Una de las más luminosas distorsiones de la novela española del siglo XX es que una de sus más brillantes piezas, Locos, de Felipe Alfau, no solo ni siquiera es una novela sino que tampoco está escrita en español. Que una de nuestras obras maestras esté escrita en inglés y se disfrace de libro de cuentos tejidos para conformar una novela («This… novel is written in short stories», así empieza la cosa) siempre me ha parecido prueba infalible de que la gran literatura es el reino de las excepciones. Y pocas personalidades tan excepcionales como el autor de Locos, que he releído después de mucho tiempo temiendo que no se mantuviera el resplandor que recordaba haber encontrado en sus páginas y por fortuna ha vuelto a cegarme.

La excepcionalidad de la obra no se nos presenta sola: se acompaña de la de su autor, de la de su publicación, de la de su redescubrimiento —es decir, de la de su vida pública. De manera que a su calidad, a su fuerza, a su personalidad, las ensalzan y aumentan las muy incomparables circunstancias que rodearon la obra desde su composición a su rescate. Alfau, emigrado a los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial, escribió las historias que componen Locos, y con las que pretendía hacer un retrato de la España que había dejado atrás, por puro aburrimiento, sin afán de convertirse en escritor profesional. A él lo que le interesaban era la música y el folklore, de hecho ejerció como crítico musical en el diario La Prensa, uno de los que por entonces se publicaba en español en el Nueva York en el que se instaló, y reunió viejos cuentos de la tradición oral española en el volumen Old Tales from Spain, publicado por Doubleday en 1929 (y traducido por Carmen Martín Gaite en 1991). Claramente influido por Niebla de Unamuno, por El novelista de Ramón Gómez de la Serna, por alguna de las metaficciones de Azorín, sin descartar la vecindad de algunos de los humoristas de los años veinte como Jardiel o López Rubio, narradores libérrimos que jugaban sin dramatismo con las ficciones, Alfau compone un abanico de historias en las que abundan los pillos, los pícaros, los personajes irreales con conciencia de tal cuya aspiración mayor es convertirse en reales y escapar de las zarpas de sus creadores, de personajes reales que venderían su alma al diablo a cambio de que algún escritor los convirtiera en entes de ficción.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Muy interesante y enriquecedor artículo, en la línea que Juan Bonilla suele proponer, esto es rescatar joyas sepultadas por el olvido, la mala suerte y la ignorancia.