
Es difícil encontrar solución para los debates estetas más enconados. ¿Debe el arte imitar a los clásicos grecolatinos o debe abrevar en las fuentes de su tiempo, con las expresiones y lengua de su momento histórico? ¿Cuáles son los modelos literarios que debe adoptar el país? ¿Cuál es el verdadero potencial de la novela histórica? La verdad es que emociona encontrar, en otros tiempos, a las figuras más centrales de la creación y de la ideología querellarse por estos asuntos, que hoy en día una mentalidad filistea y pragmática debe de considerar como puramente bizantinos, absurdos o superados. Estas tres cuestiones pueden formularse como la querella de antiguos y modernos, la querella calderoniana y la que llamaré como querella Ivanhoe, y ocuparon las mentes de nuestros intelectuales del siglo XIX.
La querella entre los estetas antiguos o clasicistas y los estetas modernos atraviesa buena parte del renacimiento y barroco europeos, y llega hasta el romanticismo con nuevas formulaciones. Por un lado, se defiende el canon grecolatino y la validez de unas leyes poéticas inalterables y, por el otro, los modernos defienden una ruptura de todo esto, en busca de una cierta novedad, en formas de expresión y temas. Tal querella entre abejas (clasicistas) y arañas (modernos) es formulada por los hermanos Schlegel y Chateaubriand, auténticos forjadores del espíritu romántico alemán y francés, respectivamente, e influyentes entre nosotros, pero esta querella ya estaba instalada en nuestro país antes de los cursos de literatura de Schlegel y de El genio del cristianismo de Chateaubriand.
El romanticismo español tiene precedentes de esta querella dentro de nuestras fronteras. En el siglo XVIII tenemos dos eminentes autores que, de alguna manera, escogen su propio posicionamiento en esta querella. Baste citar estos dos casos. Por un lado, tenemos a Feijoo, que sostiene en las Cartas eruditas. I. 33, en 1742, la doctrina del genio frente al clasicismo imperante. Para él, la creación literaria…
No pende del estudio, o meditación, sí sólo de una especie de numen particular, o llámese imaginación feliz, en orden a esta materia. El que la tiene, aun sin usar de reflexión, sin discurrir, sin pensar en ello, encuentra muchas veces las voces más oportunas para explicarse con viveza, o valentía (…). El que carece de ella, no salga del camino trillado, y mucho menos se meta en dar reglas en materia de estilo.
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Desde mi conocimiento, todo romanticismo tiene un origen que rompe todo el romanticismo. Por ejemplo, toda la estética y educación victoriana, procede de la reacción a la publicación de El origen del hombre, de Darwin.
Por ejemplo, la serie de Carl Sagan Cosmos, según su biografía, surge de la secreta noticia de su empleadora, la NASA, a finales de los setenta, de que era improbable e inviable que la exploración del espacio encuentre algo de valor allá.