
Los sobrevalorados años 80 dieron series de dibujos que con los años y altas dosis de indulgente nostalgia han adquirido categoría de míticas. Dos ejemplos: D’Artacan y los tres mosqueperros y La vuelta al mundo de Willy Fog. Este artículo trata de cómo estas dos series crearon un desasosiego interior en el articulista y cómo al final de la década Las Tortugas Ninja llegaron para apaciguarlo.
1982. Se estrena la serie de producción española D’Artacan y los tres mosqueperros, los sábados a las 15:30 (la hora de los dibujos, entonces). Era una adaptación de Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, protagonizada por animales. Principalmente perros, aunque había algún gato, la malvada Milady, y un ratón, el simpático Pom (los ratones animados nunca son villanos, cuando sale un roedor malvado, se tiende a la rata). Se comportaban como humanos: hablaban, vestían, comían y montaban a caballo como humanos (caballos que se comportaban como caballos, por cierto)… Ni una referencia a que eran perros. Nada de salir corriendo tras un palo. Nada de mear levantando la pata. Nada de «Malditas pulgas, necesito una desparasitación urgente». A pesar de lo extraño que era, la serie no ofrecía ninguna explicación al respecto. Y eso me volvía loco.
1983. De los creadores de D’Artacan llega La vuelta al mundo de Willy Fog, otra adaptación de una gran novela (La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne). Esta vez el abanico de animales que adquirían modos humanos se ampliaba extraordinariamente: leones, gatos, ratones, osos, ardillas, mapaches… ¡Incluso cabras! Como si el doctor Moreau de Welles hubiera extendido sus experimentos insulares al planeta entero. Una vez más, no se da ninguna explicación a tal fenómeno. Una vez más, los animales parecen no ser conscientes de que lo son. Y una vez más, los caballos se siguen comportando como caballos y dejando que los monten lobos antropomorfos vestidos de indios, por ejemplo (aún sigo preguntándome qué problema tenían los creadores de estas series con los caballos).
Esto no era exclusivo de las series producidas en España. La todopoderosa Disney llevaba años procurando que los niños no se preguntaran por qué un ratón (Mickey) tenía como amigo a un perro parlante y vestido (Goofy) y como mascota a un perro mudo y desnudo (Pluto). La misma falta de explicaciones. El mismo silencio sobre el tema.
Pero antes de terminar la década apareció una serie que finalmente trataba a los niños como seres pensantes (o preguntantes): Las Tortugas Ninja. También salían animales que se comportaban como personas. Pero esta vez había algo nuevo: una explicación. Eran tortugas que habían mutado por unos vertidos fucsia y radioactivos, entrenadas por Splinter, un profesor de artes marciales convertido en rata por esos mismos vertidos (una rata buena, para variar). Puede parecer una explicación pobre, pero era suficiente (¿cómo viaja en el tiempo el DeLorean? Condensador de fluzo. ¿De dónde sale Godzilla? Pruebas nucleares. ¿Cómo baja la tripulación del Enterprise a los planetas? Teletransporte. Ya está. No hace falta más). Y sentí algo que daba por perdido: que me respetaran como espectador, a pesar de ser un niño.
Lo bastardo de la idea me atrapó inmediatamente: las tortugas no solo hablaban, sino que eran ninjas que luchaban contra la injusticia. Pero eso no era todo: además eran adolescentes, la mutación natural más terrible que sufre el ser humano. Eran mutantes mutando, mutantes al cuadrado. Y como guinda, tenían nombres de grandes artistas del Renacimiento: Miguel Ángel, Leonardo, Rafael y Donatello. ¿Qué niño podía resistirse a tan hipnótico despropósito? A los pocos adultos que se paraban a pensarlo les explotaba algún capilar de la sien ante tamaña bizarría. Pero pensaban: esas tortugas tienen nombres de artistas… Algo aprenderán. Ahora sé que lo estrambótico de la propuesta se debe a que la serie se basaba en un cómic de 1984, creado por Kevin Eastman y Peter Laird, que parodiaba varios cómics de la época, entre ellos Ronin, de Frank Miller, protagonizado por un samurái, los primos presuntuosos de los ninjas. El cómic original era mucho más oscuro y sangriento, pero lo adaptaron para un público infantil.
Comentario aparte merece la intrépida y maciza reportera April O’Neil, enfundada en su mono amarillo que resaltaba sus rotundas formas, bizarras también a su manera. Pechos y caderas de ese calibre tampoco se veían en las asexuadas series antes mencionadas. Supongo que yo me fijaba porque estaba empezando mi propia mutación. Por eso no éramos pocos los (ya no tan) niños que cuando aparecía la periodista murmurábamos: cowabunga…







Interesante artículo, aunque prefiero mil veces D’Artacán o Willy Fog a algunos de las series que vinieron después, como los Fruittis.
Ah, y creo que se te coló una «e» de más en lo de «Como si el doctor Moreau de Welles»
Los Fruittis fueron prohibidos en 1995 por el tratado de Viena de no proliferación de armas de destrucción masiva
Buenísima serie y buenísimo tu artículo
Ahora que me aproximo inexorablemente a los 50 tacos, recuerdo con cariño las series españolas de dibujos de mi infancia ochentera, sobre todo las del nunca suficientemente reivindicado Claudio Biern: además de las ya mencionadas D’Artacán y Willy Fog, imposible olvidar David el Gnomo, que tanto hizo por qué valoráramos la naturaleza.
Coincido con otros comentaristas que Los Fruitis fueron un insulto a la inteligencia infantil, de puro malos.
Tampoco los dibujos de Naranjito, Clementina y Cía., creados ex profeso para el Mundial de 1982, han soportado dignamente el paso del tiempo.
Esperemos que, para el próximo Mundial Luso-Hispano-Marroquí de 2030, hagan una versión en animación 3D (como ya se hizo con La Abeja Maya) con guiones mucho más currados.
Puestos a recordar extravagancias (léase «frikadas»), estuvo aquella extraña «joint venture» hispanojaponesa de «Ruiz, Pequeño Cid» (la infancia de El Campeador, en plan animé), que ha caido en el olvido, quizás merecidamente.
Siempre he creido que Japón aún nos debe una serie mucho mejor sobre El Cid: su figura no desentona con su idiosincrasia e idea del honor: sería facilmente extrapolable a la de un «samurai» traicionado por su señor y convertido en «ronin» que, primero, pone su «katana» (La Tizona) a sueldo de otros señores y, finalmente, se convierte por méritos guerreros propios en «daymio» de su propio reino (Valencia), aunque caiga en el empeño.
Y, por acabar, otra serie española de dibujos animados de finales de los 80’s bastante rescatable del olvido es «Mofli, el último koala». Quizás algo cursi, pero hizo mucho por fomentar el ecologísmo entre los zampabollicaos patrios.
Para los que vivimos esa época en nuestra infancia, la coincidencia de D’Artacan los sábados y Ulises 31 los domingos era una maravilla. Coincido totalmente con el autor, los niños nos dábamos cuenta de todas las incongruencias de los dibujos animados, como, por ejemplo, los torpedos de Afrodita A era imposible que cupieran en ese pecho :D
Lindo el recuerdo, pero me parece que inicia ya con una tendencia y en general con algunos sesgos y asumiendo cosas. Dudo que el público objetivo haya sido el mismo para cada serie. Y en lo que concuerdo es en el punto de que cada universo ficticio debe ser consistente en sí mismo. Ejemplo, Harry Potter luchando contra las TMNT por ganar la copa pistón, eso a mí parecer sí sería un desproposito.