
Como en los diarios de Jovellanos, también hay algunos dibujos en los textos de viaje que Leandro Fernández de Moratín escribió a finales del siglo XVIII y principios del siguiente. Está —por ejemplo— radicado en Londres y hace una excursión a Southampton y Portsmouth, por Winchester. Dibuja el carruaje de ocho ruedas en que inicia el viaje y cuatro máquinas y engranajes con los que se trabaja la madera en una factoría. Es llamativa esa voluntad de representar gráficamente los utensilios que se utilizan en la isla para elaborar una materia prima que España obtiene de sus colonias americanas. Evidentemente, se trata de un reflejo de uno de los porqués de la decadencia española, pero Moratín no hace hincapié en ello. Lo interesante es que dibuje instrumentos y no la Mesa Redonda del rey Arturo u otro lugares turísticos que visita. Está claro que su objetivo es el conocimiento, todo lo demás deviene secundario. La mirada ilustrada es técnica y reformista, no está para ruinas ni para cuentos.
Moratín viajó por España, Francia, Inglaterra, Países Bajos, Suiza, Alemania e Italia. El espacio merece ser recordado, porque es el que los futuros escritores viajeros españoles cultivarán, diseñando un ámbito, unas fronteras, que no solo serán físicas, sino también ideológicas. Sus cuadernos son sumamente descriptivos. Aunque se inscriban en las coordenadas de la Ilustración, su Apuntaciones sueltas de Inglaterra se parece a los cuadros de costumbres del siglo XIX y a los libros que sobre la vida galante escribiría Balzac, por el énfasis en las costumbres de la nobleza inglesa, aunque todas las clases sociales sean de su interés, y todas reciban también su crítica moral implacable, en que nombra cada órgano y cada acción del cuerpo por su nombre. No está para hostias, don Leandro. Cuando describe, por ejemplo, las caricaturas inglesas, leemos: los ministros le están metiendo al rey «proyectos por el culo con una jeringa; y al paso que los recibe, por detrás los va vomitando encima del parlamento».
Y a continuación enumera, como Jovellanos, las conclusiones que extrae del tema: 1º… 2º… 3º… La obsesión por el orden también se expresa en los comentarios sobre los horarios de las diligencias, sobre la limpieza de los hostales, sobre el dinero que se gasta para visitar monumentos y sobre los presuntos engaños de que es objeto. La observación, por lo general es aguda (fue testigo de la violencia de la Revolución Francesa). El intercambio intelectual, notable (Moratín tradujo Hamlet, por primera vez directamente del inglés). Pero el diálogo con los nativos es mínimo. Las alusiones a Madrid y a España son constantes. En su equipaje, Moratín carga con una visión del mundo que no va a variar a medida que transcurran los kilómetros. Por eso ningún grupo social es despreciado por la mirada y la pluma de Moratín tanto como el judío, en consonancia con la larguísima tradición del antisemitismo español: «Sus caras, sus barbas, su ademán, su traje asqueroso, la voz lúgubre con que pregonan, todo anuncia en ellos la sordidez, la mala fe, la mohatra, la avaricia».
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pues para ser legendario nuestro antisemitismo solo los expulsamos una vez mientras que otros países los expulsaron dos y tres, por no hablar de los progromos rusos y de antijudaísmo alemán. Más que legendario es negrolegendario, de Leyenda Negra nuestro antijudaísmo.
Difícil parece que España estuviera, en vida de Moratín, cerca de «el hombre de la multitud» de Poe. Como aquí se dice, Moratín muere en 1828; Poe, nacido en 1809, tenía entonces 19 años, y sólo había publicado (el año anterior) un libro de poemas, del que sólo se imprimieron 50 ejemplares y que pasó completamente desapercibido. Tendría Moratín que haber sido, no sólo el gran escritor que fue, sino además vidente o mago; y no consta.
Moratín no conoció a Goya en Burdeos, lo conocía de mucho antes, de antes de su viaje europeo y, a la vuelta de este, le ayudó a definir la temática de los Caprichos. De esos años finiseculares es el primer retrato que le hizo Goya.
Según sus propias cartas, Moratín era un anticlerical de antiguo, por lo que el pasaje de Roma donde aparece fascinado por la pompa y grandeza papal, encaja mal con ese caracter. A veces algunos artículos dan una visión muy literaria y poco real de los personajes retratados. Se ve que es mejor recrear tópicos llamativos que dar cuenta de una realidad menos atractiva