Sociedad

Berlín, ruinas posmodernas

Berlín, ruinas posmodernas
Berlín, 1989. Fotografía: Patrick Piel / Getty.

Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down  nº 47 «Locomotive»

Cuando uno llega a una ciudad que desconoce, lo primero con lo que se encuentra es con su pasado. Las ciudades narran sus historias a través de sus calles, plazas, monumentos y las conversaciones entre sus habitantes. En Berlín uno nunca ve la misma ciudad; es como si la propia cotidianidad le pareciera incómoda. Investiga en sus ruinas, echa la vista atrás y aún piensa que hay mucho trabajo por hacer. Es una ciudad, dentro de lo que cabe, tranquila, con menos contaminación acústica si la comparamos con Roma o París. Hasta para el hedonismo son civilizados. Berlín es una ciudad sabia y, por su posición en el corazón de Europa, ha sido testigo de las grandes vanguardias del siglo pasado, convirtiéndose en lugar de peregrinación de artistas y de almas solitarias que buscaban darse una segunda oportunidad. Fue en la década de los setenta, cuando Bowie, después de matar a Ziggy Stardust y al Duque Blanco, fue para la capital de Alemania a emborracharse de sordidez, de noches en vela, de cabarets, de travestis y transexuales y, en definitiva, de un discreto anonimato que no tenía en el Reino Unido. Lou Reed nunca visitó la ciudad, pero su Berlín era, en palabras de Steve Hunter: «Un disco que sin ser blues contaba las historias del blues mejor que los artistas de blues». 

U2 quería escribir un nuevo capítulo en su trayectoria musical. Llegaron antes de la caída del Muro para, según las palabras del propio líder de la banda, «hacer un disco europeo». Cerraron la gira de presentación del disco Rattle and Hum con malas sensaciones: la crítica había señalado que era un disco artificial y pretencioso. Eso hizo mella en un Bono que se sentía intocable. Aquel disco supuso un antes y un después: ni los estadounidenses habían entendido a U2 ni ellos a los americanos, lo que abrió el debate acerca del rumbo que debería seguir la banda. A finales de los ochenta y principios de los noventa, el rock alternativo comenzaba a asomar la cabeza y, de una forma similar al punk en los setenta, quiso impugnar la música de la generación que lo precedía. Si los punks detestaban la pose de estrellita de Robert Plant o de Mick Jagger, los músicos de rock alternativo odiaban la pose mesiánica de Bono y la herencia que festivales como el Live Aid dejaron en la música, con su solemnidad y su hipocresía. Por mediación de Daniel Lanois, contactaron con Brian Eno, el cerebro creativo de Roxy Music y el productor de la trilogía berlinesa de David Bowie.

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