de la que necesitan los clics también tiene sus reveses y es evidente que un solo individuo puede desafiar a los medios, si se gana la confianza de la gente. De las setenta mil visualizaciones que tiene ahora el vídeo del NYT, probablemente la mitad se las haya dado Rick Beato, quien lanzó un vídeo breve, elegante y demoledor que ya supera el millón de visualizaciones, desmontando la desfachatez de estos “expertos”. Guitarrista, productor y analista musical, en su respuesta Beato da voz a los simples y llanos amantes de la música que observamos cómo una pandilla de snobs se regodea hablando de “inclusivismo” y “multiculturalismo” mientras se ríe de los argumentos de la gente para imponer los criterios comerciales de la industria y rehacer a su gusto la historia de la composición musical. La conclusión fundamental de Beato se condensa en estas palabras:

Aquí tenemos a cuatro personas formadas en la Ivy League: dos de Yale, una de Princeton y el señor Harvard, que son las personas más pretenciosas, engreídas y arrogantes y que además son todos «críticos musicales» sin ninguna formación musical. Justo lo que cabría esperar de un crítico musical del New York Times.

(Rick Beato, Watch this NYT “Music Critic” Embarrass Himself… AGAIN)

El crítico musical Ted Gioia decía sentirse decepcionado con el modo en que se había elaborado la lista, puesto que él fue uno de los 250 participantes en la encuesta colectiva sobre la que se suponía que los seis expertos debían deliberar. En su lugar, la creación de la lista fue relegada al juicio exclusivo de estos “expertos”, mientras la encuesta parece haber sido un paripé para dar a entender, de modo ambiguo, que la lista había surgido del filtro de cientos de personas. Gioia reclama que el periódico haga públicas esas encuestas para que puedan verse los verdaderos resultados colectivos.

Otro participante en esta polémica es mi admirado Brad Mehldau, un pianista extraordinario que nos ha bendecido con discos como Chris Thile and Brad Mehldau (en dúo con el maravilloso Thile, a la voz y la mandolina), en cuya portada vemos a dos tipos sencillos hablando frente a un garaje. Cuando lo hacemos sonar, esa sencillez solo multiplica la grandeza del disco. Si no conocen la versión de seis minutos que hacen del Don’t Think Twice It’s Alright –de Dylan, quien sí aparece en la lista del NYT–– pienso que a lo mejor les gustaría escucharla.

“¿Qué está pasando aquí? Lo cierto es que esto es lo habitual en el New York Times” afirma Mehldau, en un escrito genial donde pide a Caramanica que ponga freno a su arrogancia y, si va a dedicarse a la crítica musical, conozca algo más que la música comercial para adolescentes que promociona en sus reseñas:

Jon Caramanica es la última versión de un personaje recurrente: el crítico de pop ignorante que se cree experto. Encarna el problema que siempre ha existido en la crítica de la música pop —e históricamente, también del jazz—. […] Es decir: Jon Caramanica no tiene ni idea de los entresijos de la música. Se deja seducir por la música pop como fenómeno cultural, no como fenómeno musical.

(Brad Mehldau Substack)

Beato y Mehldau señalan los dos que el verdadero problema no es que estas personas carezcan de formación musical. Lo realmente grave y lo que ha indignado a la gente es que a esta falta de formación se sume una arrogancia que se vanagloria de su no saber. Desde mi pequeño campo de estudios, alejado de la música, reconozco la actitud de la que están hablando, como también lo hacen otras personas en sus comentarios a los escritos y vídeos de esta polémica, hablando desde otros campos como las ciencias sociales. No es la arrogancia de quien tiene pasiones diversas o está abierto a un horizonte plural de artes y conocimientos, al contrario, es la arrogancia típica del especialista que pretende extender su autoridad en un centímetro cuadrado a otros territorios que desconoce.

En humanidades, se tiende a asociar la “especialización” con el saber riguroso y comedido, por oposición a quienes pretenden abordarlo todo o tienen intereses “dispersos”. No se repara en el hecho de que una especialización mal entendida puede ilustrar el peor caso de pretensión sabelotodo. Las personas altamente especializadas (al menos, en humanidades) con frecuencia extienden la confianza en su pequeño gran saber a otros saberes de los que no saben nada, lo cual, solo redunda en soberbia y malas prácticas. Por el contrario, las personas acostumbradas a abordar temas muy diferentes e incluso disciplinas distintas suelen llevar consigo una sensación de incomodidad muy valiosa, dado que son conscientes de la abundancia del saber, pensar e interpretar en relación a la limitada perspectiva de un individuo. Esto no le impide a nadie expresar con pasión sus convicciones o defender con valentía sus ideas, pero la apertura, tensión y capacidad de improvisación (a la hora de asumir errores o simplemente de cambiar de rumbo, ampliar las fuentes, revisar las ideas, etc.) son talentos cruciales cuando te mueves en un horizonte plural y te apasionan intereses muy distintos. Esta condición te obliga a estar siempre en el terreno movedizo del aprendizaje y te impide alcanzar el estado de relajación del especialista consagrado.

Ignoro si estos “críticos musicales” son especialistas en las materias que han estudiado –historia, cine, literatura. La razón por la que se les está condenando no es su carencia de conocimiento especializado en materia musical, ni siquiera la lista que han elaborado siguiendo sus criterios personales, sino la arrogancia supina de la que la universidad ha devenido cantera –y los medios de comunicación, un altavoz complaciente––. Cuanto más prestigiosa es la universidad, más ridícula promete ser la conjura de sus expertos.

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