
Fue la capital del siglo XX. La ciudad en la que se gestaron las dos guerras mundiales. Pasear por la capital alemana es retrotraerse a un siglo sangriento, cuyos ecos aún se escuchan en la política y en la cultura actual como retrato de una Europa inacabada. Fue en Berlín donde el káiser Guillermo II rompió con el equilibrio de poder de Bismarck y se lanzó a una política de la fuerza bruta. Una ciudad, donde la decadente y divertida República de Weimar opuso el toque gamberro a las bohemias y tristes ciudades centroeuropeas. Mi estancia en Berlín fue tranquila: no es una ciudad cara si la comparas con Roma o Londres. Tampoco tiene el romanticismo o la sensualidad de París y de Florencia o la belleza de Praga. Durante un periodo de mi vida en el que viajé bastante, solo pensaba en ciudades tristes, y durante otro, en ciudades alegres como Nápoles. Escribí una especie de diario describiendo los rostros de la gente y el estado de conservación de los sitios más emblemáticos. Conforme uno pasa más tiempo en la misma ciudad, esta se va transformando. Ya no es la misma que viste al llegar. En cada ciudad absorbes su pasado y entras en contacto con una sabiduría que solamente adquieres dejándote llevar por tus sentidos. Como escribía Italo Calvino en Las ciudades invisibles: «Las ciudades creen que son obra de la mente o del azar, pero ni la una ni el otro bastan para mantener en pie sus muros. De una ciudad no disfrutas las siete o las setenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya».
En Berlín aún subsisten viejos retazos del siglo pasado, como sus modernos edificios, sus calles bulliciosas y sus austeras plazas, como en las ciudades castellanas. Las ciudades son bellas porque son creadas lentamente; están hechas de tiempo y de espacio. Los alemanes son conscientes de que su capital entreteje las historias del turbulento siglo XX con un presente más amable. Berlín no cuenta su pasado, sino que lo contiene en cada una de sus calles, símbolos y estatuas o en los vagones oxidados de sus estaciones de trenes pintados con grafitis, los cabarets, los clubes o en sus imponentes parques. La capital es una red tupida de monumentos e infraestructuras, cultura y mercado, historia nacional e historias cotidianas. Los edificios son tan grandes para demostrarle al alemán que el Estado siempre será más imponente que el individuo. Y la gente, tan ruda para enseñarle al viajero que en Alemania el tiempo es oro. Durante mi prolongada estancia estuve en la famosa discoteca Berghain. Pasé el escrupuloso filtro de esa especie de gárgola tatuada que es Sven Marquardt, el portero y amo de la noche de la ciudad. Una mole con tatuajes old school y joyería gótica que parece un personaje de las ilustraciones de Victoria Francés. Hay gente que hace cola solo para pasar por la maravillosa experiencia de que el portero los eche, como me contó un chico que estaba delante de mí. Berghain es una experiencia tan intensa y extraordinaria como se cuenta: en la primera planta está la sala techno, oscura y a un volumen altísimo, un espacio más propio de una distopía que de un templo del hedonismo. Es una cárcel elaborada a base de acero y hormigón, con gruesas tuberías de acero inoxidable: un complejo industrial en el que se podría haber rodado una película de serie B. Si alguna vez alguien quisiera producir la versión alemana de Srpski film (Una película serbia), esa sería la zona idónea.
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Magnífico artículo, Felicitaciones a Zambudio.
Soy visitante habitual de Berlín desde hace casi 20 años. Por su ritmo, su escala y la abundancia de agua y bosques ofrece una calidad de vida que ciudades como París o Londres ya no podrán ofrecer jamás.
Berlín es una ciudad de artistas y de gente creativa con el punto de picardía de los bohemios de buena fe.
No sé hasta cuando, pero la ciudad es glorosiamente pobre. Las ideas brotan hasta debajo de las piedras.
El artículo ofrece una especie de historia de la vida política y cultural de la ciudad.
Para los que ya la conocemos la ciudad es irresistible y volvemos una y otra vez. Nada que ver con el provincianismo orgulloso de Munich o con el hedonismo frío de Hamburgo, que huele a dinero y comercio en cada esquina.
Si eres un Alma libre visita Berlín. Si es con unos vaqueros rotos y un look pobre, de ropa de segunda mano, mejor.
Muy bueno el artículo sobre esta maravillosa ciudad. Sólo quiero comentar un pequeño gazapo. La banda Spacemen 3 es posterior al krautrock por lo que no pueden haber sido una de sus fuentes sino, en todo caso, uno de sus discípulos. Saludos cordiales.
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Muy bueno. No me ha quedao claro la refexión de Sotelo al final
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